14 de mayo de 2020

SEMBLANZA DE UN SACERDOTE EJEMPLAR: MIGUEL BECERRIL



Semblanza de
un sacerdote ejemplar:
Monseñor Miguel Becerril Blázquez

Noemí Rivero Morell
Enero 1994

Quiero rendir este pequeño homenaje al inolvidable Padre Miguel Becerril Blázquez, para ayudar a que su memoria no se borre con el tiempo. Tampoco quiero pasar por alto a los que estuvimos siempre con él, ayudándole en su labor sacerdotal en la Parroquia de La Soledad en Camagüey: Fausto Cornell, Manuel Herrera, Cheché Flores, María Consuelo de Quesada, Úbeda, Violeta Vázquez, Enrique Palacios, y tantos otros a los que me es imposible nombrar. Valga referirme en general a los “federados”, muchachas y jóvenes de la Juventud Católica, y a los grupos de Damas y Caballeros. Los cuatro grupos tradicionales de la Acción Católica, siempre prestos en su ayuda al P. Becerril, al igual que los inolvidables sacristanes Rubén y Pancho.

La bondad de su corazón lo hizo ser estimado por todos cuantos lo conocieron.  Sus grandes desvelos y sacrificios, puestos a disposición del apostolado sacerdotal, lo hicieron ejemplo a seguir por los nuevos jóvenes sacerdotes que compartieron su vocación de pastorear al pueblo del Señor. Todo Camagüey, -es decir, los católicos practicantes o de nombre, los creyentes o no creyentes-, conocedores de su sencillez y de su entrega total a la comunidad parroquial a la que sirvió durante tantos años, lloraron o lamentaron su muerte.  

Fue luz que iluminó, voz que supo conducir, corazón capaz de comprender y alma grande para actuar.

Monseñor Miguel Becerril Blázquez nació el 5 de julio de 1906 en una finca del barrio de Jimaguayú (actual municipio de Vertientes), hijo de Joaquín Becerril y Dña. Vicentina Blázquez, ambos naturales de España. Fue bautizado por el Padre Gonfaus en la parroquia del Santo Cristo del Buen Viaje de esta ciudad de Camagüey.

 Al fallecer don Joaquín el 12 de diciembre de 1920, la familia pasó a vivir en la ciudad de Camagüey,  estableciéndose en la calle Rosario (Enrique Villuendas) esquina a San Esteban (Oscar Primelles). Becerril tuvo una hermana llamada Margarita que murió en un accidente fatal el 30 de abril de 1923 a los 23 años  de edad.    

De muy pequeño asistió  a una escuela particular que estaba situada en Estrada Palma (hoy Ignacio Agramonte) y San Fernando (Bartolomé Masó). Allí aprendió las primeras letras con la maestra Teresita Nogueras. De esa escuela pasó a la Escuela Pública José de la Luz y Caballero y a los doce años ingresó en el Seminario San Carlos y San Ambrosio en La Habana, donde realizó los estudios correspondientes a  Humanidades Clásicas. Posteriormente se trasladó a Roma para completar su formación con estudios superiores de Filosofía y Teología en la Universidad Gregoriana, doctorándose en ambas materias y siendo uno de los primeros cubanos doctorados por ese centro docente. Fue ordenado sacerdote en Roma por el Cardenal Vicario de Roma el 28 de octubre de 1928 a la edad de 23 años.

De regreso en Cuba, quedó incardinado en la diócesis de Camagüey.  Primeramente fue nombrado Coadjutor de las parroquias de Morón y de La Soledad en la ciudad de Camagüey y el 29 de febrero de 1932 fue nombrado Párroco de la Iglesia de La Soledad.

A partir de ese momento, se hace difícil reseñar la ingente labor que realizó en su Parroquia a lo largo de los muchos años que ejerció en ella la responsabilidad de párroco. Sólo podremos referirnos a algunas de esas obras que descuellan sobre el constante y callado quehacer que permeó su día a día, año tras año.

Estableció en la parroquia la Orden Tercera de San Francisco (4 de octubre de 1946), así como de las Asociaciones del Cristo de Limpias y  las Hijas de María. Tras la fundación en nuestra patria de la Acción Católica Cubana, constituyó en la parroquia las cuatro ramas de la misma: Damas y Caballeros, y Juventud Masculina y Femenina. Es decir que, involucrando fieles a todas esas agrupaciones, inteligentemente organizó a sus colaboradores ampliando así los logros de un efectivo apostolado. Incansable, al mismo tiempo puso énfasis en mejorar las condiciones del templo, uno de los más antiguos de Camagüey. Fueron renovados algunos altares, sobresaliendo entre ellos el del Cristo de Limpias con una talla tamaño natural de Cristo Crucificado, y el altar de  nuestra patrona, Santa María de la Caridad del Cobre.

 En la primera mitad de la década de los años cincuenta acometió la renovación de la deteriorada pintura interior del templo, conservando los motivos florales originales en color azul pastel.

