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25 de abril de 2016

El Cardenal Manuel Arteaga y Betancourt

EL CARDENAL MANUEL ARTEAGA Y BETANCOURT



Por Frank de Varona

A pesar que Manuel Arteaga y Betancourt fue el primer cardenal nacido en Cuba y uno de los primeros de América Latina, ha sido olvidado por muchos cubanos. Pocos recuerdan a este eminente líder eclesiástico que fue toda su vida un anti-comunista y que fue perseguido por el régimen de los hermanos Castro.

Nació en el seno de una familia religiosa el 28 de diciembre de 1879 en la villa de Santa María del Puerto del Príncipe, actual Camagüey. Su padre fue Rosendo Arteaga Montejo, hijo de Juan Arteaga y Agramonte y María Francisca Guerra-Montejo y de Varona. Su madre fue Delia Betancourt y Guerra, hija de Gaspar Alonso de Betancourt y Gutiérrez y de Catalina Guerra y del Castillo.

Manuel tuvo dos hermanas, María y Rosa. Sus antepasados eran todos miembros de distinguidas y antiguas familias camagüeyanas.

Fue bautizado el 17 de abril de 1880 en la parroquia mayor de Puerto Príncipe por su pariente, el presbítero Virgilio Arteaga. Sus padrinos fueron María Betancourt y Manuel Arteaga.

Su tío, el sacerdote Ricardo Arteaga Montejo, lo llevó a Venezuela en 1892 donde el futuro cardenal cursó sus estudios, obteniendo el título de bachiller en filosofía el 15 de junio de 1898 en la Universidad Central de Venezuela. En 1900 ingresó en el convento de los frailes capuchinos en Caracas. Al año siguiente continuó sus estudios en el Colegio Seminario de Santa Rosa de Lima en Caracas.

Sacerdocio y episcopado

Manuel Arteaga y Betancourt fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1904  en Caracas, Venezuela, país donde realizó su ministerio sacerdotal hasta el año 1912. Fue trasladado a su ciudad natal de Camagüey y ejerció como sacerdote allí hasta 1915. Durante su estancia en Camagüey bautizó a mi padre, Jorge Luis de Varona, en la Iglesia de la Caridad. El futuro cardenal estaba emparentado con mi familia.

El padre Arteaga fue nombrado  provisor y vicario general de la diócesis de La Habana en 1915 y sirvió en ese cargo hasta 1941. El Papa Pío XI (foto) lo nombró monseñor y prelado doméstico el 31 de mayo de 1926 y, después del fallecimiento del arzobispo de La Habana, monseñor Manuel Ruiz y Rodríguez, fue elegido vicario capitular de la archidiócesis el 3 de enero de 1940.

Fue elegido arzobispo de La Habana por el Papa Pío XII el 28 de diciembre de 1941 y consagrado el 24 de febrero de 1942 en la Catedral de La Habana. El arzobispo Arteaga fue nombrado  cardenal por el Papa Pío XII el 18 de febrero de 1946, recibiendo  el capelo y el título que lo convirtieron en el primer miembro del Colegio Cardenalicio nacido en Cuba.

El cardenal Arteaga, junto al obispo santiaguero Enrique Pérez  Serantes, ayudó a salvar a muchos  jóvenes revolucionarios  durante los años de la lucha contra el gobierno de Fulgencio Batista.  Fue uno de los cardenales que participó en el cónclave que eligió el Papa Juan XXIII en 1958.

Muerte y sepultura


Tumba del cardinal Arteaga en el cementerio Colón.

El cardenal Arteaga fue perseguido por el régimen Comunista en Cuba. Se vió obligado a refugiarse  en la embajada de Argentina en La Habana y después en la nunciatura apostólica desde 1961 hasta 1962. Con mucha tristeza contempló el cardinal camagüeyano la derrota de la Brigada 2506 y el encarcelamiento de muchos cubanos y camagüeyanos, incluyendo algunos de sus parientes.

