13 de mayo de 2014

Antiguos escudos de Camagüey


Antiguos  escudos  de  Camagüey
y sus  iconogramas  cristianos

Por Héctor Juárez Figueredo

El 1ro. de febrero de 1819, en medio de fiestas públicas, Puerto Príncipe celebraba el otorgamiento por el rey Fernando VII de dos seculares aspiraciones: el título de Ciudad y la gracia de que usase Escudo de Armas. Casi año y medio antes, el 12 de noviembre de 1817, el monarca español había firmado en Madrid una Real Cédula al efecto.

Para esa gestión, el Ayuntamiento presentó no más de tres diseños de escudo. Uno de ellos fue examinado por don Francisco Doroteo de la Carrera, cronista rey de armas hispano. De la Carrera dictaminó al respecto y, mediante Despacho Real del 10 de marzo de 1817, estableció el diseño definitivo del Escudo de Armas de la ciudad de Puerto Príncipe, que aún Camagüey mantiene.

La propuesta había sido el escudo que para entonces, y extraoficialmente, se usaba. Desde su origen mismo, hace ya (500) años, la villa Santa María del Puerto del Príncipe había contado con su escudo de armas, en permanente evolución. Al estudiar sus blasones (figuras de los escudos), resulta evidente la presencia de iconogramas (simbolismos gráficos codificados) de la fe cristiana. Ellos están presentes en la evolución aquellos primeros emblemas de la identidad local camagüeyana, determinados por la cultura católica.

El escudo “fundacional”: la fe y la Iglesi

El 2 de febrero de 1514, «El Ayuntamiento [...] juró ante el escribano y convocó “a cabildo abierto”, o sea, celebrado con asistencia, voz y voto de todos los vecinos, y acordó poner la villa bajo la protección de “Santa María, Nuestra Señora, y la dicha villa se llamase ad perpetuam rei memoriam, la VILLA DE SANTA MARÍA DE PUERTO DEL PRÍNCIPE. Tomaba por patrona y ponían la Villa bajo su advocación y tomaban por sus Armas y divisas, tanto en la paz como en la guerra, un escudo circular, de color azul y una paloma de plata en media de él. [...]”.» Y así se comunicó al gobernador Diego Velázquez, a la sazón radicado en Baracoa.

          La elección de un escudo circular (redondo) manifestaba la simbiosis de la autoridad laica y religiosa, presente desde el surgimiento de todas las ciudades hispanoamericanas. El escudo circular era el empleado por las regiones y en los emblemas eclesiásticos.  En lo eclesial, el círculo hace referencia a la eternidad de Dios; en lo militar-estatal, recuerda la rodela (Escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada).

          El color azul simbolizaba: realeza, majestad, hermosura, serenidad, lealtad, verdad, justicia, dulzura, lealtad, inocencia y piedad. Es denominado azur en la heráldica, la disciplina que se ocupa de los escudos de armas. Los que ostentaban azur estaban obligados al fomento de la agricultura y a socorrer a los servidores abandonados injustamente por sus señores.

          La paloma, el ave de Dios, desde antiguo representaba a Cristo, a la Iglesia, al Espíritu Santo y a la Virgen María. Mensajera de la felicidad y la paz (Gn 8.10-12), otros valores asociados a la paloma fueron: dulzura, pureza, inocencia, sencillez, amor y paz. Se la consideraba símbolo de la fe cristiana (el bautizo), el pecador arrepentido y la meditación.

          Y por su parte, la plata aludía a: los meses de enero y febrero, la paloma, la fe, pureza, integridad, inocencia, blancura, virginidad. Y de las obligaciones, servir al Soberano en la náutica, defender las doncellas y amparar a los huérfanos.

