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3 de diciembre de 2017

DOS MÉDICOS CAMAGÜEYANOS NOMINADOS AL PREMIO NOBEL

DOS MÉDICOS CAMAGÜEYANOS
NOMINADOS AL PREMIO NOBEL

José Miguel Espino


Desde los albores del Siglo XIX y aun antes, comienza un proceso de desarrollo de todas las ramas de la ciencia en el país. Instituciones creadas en el Siglo XVIII constituyeron la base de ese desarrollo, tales como: el Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, la Real y Pontificia Universidad de San Jeró- nimo, la Real Sociedad Económica de Amigos del País y otras que fueron surgiendo después.

Muchos cubanos comenzaron a destacarse como eminentes científicos, especialmente en el área de la Medicina y las Ciencias Naturales. ¿Qué cubano no ha oído hablar de algunos de ellos? Recordemos al Dr. Tomás Romay (1764-1848), considerado con justeza el iniciador del movimiento científico cubano, quien probó la eficacia y distribuyó, ayudado por el obispo Espada, la vacuna contra la viruela; al cirujano camagüeyano Nicolás Gutiérrez (1800- 1890) que introdujo en Cuba el estetóscopo y nuevas técnicas operatorias; al urólogo, de fama mundial en su época, Joaquín Albarrán (1860- 1912); al pediatra camagüeyano Gonzalo Aróstegui del Castillo (1859 -1950). Y en el área de las Ciencias Naturales: Felipe Poey (1799-1891), Álvaro Reinoso (1829-1888) y Carlos de la Torre (1858-1950), por solo mencionar algunos.

Pero solo dos, camagüeyanos ambos, fueron propuestos para el codiciado y honroso premio Nobel: el Dr. Juan Carlos Finlay (1833- 1915), el más famoso y laureado de nuestros científicos, propuesto al premio en ocho ocasiones, y el casi olvidado y no menos laureado Dr. Arístides Agramonte Simoni (1868- 1931).

Del primero, todos conocemos la historia contada por él, de cómo una noche, en su habitación, cuando rezaba el rosario, le surgió la idea de que el mosquito era el transmisor de la fiebre amarilla, y cómo dedicó toda su vida a investigar y probar dicha teoría que logró erradicar este mal que afectaba a grandes áreas del mundo.

Del segundo es de quien quiero hoy bruñir la pátina del olvido que cubre a este eminente científico camagüeyano. Arístides Agramonte Simoni fue el primer cubano en ser nominado al premio Nobel. Nació en Puerto Príncipe el 3 de junio de 1868.

Su padre, el médico Eduardo Agramonte Piña, primo de El Mayor, participa con él en el alzamiento de Las Clavellinas, muriendo con el grado de general de brigada en la batalla de San José del Chorrillo en 1872. Su madre, Matilde Simoni Argilagos, hermana de Amalia, fue apresada junto con su padre; posteriormente logra salir de Cuba con el niño.

Tras una estancia en México se radicó en Nueva York. Allí hizo sus estudios Arístides hasta obtener su título de doctor en Medicina en 1892 en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Columbia.  En New York de 1892 a 1898, desarrolló una brillante labor médica, logró una sólida formación científica y trabajó por la independencia de Cuba en los clubes revolucionarios.

Al entrar los Estados Unidos en la Guerra del 95, ingresó como médico agregado al ejército de dicho país en abril de 1898, para participar como médico higienista con las tropas enviadas a Cuba, y permaneció como tal hasta la proclamación de la república en 1902.

Al crearse la IV Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla en La Habana en junio de 1900, se le nombró patólogo de la misma. Los trabajos de la Comisión dieron como resultado la confirmación de las investigaciones de Finlay. Por lo que fue nominado por ello para el Nobel.

En la Universidad de La Habana revalidó su doctorado en Medicina. Obtuvo por oposición la plaza de profesor de la cátedra de Bacteriología y Patología Experimental de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, hasta que renuncia en 1931, debido a la clausura de esa institución por la dictadura machadista, para marchar al exilio.

Publicó varios libros y cerca de 150 artículos científicos. Al morir en New Orleans el 17 de agosto de 1931, desempeñaba el cargo de Profesor Jefe del Grupo de Cátedras de Medicina Tropical de la Universidad de Louisiana.

Honor a quien honor merece. Camagüey, 3 de diciembre del 2016. Día de la Medicina Latinoamericana.


