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8 de noviembre de 2014

Roban gran parte de la plata que recubre el Santo Sepulcro de Camagüey.

 
Roban gran parte  de la plata
que recubre el Santo Sepulcro de Camagüey

 
El Santo Sepulcro de Camagüey, la joya de plata que desde el siglo XVIII recorría  nuestras calles cada año (salvo los recientes y lamentables lapsos) ha sido vandalizado por personas hasta el momento desconocidas. El hecho fue descubierto la semana pasada, y no se tiene conocimiento de cuando fue realizado.  Tal vez superada solamente en popularidad por la leyenda de Dolores Rondón, la historia del Santo Sepulcro ha sido también motivo de diferentes narraciones, algunas de ellas más o menos adornadas y coloreadas con tintes de novela romántica. En unas y otras, las escuetas y las más floridas, queda claro quién fue la persona que costeó esa joya, así como el motivo que lo condujo a ello, a renunciar a su fortuna y  recluirse en un convento.  

Esta Gaceta de Puerto Príncipe recoge hoy otra mas de esas versiones,  ya que con anterioridad se publicaron en este blog la narración que sobre esta legendaria historia escribió Dr. Abel Marrero Companioni, y la que compuso una joven estudiante de nuestro Instituto Provincial en 1944, Ofelia Cabrera Zaldívar.

Primeramente damos paso a la crónica, que sobre el deleznable hecho del robo perpretado a nuestra más que emblemática joya, ofrece hoy Joaquín Estrada Montalván  en su blog “Gaspar, el Lugareño”


 
El Santo Sepulcro ha sido nuevamente saqueado, y en esta ocasión el robo ha sido de mayor cuantía. Esta importante joya ligada a la cultura principeña había sufrido en el pasado el robo de no pocas campanitas de plata que adornan la pieza y que son renovadas de cuando en cuando. Además, le habían sustraído una parte de su enchapado de plata. Por esto motivo el Santo Sepulcro, como medida de protección, fue trasladado desde su lugar en los altares laterales de la Iglesia de la Merced, a un lugar seguro bajo llave y fue precisamente en este sitio donde tuvo lugar el destrozo que se puede apreciar en las fotos.

Llama la atención que la iglesia local camagüeyana evite pronunciarse sobre este lamentable suceso. Se tiene conocimiento gracias a las fotos - algunas de ellas se publican en este post - que han sido enviadas por católicos desde la diócesis y que circulan en las redes sociales, junto a  manifestaciones de condena y dolor de varios feligreses.

El Santo Sepulcro está considerado como una de las piezas más valiosas de orfebrería religiosa cubana. Alrededor de las circunstancias en que fue construido, se teje el misterio de una de las tantas y hermosas leyendas camagüeyanas. Se sabe con exactitud que fue fabricado por el joyero mexicano Juan Benítez Alfonso, en el patio del Convento de la Merced en el año 1762.

 Según reportan desde el Camagüey, el despojo de gran parte del enchapado de plata del Santo Sepulcro no ha sido el único hecho de este tipo ocurrido recientemente en el templo de La Merced, pues entre otras fechorías ha desparecido un fresco antiguo relacionado con la historia de la Orden Mercedaria que atesoraba el emblemático recinto religioso de la ciudad de las Iglesias. Asimismo, los fieles se quejan del estado actual de abandono en que se encuentra el que fuera el Convento de la Merced, hoy Casa Pastoral Diocesana.   

Fotos Ileana Sánchez, y del Facebook de Oscar Góngora

El Santo Sepulcro

Camagüey es una de las primeras villas que se construyeron en Cuba, y es una de las más ricas en tradiciones y leyendas. Varias historias se han escrito sobre el Santo Sepulcro de Puerto Príncipe y los motivos que tuviera el Sacerdote Fray Manuel de la Virgen Agüero al ordenar a su costa la construcción de esta joya de plata pura, no sólo por su valor real sino por la interesante tradición que la acompaña aun, a una distancia de más de doscientos años…

Corría el año 1784 en la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe. Tenía allí su hogar un patriota principeño nombrado Manuel de Agüero Varona, señor acaudalado de la época, feliz propietario de varias fincas ganaderas, de trapiches o ingenios para la fabricación de "mascabado", que así se nombraba nuestra primitiva azúcar, así como de numerosos esclavos.

Estaba casado con Catalina de Bringas y residían la calle Mayor, hoy Cisneros, en una casa que ya en tiempos de la República ocupó la Asociación de Detallistas de Camagüey, al lado de las Oficinas de Correos y Telégrafos.  Las cuadras y caballerizas tenían su salida por la calle Candelaria, luego Independencia.

Un matrimonio de apellido Moya trabajaba en la casa al servicio del matrimonio Agüero-Bringas, llegando ella a ser ama de llaves de la familia. Con ellos vivía su hijo. El matrimonio Agüero-Bringas tenía también un hijo y ambos niños intimaron, jugando y yendo juntos a la escuela. Así fueron creciendo hasta llegar a la enseñanza superior.  Don Manuel decide llevarlos a la recién estrenada Universidad de La Habana, matriculándose los muchachos en diferentes materias.    

Pasado algún tiempo, una noche, a la hora de la cena, fueron interrumpidos por el ama de llaves, la madre del joven Moya que,  sollozando, casi gritando, decía: «¡Qué desgracia! … ¡Qué desgracia!…» Al ser cuestionada por don Manuel, que no comprendía la extraña actitud de la buena mujer, respondió: «Mi hijo acaba de llegar de La Habana y me narró algo horrendo… que se efectuó un duelo con su hijo de usted y que tuvo la desgracia de darle muerte a su hijo de usted». 

