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9 de octubre de 2018

EL RESCATE DE JULIO SANGUILY




El Rescate del Brigadier General Julio Sanguily 


Frank de Varona




Uno de los combates más brillantes y audaces de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) en Cuba fue el rescate del Brigadier Julio Sanguily, ejecutado por 35 jinetes a las órdenes del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Esta hazaña de los 35 valientes centauros ocurrió el 8 de octubre de 1871 cerca de la ciudad de Puerto Príncipe, hoy llamada Camagüey.


El Brigadier Sanguily, quien estaba inválido debido a heridas recibidas en combates, pidió autorización al Mayor, como le decían sus soldados a Ignacio Agramonte, para ir al cercano rancho de Cirila López para que le lavaran la ropa. El Mayor le dijo «Esta bien, puedes ir; pero te advierto, Julio, que el día menos pensado tus audacias te van a poner en manos de los españoles».

Llegando al rancho de Cirila, Sanguily se desvistió y se cubrió con una manta mientras le lavaban la ropa. De pronto fueron sorprendidos por una columna española. Sanguily ordenó a sus ayudantes y a las mujeres del rancho que huyeran al bosque. Al ser capturado se identificó con franqueza viril, «Pertenezco al Estado Mayor del Mayor General Agramonte. Soy el Brigadier Julio Sanguily».

Los españoles decidieron regresar a marchas forzadas con sus 120 soldados a Puerto Príncipe con tan ilustre prisionero y otros prisioneros cubanos más que tenían capturados. El sargento Fernández amarró a Sanguily y llevó las riendas de su caballo. Mientras tanto el ayudante de Sanguily que escapó del rancho informó a la caballería de Agramonte de lo sucedido.

Ignacio Agramonte, llamado Bayardo de la Revolución, se dirigió a sus 70 soldados y pidió 35 voluntarios diciendo «Todo el que esté dispuesto a rescatarlo o morir, que dé un paso al frente». 

Montando en su caballo Mambí, Agramonte llamó a sus jinetes. Todos los miraron. Tenía 30 años y medía seis pies y dos pulgadas de estatura. Era delgado, erecto y recio. Su caballería, considerada la mejor del Ejército Libertador, estaba dispuesta a seguirlo al fin del mundo. Agramonte ordenó al comandante Henry Reeve, llamado el Inglesito, a que buscara la columna española acompañado de cuatro jinetes.

El Capitán Francisco Palomino Loret de Mola pareó su caballo al de Agramonte y le dijo «Creo, Mayor, que se intenta una acción para rescatar a mi jefe, y si eso es así, por ser su ayudante, le ruego me señale un sitio en el lugar más peligroso». El Mayor respondió «Así, Capitán Palomino, marche usted al lado del Comandante Henry Reeve».

Los españoles sudorosos y cansados llegaron con su famoso prisionero a beber agua alrededor de un pozo situado en el potrero de la finca “La Esperanza,” propiedad de Antonio Torres. Reeve los descubrió y galopeó a notificar a Agramonte. A la vista del enemigo, Agramonte desenvainó su sable y dijo «Compañeros! En aquella columna enemiga va preso el General Sanguily y hay que rescatarlo vivo o muerto o quedar todos en la demanda! El Mayor rugió ¡Corneta, toque a degüello!». 

El enemigo, que contaba con cuatro veces más soldados bien armados, fue sorprendido por la fulminante carga al machete. El sargento Fernández que custodiaba a Sanguily lo derribó del caballo y le hizo un disparo a corta distancia hiriéndole la mano. Pero antes de que lo pudiera matar, el sargento murió de un sablazo. Sanguily, herido, salvó su vida gritando repetidamente «Viva Cuba!» para que en la confusión del ataque no lo mataran ya que iba vestido con ropa de soldado español. Los españoles fueron derrotados y huyeron. Habían muerto once españoles y un cubano en el combate. La caballería mambisa había capturado 60 caballos, 40 monturas, una tienda de campaña y una buena cantidad de balas, revólveres y sables.

Agramonte abrazó a Sanguily diciéndole, «Julio, te dije que el día menos pensado ibas a caer en poder de los españoles, pero no creí que fuese tan pronto».

