22 de enero de 2017

UN SELLO DE CORREOS CON HISTORIA


un sello de correos con historia

Por Héctor Juárez Figueredo

El 8 de febrero de 2004, en ocasión del aniversario 490 de la Villa de Santa María del Puerto del Príncipe, el Ministerio de Informática y de las Comunicaciones de Cuba puso en circulación un sello de correos con un valor facial de 15 centavos, que muestra la fachada del antiguo Convento-Hospital de San Juan de Dios, símbolo indiscutible de la ciudad de Camagüey. De su extensa historia he aquí algunos datos:

·       Fue el primer hospital de Puerto Príncipe. sus orígenes se remontan al último cuarto del siglo XVII; y en 1686 ya se registró un enterramiento en la ermita de San Juan de Dios.

·       La fecha de 1728 señaló la oficialización por las autoridades civiles y eclesiásticas de la presencia de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios en esta institución.

·       Las construcciones que dieron su configuración definitiva al edificio se estuvieron ejecutando hasta entrado el siglo XIX.

·       En este hospital, durante mas de medio siglo, ejerció su obra benéfica Fray José Olallo Valdés, el Padre Olallo (hoy Beato Olallo Valdés). En su memoria, el 29 de octubre de 1900, se acordó por el Ayuntamiento el cambio oficial del nombre de la Plaza de San Juan de Dios por el de Plaza del Padre Olallo. Y el 7 de marzo de 1901 se develó en la fachada una lápida de mármol, coronada por el Escudo Nacional, en sus colores, para perpetuar la nueva denominación.

·       En uno de los corredores, el 12 de mayo de 1873, fue expuesto el cadáver del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz. El cuerpo fue quemado en el Cementerio General, no en la Plaza de San Juan de Dios, como dicen algunos mal informados. Hay también en la fachada una tarja alto relieve de bronce con la efigie de El Mayor.  Es obra de Herminio Escalona y fue colocada en 1986 y alude al acto del 11 de mayo de 1973 con motivo del centenario de la caída de Agramonte.

·       Hasta inicios del siglo XX funcionó aquí el Hospital de Varones. Entre 1902 y 1939 tuvo varios usos: casa de vecindad o ciudadela (en mas de una ocasión), albergue para refugiados durante la guerrita de  febrero de 1917 (La Chambelona), enfermería del Distrito Militar, Escuela Normal de Maestros, Dispensario de las Damas Isabelinas y albergue para los damnificados del ciclón del 9 de noviembre de 1932, entre otros.
·       En 1939 el edificio fue entregado a un patronato. Fue reedificado con la cooperación de particulares, recaudación mediante fiestas, créditos del Estado y la ayuda de instituciones y empresarios locales. Todo el pueblo camagüeyano contribuyó y, en 1950, comenzaron a prestar servicio el Dispensario y el Gabinete Dental del Hospital Infantil San Juan de Dios, inaugurado oficialmente en 1952 y donde ejercieron su labor caritativa las Hermanas Carmelitas Misioneras, presentes actualmente en la Parroquia de Vertientes.

·       Hasta 1968 se mantuvo allí el Hospital Infantil. Durante algún tiempo mas funcionó una sala para niños desnutridos.

·       Entre 1960 y 1991 fue sede de la Escuela de Técnicos Medios de la Salud y luego Instituto Politécnico de  Salud Ignacio Agramonte.

·       El 10 de octubre de 1978, la antigua edificación fue declarada Monumento Nacional.

·       Desde 1991 radica allí el Centro Provincial de Patrimonio Cultural. Entre 1997 y 1998, con carácter provisional, albergó la Oficina del Historiador de la Ciudad. Y desde el pasado año, en la tercera planta, tiene su sede el Centro de Estudios de Conservación de Centros históricos (CECONS) de la Universidad de Camagüey.

Reproducido del Boletín Diocesano de Camagüey Nº 65

        

6 de diciembre de 2016

El nuevo Arzobispo de Camagüey

 
El nuevo Arzobispo de Camagüey

El papa Francisco acaba de nombrar Arzobispo de Camagüey, Cuba, con fecha 6 de diciembre de 2016, a Monseñor Wilfredo Pino Estévez, quien hasta ahora era obispo titular de la diócesis de Guantánamo-Baracoa.  