Siguió explicando que a los cortos meses de estar en La Habana les fue presentada una joven de la que ambos se enamoraron. La jovencita no se decidía por ninguno de los dos, por lo que acordaron un duelo a muerte para disputarse el amor de la muchacha.

Don Manuel, sereno, estoico, se levantó de su sillón, se dirigió a su habitación y regresó con una bolsa con onzas de oro, y la entregó a la madre, que arrodillada lloraba inconsolable, al tiempo que le dice:  «Dale a tu hijo y dile que coja de la caballeriza mi caballo negro, y que se vaya lejos, muy lejos, donde yo no lo pueda encontrar más nunca». Así salió Moya dejando dolor y angustias detrás de sí.  Las riquezas y los cargos públicos ocupados por Manuel, como Alcalde Ordinario, Capitán de Milicias, Sargento Mayor de la Plaza, equivalente a Coronel de la misma, nada significaban ante tanto dolor.

Antes de un año dejó de existir doña Catalina, agobiada por el dolor.  Esta nueva desgracia decidió a don Manuel a liquidar sus propiedades, que poco a poco fue vendiendo.  Cuando ya se había deshecho de todas ellas, don Manuel solicitó ingreso como Hermano Mercedario en el cercano convento de la Orden de la Merced, vistiendo un modesto traje de pobreza.  A través de la oración y el sosiego buscaba la resignación cristiana.

Pasado cierto tiempo, se le admitió como integrante de la Orden Mercedaria con el nombre de Fray Manuel de la Virgen, en honor a la Virgen de las Mercedes, de la que siempre había sido devoto, vistiendo el hábito blanco de dicha Orden .   

Entonces Fray Manuel mandó llamar de México a un artífice platero, Juan Benítez Alfonso y le explicó su deseo de construir un enorme sepulcro de plata para el Señor, poniendo a su disposición todos los sacos llenos de discos de plata mejicana que tenía, y que según algunos historiadores ascendían a $25,000, para de esa forma perpetuar la memoria de su hijo asesinado.

El platero comenzó a fundir los lingotes en los mismos terrenos del convento. Los laminaba en primitivos aparatos que se movían por dos ruedas manejadas por cuatro esclavos, y luego los martillaba a mano para ir formando las placas que forraban la gran armazón de caoba que previamente se había construido. Posteriormente se fundieron las 200 campanillas que adornaban el sepulcro.   

En la base del mismo puede leerse la siguiente inscripción:

"SIENDO COMENDADOR DEL R.P. MANUEL DE LA VIRGEN AGÜERO, S.V. ARTIFECE Dn. JUAN BENÍTEZ ALFONSO, Año de 1762"

 El sepulcro, rematado por  una magnifica cruz de plata, tiene un peso de más de 500 libras, mide dos metros en su base, un ancho de 80 centímetros y una altura de metro y medio. Es una obra de acabada orfebrería.

Cada Viernes Santo es llevado por las calles de Camagüey desde la Iglesiade la merced hacia La Catedral, (procesión del Santo Entierro) de donde sale el Domingo de Resurrección para regresar a la Iglesia de la Merced (procesión del Santo Encuentro).

Con el transcurso de los años, devotos, coleccionistas y turistas se fueron llevando las campanillas de plata que poseía el sepulcro, lo que motivó que los camagüeyanos costearan, de su peculio particular,  la fundición de nuevas campanillas para remplazar las faltantes.

En un principio los antiguos esclavos de don Manuel cargaban el sepulcro en sus hombros por las calles camagüeyanas en ambas procesiones. En la noche del Viernes Santo y en medio del silencio respetuoso de los acompañantes, se dejaba oír el rítmico tintineo de las campanillas marcado por el acompasado movimiento de los costaleros. 

En los primeros tiempos cada Viernes Santo la procesión salía a las 7 p.m. de Ia lglesia de La Merced  por la calle Soledad (Estrada Palma) hasta Pobres (Padre Olallo) y por dicha calle hasta la calle Mayor, para recogerse en la Iglesia Catedral. La imagen de maría seguía hasta La Merced. Años más tarde este recorrido fue modificado, saliendo a las 8 p.m. y acortando el recorrido.  En lugar de seguir por Soledad hasta Pobres, la procesión doblaba por Avellaneda hasta llegar a la antigua Plaza de San Francisco y tomar la calle Luaces hasta la Catedral.

En la mañana del Domingo de Resurrección el Santo Sepulcro salía de la Catedral llevando en su parte superior la imagen del resucitado, de pie, adornado de un valioso manto de púrpura y oro. Era la procesión “del Encuentro”. En efecto, a la altura de la centenaria sociedad “Liceo” se encontraba con la imagen de la Virgen María  y se verificaba el “saludo” de La Madre y el Hijo, haciendo ambas figuras un ligero movimiento producido por la inclinación de los costaleros. Luego seguían juntos hasta el Convento-Iglesia de La Merced.  

Varios años después del fallecimiento de Fray Manuel de la Virgen, ocurrido el 22 de Mayo de 1794, algunos de sus descendientes establecieron una reclamación judicial sobre su herencia. El litigio duró más de 50 años dado que esos asuntos debían resolverse en el Tribunal Supremo de Madrid, así como debido también a la Guerra de los Diez Años. Durante ese tiempo el sepulcro no se guardó en la iglesia, sino que quedaba depositado en una casa de la calle San Ramón y Astilleros, hoy Ángel Castillo, residencia de una familia de apellido Agüero. Desde allí, año tras año, era llevado al Convento mercedario para realizar la Procesión del Santo Entierro y el lunes era devuelto al citado domicilio de los Agüero. Con el advenimiento de la República y de acuerdo con el Tratado de Paris y acuerdos posteriores entre España y los Estados Unidos de América, se dispuso que todas las propiedades del Estado Español de índole religioso pasaran a la Iglesia Católica y se supone  que entre esas propiedades estaba la del Santo Sepulcro.