Entre los 35 centauros de ese glorioso ataque se encontraban, aparte de los ya mencionados, el Coronel Antonio Luaces Iraola, Teniente Coronel Emilio Luaces Iraola, Comandante Enrique Loret de Mola y Boza y su hermano, Elpidio Loret de Mola y Boza, Comandante Manuel Agüero, Capitán Andrés Díaz y el Alférez Manuel Arango, quien fue herido. La mayoría de estos valientes héroes camagüeyanos tienen descendientes en el exilio y en Cuba.

El Mayor General Ignacio Agramonte reunió a sus valientes soldados y les dijo «¡Vuestros nombres, después de este hecho glorioso, figuraran en la historia de nuestras guerras como símbolo de arrojo y valor!»

Y así fue. Los cubanos, y en particular los camagüeyanos, recuerdan y veneran la bravura de aquellos patriotas. El rescate de Sanguily se considera como uno de los episodios más extraordinarios de la Guerra de los Diez Años.


Reproducido del Blog “Gaspar el Lugareño”


25 de abril de 2016

El Cardenal Manuel Arteaga y Betancourt

EL CARDENAL MANUEL ARTEAGA Y BETANCOURT



Por Frank de Varona

A pesar que Manuel Arteaga y Betancourt fue el primer cardenal nacido en Cuba y uno de los primeros de América Latina, ha sido olvidado por muchos cubanos. Pocos recuerdan a este eminente líder eclesiástico que fue toda su vida un anti-comunista y que fue perseguido por el régimen de los hermanos Castro.

Nació en el seno de una familia religiosa el 28 de diciembre de 1879 en la villa de Santa María del Puerto del Príncipe, actual Camagüey. Su padre fue Rosendo Arteaga Montejo, hijo de Juan Arteaga y Agramonte y María Francisca Guerra-Montejo y de Varona. Su madre fue Delia Betancourt y Guerra, hija de Gaspar Alonso de Betancourt y Gutiérrez y de Catalina Guerra y del Castillo.

Manuel tuvo dos hermanas, María y Rosa. Sus antepasados eran todos miembros de distinguidas y antiguas familias camagüeyanas.

Fue bautizado el 17 de abril de 1880 en la parroquia mayor de Puerto Príncipe por su pariente, el presbítero Virgilio Arteaga. Sus padrinos fueron María Betancourt y Manuel Arteaga.

Su tío, el sacerdote Ricardo Arteaga Montejo, lo llevó a Venezuela en 1892 donde el futuro cardenal cursó sus estudios, obteniendo el título de bachiller en filosofía el 15 de junio de 1898 en la Universidad Central de Venezuela. En 1900 ingresó en el convento de los frailes capuchinos en Caracas. Al año siguiente continuó sus estudios en el Colegio Seminario de Santa Rosa de Lima en Caracas.

Sacerdocio y episcopado

Manuel Arteaga y Betancourt fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1904  en Caracas, Venezuela, país donde realizó su ministerio sacerdotal hasta el año 1912. Fue trasladado a su ciudad natal de Camagüey y ejerció como sacerdote allí hasta 1915. Durante su estancia en Camagüey bautizó a mi padre, Jorge Luis de Varona, en la Iglesia de la Caridad. El futuro cardenal estaba emparentado con mi familia.

El padre Arteaga fue nombrado  provisor y vicario general de la diócesis de La Habana en 1915 y sirvió en ese cargo hasta 1941. El Papa Pío XI (foto) lo nombró monseñor y prelado doméstico el 31 de mayo de 1926 y, después del fallecimiento del arzobispo de La Habana, monseñor Manuel Ruiz y Rodríguez, fue elegido vicario capitular de la archidiócesis el 3 de enero de 1940.

Fue elegido arzobispo de La Habana por el Papa Pío XII el 28 de diciembre de 1941 y consagrado el 24 de febrero de 1942 en la Catedral de La Habana. El arzobispo Arteaga fue nombrado  cardenal por el Papa Pío XII el 18 de febrero de 1946, recibiendo  el capelo y el título que lo convirtieron en el primer miembro del Colegio Cardenalicio nacido en Cuba.

El cardenal Arteaga, junto al obispo santiaguero Enrique Pérez  Serantes, ayudó a salvar a muchos  jóvenes revolucionarios  durante los años de la lucha contra el gobierno de Fulgencio Batista.  Fue uno de los cardenales que participó en el cónclave que eligió el Papa Juan XXIII en 1958.

Muerte y sepultura


Tumba del cardinal Arteaga en el cementerio Colón.

