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1 de mayo de 2017

MAS SOBRE LAS CALLES DEL VIEJO PUERTO PRÍNCIPE


… se desconoce hoy cuál sería la ubicación de un número de calles y callejones que figuran citados en las Actas Capitulares del antiguo Puerto Príncipe, en expedientes de Capellanías, en testamentos y en censos de la población?
En el barrio de “la Merced” había una calle llamada de “San Nicolás” en 1765.
En el de la “Soledad” se citan calles y callejones del “Tío Francisco Colón” en 1780 y el de “Paloma”, y una calle del  “Padre Joaquín” en 1823.
En el barrio de San Juan de Dios se mencionan “San Benito” y “San Mateo”, según el censo de 1811, en el que también se cita la calle del “Padre Torres”. En el año 1808 hay una referencia a la calle del “Vicaque”, inmediata al puente de la Caridad, y que consideramos era el tramo que saliendo de Cisneros (“Mayor”) llega hasta el puente, ya que en la vieja casa de de dos plantas junto a éste,  estuvo el vicac del cuerpo de Salvaguardias y  en 1818 se  cita la plazoleta de “Villamón”.
En 1752  se meciona la calle de “Moxarrieta” en el “barrio que llaman de la Horca”.
En 1787, y haciendo esquina con San Pablo, había el callejón del “Corojo”, que ha de ser el de “Manuel de Quesada” o el de “Perdomo”, por ser los dos únicos callejones que salen a esa calle.
En el barrio de la Caridad hubo una calle de “San Miguel” y otra de “La Palma”, no identificadas ahora.
También son citados el callejón de “Agosto”, el del “Rosario”, el de “Armenteros” y el de “Albergés”, hoy desconocidos.

Miguel A. Rivas Agüero en el Folleto Camagüey y sus Calles, editado en Miami por la Dr. María Antonia Crespí.

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28 de abril de 2017

LOS AVATARES DE LA NUMERACIÓN DE LAS CALLES DE CAMAGÜEY



Los avatares de

La numeración de las calles
en Camagüey
Miguel A. Rivas Agüero

La numeración de las calles en Camagüey es asunto que no nos es dable precisar cuándo tuvo inicio, pues nada nos dice al respecto nuestro máximo historiador Juan Torres Lasquetti y, además, las Actas Capitulares mas antiguas que se conservan comienzan en mil setecientos setenta y cuatro (1774).

En una fecha no precisada, pero anterior al 23 de octubre de 1812, la numeración de las casas no era como normalmente se usa, por nones en una acera y pares en la otra, o cada calle con numeración propia, sino que se numeraron todas las casas de la población por orden correlativo y por ello es que había casas en las calles, o callejones de una o dos cuadras de longitud, cuyos números se componían de cuatro guarismos.

Decimos que esta numeración fue anterior a la fecha señalada porque según acta del Cabildo principeño, al designar Comisarios de Barrio para los seis Cuarteles en que estaba dividida la Villa y delimitar  dichos cuarteles, lo hace indicando:

“El de San Ramón se extiende desde la esquina casa número 317 hasta la 1827; el de la Soledad, de la esquina de la casa número 256 hasta la 1468; el de Santa Ana, de la esquina casa número 257 hasta la 1828; y el de Pueblo Nuevo,  desde la esquina casa número 318 hasta la 1537”.

En cuanto a los otros dos cuarteles, San Juan de Dios y San Francisco, se decía que su numeración no estaba arreglada, como tampoco tituladas las calles. En iguales condiciones estaba el Barrio de la Caridad, considerado aparte de los seis cuarteles mencionados.

En este estado siguieron las cosas hasta que en marzo 4 de 1823, el Ayuntamiento comisionó al Regidor don Francisco Betancourt Gutiérrez para que propusiera lo conducente a regular la numeración de las casas de la población. El Ayuntamiento aprobó el día 11 de marzo el plan presentado por el Comisionado, a fin de que la numeración de las casas se hiciera por calles y de Norte a sur y de Este a Oeste, y a cuyo efecto se colocaría a cada casa una tablilla de madera de una cuarta de ancho por una de alto con el número pintado en ellas, así como otras tablillas de tamaño proporcionado para los nombres de las calles, que se colocarían en cada esquina.