 Camagüey, Agosto de 1955. M.C. González.
Reproducido de la revista "El Camagüeyano", Miami, Oct. 1990.

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20 de mayo de 2014

Leyendas camagüeyanas: El paso de Lesca

El Paso de Lesca
Ana Dolores García

    La Sierra de Cubitas, al norte de la ciudad de Puerto Príncipe, posee las escasas pero importantes elevaciones que se destacaban en la gran llanura del antiguo cacicazgo de Camagüebax. Es más, se interponía desafiante entre la capital de la región y los puertos y poblados de la costa norte: La Gloria, La Guanaja, Piloto y Nuevitas, por donde llegaban los barcos procedentes de La Habana con avituallamientos, viajeros y correo. 

    Hoy conocemos como  “Paso de Lesca”  uno de los desfiladeros que la atraviesan, y que antes de poseer ese nombre no era mas que “el camino de Hinojosa” al formar parte de las tierras de un dominicano llamado Manuel Hinojosa. Era un camino prácticamente desconocido e intrincado, porque el más frecuentado era el de “los paredones”, de más fácil acceso para quienes tenían que atravesar la sierra en sus viajes hacia la costa o, a la inversa, a la villa principeña.

   Hacía escasos meses que Carlos Manuel de Céspedes se había alzado en La Demajagua el 10 de octubre de 1868, dando comienzo a la Guerra de Independencia, y que el Camagüey   le diera su respaldo en la reunión de Las Cavellinas, a orillas del Saramaguacán, el 4 de noviembre.  Si, la parte oriental de la isla se levantaba contra España, lo que hizo surgir la alarma entre las autoridades de la colonia. Desde La Habana, la Capitanía General ordenó el envío de tropas que contuvieran el avance de la rebelión a las provincias occidentales. Una tropa al mando del brigadier Juan de Lesca Fernández zarpaba por mar para reforzar las asediadas tropas españolas del Príncipe.    

    El desembarco de las tropas de Lesca se realizó el 18 de febrero del 69 en el puerto de La Guanaja, costa norte de Camagüey.  Lesca organizó a sus hombres, -caballería, artillería e infantería-, lo que sumaba un total aproximado  de dos mil efectivos, y partió hacia Puerto Príncipe apenas tres días después del desembarco.

   La Sierra de Cubitas se les enfrentaba. Los grupos de separatistas cubanos merodeaban por todos aquellos poblados, confrontando las patrullas españolas con incontables escaramuzas. Para cruzar la sierra, el paso más conveniente y más conocido por su accesibilidad era el de los paredones, pero también resultaba ser el más peligroso por la posibilidad de que los cubanos probablemente intentarían cortar el paso a la tropa española y entablar combate.

   Fue entonces cuando Lesca se decidió por el viejo camino de Hinojosa con la esperanza de confundir a los mambises, por lo que con sus hombres se adentró en aquel casi abandonado camino flanqueado de rocas y cuevas. Fue su desgracia, porque de algún modo los cubanos se enteraron de sus planes y también se dirigieron hacia aquel desfiladero. Esperaron a la tropa española y le tendieron una emboscada.

   Sorprendido en medio el desfiladero, ni siquiera le quedaba a Lesca la posibilidad de una retirada para escapar del encierro. A pesar de la marcada superioridad numérica española tanto en soldados como en armamento, la sorpresa del ataque y el verse atrapados entre aquellos infranqueables muros de roca, convirtieron la batalla en un desastre para los españoles. El combate duró horas, al cabo de las cuales se retiraron los improvisados soldados cubanos, cuya experiencia militar se limitaba a pequeñas escaramuzas. Sobre la tierra del viejo camino de Hinojosa quedaron los cadáveres de más de cien soldados españoles. Y como siempre les sucede en las guerras a los perdedores, los sobrevivientes siguen adelante y los muertos y heridos desahuciados quedan detrás. A los de este combate los encerraron en las cuevas, sepulcros naturales que les propiciaron aquellas murallas rocosas.

    Lesca pudo reorganizar sus tropas y escapar del angosto desfiladero. Lograron llegar maltrechos a Puerto Príncipe, pero según el parte oficial del mando español las pérdidas ascendieron a “ciento veinte hombres, ochenta y un caballos, tres bueyes para carga y todo el convoy de municiones y vituallas”.  El enfrentamiento, que ocurrió el 23 de febrero del 69, dio origen a un nuevo nombre para aquel desfiladero. A partir de entonces, pasó a ser conocido como el “Paso de Lesca”.

   El desastroso resultado del combate para las tropas españolas y el hecho de que aquel apartado camino hubiera pasado a ser improvisado cementerio, fue creando “la leyenda del Paso de Lesca”. Los campesinos de la zona rehuían adentrarse en el por la noche porque, según muchos, se oían voces y gritos y no cabían dudas de que provenían de los muertos allí abandonados y enterrados. Incluso de día había temor de tomar esa ruta. Algunos de los que se atrevían a hacerlo plantaban cruces, dejaban flores y oraban por los muertos que allí había.  

