Mostrando entradas con la etiqueta . Héctor Juárez Figueredo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta . Héctor Juárez Figueredo. Mostrar todas las entradas

22 de enero de 2017

UN SELLO DE CORREOS CON HISTORIA


un sello de correos con historia

Por Héctor Juárez Figueredo

El 8 de febrero de 2004, en ocasión del aniversario 490 de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, el Ministerio de Informática y de las Comunicaciones de Cuba puso en circulación un sello de correos con un valor facial de 15 centavos, que muestra la fachada del antiguo Convento-Hospital de San Juan de Dios, símbolo indiscutible de la ciudad de Camagüey. De su extensa historia he aquí algunos datos:

·       Fue el primer hospital de Puerto Príncipe. sus orígenes se remontan al último cuarto del siglo XVII; y en 1686 ya se registró un enterramiento en la ermita de San Juan de Dios.

·       La fecha de 1728 señaló la oficialización por las autoridades civiles y eclesiásticas de la presencia de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en esta institución.

·       Las construcciones que dieron su configuración definitiva al edificio se estuvieron ejecutando hasta entrado el siglo XIX.

·       En este hospital, durante mas de medio siglo, ejerció su obra benéfica Fray José Olallo Valdés, el Padre Olallo (hoy Beato Olallo Valdés). En su memoria, el 29 de octubre de 1900, se acordó por el Ayuntamiento el cambio oficial del nombre de la Plaza de San Juan de Dios por el de Plaza del Padre Olallo. Y el 7 de marzo de 1901 se develó en la fachada una lápida de mármol, coronada por el Escudo Nacional, en sus colores, para perpetuar la nueva denominación.

·       En uno de los corredores, el 12 de mayo de 1873, fue expuesto el cadáver del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. El cuerpo fue quemado en el Cementerio General, no en la Plaza de San Juan de Dios, como dicen algunos mal informados. Hay también en la fachada una tarja alto relieve de bronce con la efigie de El Mayor.  Es obra de Herminio Escalona y fue colocada en 1986 y alude al acto del 11 de mayo de 1973 con motivo del centenario de la caída de Agramonte.

·       Hasta inicios del siglo XX funcionó aquí el Hospital de Varones. Entre 1902 y 1939 tuvo varios usos: casa de vecindad o ciudadela (en mas de una ocasión), albergue para refugiados durante la guerrita de  febrero de 1917 (La Chambelona), enfermería del Distrito Militar, Escuela Normal de Maestros, Dispensario de las Damas Isabelinas y albergue para los damnificados del ciclón del 9 de noviembre de 1932, entre otros.
·       En 1939 el edificio fue entregado a un patronato. Fue reedificado con la cooperación de particulares, recaudación mediante fiestas, créditos del Estado y la ayuda de instituciones y empresarios locales. Todo el pueblo camagüeyano contribuyó y, en 1950, comenzaron a prestar servicio el Dispensario y el Gabinete Dental del Hospital Infantil San Juan de Dios, inaugurado oficialmente en 1952 y donde ejercieron su labor caritativa las Hermanas Carmelitas Misioneras, presentes actualmente en la Parroquia de Vertientes.

·       Hasta 1968 se mantuvo allí el Hospital Infantil. Durante algún tiempo mas funcionó una sala para niños desnutridos.

·       Entre 1960 y 1991 fue sede de la Escuela de Técnicos Medios de la Salud y luego Instituto Politécnico de  Salud Ignacio Agramonte.

·       El 10 de octubre de 1978, la antigua edificación fue declarada Monumento Nacional.

·       Desde 1991 radica allí el Centro Provincial de Patrimonio Cultural. Entre 1997 y 1998, con carácter provisional, albergó la Oficina del Historiador de la Ciudad. Y desde el pasado año, en la tercera planta, tiene su sede el Centro de Estudios de Conservación de Centros históricos (CECONS) de la Universidad de Camagüey.