El cardenal Arteaga se enfermó y fue hospitalizado en el Hospital de San Juan de Dios, en La Habana, donde falleció un año más tarde, el 20 de marzo de 1963, a la edad de 83 años, en casi absoluta soledad. Pocos pudieron asistir a su funeral ya que visitar una iglesia era símbolo de traición en aquella época.

Sus restos descansaron junto al altar mayor de la Catedral de La Habana. Luego fueron trasladados al cementerio de Cristóbal Colón donde recibió sepultura en la tumba que había mandado a construir varios años antes muy cerca de la capilla central del cementerio.

Manuel Arteaga Betancourt es un orgullo para todos los camagüeyanos. Muchos de sus parientes viven en los Estados Unidos, otros en Cuba y Latinoamérica. Fue el primer cardenal nacido en Cuba y todos debemos recordarlo con admiración ya que fue un eminente religioso y anti-comunista que fue perseguido por los tiranos sanguinarios que oprimen a nuestra Patria.

Enviado por Joe Noda

3 de enero de 2016

Sacerdote camagüeyano a Roma

 
Sacerdote camagüeyano formará parte en Roma
del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana.

El Padre Avelino González, sacerdote camagüeyano de la Arquidiócesis de Washington D.C. ha sido llamado a Roma para formar parte del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana, en el que colaborará durante un período de cinco años. Sentiremos su ausencia de Washington, pero nos alegramos mucho por este nombramiento que sin dudas deja muy claros su valía y conocimientos. Le auguramos una fructífera labor. A continuación trascribo el mensaje en el que informaba de su inmediato traslado a Roma a los miembros de la Asociación Virgen de la Caridad de Washington D.C., de la que ha sido orientador durante los últimos años.    


Estimados Hermanos y Hermanas, 

Saludos en este año de misericordia y tiempo de adviento en el que se acercan las fiestas navideñas. Les escribo estas líneas para dejarles saber que la Divina Providencia me ha portado nuevas responsabilidades que requieren mi partida de la arquidiócesis por cinco años. El Cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontifico para la Promoción de Unidad Cristiana, me ha invitado a formar parte de su consejo en Roma apoyando la Santa Sede. Su Eminencia, Cardinal Wuerl, generosamente ha aprobado esta invitación que requiere mi partida de la arquidiócesis a la mitad de enero 2016. 

Quisiera darles las gracias por su dedicación hacia la Asociación Virgen de la Caridad de Washington, DC, Maryland y Virginia, y por su apoyo referente a la celebración de la Virgen de La Caridad del Cobre que hacemos cada septiembre. Les pido que continúen con su entusiasmo y labor para que nuevas generaciones de cubanos, y amigos del pueblo cubano, puedan disfrutar de nuestra celebración anual y de la solidaridad humana representada por el lema: A Cristo por Maria, la Caridad Nos Une. Esta importante y necesaria labor queda en sus manos. 

Por favor cuenten con mis oraciones para una labor fructífera respecto a la Asociación Virgen de la Caridad y también respecto a sus ministerios en sus parroquias. Yo también les pido por sus oraciones en este tiempo de transición.

 P. Avelino González

7 de abril de 2015

En Camagüey hay un cura que sirve para cardenal

En Camagüey hay un cura que sirve para Cardenal

María Victoria Olavarrieta

La preocupación de los cubanos por quién será el próximo cardenal cuando Monseñor Jaime se retire, es muy válida. En la reconstrucción moral que nos espera, la Iglesia, madre y maestra, jugará un papel fundamental.

El mejor ejemplo de cuanto bien puede hacer un sacerdote lo tenemos en el querido Papa Francisco. Yo tuve la suerte de nacer en Cuba, en una familia católica, de conocer a la iglesia cubana desde dentro, de sufrir por sus errores y después de un “paseíto por el mundo libre” postrarme en agradecimiento profundo ante esa Iglesia pobre, perseguida, casi estrangulada, que me enseñó a amar a Jesús.

«Un cubano es capaz de hacer cualquier cosa por otro cubano, excepto aplaudirle», escuché al llegar a Miami.

