19 de noviembre de 2013

Al Camagüey, poema de Medardo Lafuente Rubio



Al Camagüey

Medardo Lafuente Rubio

Legendaria ciudad noble y sencilla;
las gentes sanas, las costumbres viejas,
los patios flores, las ventanas rejas,
mezcla de Andalucía y de Castilla.

Hay once templos en tus curvas calles,
en tu escudo hay palomas y lebreles; 
desde lejos semejas cien bajeles 
flotando sobre el césped de los valles.

En el único piso de tus casas
sobre haldudo tejado enrojecido, 
jaramagos y yerbas han crecido  
como humo verde sobre rojas brasas.

Canta un gallo en el patio su alborozo,
duerme la siesta en paz noble sabueso
y sedienta paloma escarba el yeso
del desconchado del brocal de un pozo.

En tal patio de aspecto sevillano,
al pie del tinajón crecen las flores,
y en la sala dormitan los señores
mientras tocan sus hijas en el piano.

Tus callejas polvorientas, retorcidas,
sedimento de los siglos medioevales,
nos hablan de costumbres patriarcales
durante mucho tiempo adormecidas.

Allá en “La Popular” semiapagada, 
surgen ecos de lírico desmayo:
es que cantan las niñas el ensayo
de la próxima artística velada.

En asientos de cuero recostados,
de “El Liceo” en la acera y en la puerta 
varios señores de hidalguía cierta
comentan el valor de los ganados.

Y por no dar quizá la nota extraña,
en el ibero Centro, no muy lejos,       
entre café y tabaco, algunos viejos
juegan al dominó y hablan de España.

A tres ciudades quiero las mejores;
Santander, donde vi mi primer día,
Madrid, sepulcro de la madre mía,
y Camagüey, solar de mis amores.

Del libro “Jornadas Líricas” 
(Selección de poemas a Camagüey),
 publicado en 1940, después de la muerte del poeta).
Cortesía de Alma Flor Ada Lafuente, su nieta.

18 de noviembre de 2013

EN 1913... EL TEATRO AVELLANEDA



En 1913… Teatro Avellaneda

Por Marlene María Pérez Mateo

En 1913, un 13 de mayo se inauguró, bajo tremendo aguacero, el Teatro Avellaneda en la intersección de las calles Estrada Palma y Avellaneda en la ciudad de Camagüey, Cuba.

El lugar donde se edificó el teatro, desde el siglo XVIII había sido ocupado por un entablado techado muy usado para presentaciones de feria. Luego en el XIX una medio-hermana paterna de Tula Avellaneda, la poetisa, había tenido muy cerca de allí su residencia y en ella la escritora estuvo de huésped durante su estancia en su viaje de regreso a Cuba.

El exitoso comerciante de velas, señor Guarch, adquirió la propiedad e hizo levantar un recinto para las artes escénicas y el cine (entonces joven). Fue una sala de dos pisos con capacidad para 800 personas, 10 palcos y el segundo piso, bautizado por la voz popular como “el gallinero”. La acústica era magnífica. El emprendedor propietario tuvo en cuenta todos los detalles. La fachada se conformaba por 19 arcos de medio punto y un relieve del rostro de la camagüeyana que dio nombre o mas bien apellido a la institución: Gertrudis Gómez de Avellaneda.

El día de la inauguración los demás miembros del ramo cerraron sus puertas de manera solidaria. Hubo champán y velada. Veintiséis jóvenes de la ciudad a coro cantaron “Himno Glorioso a la Tula”, cuya partitura trece años después desapareció entre las llamas.

En 1926 un incendio accidental diezmó el recinto e hizo caer  en la ruina al propietario, señalando entre el vulgo a la cifra 13 como culpable de los hechos acaecidos debido a su ya consabida fama de mala suerte.

En 1927 fue reconstruido por el empresario teatral Alberto Mola con la ayuda de la compañía cinematográfica cubana Santos y Artigas. Entre las puestas en escenas estuvieron zarzuelas, teatro bufo de Arquimides Pous,  Ramón Espigel y películas.

Hacia 1960 se le cambió el nombre por el de "Pionero", aunque para el pueblo siguió siendo el “Teatro Avellaneda”. Decayó tanto, tanto que hasta parte del edificio colapsó. Muchas familias sin hogar lo tomaron de refugio. De lejos y de cerca se captaba su deterioro y su penosa ruina.

Actualmente ha sido remozado y pronto abrirá sus puertas. Ojalá también su esplendor.
 Marlene María Pérez Mateo
Octubre 2013

16 de noviembre de 2013

Viejas postales descoloridas

Coro masculino de la Parroquia 
de la Soledad

Lamentablemente no aparece la fecha 
en que fue tomada. Es de suponer 
que en la década de los años 50´s. 