    A pesar de que las cuevas fueron tapadas, el miedo permaneció por muchos años. El paso del tiempo y la naturaleza ayudaron a alterar el paisaje: malezas y arbustos  cubrieron rocas y escondieron aún más aquellas cuevas, pero  la leyenda permanece entre los mitos de nuestra Historia.

17 de abril de 2014

La leyenda del Santo Sepulcro


La leyenda del santo sepulcro

Tal vez superada solamente en popularidad por la leyenda de Dolores Rondón, la historia del Santo Sepulcro ha sido también motivo de diferentes narraciones, algunas de ellas más o menos adornadas y anoveladas, pero todas parecidas. Porque en todas ellas queda claro quién fue la persona que costeó esa joya, así como el motivo que lo condujo a ello, a renunciar a su fortuna y  recluirse en un convento.  Esta Gaceta de Puerto Príncipe recoge hoy otra de esas versiones,  ya que con anterioridad se publicó en este blog la narración que sobre esta legendaria historia escribió Dr. Abel Marrero Companioni.

La autora de la presente versión lo fue Ofelia Cabrera Zaldívar, alumna de la Dra. Ángela Pérez Lama  en la Cátedra de Español del Instituto de Segunda Enseñanza de Camagüey. Este ensayo formó parte de un libro escrito por sus alumnos, en el que se recogían las más importantes leyendas de nuestra historia pretérita. El libro se tituló precisamente “El Camagüey Legendario” y fue publicado por la Imprenta La Moderna, Camagüey, en 1944 y estaba avalado por la supervisión y la seriedad académica de la Dra. Pérez Lama. [adg]

 
Hay en el corazón humano dos grandes pasiones que producen consecuencias distintas para la humanidad. Una es la pasión noble y generosa del amor, la otra la pasión baja y miserable del odio. Una y otra, amor y odio, han llevado al hombre a escribir las páginas más intensas de la historia: grandes y bellas unas, tétricas y aborrecibles las otras. El amor y el odio han tejido en muchas ocasiones tristes y emocionantes historias en que la tragedia ha puesto una nota de intenso dolor; tal es la historia del Santo Sepulcro que se venera en esta ciudad y que ha dado origen a la leyenda de ese nombre, a la bella leyenda camagüeyana del Santo Sepulcro.

Trasladémonos con la mente a principios del siglo XVIII, época en que Puerto Príncipe vivía en medio de un ambiente patriarcal que recuerda mucho las ciudades españolas de la Edad Media.

En este ambiente sano y apacible la vida de la sociedad camagüeyana era una vida casi familiar. Por lo regular todas las familias esta­ban unidas por algún lazo de parentesco, lo que hacía que fueran más estrechas las relaciones sociales entre unas y otras.

La familia Agüero, considerada como una de las fundadoras de la Villa, había contribuido notablemente al progreso de la población. Sus descendientes a través de varias generaciones habían enriquecido el tronco fecundo de sus progenitores y habían aumentado el patrimonio de sus mayores.

De una de esas ramas de los Agüero procedía don Manuel Agüero y Ortega, rico hacendado casado con doña Catalina Bringas y de Varona, pertenecientes ambos a la nobleza criolla. Gozaban de general aprecio en la sociedad, no sólo por su posición social, sino por la generosidad cristiana de sus corazones, ya que cuantos acudían a ellos en demanda de ayuda encontraban no solamente la dádiva generosa, sino la frase de consuelo que mitigaba sus sufrimientos.

Rodeados de sus hijos, vivían en una de aquellas grandes casonas camagüeyanas disfrutando de la dulce felicidad que proporcionaba el bienestar material y la tranquilidad de conciencia, cuando la muerte de doña Catalina llenó de tristeza el corazón de toda la familia y muy especialmente el de don Manuel, que decidió deshacerse de todas las cosas de este mundo para entregarse por completo al servicio de Dios, ordenándose de sacerdote.

Era costumbre entre las familias ricas y piadosas de aquel tiempo, proteger a otras familias pobres, formándose entre ellas un vínculo parecido al de la clientela romana. Don Manuel tenía a su abrigo, desde en vida de su esposa, a un niño hijo de una viuda que se criaba en la casa junto con su hijo mayor como si fueran hermanos. Ambos crecieron y se educaron juntos y una vez terminados aquí [Camagüey] sus estudios, don Manuel los envió a La Habana a estudiar Leyes.

Durante los primeros años de residencia en la Capital los dos jóvenes continuaron unidos, pero aconteció que ya próxima a concluirse la carrera, entre ellos se interpuso una mujer porque ambos se enamoraron de una misma muchacha, la que otorgó su preferencia al joven Agüero.

Era ya el último año de la carrera y el amante feliz se disponía a realizar sus más caros ensueños. Pronto se uniría en matrimonio con la que ya era su novia oficial; dentro de unos meses terminaría su carrera y ya soñaba con la dicha de no separarse más de su amada.

Entre tanto en el pecho del joven Moya (que tal era el apellido del hermano adoptivo) ardía cada vez con mayor intensidad la llama del odio hacia el joven Agüero, y una tarde en que paseaban por las afueras de La Habana, sin saberse cómo, el joven Agüero cayó mortalmente herido a manos de aquél que la generosidad de su padre había elevado desde la oscuridad y la miseria hasta la posición prestigiosa que ocupaba.

