6 de septiembre de 2013

Nuestras viejas instituciones camagüeyanas


Nuestras viejas instituciones camagüeyanas

Por Víctor Vega Ceballos

      Nota de la revista “El Camagüeyano”   que encabeza el  ensayo  del Dr. Vega Ceballos:   

Invitado a pronunciar el discurso central en el acto homenaje del Municipio Camagüeyano a las instituciones camagüeyanas, el Dr. Víctor Vega Ceballos lo hizo con una medular conferencia, espejo de nuestro viejo solar. Lo que pudiera ser como un anexo a sus palabras aquella tarde, Víctor escribió el ensayo que aquí reproducimos, fruto de su amor al viejo Puerto Príncipe y de su enciclopédica cultura histórica camagüeyana.


El Municipio de Camagüey en el Exilio, bajo la dirección del señor Feliciano Sabatés Belizón, celebró el día diecisiete del presente mes un acto en recuerdo de las sociedades fundadas en el pasado por los camagüeyanos. No se trataba de rendirle homenaje a determinadas personas, sino a la ingente labor desarrollada por generaciones del pasado, que honraron a la tierra madre impulsándola por el camino de la cultura y del amor al prójimo.

Se procuró, con notable resultado, de colocar lo colectivo por encima de lo individual, actuar con sentido de pueblo y no con sentido de clase; porque fue así como actuaron nuestros antepasados y debemos hacerlo nosotros si es que en realidad aspiramos  a regresar a Cuba, no para recuperar bienes perdidos ni obtener ventajas materiales de un regreso lleno de dificultades, sino para despedirnos de la vida en la tierra donde nacimos, de la que nos mantienen alejados la violencia y el odio de los que hoy la tiranizan.

La Sociedad Filarmónica y El Liceo de Puerto Príncipe

Muchas fueron las sociedades de instrucción y recreo que se constituyeron en Camagüey durante el pasado siglo [XIX], nuestro verdadero siglo de las luces, del que existen testimonios históricos indubitables. La primera que nos legó documentos históricos elocuentes fue la llamada Sociedad Filarmónica que al andar del tiempo cambió de nombre por el de Liceo de Puerto Príncipe, fundada en 1842, establecida en la casa enclavada en el encuentro de las calles de Santa Ana y Diego, próxima a la plazoleta de San Francisco, trasladada al año siguiente a la casa de alto de don José Bocio, situada en la calle Mayor esquina a la del Ángel, hasta que en 1859 se le dio residencia permanente en la casa del Marqués de Santa Lucía, frente a la Plaza de Armas, adquirida más tarde por los socios en venta que de ella le hiciera la nueva propietaria doña Belén Loret de Mola, madre del ilustre patricio don Manuel Márquez Sterling  y donde permaneció hasta nuestra salida de Cuba.

Esa decana de nuestras asociaciones tuvo una bella historia cultural y patriótica. En ella se le ofreció una brillante recepción, el 10 de mayo de 1860, a la famosa escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda, se le ciñó una corona de laurel, y a  la terminación se le acompañó hasta su residencia temporal por la directiva, socios y una nutrida representación del pueblo. En ese mismo año comenzó La Filarmónica a ofrecer clases de ciencia y literatura a sus socios, ampliándolas en 1867 con las de música, solfeo, vocalización, inglés, francés, italiano, gramática castellana y teneduría de libros, dirigidas por competentes profesores.

La Filarmónica fue también un centro de conspiración para liberar a Cuba del dominio español. La casi totalidad de sus asociados, en edad militar o con capacidad para emplear un arma ofensiva, secundó, el 4 de noviembre de 1868, el movimiento revolucionario que iniciara Carlos Manuel de Céspedes en ingenio “La Demajagua” el 10 de octubre de dicho año. Las autoridades españolas, en represalia, decretaron el cierre de las sociedades cubanas cuyos socios eran partidarios del movimiento independentista.

El día primero de febrero de 1870 le fue aplicado a La Filarmónica el referido decreto, entregándose el local al Casino Español, que lo ocupó inmediatamente, manteniéndose esta situación hasta finales de la guerra de 1868, cuando España inició un movimiento de pacificación suavizando las medidas extraordinarias con que había pretendido rendir a los revolucionarios. La reapertura de la sociedad se produjo a finales de 1875.