Nacido en el municipio cubano de Camagüey, (1950), Mons. Pino estudió en el Colegio Seminario San Basilio Magno de Santiago de Cuba y después en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio en La Habana. Finalmente fue ordenado sacerdote el 1 de agosto de 1975, para su natal Arquidiócesis de Camagüey, por el entonces obispo Mons. Adolfo Rodríguez Herrera.

Inició su ministerio pastoral como Vicario parroquial de Nuevitas. De 1980 a 1994 ocupó diversos cargos como Ecónomo de la Parroquia de Florida, Director Nacional de la Pontíficia Obra Misionera durante dos mandatos consecutivos, Párroco de Santa Cruz del Sur y de la Iglesia de La Merced en la ciudad de Camagüey y Rector de la Casa Diocesana, consultor diocesano y responsable del Comité Diocesano de Coordinación para la visita del Papa Juan Pablo II, de la formación del clero y de la pastoral de adolescentes.

Ha sido además por varios años director del Boletín Diocesano, donde publicaba sus reflexiones sobre temas cotidianos de interés humano durante su época como sacerdote diocesano de Camagüey.

Desde el 13 de diciembre de 2006, tras haber sido nombrado por el Papa Benedicto XVI, pasó a ser Obispo de la Diócesis de Guantánamo-Baracoa. Recibió la consagración episcopal en enero de 2007.

Monseñor Pino encabezó la ayuda espiritual y material de la Iglesia a los damnificados en la provincia de Guantánamo por el reciente huracán Matthew.  

A través de carreteras y caminos destruidos o anegados, Monseñor Pino recorrió al día siguiente del paso del huracán las zonas afectadas en su diócesis. «Nos dedicamos a levantarle el alma a la gente. A escucharles contar lo vivido y escuchar de sus labios el agradecimiento a Dios por estar vivos, que es lo más importante porque lo material se arregla», escribió.

Luego encabezó la ayuda de la Iglesia a los damnificados a través de su organización caritativa Caritas. Entrevistado por Martí Noticias, dijo que, «ante el dantesco panorama que ha dejado el huracán, se necesitan alimentos de primera necesidad para socorrer a la población», señalando que «afortunadamente no hay muertos, pero los golpes son duros».

12 de noviembre de 2016

Bachilleres camagüeyanos /1941-1946)


 
BACHILLERES CAMAGÜEYANOS
INSTITUTO PROVINCIAL DE CAMAGÜEY
1941-1946

El curso de 1941-1946 del Instituto Provincial de 2ª Enseñanza de Camagüey fue uno de los mas brillantes de ese centro docente por mas de una razón, y consideramos como un verdadero privilegio publicar esta bellísima foto en la que aparecen los graduados reunidos después de la ceremonia de graduación en que recibieron sus respectivos títulos de Bachilleres. Después de consultar a varias personas, nos ha sido posible reunir casi todos los nombres de quienes aparecen en la foto.

Al frente (de derecha a izquierda), Marta Cucurrul, Ángela Isabel Cervantes Gutiérrez, Teresa Rey Díaz, Miriam Figueras Baldoquín, “Nini” Barreras Airado, Mercy Fabrés Cosío, Migdalia Rivas Sánchez, Gloria González Rodríguez y Mirta Espineta Riverón.

En la segunda fila: Dora Domínguez Ramírez, Cirita Cabrera Docal, Rosa María Fernández Sosa, Alfredo Emilio Socarrás Martínez, Esperanza Moncada Rodríguez, Gloria González Rodríguez, Inés Elena Fortún Pérez, Rafael Navarro Pocio, José Betancourt Cimadevilla, Héctor Don Varona, José A. de Zayas y Rodríguez, Rubén Ovidio quesada y Franklyn Varona Gómez.

