29 de junio de 2013

IGNACIO AGRAMONTE, UN DIAMANTE CON ALMA DE BESO



Ignacio Agramonte,
un diamante con alma de beso

Ana Dolores García

El 11 de mayo de 1873 caía en una escaramuza contra el ejército español el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz, jefe insurrecto de la región del Camagüey al comienzo de la larga e infructuosa Guerra de los Diez Años. 

Había nacido treinta y dos años antes en la capital de la región, Puerto Príncipe, el 23 de diciembre de 1841, en el seno de una de las familias de más abolengo de aquella ciudad de abolengos.

Cursó estudios de Filosofía y Humanidades en Barcelona, y a su regreso a Cuba obtuvo en la Universidad de La Habana la licenciatura en Derecho Civil y Canónico. Dos años más tarde el doctorado, siguiendo así la larga tradición de su familia en la abogacía.

Alto, esbelto y de buena cuna, el joven se distinguía en los salones principeños. No podía haber puesto sus ojos en otra mujer que no hubiera sido Amalia Simoni, dotada de gran sensibilidad, esmerada educación y carácter decidido y tenaz. El futuro se encargó de demostrar lo acertado de su elección. Amalia le igualó en coraje y sacrificio, compartió sus ideales y sufrió con entereza persecuciones y el terrible dolor de la muerte de Ignacio.

Se casaron en 1868. Aquel año marcó el comienzo de un matrimonio y una guerra. Una guerra que convirtió al matrimonio en una breve e intensa historia de amor separada por la lucha en la manigua insurrecta y plasmada bellamente en testimonio epistolar. Tuvieron dos hijos, pero Ignacio no llegó a conocer a Herminia, su segunda hija: una descarga enemiga le arrebató la vida en un enfrentamiento habido en el potrero de Jimaguayú.

Hombre de leyes, Agramonte tuvo también el valor y la capacidad necesarios para convertirse en el Jefe Militar de Camagüey. Su figura sobresalió no sólo en las asambleas de los dirigentes que ideaban una Constitución para la futura república, sino que fue capaz de reorganizar las tropas mambisas que dieron tanto jaque a los hombres de Valmaseda.

Se enfrentó lo mismo a quienes preconizaban una reconciliación con la Colonia a cambio de ciertos derechos, o a Carlos Manuel de Céspedes cuando estimó que éste propasaba las atribuciones que se le habían asignado como presidente de la República en Armas. No dudó entonces en renunciar a su puesto de Representante a la Cámara y regresar al mando militar de su región, organizando la caballería "del Mayor" y levantando la moral de las tropas. En los anales de nuestra épica figura el rescate de su brigadier Julio Sanguily, arrebatado a las fuerzas españolas que lo tenían prisionero.

Aquel 11 de mayo, Agramonte se adentró en el potrero de Jimaguayú con pocos ayudantes. No sospechaban que serían víctimas de una emboscada. El Mayor fue alcanzado por una bala española y su cadáver fue llevado a Puerto Príncipe. Se le mantuvo por unas horas en el Convento-Hospital de San Juan de Dios, convertido a la sazón en Hospital Militar, mientras las autoridades decidían qué hacer con él. Al cabo, determinaron quemarlo.

Por la noche hubo festejos, banquete y celebración. La musa popular, dolida a la vez que orgullosa, dejó luego para la posteridad unas sencillas cuartetas que retratan la hidalguía y el valor del "Bayardo" cubano de quien José Martí dijera era «un diamante con alma de beso»:

Cuba tuvo un Agramonte,
un hijo de Camagüey,
que fue a combatir al monte
a los soldados del rey.

Cayó en su puesto de honor
el hijo de Camagüey;
y el muerto causó pavor
a los soldados del rey.

Y su cadáver augusto
quemaron en Camagüey,
porque el muerto daba susto
a los soldados del rey.

LA NOCHEBUENA CHIQUITA

 
La Nochebuena Chiquita
 
Ana Dolores García
 
Desde niña oía hablar en Camagüey sobre la tradición de “la nochebuena chiquita” que, según personas muy mayores me contaban, se celebraba cada 8 de diciembre con una tradicional comida criolla en la que no podían faltar los dulces caseros, particularmente los buñuelos.
 