La Semana Santa camagüeyana, cuyas procesiones marcaban un hito sobresaliente de religiosidad en toda Cuba, se enriquecía con la procesión del Retiro o de la Soledad de María, que salía a la calle desde la iglesia de la Soledad a las 10 de la noche del Viernes Santo, después que se recogía la del Santo Entierro con el famoso y legendario sepulcro de plata que salía del templo de La Merced.  La  del  Retiro o de La Soledad de María, que había dejado de realizarse en los años anteriores, volvió a salir a la calle en los tiempos del P. Becerril como párroco. Tradicionales fueron también los concurridos “Rosarios de la Aurora”, que tomaban las calles de la parroquia los amaneceres del lunes, martes y miércoles santos

Mención aparte merece la otra procesión que salía de la Soledad el Domingo de Pascua. No estaba relacionada precisamente con la celebración litúrgica del hecho mas trascendental de nuestra fe: la Resurrección de Cristo.  Ese Domingo,  después de la Misa solemne de las 10 am, cantada en latín por el grupo juvenil de la Acción Católica, y justo al mediodía, salía la procesión de Santa Bárbara.

Esta procesión era, relativamente, de tiempos recientes. Al parecer los vientos del ciclón del año 1932, que tanto estrago hicieron en Camagüey, levantaron el techo de una humilde casa en la calle Palma, que precisamente pertenecía a la barriada de la parroquia. Al descubierto quedó una imagen tamaño natural de   Santa Bárbara. La imagen era de propiedad privada, pero el P. Becerril logró un acuerdo con su propietario. La talla de Santa Bárbara, permanecería en la iglesia y sería sacada en procesión hasta su primitiva casa de la calle Palma donde quedaría depositada por cierto tiempo.  La casita se reconstruyó, tomo forma de capilla y allá iban todos los sábados el P Becerril y los jóvenes del grupo de Acción Católica a dar catecismo, llevar la Palabra de Dios y organizar bautismos en una ejemplar campaña de evangelización.

La procesión de Santa Bárbara recorría sucesivamente las calles de Estrada Palma y Rosario, hasta llegar a la capilla en Palma, y resultaba ser casi un acto heroico para el P. Becerril, porque la identificación de la Santa católica con la deidad Changó de la religión yoruba, bastante extendida en aquel barrio, originaba incidentes lamentables al intentar algunas personas la realización de rituales al paso de la imagen.

Concluida la celebración de la Pascua, el P. Becerril se lanzaba a una campaña que le llevaría hasta la fiesta de Pentecostés: increíblemente cada año visitaba los hogares de su parroquia para bendecirlos e interesarse por sus moradores. Fausto o Rubén le acompañaban en este empeño y se adelantaban para llamar a las puertas e inquirir si deseaban recibir la visita del sacerdote. Con frecuencia se le veía por las calles de Camagüey en el ir y venir de llevar la counión a algún enfermo, siempre acompañado de un monaguillo, sotana negra hasta el tobillo  y sobrero redondo de ala ancha, -tal vez el que llevaba usando desde su ordenación-, también negro.

Su generosidad no tenía límites para los que se le acercaran solicitando ayuda. Siempre había algún que otro joven al que ayudaba a pagar sus estudios. Entre ellos estuvo el famoso atleta camagüeyano Rafael Fortún.  En Navidad y Año Nuevo organizaba repartos de comida, y para el Día de los Reyes Magos se repartían juguetes a los niños de los barrios mas pobres. Todos los viernes del año, en uno de los salones laterales del templo se servía desayuno para los pobres de la parroquia. 
  
Visitaba enfermos cuando se le llamaba para ello  o para dar cristiana sepultura a sus feligreses encabezando el cortejo fúnebre.

¿Cómo le alcanzaba el tiempo para tanto? Dios lo proporciona si lo que queremos hacer es algo bueno, y el Padre Becerril no le falló nunca: Sacerdote para la ayuda espiritual y amigo generoso para socorrer al necesitado. Predicó la Palabra y siempre la supo poner en práctica. 

El día 5 de febrero de 1950 fue nombrado “Hijo Meritísimo” de Camagüey por el pleno del Ayuntamiento de la ciudad, merecido reconocimiento de las  autoridades civiles por dedicar toda su vida al servicio de Dios y de su comunidad.

Años después, el 17 de septiembre de  1961, fue expulsado de Cuba por el gobierno revolucionario de Fidel Castro junto a otros 135 sacerdotes y religiosos, en el vapor Covadonga que los llevó a España. De allí Becerril pasó a Venezuela y luego a Roma. Volvió a España y posteriormente obtuvo autorización para regresar a Cuba.

Se sentía de nuevo feliz en Camagüey y en su casa: la iglesia de La Soledad. El peso de los años y la salud se hicieron sentir, pero entonces, mas que antes, eran necesarios su presencia y su trabajo. Así estuvo laborando como siempre. El Siervo de Dios Mons. Adolfo Rodríguez Herrera, por entonces Obispo de la diócesis le trajo de Roma el nombramiento de Monseñor, título que la Iglesia le concedía por grandes méritos sacerdotales.

Vivió sus últimos meses en este mundo en la Casa Diocesana, antiguo convento carmelita. Las Siervas de María, también de regreso en Camagüey, velaron sus noches hasta su muerte. Durante su enfermedad, Mons. Adolfo, Mons. Sarduy, el Padre Paquito (que se preocupó tanto por él) y todos los sacerdotes de Camagüey lo colmaron de amor y cariño hasta que murió santamente el 16 de mayo de 1991.

Fueron 94 años de un largo y fructuoso peregrinar hacia la Casa del Padre.

8 de diciembre de 2019

NATALYS, LA SANTA TERESITA CAMAGÜEYANA



Nathalys, esa santa Teresita cubana

dedicada a la Infancia Misionera

Natalys Vidal Menéndez murió de un tumor cerebral a los 15 años. La corta vida de esta adolescente no le impidió dar su vida por la misión, como santa Teresa del Niño Jesús.
No hay necesidad de viajar por el mundo para contribuir a la misión de la Iglesia. Desde las profundidades de su convento carmelita, santa Teresita se lo demostró a todo el mundo. Demasiado frágil para viajar, la joven carmelita dedicó su vida a orar por los misioneros. Enferma, les ofreció sus sufrimientos.