La Sociedad Popular de Santa Cecilia

La segunda sociedad creada por los camagüeyanos fue la Sociedad Popular de Santa Cecilia, que se fundó el 20 de noviembre de 1864 a iniciativa de don Raúl Lamar, secundado por los señores Fernando Betancourt, Juan García de la Linde, Gabriel Juncadella, Manuel Socarrás y Manuel Cadenas, en la que tuvo gran acogida la clase media. Sus socios, como lo revela el calificativo de “popular”, centraron sus esfuerzos en la propaganda de la cultura musical y teatral, y formaron grupos de aficionados para que representaran dramas, comedias y juguetes musicales que gozaron de bastante popularidad.

Muchos socios e hijos de socios, discípulos de esos cuadros artísticos, llegaron a ser músicos y actores de gran fama que viajaron fuera del país y pusieron muy alto el nombre de Cuba y de la Sociedad Popular de Santa Cecilia. Esta sociedad fue cerrada por disposición gubernativa en 1870 y reabierta en 1875 al ponerse fin a la interdicción.

La Liga Agraria

Otra sociedad que influyó poderosamente en el auge de la economía local fue La Liga Agraria, situada en una casa contigua al Liceo, en Cisneros frente al Parque Agramonte. En ella se reunían los ganaderos de la jurisdicción para tratar del mejoramiento de sus hatos de ganados vacuno y caballar, estudiar la manera de aumentar sus crianzas por medio de cruces con ejemplares de alta calidad que aumentaran la cantidad de carne y leche de los primeros, la alzada de los segundos  y la resistencia de ambos a las plagas tropicales, regular el precio de sus productos en el mercado y favorecer la exportación. Fue una sociedad de gran poder económico que influyó positivamente en la vida económica de la nación, a la que prestó eminentes servicios.

El Círculo de Trabajadores

En el campo proletario tuvimos el llamado Círculo de Trabajadores, ubicado en la calle San Ramón esquina al callejón de Mojarrieta, que no sólo defendió a los obreros contra la explotación de empresarios abusivos, sino que facilitó estudios superiores a estudiantes pobres creando becas para ellos, los que gracias a esta iniciativa generosa pudieron graduarse en la Universidad La Habana y algunos llegaron a ocupar altos cargos políticos y administrativos en el país.

La Perseverancia

Una sociedad que se distinguió por su empeño en lograr el acercamiento de las clases sociales de Camagüey fue la Orden o Hermandad de La Perseverancia, fundada por Liborio Vega Beltrán, Juan de Dios Romero y el Dr. Oscar Fonts Sterling. Quizá todavía esté instalada en la antigua casa de los condes de Villamar, calle de la Candelaria esquina a San Clemente.  Esta sociedad concentró sus esfuerzos en ayudar al estudiante de pocos recursos y socorrer a las familias necesitadas. Profesionales de gran prestigio debieron a esa organización la obtención de una carrera que sin su apoyo tal vez nunca la habrían logrado.

El Casino Español y la Colonia Española

Los españoles, dueños de casi todo el comercio de Camagüey, de varios ingenios y fábricas de tabaco, licorerías y jabones, se agruparon en defensa de sus ideales integristas. A partir de las invasiones dirigidas por el general Narciso López crearon sociedades mutualistas bautizadas con los nombres de Casino Español o Colonia Española. Estaban ligados a la metrópoli por la sangre, el idioma, la religión, las costumbres y los intereses, frente al criollo que aspiraba a la independencia política, obedecía a otra forma de vida y tenía costumbres diferentes. 

Pero hay que reconocer que los componentes de esas sociedades fundaron sólidas familias, contribuyeron con su constante labor al crecimiento de la riqueza cubana y fomentaron la generosa institución del “fiado”, refaccionando a ganaderos y agricultores hasta que vendieran sus productos, costumbre que extendieron a la venta al pormenor de víveres a clientes particulares, a quienes rara vez inquietaban exigiéndoles paga adelantada o negándoles espera en el pago de sus adeudos.

Pero el mayor de los servicios que prestaron a nuestro país fue la implantación del sistema mutualista, que daba a los asociados esparcimientos, enseñanzas, asistencia médica, hospitalización, servicio dental y hasta funerario por la insignificante suma de un peso cincuenta centavos. Sus quintas de salud eran monumentales y el columbario edificado en el Cementerio de Colón, en La Habana, por los hijos de Santa María de Ortigueira, era verdaderamente digno de admiración.


