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16 de junio de 2021

PROCESIONES DEL CORPUS CHRISTI EN CAMAGÜEY

 



Procesiones del Corpus Christi

en Camagüey

desde los tiempos del antiguo

Puerto Príncipe

 

La procesión en honor a la Sangre y el Cuerpo de Cristo es la más antigua en la región de Puerto Príncipe según publicaciones de la época, y data de la fundación de la villa en su ubicación entre los ríos Tínima y Hatibonico, o sea desde 1512. [1]  

Según los archivos del Arzobispado de Camagüey, el 20 de junio de 1862 salió la procesión a las 8 de la noche del Convento Nuestra Señora de la Merced y recorrió la Calle Mayor, hoy Cisneros, hasta San Francisco, hoy Luaces, dando la vuelta por detrás de la Iglesia mayor (Santa Iglesia Catedral), regresando al Convento de donde salió por la calle Candelaria, hoy Independencia.

Esta procesión se realizó ininterrumpidamente hasta el año 1961, año en que el gobierno revolucionario implantó restricciones en contra de las prácticas de la fe en nuestro país.

Transcurridos cuarenta y cuatro años después, el 14 de junio de 2005 se otorgaron los permisos necesarios para que la procesión con Jesús Sacramentado recorriera de nuevo las calles de Camagüey. Se llevó a cabo en horas de la tarde con la presencia del arzobispo, sacerdotes, diáconos, religiosas y fieles, y amenizada por cantos y la Banda de Música Provincial.


 



Procesión del Corpus Christi en 2018

En el año 2018, Monseñor Juan García –por aquel entonces arzobispo camagüeyano-, tuvo a bien cambiar el recorrido que se realizaba en el pasado, para así favorecer la bendición con el Santísimo a los vecinos del centro de la ciudad. La procesión saló entonces de la iglesia de Santa Ana y recorrió las calles Carmen, Honda y Hermanos Agüero hasta llegar a la capilla del Carmen.

Desde entonces se hicieron cinco paradas para elevar plegarias y oraciones al Santísimo Sacramento en favor de los débiles, los pobres, los enfermos, los presos y las familias en dificultades, además de dar una bendición a los presentes y habitantes de estas calles.

 Al llegar a la última parada frente a la iglesia del Carmen, con la Plaza llena de fieles y curiosos se proclamaba el Evangelio repitiendo las palabras de Cristo a los Apóstoles que instituían el sacramento de la Eucaristía. Por último,     el arzobispo se dirigía  al pueblo y daba a todos una bendición sacramental. Muchas personas enfermas, encamadas o en sillas de rueda, se sacaban a la calle para recibir esta bendición tan especial.

Esta procesión con el Santísimo se continuó realizando  hasta el año 2019, ya que en estos dos últimos, 2020 y 2021, la pandemia del Covid.19 ha impedido la aglomeración de personas para evitar el contagio.

Recuerdo que en el año 2005 estábamos siendo azotados por una gran sequía, con los ríos en el mínimo nivel de agua y los embalses casi vacíos; estábamos rezando para que lloviera desde hacía varios meses y Dios, ese día de Corpus, nos derramó su bendición con un torrencial aguacero que nos empapó a todos.

 También recuerdo la tenacidad y fortaleza de Mons. Juan García, llevando la custodia con el Cuerpo de Cristo por las calles a pesar de la lluvia y de  lo pesado de esta Custodia de metal precioso.

Dios permita que después de la pandemia se pueda continuar realizando esta procesión de tan hondo sentido y significado religioso y espiritual.

 [1] Beltrán Puig, Teresa de la Caridad: “Apuntes sobre procesiones”. Memorias del VII Evento Nacional de Historia: Iglesia Católica y Nacionalidad Cubana.

      Reproducido de la página web de la Arquidiócesis de Camagüey.

 

 

17 de enero de 2021

CARLOTA VIDAUD RODILES

 


Carlota Vidaud Rodiles

 

 En la noche del 15 de enero de este año 2021, ha fallecido Carlota Vidaud Rodiles a los 97 años de edad (el próximo 4 de marzo cumpliría noventa y ocho años),en el Asilo Monseñor Adolfo. La Santa Misa en celebración de su vida tuvo lugar al día siguiente de su paso a la Gloria del Señor en el Santuario de la Caridad de la ciudad de Camagüey, su comunidad parroquial.  Su cuerpo fue inhumado en el Panteón de la Arquidiócesis.

 Esta Gaceta de Puerto Príncipe no puede ser ajena ni dejar de rendir homenaje a quien, como seglar comprometida con la Iglesia y con Cristo,   permaneció incansable en la labor apostólica durante los tiempos difíciles de las últimas cinco décadas del pasado siglo y, aun mas, en las iniciales del presente, mientras tuvo fuerzas para ello. La historia de la Iglesia Católica en Camagüey no se puede contar sin mencionar muchas vece su nombre.

 Por ello, a modo personal con el mayor cariño y respeto y, particularmente para expresar el agradecimiento que todos le debemos por su entrega y el gran ejemplo que nos ha dejado, reproduzco un artículo sobre ella del Lic. Pablo Miguel Marrero,  publicado hace años en el Boletín Diocesano. (adg)


 

Carlota, mi catequista

 Lic. Pablo Miguel Marrero Álvarez

 “Éste es el mismo discípulo

que da testimonio de estas cosas,

 y que las ha escrito.