De la gran santa francesa, la joven cubana Natalys Vidal Menéndez parecía haberlo aprendido todo. Como ella, estuvo animada desde muy joven por un ardiente deseo de dedicarse a la misión. Sin embargo, su entorno de vida no tenía nada que ver con el de la santa de Lisieux.

Nacida en una familia atea, en suelo comunista, Natalys descubrió a Cristo en la esquina de un callejón empujando la puerta de la pequeña capilla de la ciudad de Santa Cruz del Sur, donde vivía.

La fe de la niña, que devoraba la Biblia en su tiempo libre, asustaba a sus padres. Cuando le anunció a su madre su deseo de convertirse en monja, ¡la trató como a una loca!  Sin embargo, había algo más en esta pequeña niña con un carácter demasiado fuerte como para desanimarse. Desde el nacimiento de la Infancia Misionera en Cuba, Natalys estuvo apasionadamente comprometida con esta institución.

En la década de 1990, hablar libremente sobre Dios seguía siendo peligroso en este país, y la memoria colectiva continuaba marcada por esos religiosos enviados a campos de trabajos forzados por profesar su fe.

Sin desanimarse, sin embargo, Natalys compartía con una simplicidad desconcertante a su alrededor los textos del Evangelio que la alimentaban.

La frescura de la niña cubana se vio fuertemente afectada por la enfermedad. Muy temprano, se le diagnosticó un tumor cerebral.

En aquel momento, Natalys, que conocía bien la vida de santa Teresa del Niño Jesús, se sometió sumisamente a la escuela de la Carmelita. Si cambió el mundo desde su celda, ¡nada le impedía a ella hacer lo mismo! Así que se puso a orar por la misión desde su cama, llevando los buenos consejos de Teresita al otro lado del Atlántico.

la adolescente tenía un sueño muy específico: que la Infancia Misionera se pudiera establecer en todas las diócesis de Cuba. Llena de confianza, ella ofreció sus sufrimientos a Dios para este propósito. “La infancia misionera estará presente en todas partes en Cuba”, le repetía alegremente a su amigo Fidelito, el laico que inició este trabajo en el país de Fidel Castro.

Cuando aún no tenía 16 años, la joven murió en paz, el 2 de julio de 1995. En una nueva primavera, la Infancia Misionera Cubana recibió docenas de cartas de obispos que deseaban ver esta institución establecida en su diócesis.

En su familia, la corta vida de Natalys también causó gran impresión: sus padres se convirtieron al cristianismo y su hermano eligió ser sacerdote. «La oración es el alma de la misión», dice el papa Francisco. La vida de esta niña cubana es prueba de ello.

Adaptado de es.aleteia.org 

Nota: Su hermano, el P. Andrés (Andy) Vidal Méndez, es actualmente Párroco de la Iglesia de La Soledad en Camagüey.




 

21 de septiembre de 2019

LA CONSTITUCIÓN DE JIMAGUAYÚ. -

Este 19 de septiembre se cumple un aniversario más de la promulgación de la Constitución de Jimaguayú y de la proclamación de la Republica en Armas. Veamos el siguiente artículo que nos aborda este tema:


TRADICIÓN CONSTITUCIONALISTA EN CUBA: 
LA CONSTITUCIÓN DE JIMAGUAYÚ
Por Elena Galarraga
La Constitución de Jimaguayú fue la tercera Constitución de la República de Cuba en Armas, después de la de Guáimaro en 1868 y la de Baraguá en 1878.Como las anteriores, debe su nombre al lugar donde se realizó. Este último fue escogido por Máximo Gómez, por ser precisamente en esta zona camagüeyana donde había caído 22 años antes Ignacio Agramonte.
La letra del documento es muestra de ese afán de los patriotas cubanos por dar, de alguna manera, forma jurídica al movimiento revolucionario; es decir, dotarlo de civilidad y legalidad.
En la firma participaron miembros de Las Villas, Camagüey y Oriente, las tres zonas en guerra. Sus 24 artículos, el párrafo introductorio y el breve texto conclusivo fueron escritos por Enrique Loynaz del Castillo con una esmeradísima redacción, a pesar de contar con solo tres días para su elaboración. Los manuscritos conservados y las actas dan muestras de la seriedad con que fue tenido en cuenta el hecho y de la autoconciencia de los participantes de saberse haciendo historia.
Aunque en ella hay vestigios de las anteriores, especialmente la de Guáimaro, porque, sin dudas, forma parte de un mismo proceso histórico, la Constitución de Jimaguayú representó un paso de avance en la búsqueda de la unidad de los cubanos al pretender complacer los intereses de todos los involucrados en la contienda. La mayoría de los delegados pertenecía a una nueva generación, cuyo pensamiento se diferenciaba del de los veteranos del 68. Por eso, a pesar de las limitaciones e imperfecciones atribuibles, avanzó más que las anteriores en su intento por lograr el anhelado equilibrio entre el poder civil y el militar; aunque predominó sutilmente el dominio del primero sobre el segundo.
Establecía, entonces, un Consejo de Gobierno formado por seis miembros representantes de los poderes ejecutivos y legislativos, que no debía interferir al aparato militar, encabezado por un General en Jefe, Máximo Gómez, y un Lugarteniente General, Antonio Maceo. El camagüeyano Salvador Cisneros Betancourt y el manzanillero Bartolomé Masó ocuparon los cargos de Presidente y Vicepresidente de la República en Armas. Carlos Roloff, Severo Pina Estrada, Santiago García Cañizares y Rafael Portuondo Tamayo, fueron designados al frente de las secretarías. 
Así, este Consejo de Gobierno, al tornarse más sencillo, borraba el mal sabor de la Cámara de Representantes de 20 miembros instaurada en Guáimaro y daba más autonomía al mando militar que en aquella ocasión. El denominador común fue la lucha contra la metrópoli y la obtención de la independencia.
Se acordó que se convocaría a una nueva Asamblea Constituyente para dentro de dos años si no se ganaba la guerra, por lo que la Constitución, desde su promulgación, solo regiría hasta 1897. Por ello se presenta a sí misma como Constitución del Gobierno Provisional de Cuba. Así se continuaba con la voluntad de formalizar el futuro de Cuba en otra Constitución, signo de la inclinación de los cubanos hacia el respeto del orden y las leyes.