Los sacerdotes son Mons. Miguel Becerril 
y el P. Ángel María, de la Orden de los Carmelitas.

Nota: aparece también Roberto Blasco Larín. Su nombre no está entre los integrantes porque no era miembro del coro.
 

Haga clic sobre las fotos para ampliarlas

 Foto: Archivo personal de Ramón H. Ramos

10 de noviembre de 2013

Una capilla nueva para un viejo barrio: La Mosca


Una capilla nueva para un viejo barrio: La Mosca

De las iglesias que conforman el centro urbano de la ciudad de Camagüey, de su belleza y significación cultural, se ha escrito una y otra vez; pero las capillas pertenecientes a un sistema parroquial no son abordadas con frecuencia, máxime si se ubican en los repartos. Mas allá del interés que puedan tener los feligreses de una comunidad, resulta válido mostrar el aporte cultural de estos edificios, y su historia contribuye a ello.

En este trabajo no pretendemos tratar los resultados de una investigación exhaustiva, sino una aproximación a una obra del pasado reciente, erigida en el barrio de La Mosca: la Capilla "San Vicente de Paúl". Si bien no es una capilla tan antigua como las del área declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad, sin dudas es portadora de una gran importancia cultural.

Los orígenes del barrio habría que buscarlos en 1912, cuando el capitán del Ejército Libertador de Cuba, Carlos Mueke Bertel, contrató al agrimensor Rogelio Rodríguez para que parcelase su finca "La Caridad" (La Mosca). Este agrimensor  arremete la tarea siguiendo los patrones de la época, es decir, en solares de 10 metros de frente por 40 de largo, a los que el dueño les asignaría un valor de 200 pesos, con la facilidad del pago de 2.00 pesos mensuales. 

Ya fuera por lo asequible del precio o porque se concibiese como un reparto que auguraba un ambiente de modernidad, muy pronto se comenzó a consolidar el vecindario, al punto de que una década después ya requerían los vecinos de un nuevo edificio para recibir el pan espiritual.  

La gestión del centro religioso para facilitar el cumplimiento de los moradores de La Mosca con su Iglesia, estuvo a cargo de la Asociación de Señoras de San Vicente de Paúl, que en 1924 radicaba en la iglesia de La Caridad bajo la presidencia de Teonomina de la Torre viuda de Praga, y contaba como vicepresidentas a las señoras Ángela de Varona viuda de Miranda y Defina Bacallao de Hotsman; secretaria, Sofía Prada viuda de Cisneros; tesorera, Isabel Amador Sifontes y, como Presidentes de Honor, Mons. Dr. Enrique Pérez Serantes, Obispo de Camagüey, el Rev.  P. Felipe de la Cruz y las señoras Consuelo Rey de Villena y Alicia Lima de Santos.

El 16 de octubre de 1925 se solicitaba al alcalde de la ciudad "permiso para la construcción de una capilla y taller para niñas pobres  que llevarían como nombre San Vicente de Paul". La solicitud fue aprobada en diciembre del propio año. A esto siguió el desarrollo de una serie de acciones para recaudar fondos.

Siguiendo el ejemplo del Padre Valencia, acudieron a la caridad del pueblo y no solo recibieron dinero para la compra del solar en la calle Comandante Osgood entre Carretera Central y Brigadier General  Reeve,   sino además donaciones de materiales para la construcción del edificio.

Se contrató al arquitecto José Luis Acosta, quien proyectó un elegante edificio ecléctico, rico en detalles propios de la época. Pero un estudio comparativo entre el proyecto y la obra ejecutada indica que entre las aspiraciones y la realidad surgieron serios inconvenientes. Vale señalar que desde el punto de vista estético no fue colocado en la fachada del edificio el reloj que aparece en el diseño y, desde el punto de vista funcional, quedó sin terminar el taller para niñas pobres que se debía construir en un área aledaña a la capilla.

La primera piedra fue colocada el 25 de julio de 1924 y se culminó la construcción en 1928. La primera misa se celebró el domingo 22 de julio de 1928. Para la inauguración llevada a cabo ese día se repartieron postales conmemorativas con la imagen de san Vicente de Paúl. Los grabados de la fecha de inauguración que se pueden observar en la pared principal de la entrada fueron creados y puestos en este lugar por el P. salesiano Juan Ballary.