Asociaciones de personas de color

La población de color organizó varias asociaciones muy respetables: El Fénix y El Progreso para los mulatos, Victoria y Maceo para los negros. Todas preocupadas en el adelanto cultural de su raza, enseñando a sus socios música, teneduría de libros, canto, inglés y francés. 

Centros Sociales y Deportivos

El contacto con los Estados Unidos llevó a Cuba el entusiasmo por los deportes. Proliferaron en Camagüey centros como el Club Deportivo Bernabé de Varona, situado en los terrenos del Casino Campestre; El Club Ferroviario, situado en la Vigía, un apéndice de La Hermandad Ferroviaria que reunía a empleados y obreros del Ferrocarril de Cuba, y el Camagüey Tennis Club, sociedad de señoritas, que inclinó a las mujeres de Camagüey hacia el deporte. Fue creada por dos tesoneras damas: la bellísima Pilar Garcés de la Marsilla y la incansable luchadora Isabel Garcerán de Val Laredo, hija del entonces Presidente de la Audiencia y sobrina del Presidente de la Repúblia, Dr. Federico Laredo Bru. 

El Camagüey Tennis Club

En una vieja casa que sirvió de vivienda al guardaparque del Casino Campestre Don Manuel Estrada, conocido por “Mandico”, durante la conspiración que preparó la guerra de 1895, estableció su sede la novel sociedad. Con esfuerzos extraordinarios repararon la ruinosa construcción haciéndola habitable. Allí se adiestraron las bellas camagüeyanas que compitieron ventajosamente en un concurso de natación celebrado en Santiago de Cuba y otro en La Habana, dejando bien acreditados nuestros valores deportivos, a pesar de que nuestra legendaria ciudad distaba de la costa dieciocho leguas por el Norte y veintidós por el Sur, lo que dificultaba a sus habitantes las prácticas de ese deporte.

Siguiendo la tradición de las precedentes sociedades, el Camagüey Tennis Club añadió al deporte la instrucción y el servicio público. En sus salones se ofrecieron clases de corte y costura, bordado y tejido, literatura y labores manuales; por ellos desfilaron conferencistas, recitadores, músicos y cantantes de fama universal. La directiva puso singular empeño en ayudar económicamente a la altruista Julieta Arango Montejo para que terminara el hospital para niños huérfanos y pobres en el antiguo convento de San Juan de dios, obra piadosa que debe haberle ganado un sitio destacado en el reino del Señor, a donde éste la llamara recientemente.

Al establecerse en Cuba el régimen comunista, fueron cerrados los centros sociales y confiscadas sus propiedades. El Camagüey Tennis Club no pudo escapar a la medida. La señorita Garcerán del Val, que había presidido repetidas veces la institución, fue acusada  por uno de esos judas que siempre surgen de la nada cuando una grave convulsión trastorna el orden social, y tratan de crearse una reputación a costa de la ajena. Isabelita enfrentó a su acusador con serenidad y entereza, rechazó cortésmente el auxilio de abogados y amigos, no quiso que corrieran riesgos en su defensa. Se le imputaban malos tratamientos a la empleomanía del club y, cuando los tribunales decretaron su absolución por falta de pruebas, la llevaron ante el gremio de empleados para que respondiera a los cargos, negándolos otra vez, y tuvo el consuelo de ver erguirse a una joven miliciana que asumió su defensa tratando de mentiroso al empleado desleal e informando ante esa especie de jurado los servicios prestados por Isabelita a sus subalternos en sus enfermedades y contratiempos, obteniendo el sobreseimiento libre. 

Pronto comenzó el desfile de los perseguidos por la nueva situación. Isabelita vino al exilio con su amada familia espiritual, instalándose en el estado de Texas, de donde, con más de noventa años de edad, ha venido a reunirse en Miami con sus viejos afectos en el grandísimo acto del día diecisiete, presidiéndolo con la gallardía y gentileza que le son habituales.

El Lugareño y el Círculo de la Cultura Francesa

Dos sociedades camagüeyanas al comienzo de la tercera década del siglo actual [XX]: El Lugareño y el Círculo de la Cultura Francesa, se dedicaron a expandir la cultura en nuestra tierra. La primera fue fundada por un grupo de profesionales distinguidos, y la segunda por la notable poetisa Isabel Esperanza Betancourt.  Tuvieron corta vida.