Tercera fila: Carlos Manuel Cortina Frijer, Víctor Romero Sóñora, Adelto Adán Rius, Agustín Hatuey Agüero, Vicente Rangel Rivero, Emilio Ignacio de Quesada, Ángel González Tena, Alberto Cames Guzmán y Rosendo Zayas Pérez.

Cuarta fila: Juan Raúl Mateo Acosta, Rodrigo Ramírez, Juan de Dios Pérez, Mario Domínguez Montalván, Enrique Atiénzar Cabrera, Adalberto Agüero Agüero, Alfredo Sánchez Suárez, José Soles Guerra y Roldán Pozo Ramos.

 Reproducido de la revista “El Camagüeyano Libre”, Miami FL.

3 de septiembre de 2016

Reabre sus puertas en Camagüey la Casa del Adulto Mayor Madre Teresa de Calcuta


Reabre sus puertas en Camagüey
la Casa del Adulto mayor
Madre Teresa de Calcuta

El próximo lunes 5 de setiembre, coincidiendo con la festividad de la beata Madre Teresa de Calcuta y en el marco de las celebraciones por la canonización de la santa Madre el día 4 de setiembre en Roma,  la Casa del Adulto Mayor beata Madre Teresa de Calcuta reabrirá sus puertas después de haber recibido una reparación capital, la primera desde su fundación el 9 de junio de 2008.

Desde sus inicios la “Casita”,  como se le llama popularmente,  sirve a un grupo de adultos mayores que de lunes a viernes disfrutan de variados servicios, como: alimentación, lavado de ropas, recorte del cabello, podología, paseos y recreación.

En estos años de vida de la Casa se destacan: la mejora en la  calidad de vida y aumento de  autoestima en cada uno de los abuelos,  preocupación por su aspecto personal, así como la interrelación y solidaridad entre ellos, logrando un impacto  social y eclesial muy favorable.

Unidos al gozo de la Iglesia Universal por la canonización de la santa Madre Teresa de Calcuta, nos disponemos en esta nueva etapa de  servicio continuar haciendo vida el lema que preside la Casita: “Es bueno juntar las  manos para orar, pero es mejor abrirlas para ayudar” (Teresa de Calcuta), y así seguir  contribuyendo modestamente a la dignificación de nuestros adultos mayores y a la transformación de una sociedad más justa y solidaria, teniendo presente que: “… Les aseguro que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más humildes, por mí mismo lo hicieron”  Mt 25,  V. 40.

 República, 17 A
 e/ P. del Puente y Padre Olallo
70100 Camagüey
Enviado por Luis Monasterio, Arzobispado de Camagüey.
Colaboración de Ramón Ramos para Gaceta de Puerto Príncipe.

5 de julio de 2016

Enrique José Varona



Enrique José Varona

Héctor Maseda Gutiérrez

Enrique José Varona y Pera, académico, filósofo y máximo representante en Cuba del Positivismo filosófico, sociólogo, educador, humanista, patriota, político, ensayista, periodista, crítico literario, poeta, orador, y hombre público. Reconocido por sus elevados principios éticos e incorruptibilidad.

Nació en Puerto Príncipe el 13 de abril de 1849 y tuvo cuatro hermanos. Sus padres se nombraron Agustín Varona y Socarrás, y Dolores Pera y Beltrán, ambos procedían de ilustres familias camagüeyanas. Su padre falleció siendo él adolescente. A su progenitor le debe la sólida cultura clásica que alcanzó. Se educó en el colegio “San Francisco”, de su ciudad natal, dirigido por los sacerdotes escolapios. Sin embargo y a pesar de haber sido educado entre religiosos, se debe destacar su rechazo al dogmatismo, la intolerancia y el fanatismo.   

A los 11 años de edad comenzó el estudio de idiomas que llegó a dominar (inglés, francés, italiano, portugués, alemán, griego, latín y, por supuesto, el español. Conoció también el sánscrito y el árabe).

Con apenas 16 años de edad contrajo nupcias con la joven Tomasa del Castillo y dejó sus estudios de bachillerato próximo a terminarlos. Pero ya al año siguiente compuso dos odas elegiacas dedicadas a la memoria del patriota cubano Gaspar Cisneros Betancourt; así como su antología “Ramillete poético” integrado por 216 sonetos.     Obtuvo el Doctorado en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana (1883).