Reproducido del Boletín Diocesano de Camagüey Nº 65

        

13 de mayo de 2014

Antiguos escudos de Camagüey


Antiguos  escudos  de  Camagüey
y sus  iconogramas  cristianos

Por Héctor Juárez Figueredo

El 1ro. de febrero de 1819, en medio de fiestas públicas, Puerto Príncipe celebraba el otorgamiento por el rey Fernando VII de dos seculares aspiraciones: el título de Ciudad y la gracia de que usase Escudo de Armas. Casi año y medio antes, el 12 de noviembre de 1817, el monarca español había firmado en Madrid una Real Cédula al efecto.

Para esa gestión, el Ayuntamiento presentó no más de tres diseños de escudo. Uno de ellos fue examinado por don Francisco Doroteo de la Carrera, cronista rey de armas hispano. De la Carrera dictaminó al respecto y, mediante Despacho Real del 10 de marzo de 1817, estableció el diseño definitivo del Escudo de Armas de la ciudad de Puerto Príncipe, que aún Camagüey mantiene.

La propuesta había sido el escudo que para entonces, y extraoficialmente, se usaba. Desde su origen mismo, hace ya (500) años, la villa Santa María del Puerto del Príncipe había contado con su escudo de armas, en permanente evolución. Al estudiar sus blasones (figuras de los escudos), resulta evidente la presencia de iconogramas (simbolismos gráficos codificados) de la fe cristiana. Ellos están presentes en la evolución aquellos primeros emblemas de la identidad local camagüeyana, determinados por la cultura católica.

El escudo “fundacional”: la fe y la Iglesi

El 2 de febrero de 1514, «El Ayuntamiento [...] juró ante el escribano y convocó “a cabildo abierto”, o sea, celebrado con asistencia, voz y voto de todos los vecinos, y acordó poner la villa bajo la protección de “Santa María, Nuestra Señora, y la dicha villa se llamase ad perpetuam rei memoriam, la VILLA DE SANTA MARÍA DE PUERTO DEL PRÍNCIPE. Tomaba por patrona y ponían la Villa bajo su advocación y tomaban por sus Armas y divisas, tanto en la paz como en la guerra, un escudo circular, de color azul y una paloma de plata en media de él. [...]”.» Y así se comunicó al gobernador Diego Velázquez, a la sazón radicado en Baracoa.

          La elección de un escudo circular (redondo) manifestaba la simbiosis de la autoridad laica y religiosa, presente desde el surgimiento de todas las ciudades hispanoamericanas. El escudo circular era el empleado por las regiones y en los emblemas eclesiásticos.  En lo eclesial, el círculo hace referencia a la eternidad de Dios; en lo militar-estatal, recuerda la rodela (Escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada).

          El color azul simbolizaba: realeza, majestad, hermosura, serenidad, lealtad, verdad, justicia, dulzura, lealtad, inocencia y piedad. Es denominado azur en la heráldica, la disciplina que se ocupa de los escudos de armas. Los que ostentaban azur estaban obligados al fomento de la agricultura y a socorrer a los servidores abandonados injustamente por sus señores.

          La paloma, el ave de Dios, desde antiguo representaba a Cristo, a la Iglesia, al Espíritu Santo y a la Virgen María. Mensajera de la felicidad y la paz (Gn 8.10-12), otros valores asociados a la paloma fueron: dulzura, pureza, inocencia, sencillez, amor y paz. Se la consideraba símbolo de la fe cristiana (el bautizo), el pecador arrepentido y la meditación.

          Y por su parte, la plata aludía a: los meses de enero y febrero, la paloma, la fe, pureza, integridad, inocencia, blancura, virginidad. Y de las obligaciones, servir al Soberano en la náutica, defender las doncellas y amparar a los huérfanos.

          Así, en el origen del primer escudo principeño se plantean la fe y la protección por María Santísima, junto a la necesidad de autodefensa, necesarias en un nuevo medio, hostil por demás. Por otra parte, la náutica y la agricultura son aspiraciones económicas en el Caribe antillano de inicios del siglo XVI, fuente y base de aprovisionamiento en el paso conquistador hacia el continente. Las estancias de primeras poblaciones serían beneficiadas con el comercio marítimo y el fomento agrícola (y ganadero más tarde).

