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22 de marzo de 2015

Camagüey: Inauguran otra "Casa de la Jaba"


Camagüey: Inauguran otra “Casa de la Jaba”

Alejandro Rodríguez Rodríguez

Una moderna “Casa de la Jaba” fue inaugurada en Camagüey, Cuba, posiblemente como acción retardada del programa de obras públicas por el 500 Aniversario de la ciudad.
 
Gracias a la celebración de marras ahora los camagüeyanos(as) podemos sentarnos a degustar un café imaginario en el “Coffea Arábiga”, o nutrirnos el alma con exquisita cultura en cualquiera de los 3456 cines y teatros que quedaron listos para enfrentar otro medio milenio de apetencias intelectuales.

La “Casa de la Jaba”— que se nombra oficialmente “Casa del Lácteo”— existe con la ilusión de expender lacteoderivados al pueblo, y ostenta una tablilla informativa que rara vez contiene algo que no sea “Jaba de Nylon —1.00 MN” y “Gracias por su visita”.

De buena tinta supimos que la unidad fue multada días atrás por no indicar el precio correspondiente a “Gracias por su visita”. ¡Ese el combate que hace falta contra las gratuidades indebidas!

Al menos un par de veces desde su entrada en funcionamiento la tienda ha vendido quesos de cabra y de búfala, y con mayor frecuencia yogurt natural, queso crema y leche semi-condensada. Entonces las concentraciones populares hacen la calle casi intransitable, pues el local queda, además, justo frente a la Notaría.

La Notaría es un lugar donde el Estado le cambia al pueblo papeles escritos en jerigonza jurídica por papeles más pequeños, llamados “sellos”, los cuales el pueblo debe haber cambiado antes por dinero en alguna de las oficinas de Correos. El dinero también es de papel.

Cuando el curso natural de la Historia merme el entusiasmo ciudadano, por ejemplo, con el desfile por el Primero de Mayo, se anunciará la venta de quesos de cabra y búfala en los contornos de la Plaza de la Revolución.

De vuelta a la tienda, uno entra, mira la tablilla de ofertas sin ofertas, mira el rostro aburrido de la empleada que espanta moscas con un pedazo de cartón, y luego no puede sino evocar un chiste clásico soviético:

Buenos días, compañera… ¿Hay pan?

 Buenos días, compañero; NO… pero donde NO HAY pan es ahí frente, aquí es donde NO HAY leche.

La “Casa de la Jaba” de Camagüey no es la primera de su tipo en la ciudad. Hay otras que constan en la psique colectiva como Pescadería, Carnicería, Mercado Agropecuario, etc.

Tampoco es exclusiva del territorio. Cada asentamiento urbano del país tiene la suya propia, con más impacto en la comunidad mientras más alejada esté de la capital.

Juro por mi madre que he visto a un varón de 1.90 m, en perfecto estado de salud, regresar llorando de una cafetería estatal en Santiago de Cuba porque “¡Compadre,… yo no puedo comer condones…!”.

Y este puede ser un gran reto a la biotecnología nacional: el desarrollo y fabricación de implantes para el estómago, que nos permita alimentarnos con jabas de nylon y preservativos asiáticos.

Otra variante puede ser comer cigarros, pero el cigarro escasea más que el plástico.

*****Nota: Justo al cierre de esta nota supimos que la Casa de la Jaba mostraba una diversificación discreta de sus ofertas, debido al estado de opinión tan negativo que generaba el lugar. No obstante consideramos oportuna su publicación como referencia general a las cafeterías sin café y a los noticieros sin noticias.
De su blog:  alejo3399

23 de enero de 2015

Un monumento a la chancleta vieja en Camagüey


 
Un monumento a la chancleta vieja en Camagüey
 
Alejandro Rodríguez Rodríguez*
 
A Camagüey le falta una estatua, una máquina de café y un buen nombre para el crematorio.
 
Aun tratándose de una de las ciudades más grandes y viejas de Cuba, su espíritu es de pueblo… como el espíritu de La Habana, o el de Buey Arriba en Granma. El espíritu pueblerino consiste en que todo el mundo se entera de lo mismo, casi de la misma manera.
 
No puede ser de otra forma en una ciudad con  un periódico semanal de ocho páginas, dos funerarias (una para cada muerto de la noche), dos casas de cambio de divisas, 10 cajeros automáticos, un crematorio que oficialmente se llama “Incinerador de Cadáveres”, y medio centro comercial que tiene la mala costumbre de coger candela a cada rato (El Encanto).
 