La tradición fue perdiéndose, al extremo que, comentando sobre ella con otras personas cubanas e incluso camagüeyanas, no tenían ni la más remota idea de ello. Sin embargo, aunque se dice que Camagüey fue una de las ciudades de Cuba donde más arraigada estuvo esa costumbre -o por lo menos en donde perduró por más tiempo-, la “nochebuena chiquita” también se celebraba en otras ciudades cubanas. Entre ellas fueron muy afamadas y populares las de Bejucal, animadas por sus "alegres y bullangueras charangas”.
 
No solamente en Cuba, sino en otros lugares de Hispanoamérica, especialmente la América Central, todavía se celebra tradicionalmente la fecha. Tal vez la festividad más conocida sea la que se desarrolla en Campeche, México, donde además de las actividades religiosas se culmina el día alrededor de la mesa familiar para degustar las golosinas típicas de la época, y a la vez se comienzan a preparar los belenes o nacimientos.
 
Casi como decir que esta “nochebuena chiquita” es el inicio de los festejos navideños. Es de suponer que, como otras muchas festividades que datan de la época colonial, la celebración de la “nochebuena chiquita” tenga un origen religioso ya que se trata de la festividad de la Inmaculada Concepción de María. En ese sentido, Roberto Méndez Martínez, nos dice en:

al narrar la historia del templo de la Soledad en Camagüey, que en el siglo XIX la devoción a la Inmaculada Concepción, -el 8 de diciembre-, era de tanta fuerza en Puerto Príncipe, que después de las celebraciones religiosas las familias realizaban una cena familiar conocida como “la nochebuena chiquita”.
 
Narra también otro dato curioso sobre los actos de ese día en el viejo templo camagüeyano: “esa tarde, después de las celebraciones en el templo, partía de allí (la iglesia de La Soledad) una singular procesión compuesta sólo por muchachas solteras, vestidas de blanco y con mantilla del mismo color, que llevaban a la cintura una banda azul celeste –color del manto de la Inmaculada– y que popularmente se le dio en llamar a este cortejo “la procesión de las puras”.
 
Es cierto que desde muy temprano en el siglo XX las familias camagüeyanas fueron perdiendo la costumbre de celebrar “una nochebuena chiquita” el 8 de diciembre. Pero, ¿podremos decir por ello que los cubanos del exilio, especialmente los que viven en EEUU, ya no tenemos “nochebuenas chiquitas”?
 
¿Qué son si no, todas esas cenas en las que participamos durante el mes de diciembre… en el trabajo, con los amigos, con la familia, de modo que cuando llega la fecha del 24 ya hemos claudicado de todas las dietas a las que habíamos sido tan fieles después del verano..?
 
¿Podríamos decir que en estas tierras de Estados Unidos, la celebración del “Thanksgiving” ha ocupado el lugar tradicional de nuestra remota “nochebuena chiquita”? Desde ese cuarto jueves de noviembre (que no lo festejamos precisamente con una cena muy “chiquita”), y hasta nuestra cena del 24 de diciembre, con el lechoncito asado, el fricasé de guanajo con arroz blanco, la lechuga y los tomates, la yuca y el casabe, los turrones y los buñuelos… ¿Cuántas “nochebuenas chiquitas” no habremos disfrutado..?

Ana Dolores García ©Copyright 2005
Reproducido de esta propia Gaceta del 8 de diciembre de 2009

LA NORMA


 
LA  NORMA
Por Eduardo F. Peláez

¡Una, Pepe! Ese era el grito que retumbaba en las paredes de La Norma, ese establecimiento situado en la Plaza de la Soledad que se cogía de las manos con la esquina del Gallo, el almacén El Camino de Hierro, las oficinas de la compañía eléctrica, la Óptica Sabatés y la vetusta Iglesia de La Soledad. “Una, Pepe” significaba que alguien había pedido una “reforzada” y parecía que el mesero no podía contener su alegría y en lugar de escribirlo y pasarle la nota a Pepe, el encargado de confeccionarla, lo anunciaba a pleno grito de júbilo como para que toda la plaza se regocijara con la buena nueva.