El segundo escudo: La Purificación de la Virgen María

          En 1517 se concedió a Cuba el uso de escudo de armas y las autoridades de Puerto Príncipe pidieron al Rey idéntica merced. El gobernador Velázquez no cursó la solicitud, lo que trajo fricciones entre aquel y los principeños.  No obstante, el 1ro. de enero de 1518, «Se acordó por el Cabildo notificar al mismo gobernador, a Santiago de Cuba, que la villa adoptaba como divisa el mismo escudo QUE VENÍA USANDO desde 1514, pero con dos palomas.»

          Era necesaria la modificación. Una sola paloma había devenido, desde el siglo XI, en la traducción plástica del Espíritu Santo (Mt 3.16; Mr 1.10; Lc 3.21-22; Jn 1.32). Se evitaba así una posible interpretación de que fuera el escudo de Sancti Spíritus, villa del Espíritu Santo. Y se ratificaba que un 2 de febrero había sido fundado Puerto Príncipe, Villa de María Santísima de La Candelaria.

          En efecto, la pareja de palomas (tórtolas, pichones de paloma o palominos) recuerda el sacrificio ofrecido por María y José cuando Jesús fue presentado en el Templo (Lc 2.21-38) en correspondencia con el antiguo rito judaico de purificación de la madre (Lev 12.6-8). En el contexto de la Iglesia latina y en siglo XVI, las dos palomas eran una clara alusión a la Purificación de la Santísima Virgen, o La Candelaria: «La fiesta que celebra la Iglesia a Nuestra Señora el día de la Purificación, en el cual se hace procesión solemne con candelas benditas, y se asiste a la misa y procesión con ellas. También se llama nuestra Señora de las Candelas: las cuales dieron el nombre vulgar al día».
          Este escudo, junto con la concesión del codiciado título de ciudad y otras gracias y mercedes, volvió a pedirse oficialmente en 1537, 1566, 1592, 1679 y 1777.  Ninguna de esas gestiones dio frutos.

Un tercer escudo: María Santísima de la Candelaria.

          En sesión del 10 de febrero de 1780, el Cabildo determinó analizar los servicios prestados para la pretensión del título de ciudad. En consecuencia, el 16 de marzo de ese propio año, presentó el síndico Procurador general la información y demás recaudos con que se justifican los varios servicios personales, y pecuniarios que ha hecho esta villa al Rey, casi desde los principios de su establecimiento, el aumento en [que] se halla su población, la brillantez, y civilidad de sus vecinos, y en su vista instruidos, bien inteligenciados los Señores concurrentes de la certeza de sus particulares, de uniformidad acordaron [elevar a la Corona la petición].

          Y así mismo expresaron:

          «Que para alcanzar de la piedad del Rey, la gracia de título de ciudad esta villa, Que use por especial concesión del escudo de armas que por costumbre ha tenido, y se haya  impreso en las fábricas del público sin noticia de su origen ni más alusión que la que tiene con el nombre de la Patrona María Santísima de la Candelaria simbolizado en dos palomas que llevan en medio una hacha ardiendo, pendiente de una mano pura, orlado todo con divisa de un cordón que figura el del toisón de oro [...]».

          La figura de una mano pura (¿angelical?) portando un hacha simboliza toda la procesión solemne del día de La Candelaria.  La devoción canaria por Nuestra Señora de la Candelaria, que es la patrona de esas islas, tuvo indudables resonancias culturales en el Príncipe, donde los oriundos de ese archipiélago se asentaron tempranamente. El imaginario religioso de aquel archipiélago está presente en el escudo de la villa; sirva de comparación el siguiente texto de la gran poetisa cubana Dulce María Loynaz:

«[...] en un lugar tan distante y ajeno como Arequipa en el Perú, vi hace años, abandonado en la sacristía de una vieja iglesia, un cuadro muy antiguo que representaba una singular procesión junto al mar; ella tenía efecto en una playa de arena negra como nunca la habían visto mis ojos, y eran sólo ángeles los que llevaban cirios encendidos. // No supe al punto adivinar la significación del cuadro, que me impresionó sobremanera, y ahora comprendo que el artista anónimo se inspiró en esta tradición que los guanches dejaron a los españoles, historias de criaturas aladas en tránsito de candelas alucinantes.»