Recogido de la Revista “El Alfarero” (Boletín de la Arquidiócesis de Camagüey), Nº 25, diciembre de 2016. 

29 de julio de 2017

DON PANCHO

Siluetas camagüeyanas

Dr. Luis Cruz Ramírez


Juan Bautista Castrillón
(Don Pancho)


Largo, flaco, nervudo.
Andaba a zancadas
Por aquel entonces (la segunda década del siglo) tenía el cabello negrísimo y abundante.
El perfil judaico.
Gesticulante.
La voz resaltante, como un látigo.
Un minúsculo bigotillo sombreaba su labio riente.
Un maletín pendía de su mano hermética.
Viajante de productos farmacéuticos.
Especialmente: LA SALVITA.

Lo conocí en La Habana.
Yo regresaba de un colegio norteamericano al que me enviaron becado y al que nunca llegué: Norman Park College.

Coincidimos en el mismo hospedaje.
Y desde entonces fuimos amigos.
Él recitaba los poemas de Llorens Torres.
Yo, los versos sencillos de José Martí.
Después: Camagüey.
Allí nos encontramos.
Él seguía con su negro maletín visitando farmacias.
Yo hacía que estudiaba…

Un poco de bohemia trashumante,
Como escenario: la peña de los poetas en la antigua Plaza del Mercado de la Calle Cisneros.
Asistentes; Arturo Doreste, Iván de la Greiff, Luis Pichardo Loret de Mola, Raúl Acosta Rubio, el gallego Casal y el pintor Pérez.
Ocasionalmente nos acompañaba el Dr. Darío del Castillo y un poeta por entonces romántico y modernista y más tarde negroide y famoso.
Frente a las humeantes tazas de chocolate, espeso a base de maicena, y deglutiendo los “cuartos de pollo” (léases frituras de bacalao), se iniciaban las recitaciones.
Ahora era Arturo Doreste que decía:
«La vi dormida y rota
sobre el marfil de un piano
como una flor de carne
que marchitó el placer…»
Y narraba su inolvidable aventura del Bal Tabarín, de Florida.
De repente, la voz baritonal de Raúl Acosta Rubio rompía el silencio nocturnal con los versos de La Bandera, de Bonifacio Byrne.
Iván de Greiff, en tono colombianísimo, declamaba los versos de Julio Flores:
«Si Dios me permitiera,
¡Oh dulce anhelo…»
El gallego Casal, lleno de morriña, nos hablaba de Curros Enriquez y de Rosalía de Castro:
«Aires, airiños de miña terra…»
Luis Pichardo asentía conmovido y exclamaba:
«fundamentalmente, fundamentalmente!».
A mi memoria venían versos de Verlaine:
«Sobre el tapiz oriental
de mi alcoba oscura y fría
tengo tu fotografía
clavada como un puñal..»
Y le toca el turno a Castrillón, repitiendo los bellos versos cuyo autor jamás quiso decirnos quien fuera:
«La tristeza de la tarde
más allá de las montañas,
en el aire un bostezo de modorra
y en el mar unos temblores de plegarias…»

Y el amor llamó a las puertas del puertorriqueño trasplantado a Camagüey.
Vino en la fina presencia de una camagüeyana de rancio abolengo patriótico: Herminia de la Vega.
Un sanjuán, una mirada, una llamada telefónica, unas flores y un poema.
Eso fue todo para que cristalizara para siempre un amor ejemplar.
Y vino el hijo ansiado.
Y el poeta tornose ganadero, agricultor, comerciante, locutor, dueño de estaciones de radio y de televisión.
Consolidó el capital familiar.
Triunfó en todas su empresas.
Hizo famoso aquel dialogar con Azteca, aguardado ansiosamente todos los mediodías.
Auspició los sanjuanes y los vistió de gala.
Junto a los cantos tradicionales de “Papá Montero” y “Titina”, hizo irrumpir congas y comparsas de Oriente y La Habana.
Bongoes y cornetas chinas.
Hermanos Le Batard y Chepín Chovén.
Y los Hermanos González.
¡Cosmopolitismo de los sanjuanes!
Y Castrillón gozó del cariño y admiración de todo un pueblo que fue feliz hasta que…