 Y sabemos que dice la verdad”

(Jn. 21, 24)

Pertenezco a la parroquia de Nuestra Señora de La Caridad y aunque cambié la dirección hacia el centro del mundo hace unos años, aún guardo un profundo afecto por la diócesis que me vio crecer y un cariño especial por la parroquia en donde nací y crecí como persona y como cristiano. Por eso cuando mi padre me dijo que en esta revista diocesana habían dedicado una sección a los laicos, no me quedó más remedio que atender la petición de mi viejo para compartir con ustedes mi experiencia de vida al lado de una de esas personas que en los momentos más difíciles para la Iglesia estuvo siempre presente.

 En mi infancia conocí en la parroquia a una señora de cabello gris, piel blanca y ojos claros que transparentaban lo que decía, enseñaba y vivía.

 Esta señora de dulce carácter, pero de energía inagotable pasaba cada sábado, lloviera, tronara o relampagueara por mi casa para llevarme a la catequesis, y yo no era el único a quien ella recogía de camino a la iglesia. Otra cosa que de niño también me causaba asombro sobre ella es que casi todo el mundo en las demás comunidades de la ciudad también la conocían, tal pareciera que ella pertenecía a todas las parroquias. Cuando crecí, entendí por qué todo el mundo sabía quién era Carlota Vidaud Rodiles. Y es que Carlota, aunque es natural de la ciudad de Guantánamo, fijó su residencia en la ciudad de Camagüey en el año 1946, y desde entonces se fue ganando el respeto de todos los sacerdotes y laicos que la conocieron a fuerza de su entrega al trabajo pastoral de la parroquia de la Caridad y de la diócesis.

 A su llegada a Camagüey se incorporó como catequista de la comunidad parroquial de la Caridad, apostolado que mantuvo por espacio de 70 años. También se integró al grupo “Madre Mazzarello” de la Juventud de Acción Católica (JAC), rama femenina de esta parroquia. En 1950 formaba parte del grupo diocesano de la JAC, donde resultó electa, primeramente como secretaria y más tarde como presidenta.

 En la década de los sesenta, cuando fue disuelta la Juventud de Acción Católica Cubana, pasa a colaborar en el consejo de redacción de la revista Documentación, primera publicación diocesana de Camagüey después de 1961, que para su impresión solamente contaba con un viejo mimeógrafo manual. Ya en los 80 reinició su trabajo en el Secretariado Diocesano de Liturgia del cual pasa a ser miembro fundador y, donde por encargo del Siervo de Dios Monseñor Adolfo Rodríguez, se ocupó de la distribución semanal de la hoja de Animación Litúrgica.

 Aparte de su casa particular, donde se le veía muy poco hace unos años atrás, también tenía su residencia durante el día en la Casa Diocesana de La Merced. Allí prestó por muchos años el servicio como guía de los turistas que visitaban las catacumbas. Trabajo que se le daba con mucha facilidad gracias a su dominio de la lengua francesa, de la cual era profesora en las noches en la escuela de idiomas Mijail Lomonosov, de la ciudad de Camagüey. Vale la pena resaltar su honradez con la ayuda que recibía de los turistas puesto que “nunca tomó nada para ella a pesar de sus austeras condiciones de vida. Estas “ayudas” siempre las entregó al sacerdote de la Merced por lo que varias veces escuché de ellos palabras de agradecimiento para la incomparable Carlota”. Así contaba mi padre cuando en conversaciones familiares salía a relucir el tema. También fui testigo que las ayudas que ella recibía de los turistas que no eran económicas, muchas veces las entregaba a la catequesis de la parroquia de La Caridad para que las rifaran o se las dieran a los niños que las necesitaban.

 De Carlota se pudieran contar muchas anécdotas, pero hay dos que no quisiera dejar de compartirlas, ya que en ellas se reflejan su amor por los niños y su vocación de catequista, engendrado por el amor a Jesús resucitado. La primera fue allá por los 80 cuando estrenaron en los cines la película de dibujos animados titulada “Yaltus”. Quiero aclarar que era muy habitual que Carlota nos llevara al grupo de la catequesis al cine los domingos al medio día. Esa vez recuerdo que salimos para el cine alrededor de las dos de la tarde, y como la película estaba “muy buena” yo le insistía a Carlota cada vez que terminaba una tanda para quedarnos a ver la otra película. En resumen, estuvimos en el cine hasta que se terminó la última tanda a las diez de la noche. No recuerdo que ninguno de mis compañeros de grupo se quejara por ver tantas veces la misma película, parece que a ellos también les gusto tanto como a mí. Al llegar de regreso a la casa y ante la gran preocupación de mis padres por la hora de la noche que era, ellos le preguntaron qué había pasado, recuerdo que esta santa mujer les contestó con una sonrisa en su rostro: «es que le gustó mucho la película y quiso ver todas las tandas ¿cuándo a ustedes les gusta algo no lo ven varias veces?». La verdad no sé cómo hizo para justificarse ante los padres de los demás, supongo que todos confiaban tanto en ella como los míos.