De las tablillas numeradas se mandaron  hacer cuatro mil, y doscientas para los nombres de las calles, ajustadas con el carpintero a custro pesos el ciento y, para la pintura de los números, medio real las chicas y un real las grandes según el ajuste con el pintor, cobrándose al dueño de la casa 1½ real por su número para cubrir los gastos de clavos y de su colocación.  El trabajo, en conjunto se contrató a Francisco María Santos, autorizándolo el Ayuntamiento para que cobrara directamente el real y medio al dueño de la casa.

Según se deduce del acta citada, esta contratación que se hizo a Santos fue la primera que se realizó por medio de tablillas, pues el Comisionado Betancourt, en su informe al Cabildo, hizo costar que era tal la desorganización que había  en la numeración de las casas,  que algunas tenían dos o tres números “pintados en la pared o en la puerta de la calle”.

No obstante el adelanto que ya significaba la numeración propuesta por el citado Comisionado, tan pronto como el contratista Santos empezó  a colocar tablillas tuvo que suspender el trabajo ya que el propio Comisionado el 17 de abril informaba al Cabildo que: “Al pretender el contratista Santos cobrar el real y medio convenido a los dueños de las casas, en vez de recibir su estipendio le pagaban con palabras injuriosas”. Esta numeración, por consiguiente, fue abandonada.

Y pasaron los años hasta llegar al de 1839, en que el Ayuntamiento, en sesión del 12 de julio, trató nuevamente de la numeración de las casas y aceptó la oferta hecha por Domingo García, quien se comprometió  a suministrar y colocar las “tarjetas de tabla, pintadas” para los números y los nombres. Se acordó que la numeración fuera por calles con los nones a la izquierda y los pares a la derecha, principiando la numeración en el puente de la Caridad y siguiendo la línea del río Hatibonico”, añadiendo que dicha numeración debía principiar por donde no podría crecer la calle, y que por donde pudiera aumentarse se procediera de derecha a izquierda.  

Este trabajo fue terminado según Acta del 3 de octubre del propio año.  Al contratista García le abonó el Ayuntamiento los ciento cincuenta pesos importe de la contrata, es decir,  fue el Ayuntamiento el que pagó esta primera numeración general de las casas de la ya ciudad.

Transcurrieron solo seis años y se volvió a tratar por el Ayuntamiento sobre la numeración de las casas para considerar la propuesta hecha por Enrique Holden, de La Habana,  quien ofrecía numerar las casas y colocar los nombres de las calles en las esquinas en igual forma que lo acababa de hacer en La Habana y, al precio de siete reales fuertes, el número a fijar en cada casa, y gratis el nombre de la calle y el número que también habría de ser fijado en cada manzana. Las tres tarjas serían de hierro fundido, y su costo se incrementaba en un real adicional por el transporte desde La Habana a Camagüey.

En esta oportunidad, el Ayuntamiento procedió a efectuar un minucioso estudio del asunto, por el que se comprobó que había en la ciudad 78 calles, 105 casas de altos, 2,180 de una planta, 1,025 colgadizos, 124 casas de tierra (embarrado) y 42 de yaguas, o sea, un total de 3,476 edificaciones a las que se añadían 160 solares tapiados y 652 sin tapiar.  El Barrio de la Caridad, siempre considerado como algo aparte de la ciudad, tenía una casa de altos y 198 de una planta, no contándose los solares.

Del conjunto de 78 calles se formaban 680 cuadras o esquinas en que habrían de ser figurados los nombres respectivos.

La demora causada por el trabajo estadístico realizado por el Ayuntamiento dio lugar que el proponente Holden reconsiderara su oferta a fin de año y nuevamente en febrero de 1847, aumentando el precio de las placas con número a 7½ reales fuertes.