Pasados los primeros momentos, disipadas las negras pasiones que hasta entonces le habían atormentado, el fratricida sintió remordimientos por la acción cometida. Quizás si hasta la generosidad que en sus últimos momentos tuvo Agüero al no acusarlo movieron su duro corazón al arrepentimiento. Lo cierto es que partió hacia Puerto Príncipe y en el seno de su madre derramó sinceras lágrimas de dolor. Esta pobre mujer oyó horrorizada el relato que le hacía su hijo ya que aquella pobre viuda cifraba en él toda su esperanza; confiando como siempre, en que una vez terminados sus estudios, su hijo encontraría en don Manuel el apoyo en los primeros pasos de su carrera. Ella en su desamparo y su miseria no había tenido otra ayuda, por eso pensaba que podía seguir contando con el apoyo de su generoso protector. ¿A quién podía ahora acudir en aquella situación desesperada sino a él en demanda de perdón y consuelo?

No debió reflexionar mucho; bien fuera por el conocimiento que tenía de aquella alma grande, bien por el natural impulso de los sentimientos del deber y la gratitud que en su alma se albergaban. La viuda se dirigió a casa de la familia Agüero con su corazón desgarrado de dolor.

Era de noche y a esa hora pocos podían verla. Penetró por el zaguán de la casa, pues las demás puertas y ventanas estaban cerradas en señal de perpetuo duelo. Junto a la puerta quedó el hijo, mientras la madre, allá en el portal hablaba con don Manuel. 
 
No sabía éste, ni aún sospechaba, que a su hijo hubiera ocurrido algo, cuando la infeliz mujer, mil veces infeliz, bañada en lágrimas y ahogando en sollozos las palabras, le refirió con todos los detalles la inmensa desgracia que a ambos alcanzaba. 

Aquel hombre valeroso, no lanzó una palabra de reproche. Sereno, augusto en su dolor, volvióse a la mujer y le preguntó ¿dónde está tu hijo?

—Allí— replicó ella, señalando un bulto que se movía en la oscuridad de la puerta. 

Entonces, levantándose don Agüero se dirigió a su habitación, volviendo a los pocos momentos con una talega de onzas de oro, la que puso en las manos de la viuda diciéndole:

—A tu hijo que entre, que tome de la caballeriza el potro Moro y con eso (señalando a la talega) se vaya lejos, donde mis otros hijos no lo encuentren. ¡Dios le perdone! 

El joven Moya se dirigió a Méjico y nunca más se volvió a saber de él.

Pasó el tiempo y cada día se iba acentuando más la pena del padre Agüero. A tal extremo exaltó su fervor esta desgracia, que decidió ingresar como fraile en el Convento de la Merced.

Con el beneplácito de sus hijos, Fray Manuel invirtió la herencia que correspondía a su primogénito en alhajas para el Templo. De estas joyas la más notable es el Santo Sepulcro, único en la Isla, todo de plata, en el cual invirtió más de 23,000 pesos plata, haciendo venir de Méjico expresamente al artífice don Juan Benítez Alfonso. El sepulcro es de una belleza imponente y a su paso por nuestras calles en la tradicional procesión del Santo Entierro, el Viernes Santo, llena de recogimiento los corazones por su majestuosidad, acentuada por el constante tintineo de las trescientas campanillas que lo adornan. En el exterior tiene esta inscripción:

SIENDO COMMENDADOR EL R.R. PREdo. F. JUAN IGNACIO COLON A DEVOCION DEL P. F. MANUEL DE LA VIRGEN Y AGUERO. SU ARTIFICE Dn. JUAN BENITES ALFONZO. AÑO 1762. (sic)

Además del Sepulcro, Fray Manuel mandó a construir el altar mayor hecho también todo de plata, el trono de la Virgen, varias lámparas, ángeles, etc. Toda la considerable herencia de su hijo la dedicó a embellecer la casa de Dios. En la actualidad sólo se conservan el Sepulcro y el Trono de la Virgen que se sacan cada año en Semana Santa, ya que el fuego ocurrido en la Iglesia hace años, destruyó el Altar Mayor, lámparas y otros objetos.

Así, a través de los años, el Sepulcro que se guarda en un altar expresamente construido para él por la familia Rodríguez Fernández, trae a la memoria de los camagüeyanos el siniestro recuerdo de aquel crimen que tuvo la virtud de elevar a un grado extraordinario de santidad el corazón de un padre desgraciado. Hoy, a casi dos siglos de distancia de aquel suceso nos inclinamos reverentes ante la memoria del noble anciano que supo embellecer su desgracia legando a las generaciones posteriores una joya de arte religioso que no es más que una pequeña manifestación de la belleza serena de su alma grande.

Como dato curioso podemos añadir que durante muchos años el Sepulcro se guardó en la casa de los descendientes de esta rama de los Agüero, pero en la actualidad se venera, como ya dijimos, en el hermoso Templo de la Merced en esta Ciudad. Además debemos agregar que desde los primeros momentos se formó una especie de Congregación o Hermandad con la finalidad de cargar todos los años en la Procesión del Viernes Santo y en la del Domingo de Resurrección tanto el Sepulcro como el trono de la Virgen. Esta hermandad se originó porque al principio los esclavos eran los cargadores, pero más tarde siguió la tradición y se fue trasmitiendo la costumbre de generación en generación.

Los cargadores del Sepulcro y el Trono no reciben remuneración alguna y a pesar de que no tienen reglamento, ni directiva, ni están inscritos en ningún libro, todos los años acuden puntualmente a desempeñar su noble misión. A veces algunos vienen de veinte leguas de distancia a cumplir con este sagrado deber. Se cuenta que algunos cargadores llevan hasta cincuenta años sintiendo sobre sus hombros lo que para ellos es dulce carga, y que acostumbran  a descansar su cabeza, ya vencidos por la muerte, sobre la misma almohadilla que en vida les ayuda a hacer más llevadero el Santo Sepulcro.