El cardenal Arteaga fue perseguido por el régimen Comunista en Cuba. Se vió obligado a refugiarse  en la embajada de Argentina en La Habana y después en la nunciatura apostólica desde 1961 hasta 1962. Con mucha tristeza contempló el cardinal camagüeyano la derrota de la Brigada 2506 y el encarcelamiento de muchos cubanos y camagüeyanos, incluyendo algunos de sus parientes.

El cardenal Arteaga se enfermó y fue hospitalizado en el Hospital de San Juan de Dios, en La Habana, donde falleció un año más tarde, el 20 de marzo de 1963, a la edad de 83 años, en casi absoluta soledad. Pocos pudieron asistir a su funeral ya que visitar una iglesia era símbolo de traición en aquella época.

Sus restos descansaron junto al altar mayor de la Catedral de La Habana. Luego fueron trasladados al cementerio de Cristóbal Colón donde recibió sepultura en la tumba que había mandado a construir varios años antes muy cerca de la capilla central del cementerio.

Manuel Arteaga Betancourt es un orgullo para todos los camagüeyanos. Muchos de sus parientes viven en los Estados Unidos, otros en Cuba y Latinoamérica. Fue el primer cardenal nacido en Cuba y todos debemos recordarlo con admiración ya que fue un eminente religioso y anti-comunista que fue perseguido por los tiranos sanguinarios que oprimen a nuestra Patria.

Enviado por Joe Noda

2 de septiembre de 2013

Concha Agramonte



Concha Agramonte

Por Frank de Varona

Durante las guerras de independencia de Cuba, las mujeres cubanas demostraron un valor extraordinario y frecuentemente acompañaron a sus maridos y a sus hijos al campo de batalla. Muchas de estas mujeres habían vivido una vida protegida y en muchos casos una vida opulenta. Cuando comenzó la Guerra de los Diez Años con el Grito de Yara en 1868 muchas mujeres pasaron de una existencia tranquila y confortable en su hogar, a una precaria y difícil vida en la manigua. Tristemente estas familias perdieron sus hogares y todas sus propiedades. Estas mujeres compartieron todo tipo de sacrificios al lado de sus esposos e hijos teniendo que huir del ejército español que los perseguía constantemente.

Una de estas abnegadas mujeres que prestó valiosa ayuda a los patriotas fue Concepción (Concha) Agramonte. Concha nació el 7 de diciembre de 1834 en la ciudad de Santa María del Puerto del Príncipe en la casa solariega de sus padres. Su padre fue Juan de la Cruz Agramonte y Arteaga y su madre Rufina Boza y de Varona. Los padres de Concha eran ricos y su familia era de gran abolengo. Concha creció en un hogar que estaba decorado con muebles antiguos, mármol italiano, altos espejos, adornos de porcelana y fina vajilla. El vestuario de Concha era de seda y encajes. Su familia tenía muchos esclavos.

Desde muy joven Conchita demostró tener una gran inteligencia y una gran viveza de carácter. Conchita era alegre y muy hermosa. A los 17 años de edad, el 12 de junio de 1852, contrajo matrimonio con Francisco Sánchez y Betancourt. Al igual que ella, su esposo, quien nació el 31 de enero de 1827, procedía de una antigua y prestigiosa familia camagüeyana. Francisco era hijo de Benjamín Sánchez y de la Pera y de Luisa Betancourt y Betancourt. Francisco Sánchez era rico y tenía muchas propiedades. De esta unión nacieron 12 hijos, llegando nueve a la mayoría de edad. Concha y Francisco inculcaron en sus hijos desde la cuna el amor a Cuba y el deseo por su independencia.

Francisco Sánchez, a pesar que su salud se encontraba seriamente quebrantada por la tuberculosis, estuvo involucrado en todos los trajines conspirativos que culminaron en la creación de la logia Tínima y el alzamiento de las Clavellinas. Al resonar en Puerto Príncipe el Grito de Yara el 10 de octubre de 1868, Francisco Sánchez, junto a sus hijos Benjamín y Juan de la Cruz, se incorporaron a las filas insurrectas desde los primeros momentos y se alzaron en rebelión contra el opresor y despótico gobierno español que existía en Cuba. 