Considerando el Ayuntamiento la conveniencia de que la numeración de las casas y la rotulación de las calles y manzanas quedaran hechas de manera permanente utilizando para ello placas de hierro fundido, firmó contrato con Holden bajo las bases propuestas y lo autorizó a que cobrara directamente a los dueños de casa los 7½ reales correspondientes, debiendo realizar todo el trabajo en el plazo de 18 meses, o sea, del 18 de septembre de 1847 al 18 de marzo de 1849.

En esta oportunidad el Ayuntamiento acordó cambiarle el nombre a algunas calles que, o lo tenían muy ridículos o impropios de una población culta, según se expresa en el Acta Capitular, aunque en ella no se relacionan los nombres suprimidos ni los que los sustituyeron, por lo que nos quedamos sin conocer cuáles fueron los nombres “ridículos” e impropios que tuvieron esas calles camagüeyanas.

No obstante lo preconizado en el contrato, éste no se cumplió ni por el Contratista ni por el Ayuntamiento, pues la demora en terminar Holden su trabajo dio lugar a largas discusiones en que ambos se echaban la culpa por la demora en la terminación. Todavía en julio de 1851 el Ayuntamiento reclamaba al contratista la falta de numeración en 175 casas, de roturación en 469 cuadras y de todas las manzanas, pues a ninguna le había sido colocado el número correspondiente.

Las exigencias del Ayuntamiento y las propuestas de Holden  duraron todavía algunos años mas, pues en 1862 éste pedía al Ayuntamiento información sobre “qué casas y cuadras faltaban por numerar y rotular”, solicitud que reiteró en 1864 al informarles  que estaba “deseoso de terminar un negocio que ha sido desastroso para mí”.

Parece que el Ayuntamiento no se ocupó mas del asunto pues con este último escrito de Holden termina el expediente del que he tomado los datos mencionados.

Conocemos, no obstante lo anterior, que el contratista Holden falleció sin haber llegado a completar la numeración. Entonces el Ayuntamiento, que conocía Holden había dejado bienes, pidió autorización a la Superioridad para establecer la demanda correspondiente contra los herederos, a fin de que terminaran dicha numeración, pero la superioridad negó la autorización solicitada y entonces se ordenó, el 10 de febrero de 1866, archivar el expediente de la numeración de las casas.

El 14 de diciembre de 1872 el Regidor Miguel Puig presentó al Cabildo un pliego de condiciones para llevar a efecto la numeración de casas y nombres de calles que faltaban, aunque no se presentaron licitadores, por lo que el propio Regidor consiguió que el pardo Domingo Gerez Risco se comprometiera a confeccionar los números y tarjetas de plomo en vez de hierro, cobrando 55 centavos por cada número, lo que el ayuntamiento aprobó.  El trabajo se inició el 2 de agosto de 1873 y se terminó el 11 de julio  de 1874. Muchos vecinos se negaron a satisfacer los 55 centavos al contratista, por lo que el Ayuntamiento pidió a Santos la lista de los deudores para publicarla  en el periódico, llamándolos a que expresaran los motivos de la negativa. Como ninguno se presentó, el Cabildo acordó pasar la lista de morosos al Jefe de Policía para que se gestionara el cobro por miembros de ese Cuerpo. Descocemos el resultado de esa gestión.

Casi un siglo después hubo una nueva numeración para las casas de nuestra ciudad. Con esta numeración, hecha en 1939, se dieron 50 números a cada cuadra de cada calle, lo que permite conocer entre qué cuadras de una calle queda un número determinado. Además quedaron eliminados los números quebrados que repetidamente se veían  en todas las calles, y con los  ¼, ½, y ¾  desaparecieron también las letras  “203A” o “203B”, etc.