29 de mayo de 2019

INAUGURACIÓN ASILO DE ANCIANOS EN CAMAGÜEY




Palabras de Mons. Willy Pino,
Arzobispo de Camagüey,
en la inauguración del
Asilo de Ancianos Mons. Adolfo Rodríguez Herrera,
el 25 de mayo de 2019

Querido Monseñor Giorgio Lingua, Nuncio de Su Santidad en Cuba.
Queridos hermanos obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas, seminaristas y fieles todos.
Madre Zelia Andrighetti, Superiora General de las Hijas de San Camilo de Lelis.
Hermana Esther Cusma, Provincial en Perú de las Hermanas Camilianas.
Hermanos de distintas Confesiones religiosas.
Distinguidas autoridades políticas y de gobierno en nuestra provincia.
Doctor Reinaldo Pons, Director Provincial de Salud.
Historiador José Rodríguez Barreras.
Trabajadores del Hogar.
Obreros que construyeron esta Casa para los ancianos.
Personalidades invitadas a este acto.
Familias vecinas de este reparto.
Primeros abuelos y abuelas que inauguran su nueva residencia.

Considero que debo empezar agradeciendo al Papa Francisco la gentileza que ha tenido en enviarnos ese afectuoso mensaje que hemos escuchado y su apreciada bendición. Creo que, al inaugurar este Hogar de Ancianos, estamos cumpliendo una aspiración muy personal del Santo Padre, cuando expresó: “¡Deseo que las comunidades cristianas brinden al mundo un testimonio de respeto y veneración hacia los ancianos, conscientes de que ellos pueden transmitir de forma privilegiada el sentido de la fe y de la vida! Invito a todos a empeñarse en la construcción de una sociedad a medida del hombre, en la que haya espacio para la acogida de cada uno, sobre todo cuando es anciano, enfermo, pobre y frágil” (11 de marzo del 2015).

Gracias les damos al Papa Francisco y a su representante en Cuba Monseñor Giorgio Lingua, a quien debemos la presencia de las Hermanas Camilianas entre nosotros.

Hoy también está con nosotros Monseñor Domingo Oropesa, obispo de Cienfuegos. No sé cuántas cosas pasarán en estos momentos por su mente, porque él es “el padre de esta criatura”. Como escuchamos hace unos momentos, fue él quien gestionó las importantes primeras ayudas recibidas desde España, su país natal. Camagüey guardará memoria perpetua de su nombre.

También quiero asegurar el agradecimiento de la Iglesia camagüeyana a tantas personas e Instituciones, de dentro y de fuera del país, que, con sus donaciones económicas, según sus posibilidades, hicieron posible esta construcción. Dios les recompensará abundantemente.

Mucho hay que agradecer, además, a los obreros y al personal técnico que trabajó durante 13 años para regalarnos esta maravilla que hoy se inaugura. Me gustaría decir los nombres de Morel, Salazar, Jorge, Yadián… pero son casi 100. Sin embargo, pienso que todos estamos de acuerdo en que debemos agradecer públicamente el trabajo del incansable Juancito Boutros. Sabemos, Juancito, que no fueron pocos tus dolores de cabeza, y que, en muchas ocasiones, por encargo nuestro, tuviste que insistir una y otra vez. A ti, y a cada uno de los que hicieron posible este milagro, mi gratitud personal, la gratitud de la Iglesia y del pueblo de Camagüey.

Considero que Salud Pública y la Iglesia hemos dado un ejemplo de cómo se puede trabajar juntos para conseguir un bien común. Y eso es algo que debemos seguir manteniendo. Hemos ganado en confianza mutua y aprendimos un estilo de trabajo que ojalá se multiplique en otras esferas en que la Iglesia y el Estado cubanos podrían trabajar juntos. En fin de cuentas, todos estamos al servicio de un único pueblo cubano.

A la Madre Zelia, Superiora General, y a la Hermana Esther, Provincial en Perú, mucho tenemos que agradecer. Gracias a su vocación en favor de los ancianos de cualquier parte del mundo han regalado a nuestra Cuba a las Hermanas Giovanna, Lidia y Beatriz, a quienes hemos aprendido a querer en los nueve meses que llevan entre nosotros. Debemos reconocer que ellas ya parecen cubanas.