Al escribir estas líneas sobre los que de alguna manera han coadyuvado al desarrollo cultual de nuestro inolvidable Camagüey, conmovido por recuerdos imborrables, pedimos al Altísimo nos conceda la merced de señalarnos la ruta que debemos transitar para liberar a Cuba de su opresores, aunque dejemos la vida en esa empresa, porque al cabo y según la letra de nuestro Himno Nacional, “Morir por la patria es vivir”.

Reproducido de la revista "El Camagüeyano"

4 de septiembre de 2013

Una antañona postal camagüeyana



Una antañona postal camagüeyana

Por Luis Cruz Ramírez

El presente es árido y turbulento; el porvenir permanece oculto.
Toda la riqueza, todo el esplendor 
y toda la gracia del mudo están en el pasado.
Anatole France

Allá por los años veinticinco…
  
  Cuando Bayoyo descansaba su pobre humanidad en las aceras de la Plaza del Mercado, en la calle Cisneros, junto al Ayuntamiento. 
   
 Cuando el Club de los Treinta organizaba sus bailes en el Roof Garden del Hotel Camagüey.

Cuando en los San Juanes el desbordamiento de alegría se prolongaba por quince días y las serpentinas, los confettis, el almagre y el talco competían en inolvidables batallas.
  
Cuando en el Instituto de Segunda Enseñanza en la calle San Francisco la novatada hacía de las suyas.
 Cuando en el callejón Academia los estudiantes intercambiaban noticias sobre amores de adolescentes.
 Cuando en el Casino Campestre la Banda Municipal de Música dejaba escuchar sus melodías mientras las parejas paseaban en torno a la Glorieta.
 Cuando los bailes en la Popular, en la sociedad El Lugareño, en la Colonia Española y en las sociedades de color eran modelos de buen gusto y los pasos del danzón iban marcando el ritmo unánime como un instrumento más de las orquestas.
 Cuando Vitico González y sus muchachos trompeteaban melódicamente y el pueblo bailaba en las calles.
  Cuando el público acudía a la Audiencia para deleitarse con los informes jurídicos de Manolo Tomé, de Darío del Castillo, de Gonzalo del Cristo, y presidía la Sala la figura austera del Dr. Garcerán.
 Cuando liberales y conservadores convertían la tribuna política en un areópago tribunicio.
 Cuando figuras como don Federico Biosca y Agustico Betancourt paseaban sus doctorales figuras por los pasillos del viejo Instituto.
  Cuando la Dra. Mariana Zaldívar hacía gala de sus alegatos acusatorios desde su cargo de Fistal.
 Cuando la Dr. Rosa Anders, conmovía a magistrados y jueces con sus vibrantes teorías sobre Derecho Penal.
 Cuando la Semana Santa vibraba de unción religiosa y las campanas de nuestras centenarias iglesias nos invitaban a compartir el santo óleo de la oración
.
  Cuando los editoriales de “El Camagüeyano” eran esperados por toda una sociedad ansiosa de leer la filigranas ensayística de Walfredo Rodríguez Blanca.
 Cuando Abelardo Chapellí discurseaba contando anécdotas inolvidables.
 Cuando Alfredo Correoso Quesada en su Crónica Social vestía de gala las páginas del decano de nuestros periódicos.
 Cuando Eduardo Zamacois dictaba sus conferencias en el Círculo de Profesionales.
 Cuando nuestros patios camagüeyanos eran tertulia familiar no interrumpida por la televisión.
  Cuando Ballagas hacía sus pininos literarios y recitaba con apagada voz los poemas de Verlaine y de Baudelaire.
 Cuando Nicolás Guillén era romántico y su poesía era pura, no comprometida, y nos recitaba la Balada Azul: “Ser mar si tú fueras ola. Ser ola si tú fueras mar…”
  Cuando Castrillón era viajante de farmacia y vendía la Salvita.
 Cuando Luis Pichardo Loret de Mola y yo incursionábamos por los alrededores del cementerio del Cristo recitando La Musa del Arroyo de Carrere, hasta que llegaban Pedro Pablo y Varona (Cucaracha) con sus guitarras y entonaban en plena doce la noche aquello del “viejo enterrador de la comarca…”
 Cuando la bohemia clausuraba sus noches de poesía en la Plaza del Mercado cenando chocolate y frituras de bacalao.
  Cuando Arturo Doreste recitaba sus sonetos a la luna que y se ocultaba.
  Cuando hacíamos de la noche día y del día noche.
  Cuando en la Feria de la Caridad se producían las citas amorosas junto a los quiscos de flores y dulces.
  Cuando lo hombres, bien hombre, asistían a Misa y llevaban en andas en las procesiones a la dulce  Virgencita de la Caridad.
  Cuando Camagüey era el bello y romántico solar de la Patria en que las leyendas y la historia se mezclaban para orquestar la maravillosa sinfonía de la Paz.
  Cuando Graciliano Garay explicaba el binomio de Newton en su academia, y el Dr. Echemendía nos hablaba del Mester de Clerecía y de la Cuaderna Vía, en los amplios salones del Instituto.
  Cuando las grandes compañías de Opereta y Zarzuela se daban cita en nuestro Teatro Principal para deleitarnos con voces como Polar Aznar, la Suffuli, Lázaro y Avellaneda.
  ¡Ay! Tantos cuando y cuando y cuando
Hoy la tarde gris nos trajo como un lejano perfume a jardín camagüeyano, y el alma ha volado a las remotas regiones por donde un día paseamos la alegrías de nuestra juventud.