Este exilio obligado me enseñó a aplaudir a las capillitas de los pueblos de campo en Cuba, donde por la carencia de sacerdotes que tenemos, sólo se puede celebrar misa los domingos. En Gaspar, el pequeño pueblecito donde viví mis primeros veinte años, íbamos a la iglesia unas diez o quince personas y con sólo catorce años de edad tuve que empezar a dar catecismo porque no había nadie más para hacerlo. Mis primeros alumnos fueron mi hermana, mi primo y mi vecinita.

A veces nos sentíamos tan solos y tan alejados del resto de la Iglesia. Un día el Padre habló de un encuentro de adolescentes que habría en Camagüey, la capital de la provincia. Toda mi vida le estaré agradecida al Padre Sarduy, de la parroquia de La Merced. Allí, los cuatro guajiritos de Gaspar nos sentimos parte, descubrimos que había mucho más jóvenes católicos con nuestras mismas inquietudes… la incomunicación de aquellos tiempos te aislaba de una manera que llegué a sentirme excluida del mundo, de la vida.

Uno de esos días diluidos en “la nada cotidiana” (cuando aquello no teníamos ni biblioteca, ni cine en Gaspar) llegó a la capilla el Padre Juanito. «Ese cura cree en Dios», sentenció mi abuelo, en su más puro acento castizo y con ese sentido del humor único de los españoles.

Los murciélagos se habían adueñado del falso techo de la capilla y cuando abrías la puerta, el hedor te cortaba la respiración. Lo primero era barrer todo aquel excremento y ponerse a tirar agua, había que traerla a cubos desde las casas vecinas.

El Padre Juan propuso reparar los bancos, la mayoría llenos de comején. Hizo un mejunje con tinta rápida y algo más y pintó el altar que estaba ya muy descolorido. No teníamos ni clavos, y fue una tarea titánica conseguir un poco de pintura para darle unos brochazos a unas paredes que nunca más se habían vuelto a pintar desde que se construyó la iglesia

Era Semana Santa y él propuso salir por las calles, tocar de casa en casa e invitar a los vecinos a celebrar con nosotros. «Este cura está loco», «Éste no se ha enterado que está en Gaspar». Mi tía se encargó de ponerlo al día de como eran las cosas en “Macondo”.

Allí, era frecuente que al terminar la misa, cuando el padre iba a coger su carrito para regresar, “unos jóvenes traviesos” hubieran cortado las gomas. En Cuba las gomas se usan hasta que las ranuras desaparecen, y no puedo explicar como no hay más accidentes por gomas reventadas.

Recuerdo la piedra que lanzó otro “travieso” mientras celebrábamos misa. Una ancianita la recibió en su frente.

Yo adoraba las campanadas del domingo anunciando que ya el padre había llegado. Me conectaban con los templos europeos que había visto en algunas películas y me hacían soñar con una iglesia sin murciélagos ni goteras.

¡Qué miedo sentí una tarde, cuando fuimos a limpiar la iglesia y nos encontramos que se habían robado el crucifijo y defecado muy cerca de la imagen de Nuestra Señora del Carmen, patrona de Gaspar! De niña, cuando me tocaba limpiar la imagen, compraba un paquete de algodón para limpiarla, ningún paño me parecía lo suficientemente pulcro para quitarle el polvo.

Nos cambiaron de sacerdote y el que vino quiso poner una imagen nueva. Decidieron rifar la antigua. Me daba un dolor que sustituyeran aquella imagen delante de la cual había orado tantas veces. No quería entrar en la rifa. El Padre preparó papelitos dentro de una cesta, cada feligrés fue tomando uno. Yo me quedé alejada. “Mary, por favor, toma el último, es el que queda, éste es el tuyo”. La Virgen se fue conmigo a casa.

Un día amanecimos sin campana. Si allí no había ni sogas, ¿cómo habían podido desmontar aquella campana tan pesada y robarla?