De la Sierra descendió el llanto calibán.
Y la familia cubana se dispersó por todos los rincones del mundo.
Desaparecieron las empresas privadas.
Fueron confiscadas fincas, casas, comercios, y violadas las iglesias y afrentados sacerdotes y monjas.
Y Castrillón logra enviar a su hijo al exilio mientras él y Herminia preparan su salida.
Un día, manos temblorosas tocaron a las puertas de mi humilde hogar en Ciudad México.
Volvíamos a encontrarnos, esta vez, en tierra libre de verdad.
Y fueron mis huéspedes y bebieron de mi agua y comieron de mi pan.
Con amor.
Hasta que pudieron salir para Miami adonde los aguardaba su hijo.
Allá en el aeropuerto mexicano al decirnos adiós tuvimos la premonición de que aquella sería la última vez que nos veríamos.
¡Y así fue!

Llegó a Miami.
Aspiró a reconstruir su vida.
Y el destino le regala el dolor de perder a su Herminia.
Y ya no pudo más.
La soledad lo mató.
Un seis de junio se os fue.
Partió hacia la otra orilla.
Allá lo espera su amor cubano.
Y musitará a su oído:
«La tristeza de la tarde
más allá de la montaña,
en el aire un bostezo de modorra
y en el mar unos temblores de plegarias».

5 de julio de 2016

Enrique José Varona



Enrique José Varona

Héctor Maseda Gutiérrez

Enrique José Varona y Pera, académico, filósofo y máximo representante en Cuba del Positivismo filosófico, sociólogo, educador, humanista, patriota, político, ensayista, periodista, crítico literario, poeta, orador, y hombre público. Reconocido por sus elevados principios éticos e incorruptibilidad.

Nació en Puerto Príncipe el 13 de abril de 1849 y tuvo cuatro hermanos. Sus padres se nombraron Agustín Varona y Socarrás, y Dolores Pera y Beltrán, ambos procedían de ilustres familias camagüeyanas. Su padre falleció siendo él adolescente. A su progenitor le debe la sólida cultura clásica que alcanzó. Se educó en el colegio “San Francisco”, de su ciudad natal, dirigido por los sacerdotes escolapios. Sin embargo y a pesar de haber sido educado entre religiosos, se debe destacar su rechazo al dogmatismo, la intolerancia y el fanatismo.   

A los 11 años de edad comenzó el estudio de idiomas que llegó a dominar (inglés, francés, italiano, portugués, alemán, griego, latín y, por supuesto, el español. Conoció también el sánscrito y el árabe).

Con apenas 16 años de edad contrajo nupcias con la joven Tomasa del Castillo y dejó sus estudios de bachillerato próximo a terminarlos. Pero ya al año siguiente compuso dos odas elegiacas dedicadas a la memoria del patriota cubano Gaspar Cisneros Betancourt; así como su antología “Ramillete poético” integrado por 216 sonetos.     Obtuvo el Doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana (1883).

Fue uno de los intelectuales más influyentes de finales del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. Su pensamiento estuvo al servicio de los problemas de su Patria en la etapa de la transformación hacia la modernidad tanto en el plano socio-político como en el económico, con la finalidad de integrar a Cuba en el proceso de desarrollo como nación.

Abrazó la corriente independentista. Se incorporó a la Guerra de los Diez Años, pero tuvo que abandonarla por problemas serios de salud. Participó en la política activa en el Partido Liberal Autonomista (1884). Posteriormente fundó el Partido Conservador Nacional y llegó a ser su vicepresidente en 1907 y después su presidente (1912).

 Como periodista colaboró con las revistas “El Triunfo”, “La Revista de Cuba”, “Cuba y América”, “Cuba”, “Cuba Pedagógica”, “Cuba Contemporánea y Social”, entre otras; así como varios periódicos de Europa y los EE.UU. Viajó a Nueva York, EE.UU. y trabajó en la publicación “Patria” con José Martí y fue su director a la muerte de nuestro Apóstol de la Independencia.

Como Secretario de Instrucción Pública y Hacienda durante la Primera Intervención Norteamericana en Cuba y algunos años después     revolucionó la Universidad de La Habana con las transformaciones que llevó adelante. Creó las Escuelas de Pedagogía y Arquitectura. Eliminó los nombramientos vitalicios de catedráticos y profesores. Aumentó sus salarios y elevó el presupuesto para el instrumental técnico, museos y laboratorios universitarios.  