El adjetivo “pueblerino” puede resultar doloroso a esa parte de la población que insiste en no bajar la nariz por más que haga una pila de años que el fausto oropel camagüeyano es solo una metáfora de la Colonia, pero es verdad: lo que una vez fue -según los libros y los viejos intelectuales católicos que los escriben- una ciudad circunspecta, ahora es cosa loca, llena de situaciones extrañas.
 
Por ejemplo, tenemos una tienda famosa donde venden carnes “exóticas” como la de langostas, camarones y vaca, a la que el choteo popular llama “El Museo de la Carne”, pues su función no parece ser vender carnes, sino proporcionar cierto amparo legal a la comercialización de platos con estas carnes en los restaurantes privados.
 
Déficit de carnes
 
El déficit de carnes se debe a que la estampa más común del ganadero camagüeyano ahora se reduce al guajiro flaco, con camisa verde olivo, que vende queso de contrabando a la orilla de la Carretera Central; o cuida una manada de chivos a quienes toca comerse las arrobas de marabú sembradas por los burócratas que trabajan en el rascacielos del Ministerio de la Agricultura.
 
Previo a los festejos por los 500 años de esta ciudad, la prensa anunció que el gobierno local levantaría una estatua en honor a la poetisa camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), en la esquina de las calles General Gómez y Avellaneda.
 
Pero el plan solo llegó hasta la parte del pedestal… En vez de estatua hoy se exhibe allí una chancleta vieja, cortesía de algún jodedor de los alrededores…
 
Inmortalicé con una fotografía este singular y volátil monumento, pues sé que habrá mentes agrias y desayunadores de petróleo que se apresurarán a retirar de allí esta auténtica burla popular.
 
La estatua que nunca fue
 
Hasta la fecha no hay una explicación oficial del porqué nunca se colocó la estatua de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Los rumores, sin embargo, apuntan a que alguna instancia nacional ordenó a las autoridades locales detener el emplazamiento, pues las últimas no contaban con las autorizaciones requeridas, o habían violado el debido proceso para levantar una estatua en Cuba.
 
Si para poner un anuncio publicitario en su propia fachada el papeleo es brutal, imagínese usted para erguir un monumento público… ¡Más fácil se yergue y sale caminando el Martí de la Plaza de la Revolución…!
 
Otro de los palacios provinciales del absurdo es el llamado Coffea Arábiga, diseñado originalmente para vender los mil y un tipos de café. Pero la máquina de hacer café se rompió a los pocos días de inaugurado el lugar (de lo cual hace casi un año), y ahora en el Coffea Arábiga se vende pan con croqueta aplastada, aunque lo que se anuncia es hamburguesa…
 
PD: Este blog ofrece sus condolencias a todos los padres camagüeyanos que deben pasar con sus hijos pequeños frente al “Incinerador de Cadáveres”;… no imagino qué les explicarán cuando los niños pregunten qué es eso que dice allí, en el cartel de la entrada…
 
*Periodista cubano residente en Camagüey. Tomado de su blog Alejo3399
Reproducido de cafefuerte.com

11 de julio de 2014

Crónicas caribeñas

Crónicas Caribeñas IX:
Desde Guáimaro, incidencias del día a día de un cura rural

¡Aquí no se rinde nadie!

No hay dudas de que este es el mejor eslogan que ha parido el sistema.

  Estoy muy ilusionado con las construcciones en mi parroquia, y eso es bueno, no las construcciones, sino la ilusión. Ilusionados, hicimos el encofrado y el encabillado del patio, siempre ilusionados con que durante este tiempo aparecería el cemento necesario (240 sacos) para fundir el techo. Primero no había cemento, luego hubo cemento, pero no había bolsas y la fábrica no lo podía envasar. Poco después hubo cemento y bolsas, pero la empresa que le vende a la Iglesia no tenía dinero para comprar. Luego llegó el dinero, pero ya la primera producción la habían vendido a granel y en ese tiempo se rompió la planta que elabora el cemento P350, que es el que se necesita para fundir el hormigón. Y así estuvimos, ininterrumpidamente ilusionados, mientras caían aguaceros copiosos sobre la madera y la cabilla anhelantes de cemento y piedra. Hasta que un día, ya sin uñas, sin paciencia y sin nervios, pero con mucha ilusión, los astros confluyeron y logramos la fundición. Lejos de mí compararme con Juan Pablo II, pero me he permitido robarle uno de sus gestos e inclinarme para besar reverentemente el concreto fresco.

Un pueblo victorioso.

  No hay dudas de que somos un pueblo que sabe poner buena cara al mal tiempo, y no nos rendimos.