Esta última numeración fue pagada por los dueños de casas, aunque como en las veces anteriores, muchos protestaron y se negaron  a satisfacer el costo  de dos pesos fijados a cada número, siendo gratis las placas con los nombres de las calles.

Recogido del folleto “Camagüey y sus calles”, editado en Miami por la Dra. María Antonia Crespí.

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27 de julio de 2014

El Círculo de Profesionales de Camagüey




El Círculo de Profesionales de Camagüey

Por Miguel A. Rivas Agüero

  Para escribir sobre el Círculo de Profesionales de Camagüey precisa hacer referencia primero al Círculo de Abogados. La creación del Círculo de Abogados fue el resultado de la necesidad que los abogados confrontaban por carecer de un local adecuado e inmediato al edificio de la Audiencia y los Juzgados, en que pudieran recibir y atender a sus clientes antes de acudir a la celebración de los distintos casos judiciales en que estaban interesados.

  La iniciativa para la creación del Círculo la tuvo el abogado y gran poeta Dr. Felipe Pichardo Moya, inaugurándose en la casa del Dr. Mario Pujals Quesada en la calle Cisneros al lado del edificio de la Colonia Española, frente a la Audiencia y Juzgados, es decir, cubriendo las necesidades requeridas  a la finalidad mencionada en el párrafo anterior.
 Dada la estrecha relación entre las funciones de Abogados y Procuradores Públicos, estos tenían acceso a las oficinas del Círculo de Abogados, el cual funcionó hasta el año 1930.

Fue en dicho Círculo de Abogados donde surgió la idea de extender su radio de acción a los demás Colegios de Profesionales Universitarios, idea calorizada por el Decano Dr. Leopoldo Cadenas Aguilera, materializándose al obtener la aprobación del Colegio Médico y de los restantes Colegios Profesionales.

Después de las deliberaciones de rigor, se confeccionó y aprobó el correspondiente Reglamento que se inscribió en el Registro del Gobierno Provincial, surgiendo a la vida en 1930 la nueva asociación Círculo de Profesionales de Camagüey, compuesto por los Colegios de Abogados, Médicos, Farmacéuticos, Profesionales Dentales Veterinarios, Ingenieros, Arquitectos, Pedagogos, Doctores en Filosofía y Letras y Contadores Públicos, que funcionaban en los nueve municipios camagüeyanos, entidad que tuvo como sede la casona de estilo señorial de la familia Morell en la calle de Estrada Palma Nº 406.

   El Colegio de Abogados apropió los fondos necesarios a invertir para dotar la casa de condiciones adecuadas, y fue por esto que se acordó que la Junta Directiva del Círculo de Profesionales, estuviera presidida originalmente por un abogado, designación que recayó en la persona del Dr. Leopoldo Cadenas Aguilera que, hasta aquel momento había sido Decano del Colegio Abogados.

   El Circulo de Profesionales desarrolló una intensa vida cultural pues en su local se ofrecieron conferencias con temas de elección libre, por distinguidos profesionales de La Habana y de la localidad, entre los que recordamos al Dr. Joaquín Gómez de Molina sobre temas de Derecho Civil; al Dr. Darío Castillo Socarrás, sobre asuntos de Derecho Penal; al Dr. Antonio Martínez sobre Lógica y Enseñanza Cívica; al Dr. Victoriano Rodríguez Barahona, que ofreció una enjundiosa disertación sobre arte plástico, tema en el que demostró poseer una amplia cultura; el Dr. Rosendo Romero Delgado, sobre la época del Renacimiento en Italia, estableciendo un paralelo entre la vida luminosa y feliz de Rafael di Sanzio y la dolorosa y atormentada de Miguel Ángel Buonarotti, y la influencia que el medio había ejercido en el genio portentoso de aquellos inmortales cultores del arte plástico.

   Igualmente desfilaron por la tribuna del Círculo de Profesionales intelectuales de la talla de Octavio Montoro, Moisés Chediack, Carlos Márquez Sterling, Ramón Zaydín, Gustavo Pitaluga, Evelio Tavío, y los profesores de Derecho Penal en la Universidad de Madrid doctores Mariano Ruiz Fúnez, Luis Jiménez de Asúa y algunos más que escapan a nuestra memoria.