A los pocos días, a una hora inusual, se escucharon las campanadas… provenían de la Unidad Militar, que estaba frente al paseo, en el centro del pueblo, en la misma calle de la iglesia; estaban llamando a sus miembros a la reunión semanal. “Pueblo chiquito, infierno grande”. Poco a poco se supo quiénes habían robado nuestra campana, usando la grúa que solo pueden tener en Cuba los del gobierno.

Tuvimos que tragarnos la indignación (en mi familia casi todo el mundo padece de colitis) y el pueblo se encargó después de contar esta historia de puerta en puerta. «La campana la robaron tres hombres, uno se quedó sordo, el otro ciego y el tercero, medio borracho, cayó dormido sobre los rieles del ferrocarril y perdió una pierna».

Mi tía hablaba sin respirar, ¡qué rabia, qué impotencia! no creo que el Padre Juan hubiese podido decir algo de haber querido, pero su gesto, su mirada, están muy vivos en mi recuerdo. Han pasado 37 años y todavía recuerdo la expresión de sus ojos. Él no dijo una palabra, pero yo entendí lo que había que hacer en una iglesia a la que le han robado su campana.

Ayer, leyendo al psicólogo Archibald Hart encontré lo que vi en los ojos del actual arzobispo de Camagüey aquella cálida tarde: «El perdón es la rendición de mi derecho a herirte por haberme tú lastimado a mí».

Esa Semana Santa que el padre Juan compartió con mi pequeña comunidad me marcó para toda la vida. Recuerdo cuando nos hablaba de la disponibilidad. Logró infundirnos valor, superar la vergüenza y salir a tocar puertas para invitar a la gente a misa. «No va a venir nadie», decían algunos. Nos enseñó cantos nuevos: “Alegre la mañana que nos habla de ti, alegre, la mañana…” Cuando predicaba, con esa voz potente y clara, perfecta dicción, no sentíamos ni a los mosquitos. En ese tiempo fue cuando más me “tentó” la idea de ser monja.

Llegó el Jueves Santo y empezó a llegar gente a la iglesia, no alcanzaron los cantorales. «¿Pero esa vieja es comunista, que hace aquí?» «¿Y tú creías en Dios? ¿Por qué no habías venido nunca antes?» Vienen porque es un cura nuevo, ya verás como después no vienen más.

Llegó el Sábado de Gloria, después de la misa de Resurrección, él regresaría a Morón, donde estaba destinado en aquella época. Yo no quería volver a la rutina, ¿por qué no se quedaba con nosotros? Sentí una tristeza tal que me puse a rezar y con toda la audacia de una adolescente hice un trato con el Señor, sin esperar su consentimiento: «Ok, Señor, llévatelo, pero que llegue a ser Obispo».

Mi tía quería conseguir algo para hacer un pequeño brindis después de la misa; su vecina, “La Pupi”, ofreció el pastel de cumpleaños de su hija. La casa de mi familia estaba justo frente al cuartel del pueblo, así que siempre estuvimos muy bien “protegidos”, cuando ya teníamos el pastel listo para ser llevado para la iglesia, llegaron dos militares a la casa y nos dijeron que: «cuidadito con trasladar el pastel para la iglesia».

Me han contado que cuando el Padre Juan viene a Miami, se va cargado de cubitos de sopa de pollo para las caldosas que ofrece la Iglesia a los necesitados. Cuando estuvo de sacerdote en el pueblo de Florida, provincia Camagüey, muchos ancianos pudieron tomar, al menos, una comida caliente al día. En uno de sus viajes, regresó a Cuba con más de doscientos panties para que las señoras con cáncer pudieran asistir a sus tratamientos en el hospital oncológico, debidamente cubiertas.

No me sorprendería, viendo lo libre que es este Papa que Dios nos ha regalado, que permita que seamos los feligreses los que elijamos a nuestro próximo cardenal y viniendo del Papa esta dispensa, seguro los cubanos del exilio también vamos a poder votar.