 La otra anécdota fue ya en sus últimos años como catequista mientras explicaba apasionadamente, como siempre lo hacía, un pedazo del evangelio. Uno de sus niños del grupo de la catequesis al escucharla hablar con tanta propiedad y como quien habla por haber vivido en primera persona lo que contaba, admirado y con gran intriga le preguntó: «¿Usted es del tiempo de Jesús?».  Quizás en ese momento la pregunta de aquel niño le sonó a chiste a más de uno, pero para ese pequeño no lo fue. Hoy, que me gano la vida trabajando con niños como aquel que preguntó, puedo afirmar que su pregunta fue muy en serio, ya que la imaginación de un niño no tiene límite. Obviamente, la pregunta vino en parte por la falta de sabiduría propia de la edad, mas no con la intención de faltar al respeto a su catequista.

 Muchas veces hablamos de fe y discipulado y nos parece algo muy abstracto e imposible de vivir, pero ¿qué más necesitamos ver? ¿Cuántos testimonios necesitamos comprobar? bueno… aquí hay uno más, que dice mucho de las vivencias de fe de una persona, de su forma de vivir la vida en Cristo y de actualizar el mensaje de Jesús en nuestros tiempos.

 ¡Qué bendición para esta diócesis ha sido el regalo que Dios nos hizo en Carlota!¡Qué gracia para la parroquia de la Caridad es tenerla! ¡Qué satisfacción tan grande para mí, fue haber sido su alumno en el catecismo!

¡Qué hermoso testimonio de vida!

 Gracias, Carlotica, por todo lo que eres y has hecho por tus hermanos, especialmente por los niños de la catequesis.

 

Texto publicado originalmenteen el Boletín Diocesano de Camagüey, 

julio-agosto 2018.

Reproducio del Blog “Gaspar, el Lugareño”

 

 

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Preguntas del Boletín Diocesano a Carlota

 

(Carlota, ahora con 94 años vividos, nunca ha buscado el protagonismo. Por eso nos costó trabajo que quisiera responder estas preguntas y se dejara tomar una foto)

 Boletín Diocesano: ¿Cuál es la virtud que más aprecia y cuál el defecto que más le molesta?

 Carlota: En cuanto a la virtud: la misericordia. Y yo no veo los defectos, porque Dios perdona los defectos.

 Boletín Diocesano: ¿Qué consejos les daría a los jóvenes católicos de Cuba?

 Carlota: No me pida eso. Yo no sirvo para dar consejos. Soy yo la que necesito consejos.

 Boletín Diocesano: ¿Qué lugar ocupó Monseñor Adolfo en la vida de usted?

 Carlota: Grande. Fue un obispo maravilloso. Venía a la casa a ver a mi mamá anciana. Yo ahora le rezo todos los días.


14 de mayo de 2020

SEMBLANZA DE UN SACERDOTE EJEMPLAR: MIGUEL BECERRIL



Semblanza de
un sacerdote ejemplar:
Monseñor Miguel Becerril Blázquez

Noemí Rivero Morell
Enero 1994

Quiero rendir este pequeño homenaje al inolvidable Padre Miguel Becerril Blázquez, para ayudar a que su memoria no se borre con el tiempo. Tampoco quiero pasar por alto a los que estuvimos siempre con él, ayudándole en su labor sacerdotal en la Parroquia de La Soledad en Camagüey: Fausto Cornell, Manuel Herrera, Cheché Flores, María Consuelo de Quesada, Úbeda, Violeta Vázquez, Enrique Palacios, y tantos otros a los que me es imposible nombrar. Valga referirme en general a los “federados”, muchachas y jóvenes de la Juventud Católica, y a los grupos de Damas y Caballeros. Los cuatro grupos tradicionales de la Acción Católica, siempre prestos en su ayuda al P. Becerril, al igual que los inolvidables sacristanes Rubén y Pancho.

La bondad de su corazón lo hizo ser estimado por todos cuantos lo conocieron.  Sus grandes desvelos y sacrificios, puestos a disposición del apostolado sacerdotal, lo hicieron ejemplo a seguir por los nuevos jóvenes sacerdotes que compartieron su vocación de pastorear al pueblo del Señor. Todo Camagüey, -es decir, los católicos practicantes o de nombre, los creyentes o no creyentes-, conocedores de su sencillez y de su entrega total a la comunidad parroquial a la que sirvió durante tantos años, lloraron o lamentaron su muerte.  

Fue luz que iluminó, voz que supo conducir, corazón capaz de comprender y alma grande para actuar.

Monseñor Miguel Becerril Blázquez nació el 5 de julio de 1906 en una finca del barrio de Jimaguayú (actual municipio de Vertientes), hijo de Joaquín Becerril y Dña. Vicentina Blázquez, ambos naturales de España. Fue bautizado por el Padre Gonfaus en la parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje de esta ciudad de Camagüey.

 Al fallecer don Joaquín el 12 de diciembre de 1920, la familia pasó a vivir en la ciudad de Camagüey,  estableciéndose en la calle Rosario (Enrique Villuendas) esquina a San Esteban (Oscar Primelles). Becerril tuvo una hermana llamada Margarita que murió en un accidente fatal el 30 de abril de 1923 a los 23 años  de edad.    