   En el año 1934, siendo Presidente el Dr. Emilio García Guerrero, se efectuaron dos celebraciones grandiosas para conmemorar el cuarto aniversario de la fundación del Círculo. Una, de carácter cultural en la noche del 30 de noviembre, en el que participaron los doctores Pedro Monreal Valdivieso, médico, y José Coll torres, abogado, haciendo caricaturas de personalidades de la ciudad ante un tablero grande apoyado en un caballete; el Dr. Julio César Romero Delgado, ejecutando al piano el Preludio de Rajmáninov; el Dr. Antonio Mesa Martínez, abogado y notario, impartiendo una charla sobre las implicaciones domésticas de la “Charada China”; una hija del Dr. Mesa Martínez, de unos doce años de edad, recitando poemas y rebelándose como genial declamadora, y el Dr. Rosendo Romero Delgado, abogado, recitando el famoso “Nocturno” del poeta José Asunción Silva.

   En la noche siguiente, la del primero de diciembre, se ofreció a todos los profesionales de la provincia una suculenta y espléndida comida criolla. En ambos casos reinó un gran espíritu de confraternidad y alegría recordando los felices días de la vida universitaria.

  En el Círculo de Profesionales se destacaban en su salón principal según nos recuerda en un artículo el Dr. Cruz Ramírez: “el gran cuadro del ALMA MATER que, junto con los lienzos de Carlos J. Finlay e Ignacio Agramonte, parecían custodiar la cabeza en bronce del gran filósofo camagüeyano Enrique José Varona, obra escultórica de Boada. El lienzo del Alma Mater fue obra del gran pintor español Samaniego, y reconstruido admirablemente en una noche (para la inauguración del círculo) por el inolvidable Servando Pita.

  En su amplio patio, perfectamente pavimentado, sobresalían los típicos tinajones y se llevaban a cabo las celebraciones culturales del círculo, que siempre se veían colmadas de público pues a más de los familiares de los socios concurrían amigos de los mismos para disfrutar de las amenas e instructivas conferencias o charlas allí celebradas.

  En el local se practicaban juegos como el ajedrez, el billar y el dominó, y se celebraron varios torneos de dichas actividades. También se practicaba esgrima y hand ball. En el año 1950 se celebró allí una de las partidas entre los Dres. Rosendo Romero Delgado y Elías Cobo Arteaga por el Campeonato de Ajedrez de Cuba, que fue conquistado por el Dr. Romero quien fue homenajeado por tal motivo por la Junta Directiva.

   Después de la presidencia del Dr. Leopoldo Cadenas Aguilera, ocuparon el cargo los también abogados José Ramón romero Ochandorena, Rosendo Romero Delgado, Luis Cirilo Menéndez Morell, Luis Casas Solís, y Antonio Martínez Martínez; los médicos Rogelio Santos Álvarez, Ángel E. de Varona Vilardell, Ramón Eduardo Menéndez Morell, Alberto Santos Álvarez, Ulises Sosa de Quesada y Miguel a. tomé Varona;  Elpidio Agüero Medrano, Francisco Don Rodríguez y Rodolfo Porro Varela; los farmacéuticos Emilio García guerrero, Alberto Adán Martínez y Germán Álvarez Fuentes; los veterinarios Aquiles Rodríguez y Enrique Álvarez, y los ingenieros y arquitectos Miguel A. Bretón Pichardo y Francisco Herrero Morató.

   El último presidente fue el Dr. René Serrano Ferrer, a quien le cupo el triste “ “privilegio” de tener que entregar, forzadamente, el edificio del círculo a las autoridades llamadas revolucionarias.