27 de octubre de 2013

Dolores Rondón


Dolores Rondón

Por Miguel A. Rivas Agüero

Entre todos los epitafios habidos y por haber en nuestro Cementerio General, ninguno es tan profundo en su contenido filosófico ni tan popular dentro y fuera de Camagüey, como el dedicado a Dolores Rondón.

¿Quién fue Dolores Rondón y cuál el motivo de la décima a ella dedicada?  Conocemos dos versiones sobre el particular, una la que se refiere a su no existencia corporal, es decir, que se trata de un mito el cual ha alcanzado la categoría de tradición camagüeyana; la segunda versión rectifica la primera, pues Dolores Rondón sí existió.

Según la primera de dichas versiones, el origen de la décima fue motivado porque un grupo de damas religiosas, encabezadas por Doña "Pepilla" de Usatorres, fueron de opinión que la sentencia latina pintada en el arco de mampostería que sirve de entrada principal a nuestro cementerio no decía nada a la totalidad del pueblo que ignoraba ese idioma, y deseosas ellas de señalarle al pueblo que todo lo humano es perecedero y vano, resolvieron colocar en lugar destacado del campo santo una tabla en que se pintó la décima que compuso la mencionada Doña "Pepilla". Décima que, a juicio de esas damas preocupadas porque sus coterráneos ganaran el cielo, les haría abandonar "el orgullo y presunción, la opulencia y el poder".  La admonición no cosechó fruto, pensamos nosotros.  La frase latina supuestamente objetada por doña "Pepilla" y sus compañeras de feligresía, (a las que seguramente se las tradujo su confesor), corresponde a la primera parte del versículo 13 del capítulo XIV del Apocalipsis de San Juan, y dice así: "Beati mortui qui in Domine moriuntur", o sea, Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor.

La segunda versión llegada hasta nuestros días podemos sintetizarla diciendo que Dolores Rondón , mulata de rumbo, despreció a un admirador de su propia clase y se "arrimó" (o como ustedes quieran llamar al matrimonio "non sancto"), a un oficial español perteneciente al regimiento destacado en Camagüey, el cual proporcionó a Dolores una vida superior a las que en su medio hubiera tenido.  Pero, finalmente, Dolores contrajo viruelas y de ellas murió en el hospital de "El Carmen", no teniendo a su lado más compañía y consuelo que la del abnegado y devoto admirador que ella había despreciado.

Don Abel Marrero Companioni, en sus amenas "Tradiciones Camagüeyanas", nos revela datos sobre Dolores Rondón que tal parece como si él la hubiera conocido desde su nacimiento hasta su muerte.  En efecto, él nos dice que Dolores Rondón "era hija de un catalán llamado Vicente Rams, establecido en el giro de tejidos cuyo comercio se llamaba "Versalles" y estaba situado en la calle "Candelaria" (Independencia) frente a la plazoleta de "Paula" (Maceo).

De la madre de nuestra heroína menciona que debió ser de apellido Rondón, y que era parda, muy clara. En cambio de "Lolita", como indica llamaban a la hija, nos da una completa descripción desde su infancia, pues dice "fue una niña precoz, inteligente y llena de gracia y picardía" y que, "con los años se formó un conjunto de completa belleza", pues "era el tipo verdadero de la criolla, mezcla de parda (muy clara) y un catalán bien parecido y arrogante", añadiendo en la descripción que "su color era trigueño, pero un trigueño lavado mate, nada de brilloso, de ojos semiverdes y expresivos, pelo negro, lustroso y lacio, completando el conjunto un cuerpo verdaderamente modelado y airoso".

"Lolita, -continúa Don Abel-, despreciando a un enamorado de su clase, se casó con un militar español del que parece enviudó prontamente, aunque después de haber disfrutado de una vida activa de sociedad muy superior a la esfera social en que nació y se crió".

Finalmente, nos dice su cronista que "Lolita falleció de viruelas en el Hospital del Carmen alrededor de 1863, y que el único acompañante que tuvo durante su enfermedad fue su constante admirador desde su niñez, un barbero llamado Francisco Juan de Moya Escobar", a quien él atribuye la ya tradicional décima.

Desde luego, Dolores Rondón debió ser la belleza física que Don Abel ha elucubrado en su mente describiéndonos lo que llamaríamos "una mulata de rumbo", como la Cecilia Valdés que inmortalizó en su novela Cirilo Villaverde y ha llevado a la exaltación de su gloria, en el Teatro, el Maestro Gonzalo Roig.

Ahora bien, apartándonos de la fantasía, pues tratamos de hacer historia y no novela, confesamos que en nuestras búsquedas en archivos camagüeyanos no hemos encontrado detalle alguno que nos lleve al nacimiento, matrimonio ni al fallecimiento de Dolores Rondón.

Sólo tenemos dos datos verídicos relativos a Dolores Rondón, y con ellos queda eliminada la supuesta no existencia que le atribuyó doña "Pepilla" de Usatorres; el primero es que, según el "Padrón de Vecinos" del Barrio de Santa Ana efectuado por el Ayuntamiento el año 1819, encontramos que en la calle del "Santo Cristo del Buen Viaje", en la casa número diez y nueve, vivía en esa fecha: María de los Dolores Rondón, parda libre, de 15 a 40 años de edad, y además allí vivía "una hembra" de un día a quince años".