Los primeros sacerdotes designados para la capilla de san Vicente de Paúl fueron Felipe de la Cruz, Joaquín Torres y Roberto Laurentis hasta el año 1933, en que arribó a Camagüey el P. Pedro Pescatore Debermardi, de origen italiano, incansable misionero de la evangelización. Todos ellos sacertodes salesianos que asumieron la labor pastoral de la comunidad, conformada por entonces por los repartos La Mosca, Marquesado y Salomé. 

Destacada fue también la presencia de las Hermanas Salesianas con su excelente trabajo catequético: sor Aurora, sor Lidia, sor Lupe y sor Antonia Millares, que ejercieron su apostolado en la capilla san Vicente durante muchos años. Igualmente, sor Isabel Martínez, sor Elsa y nuestra muy querida sor Severina, formaron parte importante de la historia de la capilla. 

Entre las familias de la comunidad se destacaron la familia Martínez de la Cruz y la familia Velarde por sus aportes en los años 40 y 50, y los esposos Maribel y Gregorio desde 1968 hasta 1992, que durante este tiempo atendieron la capilla con gran abnegación.

Hoy nuestra comunidad cuenta con una gran feligresía de niños, jóvenes y adultos, comprometidos en las distintas labores pastorales tanto en el orden religioso como en el orden social. Todas estas personas hacen de esta capilla el centro de sus vidas; una verdadera razón para considerarsele como una pieza importante dentro del patrimonio cultural del Camagüey.  

Editado de "La Mosca: un nuevo barrio, una nueva capilla", por Yolanda Barrera Salas, Boletín Diocesano Camagüey, Nº 102, según datos de los archivos oficiales de la ciudad. 
Fotos y testimonio personal de la Sra. Pilar Mourelo.

9 de noviembre de 2013

El ciclón del 32




El ciclón del 32


Ana Dolores García

En su relación de huracanes sufridos en nuestro territorio nacional, el Instituto Meteorológico Cubano lo catalogó oficialmente como el mayor desastre natural del siglo XX en Cuba.

En Camagüey todavía se le recuerda por los pocos que lo sobrevivieron o los que desde tierra adentro supieron de la tragedia, o por quienes de generación en generación la hemos ido escuchando de nuestros mayores.

Ya era un poco tarde para pensar en huracanes, pero la naturaleza siempre nos prepara sorpresas insospechadas. Se supo de él el 31 de octubre, cuando comenzó a adentrarse en el mar Caribe procedente del Atlántico.  Bordeando el Sur de las Islas La Española y Jamaica, en lugar de seguir ruta hasta el Golfo de México dio un viraje de 90 grados y se dirigió a Cuba, atravesándola de Sur a Norte.

Ha pasado a nuestra historia como «el ciclón del treinta y dos» porque entonces a nadie se le había ocurrido aún darles nombres. Fue el culpable del ras de mar de Santa Cruz del Sur. Una ciudad que quedó anegada bajo el agua y un mar que se desbordó hasta más allá de 20 km de la costa. La resaca dejó al descubierto cientos de cadáveres y a esta cuenta hubo que agregar otros cientos de desaparecidos que el mar no devolvió nunca. En Santa Cruz del Sur la cuenta sobrepasó las 2,500 víctimas. Que tampoco fueron las únicas, porque las zonas afectadas cubrieron un amplio radio desde el área costera de Ciego de Ávila hasta Guayabal, produciendo poco más de 3000 muertos en total y miles más de heridos y damnificados.

El impacto inicial, que fuera recibido por un pequeño pueblo de pescadores cercano a la ciudad de Santa Cruz del Sur, se extendió hasta la propia ciudad, la más importante de toda la costa meridional de lo que era la vasta provincia de Camagüey en aquella época.   Allí la cresta de las olas llegó a alcanzar una altitud de 6 metros, dejándola  completamente arrasada.     


Monumento a las víctimas 

Tendríamos que situarnos mentalmente en aquellos años de pocos recursos  para la investigación meteorológica  y  los medios de radiocomunicación.  Los dos observatorios de La Habana, el oficial y el de los Padres Jesuitas habían advertido de la peligrosidad del huracán, situado ya en el extremo Oeste al Sur de Jamaica, y hay que reconocer que por uno u otro motivo no se hizo mucho caso de esas advertencias. ¿Incredulidad sobre la verdadera fuerza y dimensión del ciclón, o sobre la exactitud de los pronósticos, que no pocas veces habían fallado en predicciones similares anteriores?

Al amanecer del 9 de noviembre la fuerza de los vientos y de las olas del mar sorprendió a los santacruceños. Ya no hubo dónde resguardarse ni tiempo para hacerlo.  A algunos cientos se les ocurrió buscar refugio en vagones de ferrocarril estacionados cerca de  la estación ferroviaria y que la fuerza del mar volcó inmisericorde, pereciendo todos.