De muy pequeño asistió  a una escuela particular que estaba situada en Estrada Palma (hoy Ignacio Agramonte) y San Fernando (Bartolomé Masó). Allí aprendió las primeras letras con la maestra Teresita Nogueras. De esa escuela pasó a la Escuela Pública José de la Luz y Caballero y a los doce años ingresó en el Seminario San Carlos y San Ambrosio en La Habana, donde realizó los estudios correspondientes a  Humanidades Clásicas. Posteriormente se trasladó a Roma para completar su formación con estudios superiores de Filosofía y Teología en la Universidad Gregoriana, doctorándose en ambas materias y siendo uno de los primeros cubanos doctorados por ese centro docente. Fue ordenado sacerdote en Roma por el Cardenal Vicario de Roma el 28 de octubre de 1928 a la edad de 23 años.

De regreso en Cuba, quedó incardinado en la diócesis de Camagüey.  Primeramente fue nombrado Coadjutor de las parroquias de Morón y de La Soledad en la ciudad de Camagüey y el 29 de febrero de 1932 fue nombrado Párroco de la Iglesia de La Soledad.

A partir de ese momento, se hace difícil reseñar la ingente labor que realizó en su Parroquia a lo largo de los muchos años que ejerció en ella la responsabilidad de párroco. Sólo podremos referirnos a algunas de esas obras que descuellan sobre el constante y callado quehacer que permeó su día a día, año tras año.

Estableció en la parroquia la Orden Tercera de San Francisco (4 de octubre de 1946), así como de las Asociaciones del Cristo de Limpias y  las Hijas de María. Tras la fundación en nuestra patria de la Acción Católica Cubana, constituyó en la parroquia las cuatro ramas de la misma: Damas y Caballeros, y Juventud Masculina y Femenina. Es decir que, involucrando fieles a todas esas agrupaciones, inteligentemente organizó a sus colaboradores ampliando así los logros de un efectivo apostolado. Incansable, al mismo tiempo puso énfasis en mejorar las condiciones del templo, uno de los más antiguos de Camagüey. Fueron renovados algunos altares, sobresaliendo entre ellos el del Cristo de Limpias con una talla tamaño natural de Cristo Crucificado, y el altar de  nuestra patrona, Santa María de la Caridad del Cobre.

 En la primera mitad de la década de los años cincuenta acometió la renovación de la deteriorada pintura interior del templo, conservando los motivos florales originales en color azul pastel.

La Semana Santa camagüeyana, cuyas procesiones marcaban un hito sobresaliente de religiosidad en toda Cuba, se enriquecía con la procesión del Retiro o de la Soledad de María, que salía a la calle desde la iglesia de la Soledad a las 10 de la noche del Viernes Santo, después que se recogía la del Santo Entierro con el famoso y legendario sepulcro de plata que salía del templo de La Merced.  La  del  Retiro o de La Soledad de María, que había dejado de realizarse en los años anteriores, volvió a salir a la calle en los tiempos del P. Becerril como párroco. Tradicionales fueron también los concurridos “Rosarios de la Aurora”, que tomaban las calles de la parroquia los amaneceres del lunes, martes y miércoles santos

Mención aparte merece la otra procesión que salía de la Soledad el Domingo de Pascua. No estaba relacionada precisamente con la celebración litúrgica del hecho mas trascendental de nuestra fe: la Resurrección de Cristo.  Ese Domingo,  después de la Misa solemne de las 10 am, cantada en latín por el grupo juvenil de la Acción Católica, y justo al mediodía, salía la procesión de Santa Bárbara.

Esta procesión era, relativamente, de tiempos recientes. Al parecer los vientos del ciclón del año 1932, que tanto estrago hicieron en Camagüey, levantaron el techo de una humilde casa en la calle Palma, que precisamente pertenecía a la barriada de la parroquia. Al descubierto quedó una imagen tamaño natural de   Santa Bárbara. La imagen era de propiedad privada, pero el P. Becerril logró un acuerdo con su propietario. La talla de Santa Bárbara, permanecería en la iglesia y sería sacada en procesión hasta su primitiva casa de la calle Palma donde quedaría depositada por cierto tiempo.  La casita se reconstruyó, tomo forma de capilla y allá iban todos los sábados el P Becerril y los jóvenes del grupo de Acción Católica a dar catecismo, llevar la Palabra de Dios y organizar bautismos en una ejemplar campaña de evangelización.

La procesión de Santa Bárbara recorría sucesivamente las calles de Estrada Palma y Rosario, hasta llegar a la capilla en Palma, y resultaba ser casi un acto heroico para el P. Becerril, porque la identificación de la Santa católica con la deidad Changó de la religión yoruba, bastante extendida en aquel barrio, originaba incidentes lamentables al intentar algunas personas la realización de rituales al paso de la imagen.

Concluida la celebración de la Pascua, el P. Becerril se lanzaba a una campaña que le llevaría hasta la fiesta de Pentecostés: increíblemente cada año visitaba los hogares de su parroquia para bendecirlos e interesarse por sus moradores. Fausto o Rubén le acompañaban en este empeño y se adelantaban para llamar a las puertas e inquirir si deseaban recibir la visita del sacerdote. Con frecuencia se le veía por las calles de Camagüey en el ir y venir de llevar la counión a algún enfermo, siempre acompañado de un monaguillo, sotana negra hasta el tobillo  y sobrero redondo de ala ancha, -tal vez el que llevaba usando desde su ordenación-, también negro.