   Durante los treinta años de su existencia, cumplidos en 1960, el Círculo de Profesionales constituyó un centro de fraternal camaradería y compañerismo entre los camagüeyanos que ostentaron títulos universitarios, donde no hubo distingos raciales, políticos o religiosos y, además, un centro de calificada jerarquía por las actividades literarias que se celebraron con resonancia internacional.

  Allí confraternizaron abogados, médicos, pedagogos, veterinarios, farmacéuticos, ingenieros, arquitectos, etc. sin tener en cuenta las ideologías políticas o creencias religiosas de cada cual, pues todos estaban imbuidos de la idea que asistían a un centro social para hacer un alto en el camino de las preocupaciones del diario vivir que acarreaba el desempeño del ejercicio profesional y adonde se concurría para disfrutar de ratos de solaz esparcimiento sin perder de vista que todos eran hijos espirituales del ALMA MATER.

  Indudablemente que su fundación y desenvolvimiento representó un valioso aporte al desarrollo de actividades sociales y culturales en la sociedad camagüeyana durante los treinta años en que funcionó.

  Con estas líneas hemos trazado unas pinceladas sobre el lienzo del glorioso ayer camagüeyano, tan vinculado al acontecer histórico de la Patria cubana.

Reproducido de la Revista “El Camagüeyano” publicada en Miami por la Dra. María Antonia Crespí

1 de abril de 2014

Los quicios

 
Los quicios
Por Miguel A. Rivas Agüero

Desde su fundación hasta el segundo tercio del siglo XIX, las calles del centro de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe fueron de tierra, por lo que cuando llovía el agua corría arrastrando la tierra y produciendo la consiguiente erosión. Por lo que con las sucesivas primaveras el piso de las calles fue bajando de nivel. Además, otra causa de la erosión de las calles fueron los comunes aleros, tejados o guardapolvos de las casas con su derrame de las aguas pluviales que caían directamente a la calle desde una altura de seis o más varas.

Fueron esos, a nuestro juicio, los motivos para que después hubiera casas con elevados quicios o andenes (como se denominaba a los más anchos), algunos tan altos que no era posible transitar por ellos. Recordemos algunos de esos quicios aunque todavía no son cosa del pasado, pues algunos se encuentran en las calles  que forman los extremos de la población.

En la calle Cisneros (Mayor) frente a Paco Recio (Ángel) había un edificio -hoy son dos amplias casas- cuyo quicio, por el declive de la calle, era de menor a mayor ya que empezaba en el zaguán o cochera con apenas seis pulgadas sobre la calle y terminaba con dos varas, y todo ello con poco más o menos de dos pies de ancho. En ese tramo de dicha calle, las dos casas citadas y la que le sigue, tienen actualmente dentro de ellas, es decir, en la sala, escalones para poder subir desde la altura actual de la acera al interior de las mismas.

En la calle República/Reina entre Manuel Ramón Silva y Fidel Céspedes (San José y San Martín) hay una casa en que la altura del quicio era también de casi dos varas, lo que obligó a formar escalones en la propia acera y, como resultaban estrechos, contaba con un pasamanos de hierro para dar protección a los que entraban o salían de dicha casa. Posteriormente, al reedificarla, los escalones se hicieron dentro de la misma. Iguales pasamanos y por los mismos motivos quedan en otras casas de varias calles de la ciudad.

La finalidad de los quicios no era solo la de dar protección a las bases de los edificios, sino también facilitar el movimiento de peatones para que no transitaran por la calle, pero en realidad era prácticamente imposible utilizar tales quicios a menos que el peatón anduviera brincando como un chivo.

En 1788, según acta del Ayuntamiento del 18 de abril y después de haber hecho un estudio sobre el problema,  se adoptó el acuerdo de no suprimir los quicios a las calles porque, como antes expresamos, ellos daban protección a los cimientos de las casas, muy especialmente en aquellos casos en los que el nivel de la calle había descendido notablemente a causa de la erosión.