Falleció en la capital del país, La Habana, el 19 de noviembre de 1933, a la edad de 84 años

Editado de un escrito de Héctor Maseda Gutiérrez
 publicado en convivenciacuba.es

 

 

10 de febrero de 2015

Los Sabatés


Siluetas familiares camagüeyanas
Los Sabatés

Hogar: para el hombre como para el pájaro,
el mundo tiene muchos sitios donde posarse,
pero nidos solamente uno.
Con el dinero se puede fundar una casa espléndida,
pero no una familia dichosa.
O. H. Holmes
Por Luis Cruz Ramírez

Imposible hablar de los Sabatés sin evocar aquella figura en tono gris, amable y caballeroso: don José Sabatés Forjas.
Y sin que el recuerdo nos traiga en sus alas la dulce imagen de doña María Belizón de Sabatés.
¡María y José! ¿Un símbolo quizá?
¿Mero paralelismo con las figuras bíblicas, o intención milagrosa venida del cielo?
Toda una bella realidad de la que brotaron los hijos como bendición del Señor.
Ungidos por el Santo Óleo del  más sublime ejemplo.
Para honrar la memoria de José y María.
Y del bello e inolvidable lugar donde nacieron.
Necesitaríamos numerosas páginas de El Camagüeyano para describir la personalidad de cada uno de los Sabatés.
Desde Feliciano a María Cristina.
Ramas de aquel frondoso árbol trasplantado de tierra oriental a tierra camagüeyana.
Flor y fruto abundante.
En calidad y cantidad.
Cuantitativa y cualitativamente.
La familia es el núcleo fundamental de la sociedad.
Dime como es la familia y te diré en qué sociedad vives.
La familia es algo mas que un grupo de personas ligadas por el vínculo de la sangre.
Es comunidad de ideales.
Unión espiritual.
Comunión de amores paterno-filiales.
Interpretación honesta y sincera de derechos y deberes.
Responsabilidad solidaria.
Ante Dios y la patria.
Decía Mirabeau: «Los sentimientos y las costumbres que son base de la felicidad pública se forman en el hogar doméstico».
Posiblemente José y María no leyeron a Mirabeau, ni lo necesitaron.
Porque fue la palabra enérgica, justa y oportuna y a la par cariñosa del padre, y la ternura comprensiva, aconsejadora y consolatoria de la madre, crisol maravilloso en que se fundieron estos vástagos de oro puro.
«La casa paterna es como una Iglesia natural, que rara vez niega un alivio y que prepara el alma a consuelos mayores».
«¡Hogar, cuna y mesa!»
Trípode sobre el cual descansa la educación.
¡Hogar, cuna y mesa, pero santificadas por Dios!
Eso tuvieron los Sabatés por obra y milagro de José y María.
¡Calle de República casi esquina a Estrada Palma!
Un día cualquiera de cualquier década antes de aquello.
Tránsito obligado de camagüeyanos.
Y allí los Sabatés.
Joyería y Optometría.
Adolescentes que van haciéndose adultos bajo la mirada experimentada y tierna del padre.
Unos bachilleres.
Otros profesionales.
Los demás comerciantes.
Médicos, optómetras, farmacéuticos, médico-oculista, cirujano dentista, etc. etc. etc.
Unos graduados allá.
Otros por acá.
De allá, una vez compartimos con dos de ellos en el Edificio Carreño…
¡Estudiábamos!
Y hacíamos versos.
¡Asísteme memoria para poder nombrarlos sin incurrir en omisiones!
Primero ellos: Feliciano, Guillermo, Eduardo, Mario, Ricardo, Enrique, José, Nabor, César y María Cristina.
Después ellas: las incomparables compañeras que como espigas darán fruto bueno y sano: Georgina, Lady, Raquel, Nery, Roselia, Irma, Hortensia, Carmen y Ángela.
María Cristina y su Raúl Taño.
Vienen luego los hijos y los hijos de sus hijos.
Que siguen la ruta que enseñaron un día José y María.
Mas de un Sabatés pasó por nuestra modesta morada de Ciudad México.
Guillermo y Lady casi corrieron una noche en que los llevamos a visitar a los mariachis de la Plaza de Garibaldi.
Aquellos músicos con revólveres al cinto, corriendo hacia los autos que llegaban al Tenampa, daban pavor…
Otro mas pasó con su costilla dejando al pasar la inconfundible estela de cariño de los Sabatés.
Por acá, por Río Piedras, acompañamos un día a Feliciano.
Que oteaba.
Se orientaba.
Olfateaba.
Y no se quedó.
¡Qué extraordinario sentido para los negocios!
El éxito ha sido inseparable padrino de los Sabatés.
Pero el éxito no viene regalado.
Concurre a cooperar cuando se es trabajador, cuando se es creador, cuando lo merecemos.
Y aunque hay sus excepciones, no podemos olvidar: «Ayúdate que Yo te ayudaré.”
Esa es esta prole ejemplar.
Orgullo de los camagüeyanos allá.
Y de los camagüeyanos, acá en el exilio.
Si esta silueta tiene un moraleja, me felicito de ello.
Y ojalá así sea.
O Amén.
Sabatés & Sabatés.
 