Este local tenía un mostrador de unas diez banquetas donde nos sentábamos a saborear esta delicadeza mientras que en otro salón estaba Pepe al frente de su lonchera y una barra donde se vendía todo tipo de licor, desde una Casalla, pasando por un Agustín Blázquez o un Vat 69, hasta una Cristal bien fría.

También tenía una vidriera donde se compraban billetes de la lotería, cigarros, tabaco, chicles Adams, sugar candy, africanas, melcochas y demás chucherías.

Aunque ahora nos parezca increíble, toda esa diversidad de clientes funcionaba de una manera armónica. El bebedor ocasional compartía con el borracho, con el pepillo adolescente, con la señora un poco beata que salía de la iglesia, con el profesional y con el obrero. Todos iban a disfrutar de la variedad de productos que ofertaba este lugar. 

La “reforzada” era un bocadito hecho de pan de molde sin tostar al cual se le ponía una croqueta aplastada y se “reforzaba” (de ahí viene el nombre) con una lasca de jamón y un pepinillo. Esta delicia culinaria junto con un frozen de chocolate constituía una merienda fabulosa por el absurdo precio de veinte centavos. Si añadimos que la entrada al Cine Avellaneda, a sólo unos pasos de distancia, costaba la matinée unos diez centavos, tenemos que con sólo treinta centavos se podía experimentar toda una tarde esplendorosa que podía culminar con el broche de oro de un paseo por la Calle Maceo a saludar a los amigos y a piropear a las bellezas camagüeyanas.

Sí, amigo lector, eso existió hasta que se le ocurrió a alguien demoler ese lugar de esparcimiento con la idea de construir un parqueo. ¿En qué mente puede caber construir un estacionamiento de carros a expensas del milagro de las “reforzadas”? 
 
No me acuerdo exactamente cuándo ocurrió esta torpeza y le pido al lector acucioso que me ayude para esclarecer las dudas. (1)  Me parece que cuando abandoné mi ciudad en la primavera del 62, ya habían perpetuado el crimen. Además, la hecatombe comenzaba, ya no había billeteros en la plaza, ya las gallinas habían invadido el billar de Diego el Cojo que quedaba a cinco pasos de La Norma y ya se había esfumado una guarapera en la misma cuadra, que funcionaba como una alternativa criolla al americanismo del “frozen”. 

La memoria a veces hace trampas, borra un edificio o cambia las calles. A lo mejor conviene pensar que todo fue un sueño como el que tuvo Segismundo, el héroe de Calderón de la Barca en La Vida es Sueño. Quizás el grito de “una, Pepe” se escuchó en una novela del canal 23, la “reforzada” se inventó y el precio de los diez centavos fue una alucinación. Pero no, no se debe dejar uno arrastrar por los vientos traicioneros del olvido. Hay que exigirle a la memoria, tratar de reconstruir los diálogos de nuestra juventud, arañar los cristales de la historia y volver a repasar los álbumes familiares en busca del árbol que una vez sembramos, de la pelota que se nos fue de entre las manos y de la mirada de la novia que nos decía adiós, porque de esos recuerdos nos nutrimos, nos formamos y llegamos a lo que hoy somos.

La Norma con sus reforzadas, y sus frozens existió. Pepe no es una figura mítica, sino un buen hombre de carne y hueso con una voz de barítono que anunciaba la buena vida, una vida que se nos escapó sin darnos cuenta porque estábamos más preocupados por irnos que por mirar hacia atrás.

Medio siglo de desarraigo en una vida normal es demasiado para que pase sin dejar huellas profundas. Nos duele el alma cuando nos forzamos a mirar para atrás, cuando hacemos un alto en la vorágine de lo cotidiano para intentar recuperar esas horas perdidas de nuestra juventud. Las “reforzadas” se podrán recrear en una “Carreta” o en un “Versailles” pero jamás podrán ser las mismas que hacía Pepe, porque como decía Neruda: “nosotros los de entonces ya no somos los mismos”. 
Fuente: Este artículo de Eduardo F. Peláez apareció publicado en la revista “El Camagüeyano Libre”. A continuación, la aclaración que el propio autor reclama de algún “lector acucioso”
(1)      El “lector acucioso”, en este caso el Dr. Hatuey Agüero, miembro del consejo de redacción de esta revista, me aclara lo siguiente:

Querido Pancho: Tu crónica sobre La Norma está muy buena, pero creo debo aclararte algo. La demolición del edificio de La Norma, no fue para construir un parqueo, eso fue el resultado de la revolución. 