Concha y todos sus hijos pequeños abandonaron su hogar y se unieron a Francisco en el campo de batalla. El 26 de febrero de 1869 en Sibanicú los patriotas camagüeyanos crearon la Asamblea de Representantes del Centro, compuesta por los patriotas Salvador Cisneros Betancourt, Ignacio Agramonte, Eduardo Agramonte, Antonio Zambrana y Francisco Sánchez Betancourt. Esta asamblea tuvo el honor de redactar y firmar un decreto a favor de la abolición de la esclavitud en Cuba.

Concha y Francisco tenían una casa en la ciudad de Guáimaro y fue precisamente en este lugar donde se reunieron los patriotas de las provincias de Oriente, Camagüey y Las Villas el 10 de abril de 1869. Concha siguió los debates de la Asamblea Constituyente y escuchó a la camagüeyana Ana Betancourt, pariente de su esposo, abogar por los derechos de la igualdad de la mujer. En el hogar de Guáimaro de Concha y Francisco se reunieron muchos patriotas y allí encontraron albergue y alimento muchos jóvenes habaneros como Julio y Manuel Sanguily y otros tantos. Después de proclamarse la Constitución de Guáimaro, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, fue proclamado presidente de la República en Armas y el general camagüeyano Manuel de Quesada fue nombrado Jefe del Ejército Libertador. El esposo de Concha, Francisco Sánchez Betancourt, fue electo representante a la Cámara, escaño en el que se mantuvo hasta el fin de la guerra.

Las fuerzas mambisas que defendían a Guáimaro no pudieron resistir la embestida del gran ejército español al mando del general Goyeneche y fueron derrotadas. Entonces se acordó quemar la ciudad de Guáimaro como anteriormente se había hecho en Bayamo. La hermosa casa de Concha fue una de las primeras que ardieron en llamas con el fuego, prendido por las manos de su propio esposo e hijos. Desde ese momento comenzaron las verdaderas dificultades para esta familia ya que no tenía lugar fijo en donde habitar. La vida de Concha y sus hijos se convirtió en una verdadera pesadilla. Siendo perseguidos por el ejército español, Concha y sus hijos durmieron en casas abandonadas, tiendas de campaña, míseros bohíos de guano y a veces a la intemperie. Concha dio a luz a su hija Sara en el campo, no lejos de donde luchaban su marido y sus hijos mayores.

A mediados del año 1871, mientras Concha y sus hijos pequeños habitaban un rancho de guano en su finca San José, fueron sorprendidos por una columna del ejército español. Los soldados obligaron a Concha y a sus hijos pequeños a ponerse en fila delante de su humilde rancho y presenciaron como los soldados lo quemaban. Concha recordó como en enero de ese mismo año la familia Mola y Mora fue cruelmente asesinada al ser arrestados. Concha pidió que la presentaran al jefe militar de esa tropa. Por suerte, el jefe era el capitán Macón al cual ella conocía de Puerto Príncipe. Este oficial le concedió a Concha un salvo conducto por ocho días para que pudiera recoger a sus hijos pequeños y a otros que habían huido al campo y se presentara a las autoridades de Puerto Príncipe. Concha tuvo que abandonar a su esposo y a sus hijos mayores Benjamín de 16 años y Juan de la Cruz de 15 años que peleaban en el campo. Posteriormente Juan de la Cruz fue herido en combate y murió poco después en 1873.

Al llegar a Puerto Príncipe Concha quiso tomar el tren para Nuevitas al día siguiente, pero fue arrestada en la estación de ferrocarril. La sociedad de Puerto Príncipe salió a su defensa y fue puesta en libertad. Concha y sus hijos se trasladaron a La Habana donde la señora Monserrate viuda de Lugareño los acogió en su hogar. Concha logró que el capitán general de Cuba, Blas de Villate, conde de Valmaseda, le diera un permiso de salida. Valmaseda había sido antiguo amigo de la familia de Concha, y había pasado algunas temporadas en su ingenio.

Concha partió para Nueva York. Sólo pudo salvar unas joyas que había escondido en los cinturones de sus hijos. Todas las propiedades de Francisco y Concha fueron confiscadas por el gobierno español. Una vez en Nueva York, Concha vendió sus joyas y trabajó como costurera para ayudar a mantener y educar a su extensa familia.