Fue uno de los intelectuales más influyentes de finales del siglo XIX hasta la primera mitad del XX. Su pensamiento estuvo al servicio de los problemas de su Patria en la etapa de la transformación hacia la modernidad tanto en el plano socio-político como en el económico, con la finalidad de integrar a Cuba en el proceso de desarrollo como nación.

Abrazó la corriente independentista. Se incorporó a la Guerra de los Diez Años, pero tuvo que abandonarla por problemas serios de salud. Participó en la política activa en el Partido Liberal Autonomista (1884). Posteriormente fundó el Partido Conservador Nacional y llegó a ser su vicepresidente en 1907 y después su presidente (1912).

 Como periodista colaboró con las revistas “El Triunfo”, “La Revista de Cuba”, “Cuba y América”, “Cuba”, “Cuba Pedagógica”, “Cuba Contemporánea y Social”, entre otras; así como varios periódicos de Europa y los EE.UU. Viajó a Nueva York, EE.UU. y trabajó en la publicación “Patria” con José Martí y fue su director a la muerte de nuestro Apóstol de la Independencia.

Como Secretario de Instrucción Pública y Hacienda durante la Primera Intervención Norteamericana en Cuba y algunos años después     revolucionó la Universidad de La Habana con las transformaciones que llevó adelante. Creó las Escuelas de Pedagogía y Arquitectura. Eliminó los nombramientos vitalicios de catedráticos y profesores. Aumentó sus salarios y elevó el presupuesto para el instrumental técnico, museos y laboratorios universitarios.  

Falleció en la capital del país, La Habana, el 19 de noviembre de 1933, a la edad de 84 años

Editado de un escrito de Héctor Maseda Gutiérrez
 publicado en convivenciacuba.es

 

 

11 de mayo de 2016

El Bayardo del Camagüey



El Bayardo del Camagüey
Emilio A. Cosío R


Pasarán tres siglos desde la muerte del Bayardo original y francés en 1524 hasta el día en que -como el Ave Fénix que renace de entre las cenizas negándose a morir- viene al mundo un niño a quien llamaría la Historia El Bayardo. El día es el 23 de diciembre. El año, 1841. Este niño vivirá una epopeya de gloria que será legendaria. Recibirá en la pila del bautismo el nombre de Ignacio y heredará apellidos de viejo abolengo: Agramonte y Loynaz.

El nacimiento ocurre en la somnolienta, tradicionalista y conservadora villa de Santa María del Puerto del Príncipe(2), fundada por los españoles en el año 1514 -diez años antes de Gattinara- en una isla del Mar Caribe llamada al principio Juana por sus descubridores y a la que más tarde, convertidos éstos ya en amos prepotentes, llamarían La Siempre Fidelísima Isla de Cuba, expresión que conllevaba una humillante connotación de vasallaje y servidumbre. No escapó esta circunstancia a la fina sensibilidad del Bayardo camagüeyano, quien la consideró una afrenta a su condición de cubano y de hombre digno.

Este niño, nacido en lecho de plumas, profundamente civilista y educado en las aulas del Derecho, cambiaría un día su toga por el machete mambí en rebeldía contra ese coloniaje ultrajante. Y a pesar de detestar la guerra, blandirá su arma criolla con tal fervor patriótico que causará pavor al enemigo. Y si fue el machete en sus manos un arma demoledora, lo fue aún más la solidez de los principios y convicciones que supo infundir en sus hombres, a quienes convierte en una verdadera legión de centauros: hombres hambrientos en ocasiones y desprovistos de armas muchas veces, pero que combaten siempre como aprendieran de su jefe: con la vergüenza.