          El nuevo añadido, el toisón de oro (del francés toison, vellón, piel con lana o zalea), es la insignia de la Orden homónima, creada en el siglo XV e introducida en España después de 1516. Consiste en una pieza en forma de eslabón, al que va unido un pedernal flamígero, del que pende un vellón de un carnero; se pone con una cinta roja y tiene un collar compuesto de eslabones y pedernales. Se colocaba como ornamento exterior (timbre) de los escudos.

          ¿Por qué el toisón? En el escudo concedido a Cuba por Real Cédula de 9 de enero de 1517, usado entonces como propio por Santiago de Cuba, colgaba al pie un cordero en alusión al toisón de oro, que también aparece claramente en algunas versiones de los escudos de La Habana junto a una corona real, adiciones de los capitulares capitalinos. ¿Los principeños deseaban que su escudo no tuviera nada que envidiar a los de Santiago de Cuba y La Habana...?

          Entre las modalidades de cultos principales en la manifestación de la religiosidad católica hispánica ocupan un lugar principal las devociones especiales a la Virgen María.  Por ello, en la vida religiosa principeña del siglo XVIII María estaba presente en todos sus templos: La Candelaria, en la Parroquial Mayor; La Merced, La Soledad y La Caridad, en sus correspondientes templos; Nuestra Señora de los Dolores, en la iglesia conventual de San Francisco de Asís; Nuestra Señora de Loreto, en la iglesia del Colegio de la Compañía de Jesús; y Nuestra Señora del Rosario, en la ermita de San Francisco de Paula. Además, se iniciaba la construcción —luego demolida— de la iglesia dedicada a Nuestra Señora del Carmen. A ello se une el vínculo con Santa Ana, en el templo homónimo. Y además, en la iglesia conventual de San Juan de Dios era su titular Nuestra Señora de la Asunción, copatrona de la Orden. En el escudo, el culto a la Patrona de la villa alcanzaba así preponderancia icónica.

La visión foránea: metamorfosis de los símbolos.


          De la Carrera estudió el escudo «que dicha villa [de Santa María del Puerto del Príncipe] ha traído desde tiempo inmemorial [con] dos palomas que llevan una [sic] hacha ardiendo en la mano, orlado el escudo con un cordón que figura el Toisón de oro». Según su opinión, debían ser corregidas algunas irregularidades de este escudo, como son la de llevar las palomas un hacha ardiendo pendiente de la mano, siendo más propio que la condujesen en el pico, a la manera que lo hizo la que después del diluvio volvió con un ramo de oliva al arca de Noé, y la de tener por orla un cordón parecido al collar del Toisón de oro, que solo es peculiar de esta orden, se organiza ahora, colocando dichas piezas en el campo y actitud que deben tener.

          Para él, además, «las dos palomas volantes del propio metal [plata] demuestran amor, pureza, sencillez y fidelidad, y aún entre los Egipcios eran igualmente símbolo de Salud: las dos hachas encendidas representan paz y ardiente caridad.»

          Sin comprenderlos, y con una peculiar visión heráldica, un Cronista Rey de Armas del ilustrado Madrid decimonónico había despojado a los principeños de sus símbolos, simples y basados en iconogramas cristianos.   Era la «incapacidad de la Metrópoli para entender una cultura que se tornaba “otra” y por tanto particular y diferenciada.»  
Reproducido de Boletin Diocesano, Camagüey

17 de enero de 2014

Evangelina Cosío: una camagüeyana de mitos y realidades



Evangelina Cosío Cisneros:
una camagüeyana de mitos y realidades


Por Héctor Juárez Figueredo,
Archivos de la Oficina del Historiador de la Ciudad deCamagüey

Recientemente descubierta como camagüeyana, Evangelina Cosío se involucra, a partir de su lealtad filial, a trabajos de la última guerra independentista del siglo XIX y se convierte en protagonista de una muy sui generis aventura.