Los relatos de quienes lograron sobrevivir eran increíbles y aterradores. Se calculó que había muerto el 70% de la población de Santa Cruz del Sur.  Para evitar epidemias, se procedió a la quema indiscriminada de cadáveres al tiempo que  comenzó el traslado de los heridos hasta  la ciudad de Camagüey. 

La población de la capital agramontina se volcó en ayuda a los damnificados, acogiendo en sus hogares a familias enteras que todo lo habían perdido, y adoptando numerosos niños que habían quedado sin padres.

3 de noviembre de 2013

Sabía usted que..?


¿Sabía usted que en el cementerio de la ciudad de Tampa se encuentra sepultado Mons. Carlos Rius Anglés, quien fuera obispo de Camagüey desde 1949 hasta 1963 y fuera sucedido por Mons. Adolfo Rodríguez Herrera?

Monseñor Rius nació en Cataluña, España, el 7 de enero de 1901 y fue ordenado sacerdote el 2 de febrero de 1924. Fue ordenado obispo de la Diócesis de Camagüey el 6 de marzo de 1949. Falleció el 28 de noviembre de 1971.

Fotografía de la visita efectuada por Mons. Carlos Rius a los Caballeros Católicos del Central Jaronú. Le acompaña el sacerdote P. Caparrós.

Tere Guaty Dewitt 
Texto:
Blog de la Diócesis de Camagüey,

2 de noviembre de 2013

El cementerio de Camagüey


El Cementerio de Camagüey
Ana Dolores García

Después de ciento noventa y nueve años de fundado y por tanto a las puertas de su bicentenario,  el cementerio de Camagüey resulta ser el más antiguo en Cuba que permanece al servicio de la comunidad. Se dice que la primera persona que fue enterrada en él lo fue el propio alcalde, don Diego Antonio del Castillo, el que dos años antes había sido comisionado por el ayuntamiento para que acometiera su construcción. Incluso su inhumación ocurrió antes de ser inaugurado el cementerio unos meses después.  Según consta en los registros, el primer enterramiento fue el  de un moreno libre llamado Sebastián de la Cruz, efectuado el 4 de mayo de 1814.  

Ya desde 1790 se venían haciendo gestiones para la creación de un cementerio, y se había obtenido del obispo de Santiago de Cuba el permiso necesario para la adquisición de un terreno contiguo a la Iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje, por entonces una pequeña ermita. No fue hasta mucho después, en 1812 que, entre las demoras de las gestiones y la burocracia ya imperante, el Ayuntamiento pudo comisionar al alcalde para que emprendiera la obra. El cementerio estuvo terminado en 1814 y se inauguró el 3 de mayo de ese año.

En Camagüey, y durante mucho tiempo, no existieron cementerios públicos, tal como era la costumbre de la época en muchas ciudades pequeñas. Generalmente se enterraba a las personas en las iglesias o a su sombra, pues se han descubierto osamentas en el Callejón de la Soledad y en el de Joffre, aledaño a la Iglesia de Santa Ana. Además, también se daba sepultura en las fincas. Excavaciones realizadas en las iglesias de La Merced, la Soledad y Santa Ana mostraron osamentas reveladoras de aquella costumbre. En la iglesia de La Merced actualmente se pueden visitar las llamadas “catatumbas” debajo del presbiterio, que han devenido en ser una atracción turística más. A los pobres y a los esclavos generalmente se les enterraba -muchas veces en fosas comunes-, en el llamado «Hato Viejo» cercano al lugar donde después se creó el cementerio.

En sus inicios, nuestro cementerio fue un pedazo de sabana bordeado por arbustos y con una sencilla portada de madera en la que se leía “Respetad este lugar”. Esta portada fue sustituida años más tarde por un arco de mampostería con una inscripción en latín: “Beati mortui qui in Domini moriuntur”, (Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, Apocalipsis, 14,13), inscripción que se conservó hasta años recientes, cuando fue cambiada por “Dios dé gloria y paz a los que aquí reposan”.

Desde su fundación, el camposanto camagüeyano ha ido aumentando sus dimensiones paulatinamente. Y, evolucionando desde aquel rústico inicio, llegó a contar con hermosos mausoleos y panteones. Hoy languidece con muchas bóvedas abandonadas o destruidas, y no pocas profanadas en busca de pequeños objetos de oro que pudieran hallarse en los cadáveres.