          Así, en el origen del primer escudo principeño se plantean la fe y la protección por María Santísima, junto a la necesidad de autodefensa, necesarias en un nuevo medio, hostil por demás. Por otra parte, la náutica y la agricultura son aspiraciones económicas en el Caribe antillano de inicios del siglo XVI, fuente y base de aprovisionamiento en el paso conquistador hacia el continente. Las estancias de primeras poblaciones serían beneficiadas con el comercio marítimo y el fomento agrícola (y ganadero más tarde).

El segundo escudo: La Purificación de la Virgen María

          En 1517 se concedió a Cuba el uso de escudo de armas y las autoridades de Puerto Príncipe pidieron al Rey idéntica merced. El gobernador Velázquez no cursó la solicitud, lo que trajo fricciones entre aquel y los principeños.  No obstante, el 1ro. de enero de 1518, «Se acordó por el Cabildo notificar al mismo gobernador, a Santiago de Cuba, que la villa adoptaba como divisa el mismo escudo QUE VENÍA USANDO desde 1514, pero con dos palomas.»

          Era necesaria la modificación. Una sola paloma había devenido, desde el siglo XI, en la traducción plástica del Espíritu Santo (Mt 3.16; Mr 1.10; Lc 3.21-22; Jn 1.32). Se evitaba así una posible interpretación de que fuera el escudo de Sancti Spíritus, villa del Espíritu Santo. Y se ratificaba que un 2 de febrero había sido fundado Puerto Príncipe, Villa de María Santísima de La Candelaria.

          En efecto, la pareja de palomas (tórtolas, pichones de paloma o palominos) recuerda el sacrificio ofrecido por María y José cuando Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2.21-38) en correspondencia con el antiguo rito judaico de purificación de la madre (Lev 12.6-8). En el contexto de la Iglesia latina y en siglo XVI, las dos palomas eran una clara alusión a la Purificación de la Santísima Virgen, o La Candelaria: «La fiesta que celebra la Iglesia a Nuestra Señora el día de la Purificación, en el cual se hace procesión solemne con candelas benditas, y se asiste a la misa y procesión con ellas. También se llama nuestra Señora de las Candelas: las cuales dieron el nombre vulgar al día».
          Este escudo, junto con la concesión del codiciado título de ciudad y otras gracias y mercedes, volvió a pedirse oficialmente en 1537, 1566, 1592, 1679 y 1777.  Ninguna de esas gestiones dio frutos.

Un tercer escudo: María Santísima de la Candelaria.

          En sesión del 10 de febrero de 1780, el Cabildo determinó analizar los servicios prestados para la pretensión del título de ciudad. En consecuencia, el 16 de marzo de ese propio año, presentó el síndico Procurador general la información y demás recaudos con que se justifican los varios servicios personales, y pecuniarios que ha hecho esta villa al Rey, casi desde los principios de su establecimiento, el aumento en [que] se halla su población, la brillantez, y civilidad de sus vecinos, y en su vista instruidos, bien inteligenciados los Señores concurrentes de la certeza de sus particulares, de uniformidad acordaron [elevar a la Corona la petición].

          Y así mismo expresaron:

          «Que para alcanzar de la piedad del Rey, la gracia de título de ciudad esta villa, Que use por especial concesión del escudo de armas que por costumbre ha tenido, y se haya  impreso en las fábricas del público sin noticia de su origen ni más alusión que la que tiene con el nombre de la Patrona María Santísima de la Candelaria simbolizado en dos palomas que llevan en medio una hacha ardiendo, pendiente de una mano pura, orlado todo con divisa de un cordón que figura el del toisón de oro [...]».

          La figura de una mano pura (¿angelical?) portando un hacha simboliza toda la procesión solemne del día de La Candelaria.  La devoción canaria por Nuestra Señora de la Candelaria, que es la patrona de esas islas, tuvo indudables resonancias culturales en el Príncipe, donde los oriundos de ese archipiélago se asentaron tempranamente. El imaginario religioso de aquel archipiélago está presente en el escudo de la villa; sirva de comparación el siguiente texto de la gran poetisa cubana Dulce María Loynaz:

«[...] en un lugar tan distante y ajeno como Arequipa en el Perú, vi hace años, abandonado en la sacristía de una vieja iglesia, un cuadro muy antiguo que representaba una singular procesión junto al mar; ella tenía efecto en una playa de arena negra como nunca la habían visto mis ojos, y eran sólo ángeles los que llevaban cirios encendidos. // No supe al punto adivinar la significación del cuadro, que me impresionó sobremanera, y ahora comprendo que el artista anónimo se inspiró en esta tradición que los guanches dejaron a los españoles, historias de criaturas aladas en tránsito de candelas alucinantes.»