En 1878, ya acabada la Guerra de los Diez Años con la Paz del Zanjón, Concha Agramonte y sus hijos, como muchas otras familias cubanas, regresaron a su patria. Concha pudo abrazar a su esposo y a su hijo mayor, Benjamín. No obstante, los esposos sufrieron mucho la muerte de su hijo Juan de la Cruz al cual siempre recordaron. El matrimonio y sus hijos brindaron decidido apoyo a los planes revolucionarios de José Martí. Concha pudo vivir por un tiempo en calma hasta la muerte de su esposo Francisco el 30 de agosto de 1894 después de una larga enfermedad. 

El Apóstol José Martí reconoció a Francisco Sánchez Betancourt en una carta tras conocer la noticia de su muerte diciendo: “Pancho Sánchez ha muerto, y con él una de las almas más bravas y jóvenes de Cuba, uno de los que con más sensatez y honor nos ha ayudado en la fatiga de preparar la nueva era, a cuyos umbrales muere, aunque no sin el consuelo de que su patria se ponga en buen camino antes de que se reduzcan a polvo las flores de su tumba”.

Al estallar nuevamente la guerra con el Grito de Baire el 24 de febrero de 1895 los cinco hijos varones de Concha salieron a la manigua a pelear por la libertad de Cuba. La Junta Revolucionaria nombró a Concha quien entonces tenía 66 años, agente en Puerto Príncipe. Debido a sus actividades a favor de la independencia de Cuba las autoridades españolas la encarcelaron durante 30 días en la prisión y luego se vio forzada al destierro una vez más en los Estados Unidos. De este modo volvió Concha a Nueva York acompañada por su hija Emilia y su nuera Caridad, ésta con sus dos pequeños hijos. Concha fue atendida con toda clase de consideraciones y afecto por Fernando Figueredo y Tomás Estrada Palma. 

Concha volvió a sufrir pensando en la suerte de sus hijos mambises que luchaban en la manigua. ¡Cuántas noches de insomnio y de zozobra pasó esta noble anciana durante esos años! Su hijo Eugenio, quien era Jefe Superior de Sanidad del ejército cubano, fue designado a una importante comisión en los Estados Unidos. Allí Concha pudo tener la satisfacción de unirse con su hijo durante tres meses ya que éste regresó al campo de batalla una vez terminada su misión. 

Los hermanos Sánchez Agramonte cumplieron con su deber y lucharon valientemente por la libertad de Cuba. El hijo mayor de Concha, Benjamín Sánchez Agramonte, luchó en las dos guerras de independencia y fue ascendido al grado de coronel. Eugenio fue general de brigada y durante la República fue electo presidente del Senado y se desempeñó como secretario de Agricultura de 1917 a 1921. Armando fue ascendido a general de brigada y en 1899 fue nombrado alcalde de Camagüey. Posteriormente, Armando fue jefe de la policía de La Habana y dirigió la renta de la lotería nacional. Calixto y Alfredo también pelearon en la Guerra de 1895.

Concha tomó el primer vapor de Nueva York y regresó a Nuevitas donde tuvo la gran satisfacción de reunirse con sus hijos. Concha tuvo la dicha después de largos sacrificios de poder ver a Cuba libre. Sus últimos años los pasó en su amada Camagüey en unión con sus hijos y nietos. Esta insigne y valiente patriota entregó su alma al Señor el 24 de agosto de 1922. Los numerosos descendientes de la familia Sánchez Agramonte deben sentirse muy orgullosos de tener antepasados tan valientes que lucharon por muchos años por la libertad de Cuba.

Frank de Varona is an educator, historian, journalist, and internationally known expert on politics, economics, foreign affairs and national security issues. He was born in Cuba and, at the age of 17, he participated on the Bay of Pigs invasion in an effort to eradicate communism in Cuba. After spending two years in prison, he returned to the United States, where he earned three college degrees. He is married and has a daughter and a grandson.
Mr. de Varona had a 36-year career in the Miami-Dade County Public Schools as a social studies teacher, principal, region superintendent, and associate superintendent of instruction. He also was an associate professor of social studies in the College of Education at Florida International Education for seven years. Currently, he is a part-time Adult Education Coordinator in the Miami-Dade County Public Schools.
He has written 20 books and many articles in newspapers and magazines. Among his books are Hispanics in U.S. History Volume 1 and Volume 2 (1989), Hispanic Presence in the United States (1993), Latino Literacy: The Complete Guide to Our Hispanic History and Culture (1996) and Presencia hispana en los Estados Unidos: Quinto Centenario (2013). Mr. de Varona is the only Hispanic in the nation who has written three books in Spanish about Barack Obama: ¿Obama o McCain? (2008), El verdadero Obama (2010) and ¿Obama o Romney? (2012). 
 