No sé si aún persistirá la costumbre de “alumbrar” para estas fechas las tumbas  de los Fieles Difuntos. Es muy posible que no, pero al menos existía durante mis años vividos en Camagüey. Esos días los muertos se sentirían acompañados por sus familias, porque algunas gastaban el día entero en el cementerio, que se convertía en un amasijo de gentes y de alambres eléctricos -generalmente bajo una llovizna pertinaz-, mientras los pedidos de responsos no daban descanso al cura de la iglesia del Cristo.

No faltan tampoco en el cementerio de Camagüey epitafios llenos de dolor o de bufa, epitafios patrióticos o con simples fechas, y a veces hasta sin nombre para ocultar el de algún ultimado ante el fatídico paredón.

El más aleccionador y conocido de todos los epitafios de este cementerio es el de Dolores Rondón, recitado de memoria por todo camagüeyano que se precie de serlo. (Las historias sobre esta legendaria mujer pueden leerse en otras entradas recientes de este blog).

Sobre la tumba del patriota Joaquin de Agüero se leen los siguientes versos:
“Víctima infausta de un amor sincero,
sentido por el hombre y por la gloria
yace aquí el adalid Joaquín de Agüero.
Su vida guarda la cubana historia,
su muerte llora el Camagüey entero.”

Para la tumba de un conocido trovador, pareció oportuno el siguiente epitafio:
 
“Te debemos un trozo de vida empapado en alcohol”
 
Pero quizás la frase más jocosa que se pudo leer sobre una tumba camagüeyana fue la que apareció en la bóveda donde fuera enterrada la Sra. Rosalía Batista, fallecida en 1879, a la que  su compungido viudo le dedicó el siguiente epitafio:

“Si el ruego de los justos tanto alcanza,
ya que ves mi amargura y desconsuelo
ruega tú porque pronto mi esperanza
se realice de verte allá en el cielo.”
 
Sin embargo, a los tres años de estar solo, el desconsolado viudo contrajo nuevo matrimonio. Y alguien, el mismo día de la boda, escribió lo siguiente bajo los versos del epitafio:

«Rosalía, no me esperes»

1 de noviembre de 2013

La barriada del Cristo



La barriada del Cristo
Por Bertha Porro Lastre

Como tengo el orgullo de haber nacido en esta barriada, quiero hacer llegar a los que me lean algunos detalles que he podido recoger del origen y del desenvolvimiento de mi barrio querido.

El día 12 de septiembre de 1795 durante una fiesta solemne el presbítero Nepomuceno Arango, que era párroco de la Iglesia Mayor (hoy Catedral de Camagüey) bendijo la pila bautismal en la entonces ermita del Santo Cristo del Buen Viaje, y el padre Don Antonio Aguilar y Porro, Cura Coadjutor, bendijo el pequeño cementerio anexo a dicho templo.

Años después, cuando se prohibió enterrar en las iglesias, este terreno pasó a ser el primitivo cementerio general de Puerto Príncipe.

La Plaza del Cristo, hoy llamada oficialmente Parque Pablo Gonfaus, se llenaba en días de feria de cantinas y de tableros donde se vendían empanadillas de maíz y de harina de Castilla, rosquitas de catibía, pan de gloria, dulce de yemas dobles, ponche de leche y frutas.

El historiador Juan Torres Lasquetti nos dejó una visión de la Plaza del Cristo: "Es un cuadrilongo de 70 varas de ancho y 130 de largo, hacia el centro se le formó en el año 1875, un parquecito por iniciativa del corregidor Don Manuel Agustín Betancourt, apoyándose en el entonces Comandante General Don Juan Ampudia, está rodeada de ladrillos con asientos de lo mismo en su parte interior y entre unos y otros frondosos laureles. Residentes de la barriada como Miguel Vega Pascual y Ramón Larrúa, participaban activamente en la organización de las ferias anuales que se celebraban en la plaza, preparando los bazares, juegos diversos, entre ellos la famosa cucaña y otorgando premios a los vencedores.

Con regularidad visitaba la plaza el circo "La Rosa", yo recuerdo muchas de las veces que fui con mi padre a sus funciones. Siguiendo con la descripción de la plaza no puedo olvidar las varias florerías que allí existían haciéndose competencia. Desdichadamente sus nombres escapan a mi memoria. No olvidemos al cine "Camagüey", destruido por el ciclón del 26 y reconstruido muchos años más tarde, este fue el que yo conocí y disfruté. 

Para terminar este pequeño recuerdo de mi barrio, orgullosamente menciono que allí nacieron dos insignes cubanos en la misma cuadra: el científico y médico Carlos J. Finlay y la poetisa Aurelia Castillo de González.

Reproducido de
http://berthaporro.blogspot.com