La historia es la siguiente, de la que puedo dar fe ya que intervine como abogado y notario en todo el proceso: Don Federico Castellanos, donó al asilo Amparo de la Niñez, la suma de $100.000.00 (equivalente hoy a un millón) para que los invirtiera y asegurara su obra social. Con ese dinero, el Asilo procedió a comprar toda la propiedad existente en la esquina de las calles República y Estrada Palma, y luego de obtener el desalojo de los inquilinos (el Bar La Norma, propiedad del señor José Guarch; el estanquillo de tabacos y billetes, propiedad del señor Arniella; la dulcería y heladería, propiedad de los hermanos Freixas; la tienda de víveres La Norma, propiedad de Zayas y Ribet; la Peluquería Leonor y la Farmacia del Dr. Goicoechea) se negoció con Sears Roebuck and Co. un arrendamiento, con una renta en los miles mensuales, por 30 años y por la que Sears fabricaría un edificio de tres plantas para abrir una gran tienda regional, que daría empleo a más de 100 personas, quedando el edificio propiedad del Asilo, al terminar el arriendo.

Una vez firmado el contrato, y con los planos de la edificación aprobados, se procedió por la compañía constructora, a derrumbar el antiguo inmueble para la construcción del nuevo edificio. En eso llegó Fidel, con sus intervenciones de las firmas americanas, y todo se vino abajo. El terreno fue ocupado por el Estado. Durante un tiempo, se mantuvo como un gran solar yermo, pero luego pusieron un estacionamiento de autos y finalmente un parque, que creo es lo que hay hoy. 

Esa es la historia de cómo nuestra ciudad perdió, no sólo las croquetas preparadas, sino la oportunidad de tener una gran tienda Sears… pero ganó primero un estacionamiento de autos y luego un parque. Un abrazo, HATUEY. 

28 de junio de 2013

DOLORES BETANCOURT Y AGRAMONTE

Dolores Betancourt y Agramonte

Dra. Isabel Hernández Rivas

Dolores Betancourt y Agramonte, descendiente de antiguas familias, de las mas acaudaladas y distinguidas del legendario Puerto Príncipe, era hija, en segundas nupcias, del Licenciado Don Tomas Pío Betancourt y Sánchez Pereira, abogado, naturalista y primer historiador que tuvo el Camagüey y de su prima Mercedes Agramonte y Sánchez Pereira. Nació en Puerto Príncipe el quince de marzo de 1856 en la calle San Francisco (hoy Luaces) No. 1

Después de estallar la guerra de 1868, emigró a Estados Unidos con su madre -que ya había enviudado- y otros familiares. Allí, años mas tarde, en 1873, supo de la muerte en combate por la independencia de Cuba, de su primo, el Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz, de sólo 32 años.

Ella era entonces una adolescente. Su vida transcurrió en el extranjero, en constantes viajes entre Estados Unidos y Europa y visitas a Camagüey. Sus más allegados la llamaban Lola, y por el pueblo recibía, indistintamente, los apelativos de Doña Lola, Doña Lolita y "Medio Millón", aunque, ciertamente, poseía mucho más: era la dama más adinerada de Camagüey y una de las mas ricas de Cuba. Su fortuna la constituyeron diversas herencias recibidas.
Dolores Betancourt, quien era profundamente católica, puso su fortuna al servicio de la Iglesia y de las clases pobres. Fue en Camagüey donde se hicieron más patentes que en otra parte sus muchas obras de caridad. Repartía su dinero a los humildes; ayudaba a familias necesitadas, para lo cual tenia a su servicio a personas que le informaban sobre esos casos y, a través de ellas, les hacia llegar frecuentes donativos.