La camagüeyana Evangelina Cosío y de Cisneros ha devenido uno de esos personajes históricos cubanos que, al margen de los textos académicos, despiertan aún interés. Participó en el frustrado alzamiento independentista de Isla de Pinos (julio de 1896) y luego fue espectacularmente liberada de su prisión habanera (octubre de 1897). De ella se ha escrito lo real y lo imaginable, pero siempre han quedado puntos inexplorados en su biografía, algunos con lecciones valederas para el presente.


 Origen camagüeyano de Evangelina Cosío

Generalmente se ha aceptado que Evangelina Cosío “vio la primera luz en La Habana”, o incluso en la zona central cubana. Sin embargo, su nacimiento tuvo lugar –y no por casualidad– en Puerto Príncipe (Camagüey), al igual que sus tres hermanas.

Juana Evangelina de las Mercedes Cosío y de Cisneros nació el 23 de septiembre de 1877, hija de don Agustín Cosío Serrano y doña Caridad de Cisneros y de la Torre, naturales ambos de esta ciudad.  

Sus abuelos paternos fueron don Agustín Cosío Sánchez y doña Juana Serrano Aguiar; y los maternos, don Mariano de Cisneros y Méndez y doña Ana Regina de la Torre y Olazábal. Todos eran principeños. El bautizo tuvo lugar el 16 de febrero de 1878 en la iglesia de Nuestra Señora de la Soledad (*).

Si bien se ha escrito que su padre fue veterano de la Revolución de 1868, debió serlo sólo en los primeros momentos. Su matrimonio tuvo lugar el 30 de diciembre de 1873, en esa misma parroquia, de la que eran feligreses los contrayentes. En la partida aparece el nombre completo de la esposa como María de la Caridad.

A los seis años, quedó huérfana Evangelina. Su madre falleció, en Puerto Príncipe y de parto, el 17 de abril de 1884. Tenía 40 años de edad.

Isla de Pinos, 1896. La bella y el militar

A la muerte de la madre, la pequeña Evangelina fue a vivir entonces con la familia de Rafael Canto, en Sagua la Grande, provincia de Santa Clara, hasta los 12 años.    
Luego, junto a su padre, residió en el ingenio Hormiguero, jurisdicción de Palmira, en dicha provincia.   Allí, al reiniciarse la lucha independentista, Agustín Cosío comenzó a colaborar con la causa cubana.

En enero de 1896, Cosío fue detenido, acusado de infidente. Se le condujo a La Habana, donde fue sumariamente juzgado y deportado a Isla de Pinos por 10 años. Dado lo precario de su salud, fue autorizado a llevar a sus hijas Evangelina y Carmen (una quinceañera entonces).

El comandante de la plaza de Isla de Pinos, coronel José Bérriz –primo del político español Práxedes Mateo Sagasta–, reparó de inmediato en la hermosa Evangelina e intentó inútilmente seducirla. El oportuno asedio amoroso del militar hizo que la camagüeyana fuera incluida en el plan de alzamiento de pineros y desterrados, previsto para la noche del 26 de julio de 1896.

Bérriz fue atraído a un supuesto encuentro amoroso con Evangelina; y allí, neutralizado. Pero la imprevista aparición de una pareja de la guardia civil frustró la “cita” y las acciones siguientes. Evangelina escapó y estuvo escondida varios días en el campo. Delatada, fue finalmente detenida y conducida a La Habana.