Representan ambos Bayardos dos épocas, dos mundos diferentes. Pasa el Bayardo francés a la posteridad defendiendo los valores del feudalismo, los privilegios, el honor del noble de nacimiento. Valores que son legítimos en la sociedad del siglo XV; pero que son, sin embargo, antagónicos a aquellos valores que, tres siglos después, representarán los ideales que defenderá el Bayardo camagüeyano hasta su muerte y que, resumidos en los conceptos de la libertad y la dignidad del hombre, no penetrarían la conciencia del pueblo francés hasta el advenimiento de la Revolución Francesa en el año de 1789.

 No ha sido nuestro propósito en este breve trabajo realizar un análisis comparativo entre ambos Bayardos; sino incursionar en las circunstancias históricas que dieron lugar al sobrenombre de El Bayardo, con vistas a establecer la justificación de su vinculación a la persona del Mártir de Jimagüayú y contribuir a su divulgación.

Todo nombre que trasciende alude a características, a hechos, a aspectos inherentes a las personas que lo comparten. Bayardo -Pierre du Terrail-, y el Mayor Ignacio Agramonte ratifican su calidad de símbolos que representan las virtudes y la gloria del caballero intachable. De ahí la necesidad de explorar un tanto la historia de ambos, abarcando no sólo el aspecto militar de sus vidas, sino -más importante aún- también su formación desde la cuna y sus cualidades morales y humanas.

Una síntesis de estos atributos comunes la encontramos en el valor y en la conducta de caballero sin miedo y sin tacha que observamos tanto en Agramonte como en el Bayardo francés. Atributos que, al ser poseídos igualmente por Bayardo y por nuestro Mayor Ignacio Agramonte, justifican plenamente la simbiosis histórica con la que se honra recíprocamente a ambos héroes

Es común que ante la admiración que suscita la conducta heroica neguemos en ocasiones la consideración debida a la causa que la provoca, que es donde reside el mérito de aquélla y la que ha de proporcionar, por tanto, los elementos de juicio necesarios para la valoración del personaje histórico. El simple valor, en acción carente de justificación moral, deviene en instrumento de las miserias humanas. Se enaltece éste sólo cuando va acompañado de motivaciones dignas. ¡Qué llena está la Historia de actos de coraje increíble que sólo sirvieron para inmortalizar la ignominia!

De ahí que concluyamos que si imperecedero será siempre el recuerdo del valor personal de ambos héroes, fue la conducta noble, limpia de impurezas bastardas, la que, hermanándolos, elevó a estos hombres de leyenda al pedestal de los grandes de la Historia. Recordaremos siempre a los Bayardos como ejemplos de dignidad y valor.

Finalmente, apuntamos cómo en ambos Bayardos se confirma el hecho de que condiciones geográficas, sociales o ambientales con características parecidas, producen hombres con marcadas semejanzas de carácter que influyen muchas veces en un paralelismo de sus vidas. Tanto el Caballero du Terrail como el Mayor Agramonte fueron producto de sociedades con arraigadas tradiciones familiares y estrictos códigos de conducta. Adornó a ambos un definido sentido del ideal, del deber y de lo heroico, que bebieron en la fuente de su ambiente aislado y vinculado a la tierra. Ambiente que, como bien señala el Dr. Carlos Márquez Sterling, "forma hombres de carácter valiente, generoso y noble" (Ignacio Agramonte: El Bayardo de la Revolución Cubana). Rasgos éstos que encontramos tanto en el hijo del Valle de Graisvaudam como en el lugareño del Tínima.

 Suele la Historia ser rica en coincidencias. Y no están exentas de ellas estas dos vidas excepcionales. Fue la caballería el arma de ambos. Caen combatiendo al mismo enemigo, tropas españolas, con diferencia de tres siglos. Y son similarmente heridos en escaramuzas en las que no se encuentran personalmente enfrascados. El francés, en los momentos en que se retira ordenadamente del Campo de Gattinara. El camagüeyano, según lo establece el Dr. Juan J. Casasús (Jalones de Gloria Mambisa), al atravesar el potrero de Jimagüayú -cuyo nombre inmortalizara- para unirse a su caballería; instantes en que es alcanzado por una bala del enemigo emboscado al que no había visto. Por último, ocurre la trágica coincidencia de sus capturas por el enemigo. El uno ya fallecido. El otro a punto de expirar.