Permítanme ahora mencionar a alguien que, por su trabajo, ha sido una inspiración para mí en estos últimos meses. Se trata de Brooks, un cubano con apellido inglés, y que con su ayudante Ernesto y con su pareja de bueyes Trigueño y Pimienta, ha ido venciendo, día a día, el marabú que rodeaba este edificio, y como ustedes podrán apreciar después, alrededor del Hogar hay ya cientos de matas de fruta bomba maradol, plátano macho, guanábana, aguacate con parición en meses diferentes, guayaba roja suprema, boniato, yuca, maíz, calabaza y habichuela. Todo esto, unido a las matas de mango, de tamarindo y de coco ya existentes, será una buena ayuda para la alimentación de nuestros ancianos.

Por supuesto que no voy a olvidar a todos aquellos laicos, diáconos, religiosas y sacerdotes que vinieron en diferentes días de los últimos meses para ayudar a la limpieza de cada rincón del Hogar. ¡Gracias por el ejemplo que nos dieron de recordarnos que esta obra no es propiedad de un grupo sino de todos!

Termino recordando a Monseñor Adolfo, cuyo nombre lleva este nuevo Hogar de Ancianos. Hace casi 18 años, el 3 de octubre del 2001, Monseñor Adolfo, en carta dirigida a una autoridad del país sobre el tema de este Hogar que él quería construir, escribió: “…Aprovecho la ocasión para reiterarle que la Iglesia no busca competencia ni hacerle sombra a otras instituciones de esta naturaleza. Desde hace siglos (y en Cuba desde hace 500 años), la Iglesia, por un mandato de Jesucristo, ha levantado las primeras escuelas, hospitales, leprosorios, asilos, cuando no había con quien competir ni a quien eclipsar. La experiencia, también en Camagüey, antes y ahora, enseña que una escuela, un hospital, un asilo… no compite sino estimula, establece una emulación sana que beneficia a todos. Un Hogar de Ancianos no es un negocio productivo sino un servicio muy ingrato a favor de un sector humano muy difícil que es la ancianidad.”

¡Todos los que lo conocimos, nunca vamos a olvidar al santo Obispo que nos enseñaba, de palabra y con sus obras, a confiar siempre en el Señor, convicción que lo hizo ser sereno y positivo aun en las horas oscuras y difíciles de nuestra historia!

¡Cómo olvidar al hombre que le dedicaba a la persona que tenía delante todo su tiempo como si no tuviera otra cosa más que hacer… que la atendía como si fuera la única persona existente demás de él!

¡Cómo olvidar al obispo de los detalles, de las delicadezas, de las felicitaciones en los aniversarios y del cariño a todos por igual, creyentes o no, importantes o no! ¡Era el pastor que conocía a sus ovejas, y las ovejas lo conocían a él!

¡Camagüey nunca podrá olvidar a un obispo que llamó a abrir ventanas donde los hombres cerraban puertas, a un hombre que quería dialogar con todos, incluso con los que no querían dialogar!

¡Ningún camagüeyano podrá agradecer suficientemente a Dios el regalo de Monseñor Adolfo para esta Arquidiócesis, su sabiduría de corazón y de mente, su visión de las cosas, su luz larga ante los problemas de cada día, sus repetidas llamadas a no perder la virtud de la paciencia!

¡La Iglesia de Camagüey nunca olvidará la elegancia, la discreción y fortaleza espiritual con las que hacía frente a cualquier adversidad! Fue un experto en distinguir entre un acto y una actitud. Siempre pensó que, como afirmó en la Toma de Posesión de su sucesor, Monseñor Juan, aquí presente: “El diálogo será siempre el camino mejor, necesario, posible y único, en todos los niveles… Mucho más en Cuba que está llena de once millones de cubanos dialogantes de los que proverbialmente se dice: “Los cubanos, hablando, se entienden”.

¡Cómo podremos olvidar la confesión que hizo en la misa por sus 50 años de sacerdocio cuando dijo: “Si volviera a nacer, volvería a ser sacerdote, y si alguien me preguntara dónde, le contestaría que en Cuba, incluso con sus nubes; en esta Iglesia cubana que es todo menos aburrida, y con este pueblo cubano que cada vez veo más claro que es un pueblo religioso y que quiere seguir siendo religioso”!

Monseñor Adolfo, santo arzobispo de Camagüey: ¡mira complacido este Hogar de Ancianos que, a partir de hoy, llevará tu nombre! Amén.


foto: Fidelito Cabrera
 

12 de diciembre de 2018

CALLES Y CALLEJONES: SAN FERNANDO

Calles y callejones de Camagüey:
San Fernando, Bartolomé Masó
Marcos A. Tamames-Henderson


 Su punto de partida está en la intercepción de la calle de los Pobres y San Cipriano. En su trayectoria cierra el callejón de Muñoz o de Corona, inicia San Francisco y San Diego; cierra los callejones de Keyser y de Triana; cruza el de Tío Perico e intercepta a los de la Montera, de Castellanos y de Fundición o del Huerto; corta a la calle de la Soledad, el callejón de Jaime, las calles San Esteban y San Martín, y culmina en San Juan. 

¿Por qué San Fernando? Los referentes para llamar así a esta calle pueden ser de diferentes naturalezas. Geográficamente, existe en la provincia de Cádiz, Andalucía, una ciudad que lleva este nombre y, para sorpresa nuestra, se describe en Espasa-Calpe con una base económica de cultivos de cereales, frutales y vid, además de ganado bovino y porcino; mientras arquitectónicamente se destacan en ella las iglesias del Carmen, de San Francisco y el convento de Carmelitas Descalzas. ¿Procedían de ese territorio algunas de las familias que se avecinan en esta calle?