 Reproducido de Gaspar, El Lugareño

28 de junio de 2013

MUJERES CAMAGÜEYANAS, ANA JOSEFA DE AGÜERO


Mujeres camagüeyanas:
Ana Josefa de Agüero

 Por  Frank de Varona
 
Ana Josefa de Agüero fue una de esas valientes mujeres camagüeyanas que fueron grandes luchadoras por la independencia de Cuba. Por sus ideas le costó ver el fusilamiento de su amado esposo, la pérdida por confiscación de todos sus bienes, el exilio y por un tiempo la pérdida de su razón. Su sacrificio por su amada y sufrida patria fue total porque dio todo por alcanzar la libertad de Cuba, a la que nunca pudo ver.
 
Ana Josefa nació en Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, en el seno de una familia de abolengo y acaudalada en 1818. En su ciudad natal contrajo matrimonio con su primo hermano Joaquín de Agüero y Agüero. Su esposo, que con el tiempo se convirtió en un prócer y uno de los primeros cubanos en luchar y morir por la independencia de Cuba, nació el 15 de noviembre de 1816. Fueron sus padres Miguel Antonio de Agüero y Luisa Agüero. El padre de Joaquín era un rico hacendado y provenía de una familia de mucho abolengo.
 
Joaquín de Agüero estudió primero en Puerto Príncipe y después en la Habana donde obtuvo el título de Bachiller de Leyes. No pudo ejercer como abogado al enfermarse su padre y tener que regresar a Puerto Príncipe para hacerse cargo de las fincas y negocios de la familia.
 
Ana Josefa fue muy feliz en su matrimonio con Joaquín y tuvieron tres hijos. Poco después de contraer matrimonio murieron sus suegros. Su esposo Joaquín de Agüero heredó una gran fortuna y ocho esclavos. Inmediatamente Ana Josefa animó a su esposo a darles la libertad a los esclavos que había heredado. Al hacerlo, el matrimonio se ganó la enemistad de las autoridades españolas que querían mantener la esclavitud en Cuba.
 
En 1842 Ana Josefa y Joaquín fundaron una escuela gratuita en Guáimaro para niños pobres. La mayoría de estos niños eran hijos de los esclavos que él había liberado. Ana enseñó a estos niños a leer y escribir para prepararlos a una vida en libertad. Por este noble gesto la Sociedad Económica de Amigos del País nombró a su esposo socio honorario.
 
Con la colaboración y apoyo de Ana Josefa, su esposo fundó con un grupo de patriotas camagüeyanos la Sociedad Libertadora de Puerto Príncipe. Los miembros de esta sociedad comenzaron a conspirar contra el gobierno español que oprimía a los cubanos. Adquirieron una imprenta e inundaron de panfletos revolucionarios toda la provincia. Ana Josefa y un grupo de valientes mujeres camagüeyanas apoyaron a sus esposos y familiares y donaron sus ricas joyas de oro y piedras preciosas para recaudar fondos para la revolución.
 
El 3 de mayo de 1851 el gobernador de Puerto Príncipe, Lemery, dio la orden de arresto de los 12 principales organizadores de la insurrección. Casi todos fueron hechos prisioneros y enviados presos a España. Joaquín de Agüero decidió alzarse en la manigua y cuando se despidió de su esposa Ana Josefa ésta lo abrazó diciéndole «Ve, cumple con tu deber, y que cuando vuelva a abrazarte seas un hombre libre». Este levantamiento fue 17 años antes del Grito de Yara del Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes. A Camagüey le corresponde el honor de haber iniciado la lucha por la independencia de Cuba.
 
Con unos 44 hombres Joaquín de Agüero lanzó su grito de independencia en la loma de San Carlos en la finca San Francisco de Jucaral, partido de Cascorro. Agüero les habló a sus soldados diciendo «Este es el momento más grande de mi vida y sólo se puede comparar con el día en que di libertad a mis esclavos».

Agüero decidió atacar a Tunas, pero ni él ni sus hombres, tenían experiencia militar. Al atacar a Tunas en la oscuridad de la noche los patriotas, sin reconocerse, pelearon entre sí. Mientras Agüero y sus hombres eran perseguidos por los españoles, su esposa Ana Josefa y otras mujeres camagüeyanas preparaban vendas para los heridos y la bandera que debía enarbolar Joaquín de Agüero. A ella se debe la gloria de quizás haber sido la diseñadora de la primera bandera de la estrella solitaria que se hizo en nuestra patria.
 