Aunque debatible, pudiera hallarse una similitud en el tratamiento dado por los españoles a ambos cadáveres. Rindieron éstos toda clase de honores al Bayardo francés. Y en el caso del Bayardo camagüeyano, si bien no le rindieron honores, no permitieron sin embargo la profanación del cadáver por la chusma enardecida que reclamaba su entrega; sino que fue depositado en el convento de San Juan de Dios, en el que fue piadosamente aseado por los padres Martínez y Olallo. Es, no obstante, discutido el hecho de la cremación y el esparcimiento de sus cenizas al viento. La cremación, por no ser ésta aceptada por la Iglesia en aquel tiempo, le negaba cristiana sepultura. Mucho menos justificable lo fue el esparcimiento de sus cenizas. Medidas éstas que defendió España como necesarias para evitar el probable desenterramiento y profanación del cadáver o de sus cenizas por la plebe. Argumento muy discutible, repetimos, y por tanto por siempre polémico.

Preferimos nosotros adherirnos a la tesis de aquellos versos que de niños aprendimos en la escuela:

Y su cadáver augusto
quemaron en Camagüey,
¡porque el muerto daba susto
a los soldados del rey!

Publicado originalmente en el foro Camagüeyanos por el Mundo.


25 de abril de 2016

El Cardenal Manuel Arteaga y Betancourt

EL CARDENAL MANUEL ARTEAGA Y BETANCOURT



Por Frank de Varona

A pesar que Manuel Arteaga y Betancourt fue el primer cardenal nacido en Cuba y uno de los primeros de América Latina, ha sido olvidado por muchos cubanos. Pocos recuerdan a este eminente líder eclesiástico que fue toda su vida un anti-comunista y que fue perseguido por el régimen de los hermanos Castro.

Nació en el seno de una familia religiosa el 28 de diciembre de 1879 en la villa de Santa María del Puerto del Príncipe, actual Camagüey. Su padre fue Rosendo Arteaga Montejo, hijo de Juan Arteaga y Agramonte y María Francisca Guerra-Montejo y de Varona. Su madre fue Delia Betancourt y Guerra, hija de Gaspar Alonso de Betancourt y Gutiérrez y de Catalina Guerra y del Castillo.

Manuel tuvo dos hermanas, María y Rosa. Sus antepasados eran todos miembros de distinguidas y antiguas familias camagüeyanas.

Fue bautizado el 17 de abril de 1880 en la parroquia mayor de Puerto Príncipe por su pariente, el presbítero Virgilio Arteaga. Sus padrinos fueron María Betancourt y Manuel Arteaga.

Su tío, el sacerdote Ricardo Arteaga Montejo, lo llevó a Venezuela en 1892 donde el futuro cardenal cursó sus estudios, obteniendo el título de bachiller en filosofía el 15 de junio de 1898 en la Universidad Central de Venezuela. En 1900 ingresó en el convento de los frailes capuchinos en Caracas. Al año siguiente continuó sus estudios en el Colegio Seminario de Santa Rosa de Lima en Caracas.

Sacerdocio y episcopado

Manuel Arteaga y Betancourt fue ordenado sacerdote el 17 de abril de 1904  en Caracas, Venezuela, país donde realizó su ministerio sacerdotal hasta el año 1912. Fue trasladado a su ciudad natal de Camagüey y ejerció como sacerdote allí hasta 1915. Durante su estancia en Camagüey bautizó a mi padre, Jorge Luis de Varona, en la Iglesia de la Caridad. El futuro cardenal estaba emparentado con mi familia.

El padre Arteaga fue nombrado  provisor y vicario general de la diócesis de La Habana en 1915 y sirvió en ese cargo hasta 1941. El Papa Pío XI (foto) lo nombró monseñor y prelado doméstico el 31 de mayo de 1926 y, después del fallecimiento del arzobispo de La Habana, monseñor Manuel Ruiz y Rodríguez, fue elegido vicario capitular de la archidiócesis el 3 de enero de 1940.