Hasta 1850 no hubo cambio alguno en la irregularidad de los quicios, pero el Ayuntamiento “velando por el ornato de la ciudad” acordó, el 5 de abril, “acerar”, es decir, construir aceras a las calles principales, tal como ya se había hecho con parte de la calle “Mayor” (Cisneros).

Estas aceras se formaron con lozas de barro cocido de media vara en cuadro y al precio de un peso la vara cuadrada de acera. Entre las calles en que habían de realizarse esas mejoras figuraban: Reina, San Juan (Avellaneda) de la esquina de Soledad (Estrada Palma/Ignacio Agramonte) hasta la plazuela de San Francisco, y Contaduría desde la “Cruz Grande” hasta San Clemente. Conviene aclarar, “La Cruz Grande” no era el nombre de una calle sino la cruz grande colocada en la pared de una casa de la calle Santa Ana (Gral. M Gómez) esquina a Príncipe (Goyo Benítez).

Aunque el acuerdo del 5 de abril no lo especifica, es de presumir que el peso por vara cuadrada de acera habría de ser pagado por los respectivos dueños de las casas, ya que su propiedad resultaba mejorada con esa innovación.

No fue hasta el comienzo de la República que se empezó la construcción de aceras amplias y cómodas para los peatones. La gran mayoría de ellas, fuera de las que eran consideradas principales, fueron dotadas de alcantarillado y pavimentadas en la década de los años cuarenta del pasado siglo XX, durante la presidencia de Ramón Grau San Martin.  Hoy son muy pocas las calles que quedan en la ciudad con los antiguos quicios, pues al pavimentarlas fueron suprimidos muchos de esos molestos y feos “andenes”.

Una originalidad de los tales quicios o andenes consistía en que siendo de ladrillos, en toda la longitud de su borde los ladrillos no se colocaban de plano sino de canto, con lo que dicho borde quedaba reforzado por la gran cantidad de ladrillos que había que emplear en esa forma de colocarlos, detalle este que puede observarse en los remozados quicios de las calles que circundan la plaza de San Juan de Dios.

En cuanto a las actuales aceras, es de señalar que el Ayuntamiento, olvidando la finalidad para la que son construidas, o sea, para el tránsito de los peatones, ha autorizado que cada quien, frente a su casa, rompa el borde o contén y rebaje el nivel de la acera para facilitar con ello el acceso de los automóviles a sus garajes. Esta  práctica, a mas de romper la estética en la construcción de las aceras, constituye un peligro para los peatones que necesariamente han de utilizarlas, pues el declive es fácil motivo de caídas de personas, principalmente cuando dicho declive es hecho en aceras de menos de una vara de ancho, al no quedar espacio alguno sin declive que permita al peatón caminar sin riesgo de caídas. 

Reproducido del folleto "Camagüey y sus calles", editado por la Dra. Maria A. Crespí.  

 ** VARA: Medida de longitud que se usaba antiguamente con valores diferentes que oscilaban entre 768 y 912 mm.

2 de diciembre de 2013

Un viejo edificio cuenta su historia



Un viejo edificio cuenta su historia
Por Miguel A. Rivas Agüero

Dos palabras a manera de introducción y presentación:

Los franceses llaman  “la petite histoire” a la que relata los hechos de los sujetos o acontecimientos menores, aunque en muchos casos resultan de mayor sinificación o importancia, y así es corriente que no haya palacio o castillo francés que carezca de su propia monografía.

Naturalmente, de estos centenarios edificios testigos mudos de hechos acaecidos en su interior o a su vera, puede haber mucho que decir a través de siglos de existencia y por ende de épocas distintas. No es desde luego tan larga la vida del viejo edificio a que hemos de referirnos, pero no deja de ser interesante conocerla.

Primero Cuartel de Caballería, luego tras un corto intervalo como Oficinas del Ayuntamiento, convertido en “Hotel” y finalmente en “Museo” y “Biblioteca”, han sido las tres etapas en la vida ya centenaria de este edificio. 