Reproducido de la Revista El Camagüeyano, editada por la Dra. Ma. Antonia Crespí
 
Foto tomada en el 24 de diciembre de 1953, en la que aparecen la abuelita Reparada Forjas a sus 103 años de vida, su hijo José Sabatés Forjas y esposa María Belizón Durañona, con sus nueve hijos varones y su hija María Cristina.

5 de octubre de 2013

Ena Galán Sariol


Ena Galán Sariol

Ana Dolores García

Ena Galán fue la primera alumna matriculada en el Colegio Teresiano de Camagüey cuando éste abrió sus puertas en el año 1915 para impartir enseñanza y educación a las niñas camagüeyanas, según lo ha testimoniado Maruca Martínez Tapia, que a sus ciento y un años evocó con precisión los recuerdos de aquellos tiempos, ya tan lejanos, en los que les tocó el privilegio de ser las pioneras de la pléyade de niñas y jóvenes educadas por la Madres de la Compañía de Santa Teresa de Jesús.

Conocí a Ena cuando, aún yo recibiendo clases, la veía siempre en cuanta labor desplegaba la Asociación de las Antiguas Alumnas, en cualquier fiesta, en cualquier tómbola, en cualquier celebración. Allí siempre estaba Ena junto a Mirtila y Maruca, a Aida, y a tantas otras damas de aquel grupo, echando una mano en ayuda a las Madres. 

Luego fue la obra de Saratoga, la creación de otro colegio para las jovencitas sin recursos de aquel barrio. Colegio que se construyó ladrillo a ladrillo con la ayuda del pueblo camagüeyano. Ena era de las primeras que, con su latica-alcancía en mano, salía a la calle cada año en el "Día del Ladrillo", hasta que con el esfuerzo común y el apoyo de los contribuyentes se pudo completar la obra.

El tiempo me convirtió también en antigua alumna. Más de cerca, pude comprobar directamente el entusiasmo y el empeño de aquellas señoras de las que tanto teníamos que aprender y de las que necesariamente seríamos relevo.

Un aciago día de 1961 no tuvimos más Colegio y todas nos convertimos en antiguas alumnas: no hubo más alumnas, ni más Madres, ni más Colegio en aquel edificio, viejo y nuevo, que guardó entre sus paredes todos los andares de nuestra niñez y nuestra adolescencia. A la desolación siguió el desparramo. Pero la fe, la esperanza y el amor que las Madres nos inculcaron quedaron en nosotras dándonos fortaleza.

Muchas tomamos el camino del exilio, cada cual cuando pudo. Otras han quedado allá y hoy dan apoyo a nuevas Madres Teresianas que han vuelto a Cuba para hablarle de Dios a los niños de ahora.

Ena llegó a los Estados Unidos en 1968, ya jubilada de su trabajo como maestra de Kindergarten, profesión que ejerció en Camagüey durante veinte años. 

Los comienzos de una nueva vida siempre son difíciles, y para Ena también tuvieron que haberlo sido. Pero ella traía bien prendidas en su ánimo las palabras de Santa Teresa: «Quien a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta".

Con su esposo Villamañe y su hija María Emilia emprendió esa nueva vida. Trabajó ocho años más en este país, en Nueva Orleans, donde se habían establecido. Allí su dinamismo volvió a entrar en acción y fue activa colaboradora del Liceo Cubano José Martí.

Desde Luisiana y alguna vez desde Nueva Jersey, me escribía a menudo. Tuvo tres hermanos que trabajaron en la Compañía de Electricidad de Camagüey, por esos sus cartas siempre las finalizaba con un cariñoso abrazo "teresiano y eléctrico".