En 1905, hizo erigir un busto al Padre Valencia en el patio-jardín central de la ermita de San Lázaro. El 7 de noviembre de 1906, un incendio destruyó el altar de plata y numerosos objetos de la iglesia del Convento de la Merced; en 1910, ella le donó el actual Altar Mayor de puro estilo gótico, de cedro sobredorado, levantado sobre rica base de mármol, y que costó entre $16,000 y $20,000.

Una de sus obras más importantes fue la edificación del templo neogótico del Sagrado Corazón de Jesús, a cuya inauguración asistió el 21 de mayo de 1920, y el cual fue donado en usufructo a las Escuelas Pías. Construido con arreglo a un proyecto del arquitecto español Don Augusto Font y Carreras, con capacidad para 1,500 personas, pero donde podían caber hasta 2,000 entre nave, presbiterio, capillas y coro, en casos de gran aglomeración de público, es una joya arquitectónica de la ciudad. Consta de una sola nave con capillas laterales emplazadas entre dos contrafuertes y posee 26 ventanas ojivales en todos los tramos y en los lados del ábside, cubiertas de vidrieras policromadas, protegidas por cristales gruesos, fabricadas en Alemania, y que representan los Misterios dolorosos, gozosos y gloriosos del Rosario.

El Altar Mayor y los dos laterales, el púlpito, las barandas del presbiterio y del comulgatorio y las cuatro pilas de agua bendita fueron todos construidos de mármol blanco de Carrara, fabricados en Piedra Santa, Italia. Dignos remates de la obra eran el reloj con su campana, el juego de tres campanas armónicas y los catorce cuadros del Vía Crucis, todos ellos construidos en los Estados Unidos.

El 31 de julio de 1916, Dolores Betancourt otorgó testamento en Nueva York. Dejaba por ejecutor o albacea a su primo el Licenciado Francisco Agramonte y Ávila. Declaraba, en primer término, que «creia en todo lo que enseñaba y confesaba la Santa Madre Iglesia Católica, bajo cuya fe había nacido, vivido y pensaba continuar hasta morir» (sic). Donaba grandes sumas al Asilo San Juan Nepomuceno para niñas huérfanas y pobres; a la Congregación de las Siervas de María; a las Asociaciones de Señoras y Caballeros de San Vicente de Paúl, consagradas a obras de caridad entre los necesitados; al antiguo Hospital San Lázaro, entonces ya convertido en asilo para ancianos, así como para la reedificación de la iglesia de San José en el reparto La Vigía, la cual se reconstruyó también en estilo neogótico y fue inaugurada el 31 de mayo de 1936, en la Avenida de los Mártires. 
 
De un remanente del dinero legado a la edificación de dicho templo, fue posible construir la capilla de San José -en la calle de igual nombre- e inaugurada el 28 de agosto de 1938. Además, otorgaba grandes sumas para la construcción de dos colegios, uno para niños y otro para niñas pobres de la ciudad y sus alrededores. 
 
En la 25ª cláusula, encargaba a su albacea que, tanto la iglesia que estaba por inaugurarse, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, como la de San José, no se dedicaran, en ningún tiempo ni por ningún motivo, sino al culto católico, e igual recomendación le hacia respecto a los colegios que se proponía instalar, para que, por ningún motivo, se impartiese educación laica ni se enseñara en ellos otra religión que no fuese la católica. Especialmente le encarecía que, en ese punto, no se alterase su voluntad.
 
En 1918, la ilustre benefactora volvió a establecerse en Cuba, donde alternaba temporadas entre La Habana y Camagüey y cortos viajes al extranjero. El primero de febrero de 1921, retornó a su ciudad natal, en la cual falleció repentinamente, en su casa paterna, en la madrugada del 25 de abril. Ante su cadáver, los sacerdotes Bonet, Felipe de la Cruz y Monseñor Basaldúa -quien era Gobernador Eclesiástico- oficiaron las tres misas que ella pedía en su testamento. Aunque en éste expuso sus deseos de tener unos funerales modestos, ello resultó obviamente imposible por el respeto, la admiración y el cariño que había sabido ganarse. La agencia de pompas fúnebres "Bueno, Toledo y González" se encargó de las exequias.
 