Ana Josefa, quien siempre apoyó la independencia de Cuba, escribió una carta a su esposo el 30 de junio de 1851. Entre otras cosas decía «Mi bien, mi soldado, me parece que ninguna ofrenda puedo hacerle más grata ni más oportuna que la bandera de nuestra patria, así es con placer indecible la proyecté y la trabajé ayer».
 
Un traidor entregó a Agüero y sus soldados a los españoles. Después de su captura fueron torturados mientras los llevaban a Puerto Príncipe y encerrados en el calabozo del cuartel de la Vigía.
 
Los prisioneros fueron sometidos a un consejo de guerra y condenados al garrote. La sociedad camagüeyana acudió ante el gobernador a interceder por los prisioneros pero sus súplicas fueron ignoradas.
 
El verdugo que hacía funcionar el garrote fue envenenado por un camagüeyano y arrojado a la plaza mayor. Entonces los españoles decidieron fusilar a Joaquín de Agüero y a tres de sus compañeros, Tomás Betancourt, Fernando de Zayas y Miguel Benavides. A las seis de la mañana del 12 de agosto de 1851 en la Sabana de Arroyo Méndez fueron fusilados Joaquín de Agüero y los otros tres patriotas camagüeyanos por la espalda. Fernando de Zayas antes de ser fusilado les gritó a los camagüeyanos que presenciaban la ejecución «Pueblo de Camagüey muero por la libertad de Cuba».
 
Toda la ciudad de Camagüey guardó luto. Para protestar el martirio de estos patriotas se sembraron cuatro palmas en su memoria en la plaza pública de Puerto Príncipe. Las principales familias se fueron al campo y las camagüeyanas se cortaron el cabello en señal de protesta. Después circuló por Puerto Príncipe una cuarteta que decía:
 
Aquella camagüeyana
que no se cortase el pelo,
no es digna en nuestro suelo
la miremos como hermana.
 
Después del fusilamiento de Joaquín de Agüero y los otros tres patriotas,  todos sus bienes fueron confiscados por el gobierno de España. Ana Josefa perdió el uso de la razón por varios días debido a su gran dolor. Cuando salió de ese estado, Ana Josefa se volvió en una anciana de cabellos blancos, como la reina de Francia María Antonieta al conocer que su esposo el rey Luis XVI había sido guillotinado.
 
Ana Josefa partió con sus hijos al exilio en Nueva York y allí siguió luchando por la libertad de Cuba. Como muchas mujeres camagüeyanas que partieron al exilio en los Estados Unidos después la implantación del tiránico gobierno comunista en Cuba, Ana Josefa vivió en la pobreza mientras trabajaba duramente para mantener y educar a sus hijos. Ella siempre repetía la frase de su esposo en la víspera de su fusilamiento, «Y ese pueblo ¿Qué hace?» Ana Josefa murió en esa ciudad el 25 de diciembre de 1868 poco después del comienzo de la Guerra de los Diez Años.
 
Su esposo, el insigne patriota Joaquín de Agüero y Agüero,
ha sido honrado con una plaza y un obelisco en el lugar donde fue fusilado. Una calle y un colegio en Camagüey llevan su nombre y la República de Cuba creó un sello aéreo de 12 centavos en su honor. Este patriota camagüeyano fue uno de los primeros en entregar su vida por la independencia de Cuba.

Hoy en día hay muchas mujeres cubanas que luchan y han luchado por la libertad de Cuba. Muchas valientes mujeres cubanas han sufrido largos años de prisión con golpizas, humillaciones y todo tipo de abusos y maltratos. Las Damas de Blanco han sufrido ataques con cuchillos. arrestos, golpizas y han sido escupidas y arrastradas por el piso por las turbas monstruosas de Seguridad del Estado por solo marchar pacíficamente por las calles de varias ciudades de Cuba reclamando la liberación de todos los presos políticos.

Ana Josefa de Agüero debe siempre ser recordada por todos los cubanos por su amor a la patria y su independencia, su valentía y su entrega completa a Cuba.

Reproducido del blog http://eichikawa.com
Remitido por María del Carmen Expósito