Y pensando sea del agrado del pío lector que el propio viejo edificio narre sus memorias, aunque para interpretarlo tenga que poner un poco de imaginación y un mucho de benevolencia, cedemos la pluma al Viejo Edificio del Cuartel de Caballería para que nos descubra sus intimidades, M. A. Rivas:


El Museo Ignacio Agramonte
y la Biblioteca Isabel Esperanza Betancourt

Mi tercera etapa, es decir, la comenzada como Museo ostentando con orgullo el nombre de “Ignacio Agramonte”, tuvo una previa temporada en que sólo de memorias me mantuve.  Como algunos podrán recordar, durante la Segunda  Guerra Mundial (1939-1945) los Estados Unidos de América destacaron en Camagüey un regimiento de su Ejército. Con tal motivo se preparó para entrenamiento de sus hombres un salón de recreo en el local antes ocupado por la cantina que fue del Hotel, o sea en mi ángulo con la calle “José Francisco Agüero”, y también se dedicó el Roof-Garden a salón de baile de la oficialidad de esa fuerza, oficialidad que la vox populi  decía compuesta de hijos de millonarios norteamericanos aunque no había entre ellos ninguno de tal condición. Retirada esa fuerza de Camagüey fue que se inició la labor de darme una tercera personalidad.

Pero déjenme referirme primero al hecho que tuvo por feliz consecuencia la instalación bajo mis techos del Museo “Ignacio Agramonte”. En 1941 tuvo efecto en esta ciudad de Camagüey una exposición que se celebró en los claustros del Convento “San Juan de Dios”, y su objeto fue conmemorar el centenario del nacimiento de Ignacio Agramonte Loynaz, “El Bayardo” de nuestra heroica gesta del 68.

De aquel acto, celebrado con la cooperación de los Veteranos de la Independencia, nació la idea de crear un Patronato en el que permanentemente se conservaran todas las reliquias exhibidas en “San Juan de Dios, y las más que se pudieran conseguir bien por donación de sus poseedores o por compra.

Nacía, pies, la idea del Museo. Ésta se fue ampliando en la mente de sus promulgadores que formaron un Patronato en el cual tuvieron representación todas las organizaciones cívicas, sociales, oficiales, etc. ya que la idea original de exhibir las reliquias históricas se convirtió en el propósito de crear (a más de las reliquias de nuestros patriotas del 51, el 68 y el 95), otros aspectos como  historia local, historia natural, bellas artes, y cuanto digno de ser conservado y exhibido se consiguiera.  

Loa planes fueron concebidos a lo grande, de acuerdo con lo que para Camagüey demandaba nuestra cultura y deseaba el Patronato, pero la realidad fue muy otra ante el imperativo de la falta de recursos con que hacerle frente a los proyectos.

Como paso inicial estaba el conseguir el local adecuado, ya que desde el principio se contempló la imposibilidad de construir uno ad hoc y por consiguiente fueron mis salones y el Roof-Garden hacia los que se dirigieron los empeños del Patronato.

Aprovechando la circunstancia de la rescisión del contrato propuesta por los Ferrocarriles Consolidados de Cuba al suprimir mi etapa como el mejor Hotel del interior de la Isla, el Patronato gestionó la entrega completa de mi estructura. Pero iguales gestiones realizaba la Superintendencia de Escuelas de Camagüey, que vio en ella la oportunidad de formar un amplio Centro Escolar.

Por consiguiente, a la lucha entre el Patronato y la Superintendencia, el gobierno dio una solución salomónica al ceder para escuelas las dos edificaciones de dos plantas con frente a “Ignacio  Sánchez” una, y la otra a “José Francisco Agüero” y, además, la planta baja del Roof-Garden para dedicarlo a conferencias y actos culturales. Todo ello quedó plasmado en el Decreto Nº 45 de marzo de 1944. Ya tenían pues, hogar dos sentidas necesidades de la ciudad: un amplio Centro Escolar y un futuro Museo al que se le añadiría una Biblioteca Pública.