Por su lado, también resulta probable la advocación a san Fernando, basta acotar que entre la primera mitad del XVIII e inicios del XIX tienen propiedad en esta calle siete presbíteros: don Francisco Keyser, don José Antonio Suárez, don Marcos Iraola, don Melchor Valera, don Bartolomé Paulino López y don José María Cabrera.

La modernización del nombre de la calle tiene como pretexto el aniversario de la instauración de la República en 1911. En conmemoración al 20 de Mayo el concejal Armando Labrada Cantos propone en la sesión del Ayuntamiento del 11 de abril cambiar el nombre a San Fernando para rendir con ello homenaje a Bartolomé Masó. La aprobación, que requirió suprimir el acuerdo que prohibía la modificación de nombres de las calles, emitido el año anterior a propuesta del padre Gonfaus, se confirmó el día 18 “por haber sido Masó el presidente de la República cubana en la guerra de Independencia”. 

A partir de 1911 se recordaba en San Fernando a Bartolomé Masó Márquez (Manzanillo, 1830-1907). Mayor general nacido en una finca próxima a Yara, quien ingresó en 1867 a la comisión ejecutiva de la Junta Revolucionaria de Manzanillo y se encontraba entre los participantes en la reunión preparatoria de la guerra en el ingenio Rosario el 6 de octubre de 1868. Participó en el alzamiento de La Demajagua junto a Carlos Manuel de Céspedes.

De los vínculos con el Camagüey y su patriciado, la biografía revela su respaldo a Salvador Cisneros ante la sedición de Laguna de Varona el 26 de abril de 1875. El manzanillero lo acompañó a ese campamento para instar a los sublevados a deponer su actitud.

Por otra parte, en la Asamblea Constituyente de Jimaguayú el 13 de septiembre de 1895 lo eligieron vicepresidente de la República en Armas, aunque renunció para continuar ejerciendo el mando de las tropas, y en la de la Yaya, el 10 de octubre de 1897, fue electo presidente y tomó el cargo el día 30.

Otros rasgos, de marcada connotación en la historia de Cuba, que distinguieron la vida de Bartolomé Masó serían su rechazo al Pacto del Zanjón el 10 de Febrero de 1878. Estuvo en el combate de Dos Ríos, donde cayó José Martí el 19 de mayo de 1895, y en la consigna “independencia o muerte” que acentuara en el Manifiesto de Sebastopol el 24 de Febrero de 1898. Juárez Cano cerraría su biografía citándole: “Queremos la independencia para todos”.

A pesar del reconocimiento a Masó, el Directorio Social de 1916 mantenía el nombre San Fernando para ubicar la herrería “Los dos hermanos”, de Fernando de Lara; la tienda de víveres “La Feliz”, de Damián Monjo y la mixta “El Llavín”, de Ventura Rodríguez; postura que seguiría el Directorio Social de Camagüey en 1960 en relación con la Farmacia Ginferrer al citarla en “Estrada Palma y San Fernando”.

“San Fernando” pertenece íntegramente al Centro Histórico y las cuadras delimitadas por el callejón de Keyser y la calle de los Pobres están contempladas dentro del área Patrimonio Cultural de la Humanidad. 



Marcos Antonio Tamames-Henderson (Jamaica, Guantánamo, 1961). Lic. Historia del Arte (1997), MSc. en Historia del Arte y en Conservación y Rehabilitación de Centros Históricos (2007). Miembro de la Uneac, Unaic, Unhic. La Editorial Ácana ha publicado sus libros De la Plaza de Armas al Parque Agramonte. Iconografía, símbolos y significados (2001, 2da ed. 2003); Tras las huellas del patrimonio (2004); La ciudad como texto cultural. Camagüey 1514-1837 (2005); Una ciudad en el laberinto de la ilustración (2009) y La cofradía de los signos urbanos (2012). Premio Especial Roberto Balmaceda (Uneac, 2002), Juan Marinello (2006), Juan Torres Lasqueti (2005, 2010, 2011 y 2012), Ensayo Histórico Enfoque (2007), Crítica Histórica José Luciano Franco (2005), Publicaciones, teoría y crítica en el V Salón de Arquitectura (2005) y Jorge Enrique Mendoza (2004), entre otros.

9 de octubre de 2018

EL RESCATE DE JULIO SANGUILY




El Rescate del Brigadier General Julio Sanguily 


Frank de Varona




Uno de los combates más brillantes y audaces de la Guerra de los Diez Años (1868-1878) en Cuba fue el rescate del Brigadier Julio Sanguily, ejecutado por 35 jinetes a las órdenes del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. Esta hazaña de los 35 valientes centauros ocurrió el 8 de octubre de 1871 cerca de la ciudad de Puerto Príncipe, hoy llamada Camagüey.


El Brigadier Sanguily, quien estaba inválido debido a heridas recibidas en combates, pidió autorización al Mayor, como le decían sus soldados a Ignacio Agramonte, para ir al cercano rancho de Cirila López para que le lavaran la ropa. El Mayor le dijo «Esta bien, puedes ir; pero te advierto, Julio, que el día menos pensado tus audacias te van a poner en manos de los españoles».

Llegando al rancho de Cirila, Sanguily se desvistió y se cubrió con una manta mientras le lavaban la ropa. De pronto fueron sorprendidos por una columna española. Sanguily ordenó a sus ayudantes y a las mujeres del rancho que huyeran al bosque. Al ser capturado se identificó con franqueza viril, «Pertenezco al Estado Mayor del Mayor General Agramonte. Soy el Brigadier Julio Sanguily».