El 22 de mayo de 1983 -se cumplen ahora treinta años-, concluyó su peregrinar de setenta y cinco en la Tierra. Entonces marchó a compartir la Gloria del Padre.

11 de julio de 2013

Obituario, Rosa Martínez de Cabrera

 Obituario
Ana Dolores García

El pasado lunes 8 de julio ha fallecido en North Carolina, donde residía desde hace años, la Dra. Rosa Martínez Abaroa, Vda. de Cabrera, recordada y querida profesora de Lengua y Literatura Española del Instituto de Segunda Enseñanza  de Camagüey. Coincidentemente, ese mismo día en estas páginas de la Gaceta de Puerto Príncipe aparecía uno de sus más sentidos poemas: “Nadie se va del todo”, verdad etérea que hoy bien puede aplicarse a su propia autora.

Rosita Martínez, como cariñosamente era conocida por sus amistades y múltiples alumnos y exalumnos,  dedicó toda su vida a la enseñanza de la literatura. Poeta y maestra, deja una profunda e imborrable  huella en el historial de la cultura agramontina.  En su ciudad natal, además de su actividad educativa, colaboró ampliamente en la sociedad femenina Camagüey Tennis Club y prestó solícito apoyo a cualquier actividad cultural que se gestara en nuestra ciudad, como la Sociedad de Conciertos o el Cine Club.  Más aún,  fue alma y promotora de la sociedad cultural Lyceum de Camagüey, de corta vida al correr la misma suerte de todas las sociedades y agrupaciones a la llegada del gobierno castrista.

Marchó entonces al exilio donde continuó su labor docente con igual entusiasmo. Fue profesora de Español en el Bethesda High School en Bethesda, Maryland, y más tarde ejerció igual cátedra durante varios años en la Universidad de  New York en New Paltz. Fue allí donde organizó un Simposio sobre la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda que contó con la asistencia de numerosos profesores de Literatura Española en distintas Universidades y Centros de Estudios Superiores de los Estados Unidos. También como homenaje a La Avellaneda y en colaboración con la Dra. Gladys Zalvídar publicó un libro conmemorativo de aquel Simposio por el centenario de la muerte de la insigne escritora camagüeyana.

Luego de su jubilación residió por largo tiempo en el norte de Virginia, de donde pasó a vivir junto a la familia de su hermano Paulino Martínez en el estado de North Carolina y donde acaba de fallecer a la edad de 93 años.  Enviamos nuestra más sentida condolencia a su hermano Paulino y su esposa Nerina Sánchez, a sus sobrinos y demás familiares. Rosita Martínez se ha dormido en la esperanza y en la fe que siempre profesó en la Resurrección por Cristo: 

Nadie se va del todo, y adiós, ya sin sentido,
es palabra vacía que flota sin objeto.
Adiós, adiós, no digas, que si te escucha el viento
subirá en remolinos hasta tocar el cielo.

30 de junio de 2013

ANTONIO MARTINEZ Y MARTINEZ



Antonio Martínez y Martínez

Extracto de “Papel del laicado cubano en la educación”, por el Lic. Roberto Méndez Martínez, leído en el Segundo Encuentro Nacional de Historia, 11-14 de junio de 1998 en El Cobre, Santiago de Cuba y reproducido y distribuido por Camagüeyanos Católicos, Inc.

Antonio Ricardo Martínez y Martínez nació el 9 de junio de 1905 en la calle Villegas 109, en La Habana. Su padre, Joaquín Ventura Martínez Días, pertenecía al linaje de los Martínez de Jaruco y el infante era sobrino nieto de Felicitas Martínez Elizarán, la madre de Mariana Lola [Álvarez], quien junto a su esposo Nicasio, sirvieron de padrinos del niño en su bautismo efectuado en la Parroquia del Santo Cristo.

Uno o dos meses después de nacido, su familia se trasladó a Camagüey, donde el pequeño realizaría sus estudios, primero en el Kindergarten de Cristina Xiques, luego en la escuela primaria El Lugareño. Iba a continuar éstos en dos instituciones que debían marcarle: la escuela San Agustín donde fue alumno de su fundador Narciso Monreal, hombre recto y probo, legítimo criollo que fomentó una institución en donde se unía el espíritu cívico con un catolicismo bien orientado; luego se prepararía para el ingreso al bachillerato en la Academia Garay, dirigida por Graciliano Garay, hombre de raza negra, correcto, culto, progresista, formador de varias generaciones, de un prestigio tal que aún en momentos de más vergonzante racismo nadie hubiera detenido a Don Graciliano a las puertas del club más exclusivo: la ciudad entera sabía que le debía algo.