Ahí les van estos cuando a los hijos de la tierra de Ignacio Y Tula.
Ayer feliz entre sus leyendas.
Y hoy martirizada por las hordas del terror y del crimen.
Ojalá un día muy próximo podamos utilizar un cuando para decir “cuando se cayó la bestia…”

Reproducido de El Camagüeyano Libre.

3 de septiembre de 2013

2 de septiembre de 2013

Concha Agramonte



Concha Agramonte

Por Frank de Varona

Durante las guerras de independencia de Cuba, las mujeres cubanas demostraron un valor extraordinario y frecuentemente acompañaron a sus maridos y a sus hijos al campo de batalla. Muchas de estas mujeres habían vivido una vida protegida y en muchos casos una vida opulenta. Cuando comenzó la Guerra de los Diez Años con el Grito de Yara en 1868 muchas mujeres pasaron de una existencia tranquila y confortable en su hogar, a una precaria y difícil vida en la manigua. Tristemente estas familias perdieron sus hogares y todas sus propiedades. Estas mujeres compartieron todo tipo de sacrificios al lado de sus esposos e hijos teniendo que huir del ejército español que los perseguía constantemente.

Una de estas abnegadas mujeres que prestó valiosa ayuda a los patriotas fue Concepción (Concha) Agramonte. Concha nació el 7 de diciembre de 1834 en la ciudad de Santa María del Puerto del Príncipe en la casa solariega de sus padres. Su padre fue Juan de la Cruz Agramonte y Arteaga y su madre Rufina Boza y de Varona. Los padres de Concha eran ricos y su familia era de gran abolengo. Concha creció en un hogar que estaba decorado con muebles antiguos, mármol italiano, altos espejos, adornos de porcelana y fina vajilla. El vestuario de Concha era de seda y encajes. Su familia tenía muchos esclavos.

Desde muy joven Conchita demostró tener una gran inteligencia y una gran viveza de carácter. Conchita era alegre y muy hermosa. A los 17 años de edad, el 12 de junio de 1852, contrajo matrimonio con Francisco Sánchez y Betancourt. Al igual que ella, su esposo, quien nació el 31 de enero de 1827, procedía de una antigua y prestigiosa familia camagüeyana. Francisco era hijo de Benjamín Sánchez y de la Pera y de Luisa Betancourt y Betancourt. Francisco Sánchez era rico y tenía muchas propiedades. De esta unión nacieron 12 hijos, llegando nueve a la mayoría de edad. Concha y Francisco inculcaron en sus hijos desde la cuna el amor a Cuba y el deseo por su independencia.

Francisco Sánchez, a pesar que su salud se encontraba seriamente quebrantada por la tuberculosis, estuvo involucrado en todos los trajines conspirativos que culminaron en la creación de la logia Tínima y el alzamiento de las Clavellinas. Al resonar en Puerto Príncipe el Grito de Yara el 10 de octubre de 1868, Francisco Sánchez, junto a sus hijos Benjamín y Juan de la Cruz, se incorporaron a las filas insurrectas desde los primeros momentos y se alzaron en rebelión contra el opresor y despótico gobierno español que existía en Cuba. 

Concha y todos sus hijos pequeños abandonaron su hogar y se unieron a Francisco en el campo de batalla. El 26 de febrero de 1869 en Sibanicú los patriotas camagüeyanos crearon la Asamblea de Representantes del Centro, compuesta por los patriotas Salvador Cisneros Betancourt, Ignacio Agramonte, Eduardo Agramonte, Antonio Zambrana y Francisco Sánchez Betancourt. Esta asamblea tuvo el honor de redactar y firmar un decreto a favor de la abolición de la esclavitud en Cuba.