Los españoles decidieron regresar a marchas forzadas con sus 120 soldados a Puerto Príncipe con tan ilustre prisionero y otros prisioneros cubanos más que tenían capturados. El sargento Fernández amarró a Sanguily y llevó las riendas de su caballo. Mientras tanto el ayudante de Sanguily que escapó del rancho informó a la caballería de Agramonte de lo sucedido.

Ignacio Agramonte, llamado Bayardo de la Revolución, se dirigió a sus 70 soldados y pidió 35 voluntarios diciendo «Todo el que esté dispuesto a rescatarlo o morir, que dé un paso al frente». 

Montando en su caballo Mambí, Agramonte llamó a sus jinetes. Todos los miraron. Tenía 30 años y medía seis pies y dos pulgadas de estatura. Era delgado, erecto y recio. Su caballería, considerada la mejor del Ejército Libertador, estaba dispuesta a seguirlo al fin del mundo. Agramonte ordenó al comandante Henry Reeve, llamado el Inglesito, a que buscara la columna española acompañado de cuatro jinetes.

El Capitán Francisco Palomino Loret de Mola pareó su caballo al de Agramonte y le dijo «Creo, Mayor, que se intenta una acción para rescatar a mi jefe, y si eso es así, por ser su ayudante, le ruego me señale un sitio en el lugar más peligroso». El Mayor respondió «Así, Capitán Palomino, marche usted al lado del Comandante Henry Reeve».

Los españoles sudorosos y cansados llegaron con su famoso prisionero a beber agua alrededor de un pozo situado en el potrero de la finca “La Esperanza,” propiedad de Antonio Torres. Reeve los descubrió y galopeó a notificar a Agramonte. A la vista del enemigo, Agramonte desenvainó su sable y dijo «Compañeros! En aquella columna enemiga va preso el General Sanguily y hay que rescatarlo vivo o muerto o quedar todos en la demanda! El Mayor rugió ¡Corneta, toque a degüello!». 

El enemigo, que contaba con cuatro veces más soldados bien armados, fue sorprendido por la fulminante carga al machete. El sargento Fernández que custodiaba a Sanguily lo derribó del caballo y le hizo un disparo a corta distancia hiriéndole la mano. Pero antes de que lo pudiera matar, el sargento murió de un sablazo. Sanguily, herido, salvó su vida gritando repetidamente «Viva Cuba!» para que en la confusión del ataque no lo mataran ya que iba vestido con ropa de soldado español. Los españoles fueron derrotados y huyeron. Habían muerto once españoles y un cubano en el combate. La caballería mambisa había capturado 60 caballos, 40 monturas, una tienda de campaña y una buena cantidad de balas, revólveres y sables.

Agramonte abrazó a Sanguily diciéndole, «Julio, te dije que el día menos pensado ibas a caer en poder de los españoles, pero no creí que fuese tan pronto».

Entre los 35 centauros de ese glorioso ataque se encontraban, aparte de los ya mencionados, el Coronel Antonio Luaces Iraola, Teniente Coronel Emilio Luaces Iraola, Comandante Enrique Loret de Mola y Boza y su hermano, Elpidio Loret de Mola y Boza, Comandante Manuel Agüero, Capitán Andrés Díaz y el Alférez Manuel Arango, quien fue herido. La mayoría de estos valientes héroes camagüeyanos tienen descendientes en el exilio y en Cuba.

El Mayor General Ignacio Agramonte reunió a sus valientes soldados y les dijo «¡Vuestros nombres, después de este hecho glorioso, figuraran en la historia de nuestras guerras como símbolo de arrojo y valor!»

Y así fue. Los cubanos, y en particular los camagüeyanos, recuerdan y veneran la bravura de aquellos patriotas. El rescate de Sanguily se considera como uno de los episodios más extraordinarios de la Guerra de los Diez Años.


Reproducido del Blog “Gaspar el Lugareño”


1 de marzo de 2018

LOS INICIOS DEL CUERPO DE BOMBEROS DE CAMAGÜEY

Antigua calle Mayor


Los inicios del
Cuerpo de Bomberos de Camagüey

Ana Dolores García

Camagüey tuvo su primer Cuerpo de Bomberos Voluntarios en el año 1866, gracias a la gestión y apoyo de Salvador Cisneros Betancourt, Marqués de Santa Lucía, y de un grupo de  decididos camagüeyanos. El propio Marqués, una de las personas mas acaudaladas del Puerto Príncipe, a mas de su siempre manifiesta preocupación por contribuir a toda causa en beneficio y progreso de la ciudad, sufragó  los gastos de la constitución del necesario organismo. El sencillo y pequeño “cuartel” de bomberos quedó ubicado en la calle Mayor, (actual Cisneros) contiguo al local que ocupaba el Cabildo Municipal.   

Nos cuenta Juan Torres Lasquetti en su “Colección de Datos Históricos-Geográficos y Estadísticos del Puerto Príncipe y su Jurisdicción” que al comienzo de 1867 ya el cuerpo contaba con dos Compañías de Bomberos Municipales, al mando de las cuales era comandante el propio Marqués quien también dotó  al Cuerpo de Bomberos con un carro bomba de tracción animal, al que se le dio el nombre de Santa Lucía. Lamentablemente pronto hubo ocasión de hacer uso de ella y de la actuación de los bomberos, pues en el mes de marzo de ese año se sucedieron varios incendios, «mereciendo del Gobernador Ginovés Espinar las mas lisonjeras alabanzas por lo satisfecho que estaba de la prontitud con que todos los individuos del cuerpo, desde el Señor Comandante  hasta el último subalterno, habían trabajado personalmente de una manera digna»

Al siguiente año, 1868, el Cuerpo de Bomberos fue trasladado a otro local mas amplio, situado en la actual calle Enrique Villuendas, otrora calle del Santo Rosario, entre el callejón de Francisquito y la calle del Progreso.