La forma de confeccionar el Padrón mencionado limitando las edades de un día a quince años, de 15 a 40, y de 40 en adelante, y sin mencionar parentesco o relación alguna entre los ocupantes de una mima casa, no nos permite determinar cuál fuera, en 1819, la edad de María de los Dolores Rondón, ni si la hembra de un día a quince años era hija suya, aunque se puede presumir, pero, también cabe pensar, que fuera la propia Dolores Rondón, "la parda libre de 15 a 40 años de edad."

El otro dato que tenemos sobre Dolores Rondón nos lo da el libro de bautismo Nº. 16 de morenos y pardos de la Parroquia Mayor (Catedral), pues a folios 78-79 aparece anotada en agosto 30 de 181 (sic), la partida Nº 256 relativa a Caridad de Jesús, hija legítima de Francisco Rondón, moreno libre, y de Manuela Furniel, también morena libre, siendo la madrina de Caridad de Jesús: Dolores Rondón.

Tenemos pues, dos fechas positivas y una supuesta relacionadas con Dolores Rondón: la del Padrón de 1819 y la del bautizo en que ella fue madrina en 181. (sic), y la de la supuesta defunción alrededor de 1863, pero, no es dable determinar en qué fecha ella nació, nacimiento que hemos buscado con verdadero interés en todas las parroquias camagüeyanas.

En cuanto al matrimonio de "Lolita" y un militar español, podemos afirmar que tal matrimonio no existió, pues no figura en ninguna de nuestras iglesias. La unión de Dolores Rondón, mulata de rumbo, con un militar español, cuyo matrimonio tenía que ser aprobado por el Rey en aquella época, hubo de ser, como antes señalamos, por "detrás de la iglesia".

Tampoco, como ya expresamos, hemos localizado la defunción de Dolores Rondón, quizá la búsqueda no ha sido suficientemente exhaustiva pues para ello sólo se podía partir de fechas supuestas.  Abrigamos, sí, la esperanza de poder hacer algún día búsquedas más minuciosas en los libros sacramentales de nuestras parroquias y así localizar el nacimiento y el fallecimiento de Dolores Rondón.

En cuanto al barbero Francisco Juan de Moya Escobar, considerado como el autor de la décima dedicada a Dolores Rondón, tenemos antecedentes de que trabajaba en una barbería que por muchos años estuvo situada en la calle de la "Reina" (República), frente a la iglesia de la Soledad.

Si Francisco Juan de Moya Escobar fue realmente el autor de la décima en cuestión, hay que convenir en que la suya fue una mente que recibió algún cultivo, y que tuvo un corazón purificado por el dolor y la abnegación, según se desprende del fondo filosófico que en apretada síntesis, dichos versos encierran:

Aquí Dolores Rondón
finalizó su carrera;
ver mortal y considera
las grandezas cuáles son.
El orgullo y presunción,
la opulencia y el poder,
todo llega a fenecer,
pues sólo se inmortaliza
el mal que se economiza
y el bien que se pueda hacer.

Reproducido de  la revista "El Camagüeyano", editada en Miami por la Dra. María Antonia Crespí

26 de octubre de 2013

Dolores Rondón, versión poética


Versión Poética
Dolores Rondón
Por Abel Marrero Companioni.

De su Libro " Tradiciones Camagüeyanas"
editado por Libreria Lavernia,
Talleres Artes y Oficios, Camagüey, Cuba.
 
Aquí Dolores Rondón
finalizó su carrera.
Ven mortal y considera
las grandezas cuáles son:
El orgullo y presunción,
la opulencia y el poder,
todo llega a fenecer
pues sólo se inmortaliza
el mal que se economiza
Y el bien que se puede hacer.
 
Esta poesía a guisa de epitafio, apareció en nuestro Cementerio en los primeros meses del año de 1,883 en el siglo pasado.  Estaba escrita en letras negras en una pequeña pieza de cedro, pintada de blanco, y unida a una pequeña estaca de madera dura enclavada en la parte norte del primer tramo de nuestro Cementerio, demostrando que el cadáver había sido enterrado directamente en la madre tierra.

En los primeros días de este suceso, sólo algunos curiosos se interesaron por conocer quién era Dolores Rondón, y el por qué de esa manera tan original de recordarla.  Pasaron los meses y los años y la curiosidad aumentaba, puesto que se apreció que cuando la tabilla por la intemperie, el sol y las lluvias se deterioraba, era nuevamente remozada por manos anónimas, y este detalle si empezó a interesar a los camagüeyanos.

¿Quién era Dolores Rondón? ¿Quién era el autor de esa poesía tan original para recordar un ser querido, al que de paso se le censuraba su vida terrenal?  Una ligera alusión a este asunto apareció un día en el diario local, pero sólo se hacía el comentario, al acudir el periodista al cementerio acompañando a algún familiar o amigo, quedando luego el asunto entre las cosas intrascendentes.

En el año de 1933, siendo alcalde de esta ciudad el Sr. Pedro García Hagrenot, ordenó la construcción de un pequeño monumento, compuesto de un pedestal de un metro de altura, rematado por una cruz de mármol también de un metro, e hizo esculpir en una placa de mármol blanco la poesía de la tablita, salvando con esta medida del olvido, un hecho que sin importancia llenó un hueco en la historia de nuestra ciudad.

Antes de seguir adelante, es importante aclarar, que a pesar de una constante búsqueda de datos concretos en archivos y registros en las iglesias y oficinas, indispensables para la mejor afirmación de los datos que sólo tenemos de particulares, de informaciones de ancianos que desde hace muchos años nos han referido detalles que aquí apuntamos, asegurando que son exactos, y que esta narración es la verdadera y única de este episodio camagüeyano.