 Hace unos días la peluquería de Guáimaro no tenía agua, pero eso no era motivo para no ofrecer el servicio a un pueblo tan aguerrido porque, a ver, ¿es realmente tan incómodo, si quieres darte un tinte en el pelo, aplicarte el tinte y luego envolverte el pelo en una toalla, irte a tu casa, lavarte allí la cabeza y luego regresar a la peluquería para terminar el proceso? Tal vez los noruegos, que son unos flojos, se quejarían, pero para los guaimarenses, que ya le han pegado candela a la ciudad un par de veces en su historia, eso no es nada.

 Y esto sin contar nuestra capacidad ceativa. Hablemos del dentista, por ejemplo. En tiempo atrás no aparecía la sustancia que permite separar los rodetes de cera durante la confección de una prótesis dental. ¿Tendrían que esperar nuestros queridos viejitos sin dientes a que esa sustancia apareciera? Jamás, porque descubrimos, creativamente, que podía usarse la clara del huevo, así que lo único que había que hacer era pedirle a cada paciente que fuera a la consulta con tres huevos. Lo demás, tranquilos, dejen trabajar al dentista.

 Fue muy interesante escuchar todo esto mientras la dentista me reponía un empaste caído. Pero más interesante me resultó saber (una sesión de dentista en la que sólo puedes escuchar da para mucho) que unas estacas de marabú, cuya dureza ya conocemos, cuidadosamente cortadas y ranuradas para que sostuvieran un lazo para asegurarla a la muñeca del portador, eran los instrumentos para las Brigadas de Acción Rápida de la clínica. Yo en realidad no entendí muy bien, porque se supone que las Brigadas de Acción Rápida con movimientos espontáneos del pueblo enardecido que sale al paso de modo voluntario y natural a las manifestaciones en contra del Sistema. Lo único que se me ocurre pensar es que, del mismo modo que somos campeones en creatividad, también lo seamos en previsión y sepamos que, en algún momento alguien dirá o hará algo contra el sacrosanto Sistema, y a esa hora tal vez no aparezca una buena estaca de marabú.

Más creatividad.

  Está visto que al cubano no lo detiene nada ni nadie. Un día estaba fuera de Guáimaro y se me ponchó una goma del carro. Donde estaba sólo había una ponchera particular donde me atendieron de maravilla. El señor infló bien la goma, la metió en agua, localizó el agujero y, ante mi mirada atónita, puso un condón en una pinza, lo metió por el agujero y luego le dio calor. A día de hoy no he vuelto a tener problemas con esa goma.

   Otras veces tenemos que arreglarnos con la falta de espacio, como en uno de los hospitales de Camagüey donde han tenido que poner la consulta de psicología junto a la de urología, separadas ambas consultas por una estupenda cortina. Hombre, estar llorando un duelo mientras se escucha al otro lado de la cortina: “bájese los pantalones”, es un poco incómodo, pero esas cosas se superan.

  A veces no hay modo de ser creativos, pero se mantiene el tipo. Un día fui con unos amigos a comer a una pizzería. La mesa estaba impecablemente puesta con unas hermosas servilletas de tela roja, cosa que me alegró, porque me he acostumbrado a comer con servilleta y no siempre me acuerdo de llevar algo que la sustituya, dado que en Cuba no es un artículo común. Ilusionado (no olvidemos lo importante que es eso aquí), tomé mi flamante servilleta y la coloqué en mi muslo izquierdo, como me han enseñado, hasta que vino la muchacha a hacer el pedido y luego se llevó nuestra orden a la cocina junto con las servilletas, no sin explicarnos amablemente que eran sólo de adorno. Por suerte, la mesa tenía mantel, aunque al final no dejé de sentirme un poco en culpa por usarlo para limpiarme discretamente los dedos.

Creatividad doctrinal.

  Yo creo que este espíritu creativo del cubano es algo que goza de buena salud y que va expandiéndose, llegando incluso al área doctrinal. Así, por ejemplo, encuentras que los niños en la catequesis jamás se dan por vencidos, y que prefieren ensayar su creatividad antes de decir: “ni idea”, lo cual es explicable. Decir: “ni idea” sería rendirse, y ya sabemos que ¡aquí no se rinde nadie!

Así las cosas, preguntas:
-  ¿Con quién estaba casado Abrahán, que no podía tener hijos? 
    Mano levantada rauda y veloz, respuesta pronta y clara:
¡   ¡Con Moisés!

A ver, yo no me considero homófobo, pero confieso que no me hace gracia pensar que nuestro padre en la fe fuera gay. Aún así, no nos rendimos en la enseñanza.

-   A ver, ¿les dice algo el nombre de Sara?
-   Sí, sí –dice una chica- ¡el desierto de Sara!

Evidentemente, un alemán se habría cortado las venas, pero los alemanes también son flojos, como los noruegos. Un cubano persiste.