          El nuevo añadido, el toisón de oro (del francés toison, vellón, piel con lana o zalea), es la insignia de la Orden homónima, creada en el siglo XV e introducida en España después de 1516. Consiste en una pieza en forma de eslabón, al que va unido un pedernal flamígero, del que pende un vellón de un carnero; se pone con una cinta roja y tiene un collar compuesto de eslabones y pedernales. Se colocaba como ornamento exterior (timbre) de los escudos.

          ¿Por qué el toisón? En el escudo concedido a Cuba por Real Cédula de 9 de enero de 1517, usado entonces como propio por Santiago de Cuba, colgaba al pie un cordero en alusión al toisón de oro, que también aparece claramente en algunas versiones de los escudos de La Habana junto a una corona real, adiciones de los capitulares capitalinos. ¿Los principeños deseaban que su escudo no tuviera nada que envidiar a los de Santiago de Cuba y La Habana...?

          Entre las modalidades de cultos principales en la manifestación de la religiosidad católica hispánica ocupan un lugar principal las devociones especiales a la Virgen María.  Por ello, en la vida religiosa principeña del siglo XVIII María estaba presente en todos sus templos: La Candelaria, en la Parroquial Mayor; La Merced, La Soledad y La Caridad, en sus correspondientes templos; Nuestra Señora de los Dolores, en la iglesia conventual de San Francisco de Asís; Nuestra Señora de Loreto, en la iglesia del Colegio de la Compañía de Jesús; y Nuestra Señora del Rosario, en la ermita de San Francisco de Paula. Además, se iniciaba la construcción —luego demolida— de la iglesia dedicada a Nuestra Señora del Carmen. A ello se une el vínculo con Santa Ana, en el templo homónimo. Y además, en la iglesia conventual de San Juan de Dios era su titular Nuestra Señora de la Asunción, copatrona de la Orden. En el escudo, el culto a la Patrona de la villa alcanzaba así preponderancia icónica.

La visión foránea: metamorfosis de los símbolos.


          De la Carrera estudió el escudo «que dicha villa [de Santa María del Puerto del Príncipe] ha traído desde tiempo inmemorial [con] dos palomas que llevan una [sic] hacha ardiendo en la mano, orlado el escudo con un cordón que figura el Toisón de oro». Según su opinión, debían ser corregidas algunas irregularidades de este escudo, como son la de llevar las palomas un hacha ardiendo pendiente de la mano, siendo más propio que la condujesen en el pico, a la manera que lo hizo la que después del diluvio volvió con un ramo de oliva al arca de Noé, y la de tener por orla un cordón parecido al collar del Toisón de oro, que solo es peculiar de esta orden, se organiza ahora, colocando dichas piezas en el campo y actitud que deben tener.

          Para él, además, «las dos palomas volantes del propio metal [plata] demuestran amor, pureza, sencillez y fidelidad, y aún entre los Egipcios eran igualmente símbolo de Salud: las dos hachas encendidas representan paz y ardiente caridad.»

          Sin comprenderlos, y con una peculiar visión heráldica, un Cronista Rey de Armas del ilustrado Madrid decimonónico había despojado a los principeños de sus símbolos, simples y basados en iconogramas cristianos.   Era la «incapacidad de la Metrópoli para entender una cultura que se tornaba “otra” y por tanto particular y diferenciada.»  
Reproducido de Boletin Diocesano, Camagüey

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