Su generosidad no tenía límites para los que se le acercaran solicitando ayuda. Siempre había algún que otro joven al que ayudaba a pagar sus estudios. Entre ellos estuvo el famoso atleta camagüeyano Rafael Fortún.  En Navidad y Año Nuevo organizaba repartos de comida, y para el Día de los Reyes Magos se repartían juguetes a los niños de los barrios mas pobres. Todos los viernes del año, en uno de los salones laterales del templo se servía desayuno para los pobres de la parroquia. 
  
Visitaba enfermos cuando se le llamaba para ello  o para dar cristiana sepultura a sus feligreses encabezando el cortejo fúnebre.

¿Cómo le alcanzaba el tiempo para tanto? Dios lo proporciona si lo que queremos hacer es algo bueno, y el Padre Becerril no le falló nunca: Sacerdote para la ayuda espiritual y amigo generoso para socorrer al necesitado. Predicó la Palabra y siempre la supo poner en práctica. 

El día 5 de febrero de 1950 fue nombrado “Hijo Meritísimo” de Camagüey por el pleno del Ayuntamiento de la ciudad, merecido reconocimiento de las  autoridades civiles por dedicar toda su vida al servicio de Dios y de su comunidad.

Años después, el 17 de septiembre de  1961, fue expulsado de Cuba por el gobierno revolucionario de Fidel Castro junto a otros 135 sacerdotes y religiosos, en el vapor Covadonga que los llevó a España. De allí Becerril pasó a Venezuela y luego a Roma. Volvió a España y posteriormente obtuvo autorización para regresar a Cuba.

Se sentía de nuevo feliz en Camagüey y en su casa: la iglesia de La Soledad. El peso de los años y la salud se hicieron sentir, pero entonces, mas que antes, eran necesarios su presencia y su trabajo. Así estuvo laborando como siempre. El Siervo de Dios Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, por entonces Obispo de la diócesis le trajo de Roma el nombramiento de Monseñor, título que la Iglesia le concedía por grandes méritos sacerdotales.

Vivió sus últimos meses en este mundo en la Casa Diocesana, antiguo convento carmelita. Las Siervas de María, también de regreso en Camagüey, velaron sus noches hasta su muerte. Durante su enfermedad, Mons. Adolfo, Mons. Sarduy, el Padre Paquito (que se preocupó tanto por él) y todos los sacerdotes de Camagüey lo colmaron de amor y cariño hasta que murió santamente el 16 de mayo de 1991.

Fueron 94 años de un largo y fructuoso peregrinar hacia la Casa del Padre.

8 de diciembre de 2019

NATALYS, LA SANTA TERESITA CAMAGÜEYANA



Nathalys, esa santa Teresita cubana

dedicada a la Infancia Misionera

Natalys Vidal Menéndez murió de un tumor cerebral a los 15 años. La corta vida de esta adolescente no le impidió dar su vida por la misión, como santa Teresa del Niño Jesús.
No hay necesidad de viajar por el mundo para contribuir a la misión de la Iglesia. Desde las profundidades de su convento carmelita, santa Teresita se lo demostró a todo el mundo. Demasiado frágil para viajar, la joven carmelita dedicó su vida a orar por los misioneros. Enferma, les ofreció sus sufrimientos.

De la gran santa francesa, la joven cubana Natalys Vidal Menéndez parecía haberlo aprendido todo. Como ella, estuvo animada desde muy joven por un ardiente deseo de dedicarse a la misión. Sin embargo, su entorno de vida no tenía nada que ver con el de la santa de Lisieux.

Nacida en una familia atea, en suelo comunista, Natalys descubrió a Cristo en la esquina de un callejón empujando la puerta de la pequeña capilla de la ciudad de Santa Cruz del Sur, donde vivía.

La fe de la niña, que devoraba la Biblia en su tiempo libre, asustaba a sus padres. Cuando le anunció a su madre su deseo de convertirse en monja, ¡la trató como a una loca!  Sin embargo, había algo más en esta pequeña niña con un carácter demasiado fuerte como para desanimarse. Desde el nacimiento de la Infancia Misionera en Cuba, Natalys estuvo apasionadamente comprometida con esta institución.

En la década de 1990, hablar libremente sobre Dios seguía siendo peligroso en este país, y la memoria colectiva continuaba marcada por esos religiosos enviados a campos de trabajos forzados por profesar su fe.

Sin desanimarse, sin embargo, Natalys compartía con una simplicidad desconcertante a su alrededor los textos del Evangelio que la alimentaban.

La frescura de la niña cubana se vio fuertemente afectada por la enfermedad. Muy temprano, se le diagnosticó un tumor cerebral.

En aquel momento, Natalys, que conocía bien la vida de santa Teresa del Niño Jesús, se sometió sumisamente a la escuela de la Carmelita. Si cambió el mundo desde su celda, ¡nada le impedía a ella hacer lo mismo! Así que se puso a orar por la misión desde su cama, llevando los buenos consejos de Teresita al otro lado del Atlántico.

la adolescente tenía un sueño muy específico: que la Infancia Misionera se pudiera establecer en todas las diócesis de Cuba. Llena de confianza, ella ofreció sus sufrimientos a Dios para este propósito. “La infancia misionera estará presente en todas partes en Cuba”, le repetía alegremente a su amigo Fidelito, el laico que inició este trabajo en el país de Fidel Castro.