En Las Recogidas: símbolo de Cuba

En la capital cubana, Evangelina fue recluida en la Real Casa de San Juan Nepomuceno de Recogidas, convertida en cárcel de mujeres.  Según la “leyenda”, que de inmediato comenzó a tejerse, allí esperaba la deportación a Ceuta, condenada a permanecer 20 años en aquel presidio norafricano.

Pronto descubrieron a la joven los cazadores de noticias de William Randolph Hearst. Los corresponsales del “New York Journal”, con mucha imaginación, prepararon una nueva historia de las atrocidades españolas en Cuba, que debían ser odiadas y vengadas por el pueblo estadounidense. Era el “caso” que Hearst había estado buscando. Lo manipularía para, cohesionando la opinión pública, reanimar el apoyo a la guerra y, a la par, incrementar la circulación de su periódico.

Fue “rebautizada” como Evangelina Cisneros o Evangelina Betancourt Cosío y Cisneros, para facilitar la versión de que era sobrina de Salvador Cisneros Betancourt.  La campaña del “Journal” se dirigió sobre todo a la mujer norteamericana. Como se esperaba, se incrementó la venta de ejemplares del periódico al amparo de un enorme titular:  “The Whole Country Rising to the Rescue.” (Todo el país en pie para el rescate.) Unas 15 mil mujeres de toda la sociedad estadounidense apoyaron la petición.  

En Washington se creó un Comité Pro Evangelina Cisneros, presidido por la Primera Dama, que dirigió una petición al papa León XIII para que solicitara clemencia a María Cristina, reina regente de España.  La reina Victoria unió su firma. Nunca respondió la Corona española.

 Una fuga mediática

Karl Decker, reportero en Washington, fue enviado entonces por Hearst a La Habana para rescatar de la cárcel a Evangelina, La pequeña Juana de Arco cubana.  Como resultado de un complicado plan, en el cual estuvo involucrado personal diplomático estadounidense acreditado en Cuba, en la noche del 7 de octubre de 1897 tuvo lugar la evasión.

En Las Recogidas también se encontraba presa la camagüeyana Eva Adán (**). Como ciudadana de los Estados Unidos, era visitada por el cónsul general de ese país en La Habana, Fitzburgh Lee y Mr. Bryson, funcionario del Departamento de Estado. Con ellos, bajo cobertura diplomática, entró Decker al reclusorio e hizo llegar mensajes a Evangelina.

En tanto, Decker contrató dos ayudantes y alquiló parte de una casa deshabitada, con una terraza próxima, calle por medio, a la de Las Recogidas. Con el pretexto de un dolor de muelas, el médico que atendía a Evangelina suministró el láudano, que –para provocar un sueño profundo– añadía ella en el café nocturno dado a carceleros y compañeras de habitación.

Donnell Rockwell, un joven miembro del consulado, proporcionó la escofina para que Evangelina fuera serrando subrepticiamente los barrotes de la ventana de su celda, contigua a la azotea del edificio.

Empleando una escalera, tablas y sogas, Decker y sus compinches accedieron a Las Recogidas, terminaron de serrar los barrotes, los doblaron y ayudaron a salir a Evangelina. Ya en la calle, un coche condujo a la joven a la casa de Carlos F. Carbonell, banquero cubano-estadounidense muy vinculado a Mr. Lee. Carbonell la ocultó dos días y contribuyó a sacarla de contrabando en un vapor con destino a Nueva York.

Disfrazada de varón y con el nombre Juan Sola, Evangelina abordó el paquebote estadounidense Seneca.   A bordo la esperaba Mr. Walter B. Barker, funcionario del consulado estadounidense en Sagua la Grande, quien durante la travesía se convirtió en su chaperón o rodrigón.  Meses más tarde en la residencia de Lee, en Richmond, Carbonell le propuso matrimonio a Evangelina. Se casaron en Baltimore en junio de 1898.