En estas instituciones debió formarse Antonio en la tolerancia, la amplitud de miras, la voluntad dialogal y el espíritu moderno que le caracterizaron.

Su temperamento debía probarse en el dolor ampliamente: el primero de noviembre de 1914, cuando apenas contaba nueve años, falleció su madre y sólo cuatro años después la seguía su padre. El adolescente quedó a cargo de su tía paterna Mercedes Martínez Días, la que lo condujo con bastante firmeza pues sólo 40 días después de la pérdida de su padre, Antonio se presentaba con éxito a la prueba de ingreso a la Segunda Enseñanza en el Instituto Provincial de Camagüey y el día de Nuestra Señora de la Caridad de ese año entraría como pupilo en el Colegio de Belén de los Padres Jesuitas en la Habana.

Allí viviría una rápida maduración intelectual, ésa que le permitió cursar después en la Universidad de la Habana las carreras de Derecho Civil, Derecho Público, Filosofía y Letras.

Tenía facilidad para hacer amistades, especialmente con personas que tuvieran inquietudes afines, fueran de un carácter semejante al suyo o no. Así podía relacionarse igualmente con José Maria Chacón y Calvo o con el poeta y arqueólogo Felipe Pichardo Moya, quien le dedicó una de sus composiciones y con el que excavó en busca de arqueología indo cubana en el sitio de Limones y otras áreas del sur de Camagüey; sin que esto le impidiera estar cerca del pintor Carlos Enríquez, alcohólico y atormentado, quien dejó muchas obras en la casona de Republica 57 y no era raro ver al artista deambular por la casa con una infaltable botella de ron, pintando rincones del interior colonial o el típico patio camagüeyano sin que por esto se escandalizara la legión de tías que allí residían.

Creció en esa casa una de las mayores colecciones de arte de Cuba, los muros se atestaban de piezas de Landaluce, Chartrand, Melero, Víctor Manuel, Ponce, Amelia Peláez, Lam y otros muchos, más o menos relevantes, sin contar las piezas arqueológicas, antigüedades, los discos y una biblioteca que aún hoy resulta un mito para los viejos camagüeyanos.

Su curiosidad intelectual era infatigable. Viajó a 27 países de Europa y América, pero no como turista común, y lo mismo hablaba de una función de ópera en Nueva York que de la célebre cupletista Raquel Meller, a quien vio en Paris; trajo curiosas antigüedades de muchos sitios y fue unos de los primeros en Cuba en ir a Haití para adquirir la pintura primitiva de ese país cuando apenas se le conocía entre los grandes coleccionistas.

En su intelecto no había conflicto entre fe y ciencia, sabía dar a cada una su lugar. Fue un asiduo colaborador de los empeños pastorales de aquel singular párroco que fue Mons. Miguel Becerril; Caballero de Colón distinguido; tuvo larga trayectoria como conferencista, eso no le impidió interesarse en el psicoanálisis y formarse en él por lo que pudo abrir el primer consultorio de psicoanalista de la ciudad, con su diván freudiano que no dejó de preocupar a algunas almas timoratas, y llegó a dominar el uso de algunos test como el Rorshach o el TAT cuando éstos eran apenas conocidos en La Habana.

Fue profesor en el Colegio El Ángel de la Guarda (La Habana), donde el testimonio de su cercana parienta Mariana Lola acabaría de formarlo, y luego durante décadas catedrático de Lógica y Psicología del Instituto de Segunda Enseñanza de Camagüey.

Era esta última institución la más alta desde el punto de vista docente en el territorio, con un claustro que salvo excepciones era sumamente prestigioso, entre ellos hizo Antonio muchos amigos, pero se mantuvo vertical en cuestiones tocantes en la fe, en una época en que ésta parecía tratarse de un asunto para mujeres y personas “de escasa cultura.”