Cuando aún no tenía 16 años, la joven murió en paz, el 2 de julio de 1995. En una nueva primavera, la Infancia Misionera Cubana recibió docenas de cartas de obispos que deseaban ver esta institución establecida en su diócesis.

En su familia, la corta vida de Natalys también causó gran impresión: sus padres se convirtieron al cristianismo y su hermano eligió ser sacerdote. «La oración es el alma de la misión», dice el papa Francisco. La vida de esta niña cubana es prueba de ello.

Adaptado de es.aleteia.org 

Nota: Su hermano, el P. Andrés (Andy) Vidal Méndez, es actualmente Párroco de la Iglesia de La Soledad en Camagüey.




 

14 de abril de 2017

RESTAURADOS EL SANTO SEPULCRO Y LA URNA DE LA VIRGEN DOLOROSA


 
Restaurados
el Santo Sepulcro
y la URNA DE LA
Virgen Dolorosa
de Camagüey

Mons. Willy Pino, Arzobispo de Camagüey
        Reproducido de Vicente Ferrer, Facebook.

Ayer nos hemos pasado TODO el día con dos taladros con sus respectivas “motas” dándole brillo al Sepulcro. ¡Ha quedado precioso!! Y como decimos los cubanos, “la tapa al pomo” fue ponerle las campanitas. Para que lo sepan, son exactamente 100 campanitas, así que nos han quedado 20 de repuesto, aunque pensamos que no se perderá ninguna porque están bien aseguradas.

Si alguien pensaba que el sepulcro iba a quedar “como antes”, eso era imposible porque le falta la mitad de la plata que le fue robada. Pero con los trabajos que se le hicieron a la carpintería y al reacomodo de las partes de plata, y el trabajo del artista mejicano que terminó su trabajo ayer en la mañana, y las campanitas… ¡el Sepulcro se recuperó un mundo!

Ayer por la noche, en La Merced, yo les decía a los que serán de la Comisión de Orden en la Procesiones de Semana Santa, que tenía la impresión de que cuando el Sepulcro salga el Viernes de La Merced a la calle, la gente o va a llorar o va a aplaudir. ¡Camagüey ha rescatado una de sus joyas históricas!


Y la urna de la Virgen Dolorosa, que también sufrió robos de la plata, no se ha quedado atrás. Con los taladros y su “motas”, le han devuelto un brillo que no tenía desde hace tiempo. Yo no recuerdo haberla visto tan brillante como ahora.

También para su información les copio a continuación parte de una hoja que he escrito para el Archivo Diocesano:

El excelente trabajo de restauración del Santo Sepulcro ha sido obra del artista mexicano Jesús González Escalante, técnico en Artes Plásticas, nacido en Toluca el 12 de octubre de 1975, y trabajador del Centro Cultural San Pedro Nolasco, dirigido por la Orden de La Merced en México. Su técnica ha consistido en cubrir la nueva madera con una imitación de plata en hojas (“pan de plata”). Trabajó ininterrumpidamente durante 14 días desde el viernes 24 de marzo hasta el 6 de abril de 2017.

Por su parte, toda la extraordinaria labor de carpintería fue realizada un mes antes por Segio Ferrá y su ayudante Adrián Cánovas, así como Alfredo Matos, trabajadores del Almacén-Taller Diocesano de Camagüey. Ayudaron en el lijado de la madera los sacerdotes José Marcos Saavedra y Manuel Ruiz, y el diácono Luis Omar Reyes, mexicanos los tres y pertenecientes a la Orden de La Merced.

La pintura para la conservación de la madera fue realizada por Lester Viñas, Ernesto Varona, Alfredo Robert y Alexander García, bajo la dirección de Yon Salazar, todos cubanos y también trabajadores del Almacén-Taller Diocesano.

Los matrimonios de de Karel y Annette y de Lorenzo y Noelia, camagüeyanos residentes en Estados Unidos, consiguieron y donaron las 100 campanitas del Santo Sepulcro, así como lo necesario para la limpieza de las partes de plata.

En los muchos detalles finales fue decisivo el trabajo de Fidelito Cabrera y Guillermito Peña.

 Al terminar la Semana Santa de este año 2017, el Santo Sepulcro y la urna de la Virgen, al igual que las imágenes del Cristo resucitado, la Virgen Dolorosa y la Virgen de la Alegría, se guardarán en su iglesia de La Merced, en lo que era el Museo de la Misa de la Visita del Papa en Camagüey, que ha sido previamente asegurado en sus puertas y rejas.