Si en una semana en mi pueblo, siendo todavía un curita joven, el Padre Juan pudo acabar con los murciélagos, reparar casi todo lo que estaba roto, llenar la iglesia, y con una sola mirada enseñarnos a perdonar a los ladrones de la campana, cuanto más podría hacer como cardenal de un pueblo al que en cualquier momento se le puede morir la esperanza.

* Profesora de Español y Literatura.

Reproducido de El Nuevo Herald, Miami.
Enviado por Ramón y Adela Ramos.

15 de mayo de 2014

Proceso de Beatificación de Mons. Adolfo



Este sábado 17 de mayo a las 4.30 de la tarde en Saint Dominic, 5909 NW 7th Street, Miami,  se ofrecerá una charla sobre el proceso de beatificación de Mons. Adolfo Rodríguez, que estará a cargo de Miguel Ángel Ortiz, diácono de la parroquia de la Soledad en Camagüey, quien representa nuestra Arquidiócesis en este proceso y ha estado en el Vaticano a tal efecto.

No dudamos de la asistencia de muchos camagüeyanos ante un hecho que tanto nos interesa y nos enorgullece, tal como lo es el proceso de la posible beatificación de nuestro querido Mons. Adolfo. ¡Allá nos veremos!

3 de noviembre de 2013

Sabía usted que..?


¿Sabía usted que en el cementerio de la ciudad de Tampa se encuentra sepultado Mons. Carlos Rius Anglés, quien fuera obispo de Camagüey desde 1949 hasta 1963 y fuera sucedido por Mons. Adolfo Rodríguez Herrera?

Monseñor Rius nació en Cataluña, España, el 7 de enero de 1901 y fue ordenado sacerdote el 2 de febrero de 1924. Fue ordenado obispo de la Diócesis de Camagüey el 6 de marzo de 1949. Falleció el 28 de noviembre de 1971.

Fotografía de la visita efectuada por Mons. Carlos Rius a los Caballeros Católicos del Central Jaronú. Le acompaña el sacerdote P. Caparrós.

Tere Guaty Dewitt 
Texto:
Blog de la Diócesis de Camagüey,

27 de junio de 2013

Sobre el Padre Valencia


Dos de mayo:
Aniversario de la ordenación sacerdotal
y de la muerte 
del Padre Valencia

«Éste es aquel hombre verdaderamente grande, porque aprendió a negarse a si mismo y entregarse por entero a la humanidad... Con su palabra máquina y su ejemplo seductor, arrollaba a cuantos obstáculos se le oponían y creaba cuantos recursos necesitaba...
 
Dominado siempre de alguna idea humanitaria, y de su entrañable amor a este pueblo, lamentaba la situación a que ya se veía reducido por su avanzada edad y sus penosas enfermedades. Bullían allá en su mente dos proyectos grandiosos, dos edificios públicos que a la verdad, señores, hacen notable falta...
 
El había visto por nuestras calles a los pobres locos maltratados por hombres inhumanos y escarnecidos por muchachos malcriados... El Padre Valencia sabía que entre las causas tentadoras del crimen, dos son las principales: la ignorancia y la indigencia
 
¡Imitad sus virtudes cristianas y sociales y bien podéis daros parabienes de que aún vive para la humanidad el Padre Valencia en los corazones de todos los camagüeyanos!»
 
(Del Discurso pronunciado por el glorioso patricio: Gaspar Betancourt Cisneros "El Lugareño" sobre la tumba del Padre Valencia en 1840)
 
El Padre Valencia erigió monumentos a la FE, a la ESPERANZA, y a la CARIDAD.
 
¿Sabrías decir cuales fueron estos monumentos?

Monumento a la fe: la iglesia del Carmen
Monumento a la esperanza: el Colegio del Carmen
Monumento a la caridad: el leprosorio.

Tomado de la página de la diócesis de Camagüey,
Foto: Monumento al Padre Valencia erigido por cuestación popular,
situado a la entrada del Asilo que lleva su nombre, antiguo leprosorio.
Archivo personal, adg.