Concha y Francisco tenían una casa en la ciudad de Guáimaro y fue precisamente en este lugar donde se reunieron los patriotas de las provincias de Oriente, Camagüey y Las Villas el 10 de abril de 1869. Concha siguió los debates de la Asamblea Constituyente y escuchó a la camagüeyana Ana Betancourt, pariente de su esposo, abogar por los derechos de la igualdad de la mujer. En el hogar de Guáimaro de Concha y Francisco se reunieron muchos patriotas y allí encontraron albergue y alimento muchos jóvenes habaneros como Julio y Manuel Sanguily y otros tantos. Después de proclamarse la Constitución de Guáimaro, Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, fue proclamado presidente de la República en Armas y el general camagüeyano Manuel de Quesada fue nombrado Jefe del Ejército Libertador. El esposo de Concha, Francisco Sánchez Betancourt, fue electo representante a la Cámara, escaño en el que se mantuvo hasta el fin de la guerra.

Las fuerzas mambisas que defendían a Guáimaro no pudieron resistir la embestida del gran ejército español al mando del general Goyeneche y fueron derrotadas. Entonces se acordó quemar la ciudad de Guáimaro como anteriormente se había hecho en Bayamo. La hermosa casa de Concha fue una de las primeras que ardieron en llamas con el fuego, prendido por las manos de su propio esposo e hijos. Desde ese momento comenzaron las verdaderas dificultades para esta familia ya que no tenía lugar fijo en donde habitar. La vida de Concha y sus hijos se convirtió en una verdadera pesadilla. Siendo perseguidos por el ejército español, Concha y sus hijos durmieron en casas abandonadas, tiendas de campaña, míseros bohíos de guano y a veces a la intemperie. Concha dio a luz a su hija Sara en el campo, no lejos de donde luchaban su marido y sus hijos mayores.

A mediados del año 1871, mientras Concha y sus hijos pequeños habitaban un rancho de guano en su finca San José, fueron sorprendidos por una columna del ejército español. Los soldados obligaron a Concha y a sus hijos pequeños a ponerse en fila delante de su humilde rancho y presenciaron como los soldados lo quemaban. Concha recordó como en enero de ese mismo año la familia Mola y Mora fue cruelmente asesinada al ser arrestados. Concha pidió que la presentaran al jefe militar de esa tropa. Por suerte, el jefe era el capitán Macón al cual ella conocía de Puerto Príncipe. Este oficial le concedió a Concha un salvo conducto por ocho días para que pudiera recoger a sus hijos pequeños y a otros que habían huido al campo y se presentara a las autoridades de Puerto Príncipe. Concha tuvo que abandonar a su esposo y a sus hijos mayores Benjamín de 16 años y Juan de la Cruz de 15 años que peleaban en el campo. Posteriormente Juan de la Cruz fue herido en combate y murió poco después en 1873.

Al llegar a Puerto Príncipe Concha quiso tomar el tren para Nuevitas al día siguiente, pero fue arrestada en la estación de ferrocarril. La sociedad de Puerto Príncipe salió a su defensa y fue puesta en libertad. Concha y sus hijos se trasladaron a La Habana donde la señora Monserrate viuda de Lugareño los acogió en su hogar. Concha logró que el capitán general de Cuba, Blas de Villate, conde de Valmaseda, le diera un permiso de salida. Valmaseda había sido antiguo amigo de la familia de Concha, y había pasado algunas temporadas en su ingenio.

Concha partió para Nueva York. Sólo pudo salvar unas joyas que había escondido en los cinturones de sus hijos. Todas las propiedades de Francisco y Concha fueron confiscadas por el gobierno español. Una vez en Nueva York, Concha vendió sus joyas y trabajó como costurera para ayudar a mantener y educar a su extensa familia.

En 1878, ya acabada la Guerra de los Diez Años con la Paz del Zanjón, Concha Agramonte y sus hijos, como muchas otras familias cubanas, regresaron a su patria. Concha pudo abrazar a su esposo y a su hijo mayor, Benjamín. No obstante, los esposos sufrieron mucho la muerte de su hijo Juan de la Cruz al cual siempre recordaron. El matrimonio y sus hijos brindaron decidido apoyo a los planes revolucionarios de José Martí. Concha pudo vivir por un tiempo en calma hasta la muerte de su esposo Francisco el 30 de agosto de 1894 después de una larga enfermedad. 