Apoteosis y olvido

El “Journal” fue, poco a poco, dando a conocer los detalles de la fuga. Siempre ansioso por autoproclamarse paradigma del “periodismo que actúa”, no tuvo límites en felicitarse a sí mismo mediante un gran titular: “Un diario estadounidense logró con un solo golpe lo que la burocrática diplomacia no pudo realizar en tantos meses”. La demagógica frase se convirtió en el slogan con que Hearst abanderaría más tarde sus gritos de guerra contra España.  

Evangelina tuvo una multitudinaria bienvenida en Nueva York y fue recibida en la Casa Blanca. Después su historia prácticamente desapareció del “Journal”. El mensaje había sido claro: “protegida” y “rescatada” había sido la joven, Cuba también podría serlo más tarde.

Si bien la trama ciertamente excitó las pasiones en el país del Norte, nunca logró una atención permanente en la primera plana de otros diarios neoyorquinos, que no se decidieron a seguir una campaña liderada por Hearst.

Así, en la leyenda se desvaneció Evangelina, de la que ocasionalmente era sustraída por la prensa cubana. Incluso, indebidamente, se le atribuyó presencia en la numismática cubana (***). Regresó finalmente a Cuba y se estableció con Carbonell en La Habana. Enviudó en 1916 y dos años más tarde contrajo segundas nupcias con el abogado Miguel Romero; tuvieron descendencia.  

Evangelina Cosío y de Cisneros falleció en la ciudad de La Habana el 22 de mayo de 1970. Fue sepultada con honores militares, en correspondencia con el grado de capitana que le fue otorgado por el Ejército Libertador de Cuba.  


Notas

(*)  Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Soledad, Camagüey: Libro No. 29 de Bautismos de Blancos Españoles, folio 198, no. 540. [Agradezco a la investigadora Zelmira Novo Sebastián y a Enrique Palacios Caraballo, archivero de dicha parroquia, la localización de esta y otras partidas.

(**)  Eva Adán, como era conocida María Josefa Adán Betancourt, había sido detenida en Puerto Príncipe, en enero de 1897, por colaborar con la lucha independentista. De la Cárcel principeña fue trasladada a La Habana y luego deportada a los Estados Unidos. Había adquirido la ciudadanía estadounidense en la emigración, durante la Guerra de los Diez Años. Era esposa del general espirituano Alejandro Rodríguez Velazco.

(***)   Se trata de las monedas suvenir acuñadas por la República de Cuba en Armas en 1897 y 1898, en las que se dijo aparecía la efigie de Evangelina. El rostro alegórico a Cuba que aparece en esas piezas es el de otra beldad camagüeyana: Leonor Molina Adán. Leonor nació en los campos del Camagüey mambí en 1897 y falleció en Miami el 12 de enero de 1957

14 de diciembre de 2013

DE CUANDO JEAN LAFITTE SE FUGÓ DEL HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS



De cuando  Jean Lafitte
 se fugó del Hospital San Juan de Dios
 
Por Héctor Juárez Figueredo

En una noche de febrero de 1822, Jean Lafitte, ("el pirata del Golfo”), se fugó del Hospital de San Juan de Dios de Puerto Príncipe (Camagüey). A modo de despedida, prueba de la burla hecha a las autoridades españolas, dejó detrás de la puerta las muletas que venía usando falsamente.

Laffite (¿1780?) nacido en el País Vasco francés, fue uno de los más audaces corsarios de inicios del siglo XIX.  Radicado frecuentemente en la hoy Isla de la Juventud, sus actos estuvieron relacionados con las luchas entre las potencias coloniales europeas y las nacientes repúblicas americanas.  Así actuó como confidente del Centro de espionaje español en Nueva Orleáns (Estados Unidos), en calidad de agente secreto al servicio de don Alejandro Ramírez y Blanco, intendente de Ejercito y superintendente de Hacienda de Cuba.

La vida y muerte del Pirata del Golfo es objeto de las más disímiles leyendas. Muchos sitúan su deceso en el Golfo de México y en el 1821, cuando se dedicaba a la piratería contra barcos de cualquier bandera.  Pero a inicios de 1822, en una embarcación pequeña, bordeaba la costa sur de Cuba.