Sus restos yacían en lujoso ataúd de bronce acabado en mate oscuro, imitando nogal, con las esquinas artísticamente ornamentadas y en la cubierta, tres únicas piezas: una flor de lis, una placa con su nombre y fecha de fallecimiento y un Cristo macizo, de grandes dimensiones, todo de plata bruñida.
 
Desde que se supo su muerte, comenzaron a desfilar ante el féretro multitudes de personas de todas las clases sociales. Su entierro fue el 26, a las nueve de la mañana. La carroza mortuoria, la "Santa Lucia", llevaba el tiro más grande que solía usarse en ese tipo de servicio fúnebre de la época: seis parejas de caballos, postillón, pajes y seis conductores. Abrió la marcha la banda municipal y la seguían la Cruz Alta, las niñas del Asilo San Juan Nepomuceno, Las Hermanas de los Pobres, los alumnos de las Escuelas Pías, el Clero con música de capilla, los Padres Escolapios y los Carmelitas. En el nutrido acompañamiento, figuraban el Alcalde Municipal, el Cónsul de España, el General Lope Recio Loynaz, el jefe de la Policia, familiares de la difunta y una gran representación de la sociedad camagüeyana.

Todas las calles del trayecto que recorrió el cortejo -Luaces, Plaza del Padre Trias, Marti, Cisneros y Cristo- hasta el cementerio general se vieron atestadas de público. A su paso por delante del templo de El Sagrado Corazón y de la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje, a la entrada del cementerio, el desfile se detuvo y el Clero entonó sentidos responsos.

El 27 de febrero de 1922, el Ayuntamiento de Camagüey, reunido en sesión ordinaria, acordó variar el nombre de Calle de la Glorieta, del Reparto La Caridad, por el de Calle Dolores Betancourt, puesta la Cámara de pie, en demostración de respeto y de veneración a la ilustre camagüeyana fallecida.

El 14 de octubre de 1931, sus restos fueron trasladados al templo de El Sagrado Corazón, donde aun reposan. EI séquito fue presidido por el Sr. Obispo Monseñor Enrique Pérez Serantes. El Rector de los Padres Escolapios pronunció la Oracion Sagrada y Monseñor Manuel Arteaga y Betancourt -entonces Provisor y Proto-Notario del Arzobispado de La Habana- hizo el elogio fúnebre. En la solemne ceremonia, se develó una tarja de mármol, donada por la prima de la extinta, la Srta. Altagracia Agramonte y Ávila, con el siguiente epitafio:

"DOLORES BETANCOURT AGRAMONTE, que hizo partícipe de su fortuna a los necesitados. Erigió templos para la propagación de la fe Católica y legó sus bienes para dar asilo y educación a los huérfanos".

** La Dra. Isabel Hernández Rivas es una dentista cubana radicada en Caracas, Venezuela.


Nota adicional:

 La señorita Betancourt Agramonte falleció en Camagüey el día 25 de abril de 1921 y su albacea, el Lcdo. Don Francisco Agramonte dio comienzo enseguida a las obras de construcción de un gran colegio de Artes y Oficios para varones, ya que, la casa solariega de la familia Agramonte que ocupa toda una manzana de las calles Plaza de Pablo Trías, Luaces, República y Martí, era la dedicada para las niñas. Las obras fueron suspendidas en virtud de un juicio declarativo de mayor cuantía que sobre nulidad de testamento que promovieron en el juzgado de Primera Instancia de Camagüey algunos herederos inconformes con los legados que les había dejado la testadora en su disposición testamentaria, pedían la nulidad del testamento, pues la herencia era cuantiosa.
Reunido el Patronato, que según la testadora, sería integrado por el señor Obispo de la Diócesis, el Presidente de la Audiencia Provincial y los respectivos superiores de los PP Salesianos y Hnas. de la Orden, fue designado para la defensa de la Fundación el que fuera eminente letrado, gloria del foro de Cuba, Dr. Manuel Dorta Duque, Catedrático de Derecho Hipotecario de la Universidad de La Habana.