Por eso no es de extrañar que cuando alrededor de 1937, en medio de la efervescencia de cambios estructurales que sufría la Nación y de inquietudes revolucionarias no apagadas, fue invitado el historiador Emilio Roig de Leuchsering a dictar una conferencia en el Aula Magna del Instituto, en la que el respetable historiador la emprendió de manera un poco efectista contra la Iglesia y su clero, Antonio y un grupo de profesores católicos publicaran en el diario El Camagüeyano su protesta contra esas declaraciones; junto a él estaban laicos prestigiosos como el Dr. Manuel Beyra, las hermanas Ángela y Margarita Pérez de la Lama y Elisa Arango.

Esta protesta fue respondida por otros profesores librepensadores, enemigos de que se pusiera cualquier restricción a la expresión oral — entre ellos estaban el Dr. Luis Martínez, los hermanos Agüero Ferrín y otros. Ambos documentos fueron muy respetuosos y tras el cruce de espadas ahí murió la polémica, pues ambas partes eran amigos y nada enturbió que continuaran juntos en almuerzos campestres, paseos y tertulias.

Dictando una conferencia a los jóvenes Federados ante Mons. Carlos Ríus Anglés, Obispo de Camagüey, el Dr. Benito Prats Respall, y Fernando Rivero y Flor de Mª. Sarduy, Presidentes Diocesanos de las dos ramas de la Juventud Católica Cubana.

Las instituciones de la ciudad, fuera el añejo Liceo, el Camagüey Tennis Club, el Lyceum, lo tuvieron como conferencista invitado, actuaba como difusor de temas de psicología, arqueología, geografía, arte. Apoyó los grupos teatrales que surgían, la actividad de la Sociedad de Conciertos, la fundación del Museo de Camagüey, y otras tantas iniciativas que iban sacando a la ciudad de una modorra secular.

Al triunfar la Revolución en 1959, este maestro seguía sintiéndose útil. Trabajó en la reforma de la enseñanza: estaba convencido de que se debía avanzar hacia una escuela cubana modelo, pero las circunstancias tomaron otro rumbo. A pesar de su talante dialogal, este maduro profesor, católico y letrado no fue de la simpatía de algunas nuevas autoridades del Instituto; él podía haberse marchado, pero nada era tan ajeno a él como la marginación y prefirió, ya que tenía su cátedra de siempre, trabajar como simple empleado en la oficina de mismo plantel, donde seguía recibiendo el respeto de la mayoría.

Cuando las tristemente célebres UMAP, su residencia fue centro de colecta de ayuda para las personas de toda la Isla allí confinadas, a la que él iba a visitar con otros laicos. Sirvió como cercano consejero al joven obispo Adolfo Rodríguez y fue quien diseñó su escudo episcopal para lo que debió estudiar con urgencia las leyes de la Heráldica. Se dedicó al estudio y difusión de los documentos de Concilio Vaticano II, a cuyas reformas prestó un apoyo sincero y convencido, colaboró primero con los líderes de la Acción Católica y luego en la preparación del Apostolado Seglar Organizado. Ya no tenía una cátedra pero seguía siendo maestro.

Presentósele entonces uno de esos conflictos que ni su saber psicológico podía mitigarle. Habían fallecido sus tías; su hermano y sobrinas decidieron abandonar el país: ¿podría él quedarse, ya entrado en años y delicado de salud, solo en aquella casona? Muy a su pesar, salió al exilio el 18 de marzo de 1966. Residió en Puerto Rico y en Maryland, fue profesor de Español en el Hood College [en Frederick, Maryland] y en el Bridgewater College [en Bridgewater, Virginia], pero nunca llegó a adaptarse totalmente a aquel país, donde falleció victima de un derrame cerebral el 25 de Agosto de 1982, en Bethesda, Maryland.

Los versos que siguen forman parte de un poema que dedicara en 1975 a sus amigos Chalón Rodríguez Salinas y su esposa Isabel, y que reflejan a las claras la añoranza de la Patria, que le acompañó hasta sus últimos días.


…Ardiente sol en el cielo
medio disco ya levanta,
arenas miro a mi planta
que cubren con oro el suelo,
aves marinas en vuelo
hacia el horizonte van....
Sigue mi vista su afán.
Un anhelo en mí aparece....
Y a mi lado el viento mece
las ramas de un flamboyán.

Se va acercando el momento
en que descienda el telón
y se acabe la función
que miraba tan contento.
Echo mis penas al viento
y pido a mi Dios bendito
que al cruzar el infinito,
cuando al cielo mi alma suba,
me pase cerca de Cuba
para tirarle un besito.

Fotos: Archivo personal de la familia Prats-Martínez.