Willy Pinolo al Sepulcro. ¡Ha quedado precioso!
Y, como decimos los cubanos, la “tapa al pomo” fue ponerle las campanitas. Para que lo sepan, son exactamente 100 campanitas. Así que nos han quedado 20 de repuesto, aunque pensamos que no se perderá ninguna porque están bien aseguradas.
Si alguien pensaba que el Sepulcro iba a quedar “como antes”, eso era imposible, porque le falta la mitad de la plata que fue robada.
Pero con los trabajos que se le hicieron a la carpintería y el reacomodo de las partes de plata, y el trabajo del artista mejicano que terminó su trabajo ayer en la mañana, y las campanitas… ¡el Sepulcro se recuperó un mundo!
Ayer por la noche, en La Merced, yo les decía a los que serán de la Comisión de Orden en las Procesiones de Semana Santa que tenía la impresión de que cuando el Sepulcro salga el Viernes de La Merced a la calle, la gente o va a llorar o va a aplaudir.
¡Camagüey ha rescatado una de sus joyas históricas!
Y la Urna de la Virgen Dolorosa, que también sufrió robos de la plata, no se ha quedado atrás. Con los taladros y sus “motas” le han devuelto un brillo que no tenía desde hace tiempo. Yo no recuerdo haberla visto tan brillante como ahora.
También para su información les copio a continuación parte de una hoja que he escrito para el archivo diocesano:

2 de febrero de 2017

SANTA MARÍA DE LA CANDELARIA

 
Santa María de la Candelaria,
Patrona de Camagüey,
 
que nos muestras la luz de Cristo 
desde hace más de 500 años,
ayúdanos a conservar los valores
de la dignidad, honestidad,
rectitud y fidelidad 
a Dios, a la Patria y a la familia
como nos enseñaron
los grandes hombres y mujeres
que nos antecedieron en la Historia.
Amén 



7 de abril de 2015

En Camagüey hay un cura que sirve para cardenal

En Camagüey hay un cura que sirve para Cardenal

María Victoria Olavarrieta

La preocupación de los cubanos por quién será el próximo cardenal cuando Monseñor Jaime se retire, es muy válida. En la reconstrucción moral que nos espera, la Iglesia, madre y maestra, jugará un papel fundamental.

El mejor ejemplo de cuanto bien puede hacer un sacerdote lo tenemos en el querido Papa Francisco. Yo tuve la suerte de nacer en Cuba, en una familia católica, de conocer a la iglesia cubana desde dentro, de sufrir por sus errores y después de un “paseíto por el mundo libre” postrarme en agradecimiento profundo ante esa Iglesia pobre, perseguida, casi estrangulada, que me enseñó a amar a Jesús.

«Un cubano es capaz de hacer cualquier cosa por otro cubano, excepto aplaudirle», escuché al llegar a Miami.

Este exilio obligado me enseñó a aplaudir a las capillitas de los pueblos de campo en Cuba, donde por la carencia de sacerdotes que tenemos, sólo se puede celebrar misa los domingos. En Gaspar, el pequeño pueblecito donde viví mis primeros veinte años, íbamos a la iglesia unas diez o quince personas y con sólo catorce años de edad tuve que empezar a dar catecismo porque no había nadie más para hacerlo. Mis primeros alumnos fueron mi hermana, mi primo y mi vecinita.

A veces nos sentíamos tan solos y tan alejados del resto de la Iglesia. Un día el Padre habló de un encuentro de adolescentes que habría en Camagüey, la capital de la provincia. Toda mi vida le estaré agradecida al Padre Sarduy, de la parroquia de La Merced. Allí, los cuatro guajiritos de Gaspar nos sentimos parte, descubrimos que había mucho más jóvenes católicos con nuestras mismas inquietudes… la incomunicación de aquellos tiempos te aislaba de una manera que llegué a sentirme excluida del mundo, de la vida.

Uno de esos días diluidos en “la nada cotidiana” (cuando aquello no teníamos ni biblioteca, ni cine en Gaspar) llegó a la capilla el Padre Juanito. «Ese cura cree en Dios», sentenció mi abuelo, en su más puro acento castizo y con ese sentido del humor único de los españoles.

Los murciélagos se habían adueñado del falso techo de la capilla y cuando abrías la puerta, el hedor te cortaba la respiración. Lo primero era barrer todo aquel excremento y ponerse a tirar agua, había que traerla a cubos desde las casas vecinas.

El Padre Juan propuso reparar los bancos, la mayoría llenos de comején. Hizo un mejunje con tinta rápida y algo más y pintó el altar que estaba ya muy descolorido. No teníamos ni clavos, y fue una tarea titánica conseguir un poco de pintura para darle unos brochazos a unas paredes que nunca más se habían vuelto a pintar desde que se construyó la iglesia

Era Semana Santa y él propuso salir por las calles, tocar de casa en casa e invitar a los vecinos a celebrar con nosotros. «Este cura está loco», «Éste no se ha enterado que está en Gaspar». Mi tía se encargó de ponerlo al día de como eran las cosas en “Macondo”.

Allí, era frecuente que al terminar la misa, cuando el padre iba a coger su carrito para regresar, “unos jóvenes traviesos” hubieran cortado las gomas. En Cuba las gomas se usan hasta que las ranuras desaparecen, y no puedo explicar como no hay más accidentes por gomas reventadas.

Recuerdo la piedra que lanzó otro “travieso” mientras celebrábamos misa. Una ancianita la recibió en su frente.

Yo adoraba las campanadas del domingo anunciando que ya el padre había llegado. Me conectaban con los templos europeos que había visto en algunas películas y me hacían soñar con una iglesia sin murciélagos ni goteras.