El Apóstol José Martí reconoció a Francisco Sánchez Betancourt en una carta tras conocer la noticia de su muerte diciendo: “Pancho Sánchez ha muerto, y con él una de las almas más bravas y jóvenes de Cuba, uno de los que con más sensatez y honor nos ha ayudado en la fatiga de preparar la nueva era, a cuyos umbrales muere, aunque no sin el consuelo de que su patria se ponga en buen camino antes de que se reduzcan a polvo las flores de su tumba”.

Al estallar nuevamente la guerra con el Grito de Baire el 24 de febrero de 1895 los cinco hijos varones de Concha salieron a la manigua a pelear por la libertad de Cuba. La Junta Revolucionaria nombró a Concha quien entonces tenía 66 años, agente en Puerto Príncipe. Debido a sus actividades a favor de la independencia de Cuba las autoridades españolas la encarcelaron durante 30 días en la prisión y luego se vio forzada al destierro una vez más en los Estados Unidos. De este modo volvió Concha a Nueva York acompañada por su hija Emilia y su nuera Caridad, ésta con sus dos pequeños hijos. Concha fue atendida con toda clase de consideraciones y afecto por Fernando Figueredo y Tomás Estrada Palma. 

Concha volvió a sufrir pensando en la suerte de sus hijos mambises que luchaban en la manigua. ¡Cuántas noches de insomnio y de zozobra pasó esta noble anciana durante esos años! Su hijo Eugenio, quien era Jefe Superior de Sanidad del ejército cubano, fue designado a una importante comisión en los Estados Unidos. Allí Concha pudo tener la satisfacción de unirse con su hijo durante tres meses ya que éste regresó al campo de batalla una vez terminada su misión. 

Los hermanos Sánchez Agramonte cumplieron con su deber y lucharon valientemente por la libertad de Cuba. El hijo mayor de Concha, Benjamín Sánchez Agramonte, luchó en las dos guerras de independencia y fue ascendido al grado de coronel. Eugenio fue general de brigada y durante la República fue electo presidente del Senado y se desempeñó como secretario de Agricultura de 1917 a 1921. Armando fue ascendido a general de brigada y en 1899 fue nombrado alcalde de Camagüey. Posteriormente, Armando fue jefe de la policía de La Habana y dirigió la renta de la lotería nacional. Calixto y Alfredo también pelearon en la Guerra de 1895.

Concha tomó el primer vapor de Nueva York y regresó a Nuevitas donde tuvo la gran satisfacción de reunirse con sus hijos. Concha tuvo la dicha después de largos sacrificios de poder ver a Cuba libre. Sus últimos años los pasó en su amada Camagüey en unión con sus hijos y nietos. Esta insigne y valiente patriota entregó su alma al Señor el 24 de agosto de 1922. Los numerosos descendientes de la familia Sánchez Agramonte deben sentirse muy orgullosos de tener antepasados tan valientes que lucharon por muchos años por la libertad de Cuba.

Frank de Varona is an educator, historian, journalist, and internationally known expert on politics, economics, foreign affairs and national security issues. He was born in Cuba and, at the age of 17, he participated on the Bay of Pigs invasion in an effort to eradicate communism in Cuba. After spending two years in prison, he returned to the United States, where he earned three college degrees. He is married and has a daughter and a grandson.
Mr. de Varona had a 36-year career in the Miami-Dade County Public Schools as a social studies teacher, principal, region superintendent, and associate superintendent of instruction. He also was an associate professor of social studies in the College of Education at Florida International Education for seven years. Currently, he is a part-time Adult Education Coordinator in the Miami-Dade County Public Schools.
He has written 20 books and many articles in newspapers and magazines. Among his books are Hispanics in U.S. History Volume 1 and Volume 2 (1989), Hispanic Presence in the United States (1993), Latino Literacy: The Complete Guide to Our Hispanic History and Culture (1996) and Presencia hispana en los Estados Unidos: Quinto Centenario (2013). Mr. de Varona is the only Hispanic in the nation who has written three books in Spanish about Barack Obama: ¿Obama o McCain? (2008), El verdadero Obama (2010) and ¿Obama o Romney? (2012). 
 
 Reproducido de Gaspar, El Lugareño