Como decíamos anteriormente, no tenemos la fecha exacta del nacimiento de Dolores Rondón; sólo sabemos que nació en la calle de Hospital, hoy Carlos M. de Céspedes, entre las calles de Cristo y San Luis Beltrán; era hija de un catalán nombrado Vicente Rams, que poseía una tienda de tejidos y ropa hecha en la calle La Candelaria, hoy Independencia, próximo a la Plaza de Paula, hoy Maceo. La tienda tenía el nombre de "Versalles".

Tampoco hemos podido conocer el nombre de la madre, que es de suponer fuese de apellido Rondón, debido a que siendo el padre Rams, ella usaba el de la madre, como era lo usual en los hijos extralegales; tampoco hemos podido obtener la inscripción de Dolores en ninguna iglesia de la Ciudad, debido a que en aquellos tiempos no existían lo Registros Civiles.

Dolores (Lolita como la llamaban) fue una niña precoz, inteligente y llena de gracia y picardía, encanto de toda la barriada que demostró desde sus primeros años su inteligencia, aprendiendo prontamente en la escuelita del barrio. Como hija de catalán poseía una buena voz, y gustaba del canto; así fue creciendo protegida económicamente por el Padre.

Muy próximo al hogar de Lolita existía una barbería, siendo el dueño en aquellos días un joven que pomposamente se hacía llamar Francisco de Juan de Moya y Escobar, el que había recibido una mediana educación, siendo además de barbero, un aficionado curandero del sistema Homeopático, habiendo sido autorizado como Flebotomíano, es decir, autorizado para extraer molares, aplicar sanguijuelas, practicar sangrías y realizar escarificaciones, y este joven tan lleno de títulos que oía cantar a diario a Lolita debido a la proximidad de sus hogares, se sintió prendado de sus incipientes encantos, prodigándola desde niña piropos, requiebros, así como el envío de versos y regalos en sus fiestas de cumpleaños.

La niña crecía.  Con los años se formó un conjunto de completa belleza.  Era el tipo verdadero de la criolla, mezcla de una parda (muy clara) y un catalán bien parecido y arrogante.  Su color trigueño, pero un trigueño lavado o mate, nada de brilloso; sus ojos semi-verdes y expresivos, pelo negro, lustroso y lacio, completando el conjunto un cuerpo verdaderamente modelado y airoso, y así, a medida que llegaba a su completo desarrollo aumentando en belleza, aumentaba también el amor del vecino barbero, cuyas declaraciones apasionadas recibían la burla y el desaire para demostrar su repulsa y desprecio.

No tenemos detalles del comienzo del idilio y el consiguiente matrimonio de Lolita con un oficial del ejército español, al que suponemos debido a las relaciones comerciales de su padre con la oficialidad destacada en esta ciudad por ser el catalán proveedor de ropas al ejército, llevándose a cabo el conocimiento de ambos.

Al realizarse la boda, Lolita dejó la pobre barriada de la calle Hospital, traslaándose con su esposo a vivir en la Plaza de San Francisco, comenzando así su vida tan ambiciosa de fiestas, bailes y alternar con personas distinguidas. La encontramos asistiendo a los bailes del Casino Español, donde asistía no sólo la oficialidad del ejército sino una buena parte de ricos comerciantes y altos funcionarios del gobierno con sus esposas y familiares. También asiste y toma parte en los festejos que en la Plaza de Armas se efectuaran con motivo de la Restauración de la Monarquía y la coronación del Rey Amadeo de Saboya.

Alguien, sin que lo hayamos confirmado, nos dice que el matrimonio realizó un viaje a España en cuyo lugar murió el esposo que ya era Capitán.  Otros afirman que habían regresado de ese viaje y que su muerte se produjo aquí.

Viuda ya Dolores Rondón, no es posible conseguir dato exacto de su vida por muchos años, y como esta narración no es un capítulo de novela nos abstenemos, desconociendo lo que hizo en ese intervalo de tiempo, después del cual se inicia su declinación y su pobreza, hasta encontarla en una cama del Hospital de "El Carmen", atacada de viruelas en la epidemia que azotó a esta ciudad en el año de 1863, y allí a su lado su eterno enamorado Francisco Juan de Moya, llenando las funciones de enfermero, de padre y de hermano, pues le hacía las curaciones como podría hacerlo una madre.

No hemos podido comprobar, tampoco, si en su lenta caída hacia la miseria ya ella había recurrido a él; tampoco conocemos si antes de enfermar llegaron a vivir maritalmente.  Todo es un secreto -no tratemos de descorrerlo- sólo afirmamos que él, el enamorado despreciado por tantos años fue el único y el último amparo de la desdichada y linda vecinita de la calle de Hospital.

A su fallecimiento, es de suponer que fuera conducida al cementerio en el carro llamado en lenguaje hospitalario "la lechuza", siendo sepultada como pobre de solemnidad, y como único recuerdo escribió sólo él, la bellísima composición que tan admirada ha sido y será, por contener no sólo un gran sentido filosófico, sino la belleza de haber podido encerrar en 10 versos toda la historia de sus amores, los desdenes de ella y las cualidades que él estimaba eran sus defectos, como orgullosa, pretensiosa y su exposición a los que leyeren que todo pasaba, quedando "lo bueno que se puede hacer".

Por última vez afirmamos que de este episodio se han forjado varias leyendas y cada una según sus noticias ofrece una versión distinta.

Camagüey, Junio 4, 1958.