La cooperación que tuvo el Dr. Dorta Duque por parte del R.P. Felipe de la Cruz fue muy activa y eficaz, al extremo que en cierta ocasión del proceso, los herederos de la testadora obtuvieron de un juez venal que dispusiera fueran traídos a Camagüey los bonos de los Estados Unidos que se hallaban depositados en un Banco de New York, y el Padre Felipe obtuvo la negativa del Banco de entregar esos bonos, gestión que le llevó varios días en la Babel de Hierro.

El juicio tardó mucho tiempo en su tramitación pero en las tres instancias, obtuvo sentencia favorable el Dr. Dorta Duque, recibiendo con ello un gran triunfo jurídico que le valió una condecoración de la Santa Sede, la Cruz Pro Eclesia et Pontifice.

Las obras fueron reanudadas y el Padre Felipe trabajó personalmente en ella como un simple peon. El Ayuntamiento de Camagüey lo nombró "Hijo Adoptivo" de la ciudad y dio su esclarecido nombre a una de las calles que dan acceso a la Escuela de Artes y Oficios que lleva el nombre de la Señorita Dolores Betancourt Agramonte.

(Segmento tomado de un artículo sobre El Santuario de Nuestra Sra. de la Caridad del Cobre de Camagüey, de Alfredo Correoso Quesada, aparecido en "El Camagüeyano", Miami, Fl.)

EL VUELO DE BARBERÁN Y COLLAR




El vuelo de Barberán y Collar
Sevilla-Camagüey

Maggie Guaty Marrero

Una de las mayores hazañas de la aeronáutica, fue la proeza de volar sin escalas entre España y Cuba.

En la madrugada del 9 al 10 Junio de 1933 los pilotos españoles Mariano Barberán y Joaquín Collar despegaban la nave “Cuatro Vientos”, del aeropuerto de Tablada en Sevilla, España. Así comenzaba, una de las mayores hazañas de la Aviación universal. El vuelo constaba de dos etapas, la  primera, llevar a cabo un vuelo que hasta la fecha no se había realizado: España-Cuba, sin escalas, y la  segunda etapa, Cuba-México.

En ese momento iba a ser la distancia más larga recorrida en una aeronave sobre el mar –6,000 kilómetros-. Otro de los riesgos de la hazaña era que por primera vez se hacía un viaje directo de un continente hasta una isla. No había espacio para el más mínimo fallo de navegación. A pesar de esto, el peligro no dejaba de estar latente: primero por tener un solo motor y segundo porque un mínimo desvío malgastaría el combustible y haría imposible el aterrizaje en tierra.

Cuentan que entraron por la antigua provincia de Oriente y se guiaron por la línea del ferrocarril central; el sistema de comunicación entre las estaciones y paraderos de trenes mantenía el aviso sobre la ruta de los españoles. El 11 de Junio -casi 40 horas después- llegaban al campo de vuelo de Camagüey, a las 3:39 de la tarde, una travesía de 2 días y 2 noches. Cientos de personas, acompañados de la prensa los esperaban.

La hazaña quedó presente para los camagüeyanos en un monumento recordatorio con los bustos de los audaces pilotos, situados en una céntrica área del famoso Casino Campestre, hermoso parque de la ciudad de Camagüey.

El avión llegó en perfectas condiciones, el recibimiento en Camagüey fue  grandioso. La aviación Cubana los ovacionó y galardonó.

En España al conocerse la noticia reinaba el júbilo. Fueron unas horas apasionantes hasta que de nuevo despegaron hacia La Habana. (Aeropuerto de Columbia). Despegaron a las 5:15 p.m., escoltado por cuatro aviones cubanos. Más de diez mil personas recibieron/despidieron, al “Cuatro Vientos” y a su tripulación.

Una vez en La Habana descansaron y recibieron honores y festejos y se le dio mantenimiento al avión. El 20 de junio salía el “Cuatro Vientos” en la segunda etapa de la travesía, esta vez de tan solo 1,920 kilómetros de la Habana a México, que según los cálculos, les tomaría unas 12 horas.

En la Terminal aérea de Balboa, de México DF, miles de personas los esperaban. A las 11:30 se reportó su paso sobre el aeródromo de Villa Hermosa, Yucatán. Fue la última vez que los vieron…

Imágenes: Aviación Digital Blog
©Para Cjaronu’s Blog – MGuatyMarrero
10 de junio de 2012