¡Qué miedo sentí una tarde, cuando fuimos a limpiar la iglesia y nos encontramos que se habían robado el crucifijo y defecado muy cerca de la imagen de Nuestra Señora del Carmen, patrona de Gaspar! De niña, cuando me tocaba limpiar la imagen, compraba un paquete de algodón para limpiarla, ningún paño me parecía lo suficientemente pulcro para quitarle el polvo.

Nos cambiaron de sacerdote y el que vino quiso poner una imagen nueva. Decidieron rifar la antigua. Me daba un dolor que sustituyeran aquella imagen delante de la cual había orado tantas veces. No quería entrar en la rifa. El Padre preparó papelitos dentro de una cesta, cada feligrés fue tomando uno. Yo me quedé alejada. “Mary, por favor, toma el último, es el que queda, éste es el tuyo”. La Virgen se fue conmigo a casa.

Un día amanecimos sin campana. Si allí no había ni sogas, ¿cómo habían podido desmontar aquella campana tan pesada y robarla?

A los pocos días, a una hora inusual, se escucharon las campanadas… provenían de la Unidad Militar, que estaba frente al paseo, en el centro del pueblo, en la misma calle de la iglesia; estaban llamando a sus miembros a la reunión semanal. “Pueblo chiquito, infierno grande”. Poco a poco se supo quiénes habían robado nuestra campana, usando la grúa que solo pueden tener en Cuba los del gobierno.

Tuvimos que tragarnos la indignación (en mi familia casi todo el mundo padece de colitis) y el pueblo se encargó después de contar esta historia de puerta en puerta. «La campana la robaron tres hombres, uno se quedó sordo, el otro ciego y el tercero, medio borracho, cayó dormido sobre los rieles del ferrocarril y perdió una pierna».

Mi tía hablaba sin respirar, ¡qué rabia, qué impotencia! no creo que el Padre Juan hubiese podido decir algo de haber querido, pero su gesto, su mirada, están muy vivos en mi recuerdo. Han pasado 37 años y todavía recuerdo la expresión de sus ojos. Él no dijo una palabra, pero yo entendí lo que había que hacer en una iglesia a la que le han robado su campana.

Ayer, leyendo al psicólogo Archibald Hart encontré lo que vi en los ojos del actual arzobispo de Camagüey aquella cálida tarde: «El perdón es la rendición de mi derecho a herirte por haberme tú lastimado a mí».

Esa Semana Santa que el padre Juan compartió con mi pequeña comunidad me marcó para toda la vida. Recuerdo cuando nos hablaba de la disponibilidad. Logró infundirnos valor, superar la vergüenza y salir a tocar puertas para invitar a la gente a misa. «No va a venir nadie», decían algunos. Nos enseñó cantos nuevos: “Alegre la mañana que nos habla de ti, alegre, la mañana…” Cuando predicaba, con esa voz potente y clara, perfecta dicción, no sentíamos ni a los mosquitos. En ese tiempo fue cuando más me “tentó” la idea de ser monja.

Llegó el Jueves Santo y empezó a llegar gente a la iglesia, no alcanzaron los cantorales. «¿Pero esa vieja es comunista, que hace aquí?» «¿Y tú creías en Dios? ¿Por qué no habías venido nunca antes?» Vienen porque es un cura nuevo, ya verás como después no vienen más.

Llegó el Sábado de Gloria, después de la misa de Resurrección, él regresaría a Morón, donde estaba destinado en aquella época. Yo no quería volver a la rutina, ¿por qué no se quedaba con nosotros? Sentí una tristeza tal que me puse a rezar y con toda la audacia de una adolescente hice un trato con el Señor, sin esperar su consentimiento: «Ok, Señor, llévatelo, pero que llegue a ser Obispo».

Mi tía quería conseguir algo para hacer un pequeño brindis después de la misa; su vecina, “La Pupi”, ofreció el pastel de cumpleaños de su hija. La casa de mi familia estaba justo frente al cuartel del pueblo, así que siempre estuvimos muy bien “protegidos”, cuando ya teníamos el pastel listo para ser llevado para la iglesia, llegaron dos militares a la casa y nos dijeron que: «cuidadito con trasladar el pastel para la iglesia».

Me han contado que cuando el Padre Juan viene a Miami, se va cargado de cubitos de sopa de pollo para las caldosas que ofrece la Iglesia a los necesitados. Cuando estuvo de sacerdote en el pueblo de Florida, provincia Camagüey, muchos ancianos pudieron tomar, al menos, una comida caliente al día. En uno de sus viajes, regresó a Cuba con más de doscientos panties para que las señoras con cáncer pudieran asistir a sus tratamientos en el hospital oncológico, debidamente cubiertas.

No me sorprendería, viendo lo libre que es este Papa que Dios nos ha regalado, que permita que seamos los feligreses los que elijamos a nuestro próximo cardenal y viniendo del Papa esta dispensa, seguro los cubanos del exilio también vamos a poder votar.

Si en una semana en mi pueblo, siendo todavía un curita joven, el Padre Juan pudo acabar con los murciélagos, reparar casi todo lo que estaba roto, llenar la iglesia, y con una sola mirada enseñarnos a perdonar a los ladrones de la campana, cuanto más podría hacer como cardenal de un pueblo al que en cualquier momento se le puede morir la esperanza.

* Profesora de Español y Literatura.

Reproducido de El Nuevo Herald, Miami.
Enviado por Ramón y Adela Ramos.