Tal vez si dejamos reposar un poco la historia sagrada y nos venimos a la actualidad podríamos hacer el proceso de otro modo. Lo intentamos desde otra óptica:

-   A ver, ¿quién fue Madre Teresa?
Mano levantada con el mismo impulso combativo y decidido.
-   ¡Una prisionera del Imperio!

De momento, me sentí noruego.

Terminado el intento de catequesis, celebramos la Misa, a ver si ofreciendo nuestras vidas al Todopoderoso algo cambia. La Misa siempre entraña una solemnidad, aunque sea en un pueblecito pequeño, en los cuales hay que entender a los insoporniños que no paran de correr, hablan, insisten en que la madre salga a esa hora a comprarles un dulce, etc. Claro, a veces la paciencia se me va agotando y entonces digo tímidamente, bajito, suavemente, que por favor, si pudieran controlar a la niña. Claro, como somos un pueblo combativo la madre asume inmediatamente su autoridad, acoge mi petición y truena en medio de la Misa:

-¡Fulanita, o te portas bien o cuando lleguemos a la casa te voy a echar a los puercos!!!

Al final no logro saber si es mejor el remedio o la enfermedad.

De camino a casa.

Luego de una semana de intenso trabajo pastoral, es bueno irse el lunes a casita, a que los papis te malcríen un poco y a desconectar de tanta creatividad. Desde Guáimaro recorro los 80 km que me separan de Camagüey, donde había quedado con mi padre, que tenía que hacer unas gestiones, para luego irnos juntos a Florida, mi pueblo, 40 km más lejos. Paramos un segundo frente a la iglesia de La Merced, para que yo recogiera unas cosas y seguir. Allí ahora está prohibido estacionar, porque han remodelado el área donde está una ceiba centenaria que los expertos han determinado que está “estresada”, (palabras textuales) y, al parecer, que no haya parqueo la desestresa. En fin, que mi papi tuvo la mala suerte de que un policía no entendiera que sólo me estaba esperando, que no tenía intenciones de parquear, y le pidió sus documentos para ponerle una multa. Cuando mi padre le explicó que, simplemente, me estaba esperando, el policía ripostó que mi padre había apagado el motor, y que eso significaba que estaba parqueado, no esperando. Ante esa lógica infalible, mi padre le entregó reverentemente sus documentos.

Pero bien, seguimos sin rendirnos, y el ambiente de casa es relajante: se descansa, comemos algo rico en familia, conversamos, y aunque estoy cansado logro hacer frente a mi sobrino aborrecente, que se pone a dispararme adivinanzas que yo tolero aunque mi deseo es irme a la cama, cosa que tal vez él capta y lo decide a hacer su última intervención de la noche:

-   Tío –me dice- ¿tú conoces a Dionisio?
-   ¿Qué Dionisio, Yilmercito?
-   El que te echó alcohol en el culo.

Lo miro, triunfante, mientras esbozo una medio sonrisa.
-   Yilmercito, ¡eso no rima!
-   ¡Pero ardeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!
El se salva de que a esa hora no tengo fuerzas para estrangularlo.

Lo del nombre de mi sobrino no es cuento. Se llama Yilmer. Un día me dice:
-   Tío, ¿tú sabías que a mí me iban a poner Carlos Alberto?
-   ¿Y por qué no te lo pusieron?
-   Por mi padre.
-   ¿Tú sabes lo que significa Carlos?
-   No.
-   Significa “varón”.
-   ¿Y Alberto?
-   “Grande por su nobleza”.
Hace silencio, medita, y de momento dice:

-   ¿Así que yo me iba a llamar un “varón grande por su nobleza” y me llamo Yilmer?
No habló más en un buen rato, yo creo que se me deprimió un poco el chico.

Aún así, tiene un buen historial de intervenciones familiares, lo cual hizo que toda la familia se planteara hablar con el director de la última obra de teatro que han hecho en la iglesia donde mi sobrino hace de san Esteban y muere apedreado. Toda la familia quería participar en ese momento de la obra, convencidos de que sería un momento de una actuación con mucho realismo, pero hemos pensado que el director de la obra se va a oponer.

Eso de los hijos y los sobrinos es complicado, porque en realidad, cuando empiezan a crecer, nunca sabes con qué te van a salir.

En estos días nos pusimos todos a disfrutar de la inauguración del mundial de futbol. ¿Qué momento mejor para estar en familia? Todo bien, agradable, sereno, hasta que en medio del hermoso ambiente familiar se escuchó la voz de mi sobrina que dijo: “Hay que ver lo bien que está Jennifer López, ¡y eso que tiene la misma edad de mi mamá!!!”

P. Alberto Reyes