También se cuenta que por entonces se alertaba de los incendios  a la población con el toque de las campanas de las iglesias o con estruendosas sirenas, señales a las que respondían los principeños dirigiéndose al propio cuartel de bomberos para observar con curiosidad como éstos se organizaban y salían con su flamante bomba “Santa Lucia” a sofocar el fuego.  


3 de diciembre de 2017

DOS MÉDICOS CAMAGÜEYANOS NOMINADOS AL PREMIO NOBEL

DOS MÉDICOS CAMAGÜEYANOS
NOMINADOS AL PREMIO NOBEL

José Miguel Espino


Desde los albores del Siglo XIX y aun antes, comienza un proceso de desarrollo de todas las ramas de la ciencia en el país. Instituciones creadas en el Siglo XVIII constituyeron la base de ese desarrollo, tales como: el Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, la Real y Pontificia Universidad de San Jeró- nimo, la Real Sociedad Económica de Amigos del País y otras que fueron surgiendo después.

Muchos cubanos comenzaron a destacarse como eminentes científicos, especialmente en el área de la Medicina y las Ciencias Naturales. ¿Qué cubano no ha oído hablar de algunos de ellos? Recordemos al Dr. Tomás Romay (1764-1848), considerado con justeza el iniciador del movimiento científico cubano, quien probó la eficacia y distribuyó, ayudado por el obispo Espada, la vacuna contra la viruela; al cirujano camagüeyano Nicolás Gutiérrez (1800- 1890) que introdujo en Cuba el estetóscopo y nuevas técnicas operatorias; al urólogo, de fama mundial en su época, Joaquín Albarrán (1860- 1912); al pediatra camagüeyano Gonzalo Aróstegui del Castillo (1859 -1950). Y en el área de las Ciencias Naturales: Felipe Poey (1799-1891), Álvaro Reinoso (1829-1888) y Carlos de la Torre (1858-1950), por solo mencionar algunos.

Pero solo dos, camagüeyanos ambos, fueron propuestos para el codiciado y honroso premio Nobel: el Dr. Juan Carlos Finlay (1833- 1915), el más famoso y laureado de nuestros científicos, propuesto al premio en ocho ocasiones, y el casi olvidado y no menos laureado Dr. Arístides Agramonte Simoni (1868- 1931).

Del primero, todos conocemos la historia contada por él, de cómo una noche, en su habitación, cuando rezaba el rosario, le surgió la idea de que el mosquito era el transmisor de la fiebre amarilla, y cómo dedicó toda su vida a investigar y probar dicha teoría que logró erradicar este mal que afectaba a grandes áreas del mundo.

Del segundo es de quien quiero hoy bruñir la pátina del olvido que cubre a este eminente científico camagüeyano. Arístides Agramonte Simoni fue el primer cubano en ser nominado al premio Nobel. Nació en Puerto Príncipe el 3 de junio de 1868.

Su padre, el médico Eduardo Agramonte Piña, primo de El Mayor, participa con él en el alzamiento de Las Clavellinas, muriendo con el grado de general de brigada en la batalla de San José del Chorrillo en 1872. Su madre, Matilde Simoni Argilagos, hermana de Amalia, fue apresada junto con su padre; posteriormente logra salir de Cuba con el niño.

Tras una estancia en México se radicó en Nueva York. Allí hizo sus estudios Arístides hasta obtener su título de doctor en Medicina en 1892 en la Facultad de Medicina y Cirugía de la Universidad de Columbia.  En New York de 1892 a 1898, desarrolló una brillante labor médica, logró una sólida formación científica y trabajó por la independencia de Cuba en los clubes revolucionarios.

Al entrar los Estados Unidos en la Guerra del 95, ingresó como médico agregado al ejército de dicho país en abril de 1898, para participar como médico higienista con las tropas enviadas a Cuba, y permaneció como tal hasta la proclamación de la república en 1902.

Al crearse la IV Comisión del Ejército Norteamericano para el Estudio de la Fiebre Amarilla en La Habana en junio de 1900, se le nombró patólogo de la misma. Los trabajos de la Comisión dieron como resultado la confirmación de las investigaciones de Finlay. Por lo que fue nominado por ello para el Nobel.

En la Universidad de La Habana revalidó su doctorado en Medicina. Obtuvo por oposición la plaza de profesor de la cátedra de Bacteriología y Patología Experimental de la Facultad de Medicina de la Universidad de La Habana, hasta que renuncia en 1931, debido a la clausura de esa institución por la dictadura machadista, para marchar al exilio.

Publicó varios libros y cerca de 150 artículos científicos. Al morir en New Orleans el 17 de agosto de 1931, desempeñaba el cargo de Profesor Jefe del Grupo de Cátedras de Medicina Tropical de la Universidad de Louisiana.

Honor a quien honor merece. Camagüey, 3 de diciembre del 2016. Día de la Medicina Latinoamericana.


Recogido de la Revista “El Alfarero” (Boletín de la Arquidiócesis de Camagüey), Nº 25, diciembre de 2016.