Un corsario de Trinidad, o un buque de la marina de guerra británica, capturó la nave. Lafitte huyó a tierra y fue apresado cerca de Santa Cruz del Sur por las autoridades españolas que lo condujeron a Puerto Príncipe, al parecer muy malherido, y puesto en la cárcel sin precauciones especiales. 

Atendiendo a la aparente gravedad de las heridas, el Juez Primero de Letras, licenciado don José Joaquín de Agüero y Agüero, dispuso que fuera trasladado a San Juan de Dios.  Para ello pidió guardia que custodiase al reo, que no se concedió por el teniente gobernador don Francisco Sedano. Evidentemente disgustado, De Agüero remitió a Lafitte sin más requisitos que aquellos exigidos a cualquiera otro enfermo.

Fue ingresado en la Sala de Blancos, pues aún no existía plaza de seguridad o sala-calabozo en el Hospital. Caminaba con dificultad, ayudándose con muletas… Y poco después tuvo lugar la fuga, para la cual, evidentemente, no las necesitó.  Hasta el presente se ha aceptado que ocurrió el día 13 de febrero de 1822, pero según documentos estudiados por el autor, debió haber sucedido antes del día 8 del propio mes y año.

Desde el exterior fue ayudado por gente influyente y comprometida. Por esos años vivían en Camagüey muchos asociados de Lafitte en el contrabando, así como viejos camaradas del espionaje, que lo conocían de Nueva Orleáns. Entre esos últimos estaban el vasco francés Juan Xavier de Arrambide, radicado en Puerto Príncipe, y el doctor don Juan Mariano Picornel y Gomila, médico de origen mallorquín, avecindado en Nuevitas, ex-agentes secretos al servicio de España y personajes tan legendarios como nuestro pirata.

Llegó Lafitte a Nuevitas, armó una partida y, en un bote, abordó y saqueó dos goletas.  Se estableció seguidamente en el fondadero de Rincón Grande, en la bahía de La Gloria.  Explotó una factoría negrera a unos cuatro kilómetros del embarcadero de Biaro, próximo a la Boca de las Carabelas, el estrecho que separa Cayo Guajaba de Sabinal. El enclave estaba provisto de dos cañones, un guairo y varios botes, tripulados por unos 30 hombres armados.

Algún tiempo después andaba todavía por las costas de Cuba, ejerciendo el contrabando y teniendo un verdadero control sobre el clandestino tráfico de esclavos.  Y, según sus descendientes cubanos (los tuvo, como buen marino) fue apuñalado a traición.  El hecho se ha ubicado en 1825 ó 1826, en uno de sus barcos y frente a la costa norte cubana, durante una reyerta por la distribución de las utilidades de un desembarco clandestino de esclavos.  Se identificó como asesino a uno de sus asociados camagüeyanos en la trata negrera, de apellido Betancourt.

Pero el mito siguió, y se ha escrito que Lafitte terminó sus días en Las Bocas del Silán, Yucatán, México, también alrededor de los mismos años. Sin embargo, otros historiadores lo ubican nuevamente en 1832, con el alias John Lafflin, en Saint Louis, Missouri (Estados Unidos). Era ya un honrado fabricante…..  ¡de pólvora para cañones!

Más inverosímil es lo que se dice sucedió después.  Laffite/Lafflin, a los 65 años y entre 1847 y 1848, viajó a Europa. Allí se interesó por las ideas revolucionarias del momento, asistió a reuniones de secretas sociedades y frecuentó logias.  Regresó a Estados Unidos y falleció el 5 de mayo de 1854, en el Estado e Illinois.

¿Qué hubo de cierto en cada una de esas “muertes”? ¿Se sabrá algún día qué fue realmente de Jean Lafitte?  Estas incógnitas hacen aún más novelesca la vida de quien, junto con sus muletas, dejó también huella de su paso por el Camagüey de historias y leyendas…   

Reproducido del Boletín Diocesano Nº 63, 20 de enero del 2004, Camagüey.