Fue elegido arzobispo de La Habana por el Papa Pío XII el 28 de diciembre de 1941 y consagrado el 24 de febrero de 1942 en la Catedral de La Habana. El arzobispo Arteaga fue nombrado  cardenal por el Papa Pío XII el 18 de febrero de 1946, recibiendo  el capelo y el título que lo convirtieron en el primer miembro del Colegio Cardenalicio nacido en Cuba.

El cardenal Arteaga, junto al obispo santiaguero Enrique Pérez  Serantes, ayudó a salvar a muchos  jóvenes revolucionarios  durante los años de la lucha contra el gobierno de Fulgencio Batista.  Fue uno de los cardenales que participó en el cónclave que eligió el Papa Juan XXIII en 1958.

Muerte y sepultura


Tumba del cardinal Arteaga en el cementerio Colón.

El cardenal Arteaga fue perseguido por el régimen Comunista en Cuba. Se vió obligado a refugiarse  en la embajada de Argentina en La Habana y después en la nunciatura apostólica desde 1961 hasta 1962. Con mucha tristeza contempló el cardinal camagüeyano la derrota de la Brigada 2506 y el encarcelamiento de muchos cubanos y camagüeyanos, incluyendo algunos de sus parientes.

El cardenal Arteaga se enfermó y fue hospitalizado en el Hospital de San Juan de Dios, en La Habana, donde falleció un año más tarde, el 20 de marzo de 1963, a la edad de 83 años, en casi absoluta soledad. Pocos pudieron asistir a su funeral ya que visitar una iglesia era símbolo de traición en aquella época.

Sus restos descansaron junto al altar mayor de la Catedral de La Habana. Luego fueron trasladados al cementerio de Cristóbal Colón donde recibió sepultura en la tumba que había mandado a construir varios años antes muy cerca de la capilla central del cementerio.

Manuel Arteaga Betancourt es un orgullo para todos los camagüeyanos. Muchos de sus parientes viven en los Estados Unidos, otros en Cuba y Latinoamérica. Fue el primer cardenal nacido en Cuba y todos debemos recordarlo con admiración ya que fue un eminente religioso y anti-comunista que fue perseguido por los tiranos sanguinarios que oprimen a nuestra Patria.

Enviado por Joe Noda

3 de enero de 2016

Sacerdote camagüeyano a Roma

 
Sacerdote camagüeyano formará parte en Roma
del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana.

El Padre Avelino González, sacerdote camagüeyano de la Arquidiócesis de Washington D.C. ha sido llamado a Roma para formar parte del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad Cristiana, en el que colaborará durante un período de cinco años. Sentiremos su ausencia de Washington, pero nos alegramos mucho por este nombramiento que sin dudas deja muy claros su valía y conocimientos. Le auguramos una fructífera labor. A continuación trascribo el mensaje en el que informaba de su inmediato traslado a Roma a los miembros de la Asociación Virgen de la Caridad de Washington D.C., de la que ha sido orientador durante los últimos años.    


Estimados Hermanos y Hermanas, 

Saludos en este año de misericordia y tiempo de adviento en el que se acercan las fiestas navideñas. Les escribo estas líneas para dejarles saber que la Divina Providencia me ha portado nuevas responsabilidades que requieren mi partida de la arquidiócesis por cinco años. El Cardenal Kurt Koch, presidente del Consejo Pontifico para la Promoción de Unidad Cristiana, me ha invitado a formar parte de su consejo en Roma apoyando la Santa Sede. Su Eminencia, Cardinal Wuerl, generosamente ha aprobado esta invitación que requiere mi partida de la arquidiócesis a la mitad de enero 2016. 

Quisiera darles las gracias por su dedicación hacia la Asociación Virgen de la Caridad de Washington, DC, Maryland y Virginia, y por su apoyo referente a la celebración de la Virgen de La Caridad del Cobre que hacemos cada septiembre. Les pido que continúen con su entusiasmo y labor para que nuevas generaciones de cubanos, y amigos del pueblo cubano, puedan disfrutar de nuestra celebración anual y de la solidaridad humana representada por el lema: A Cristo por Maria, la Caridad Nos Une. Esta importante y necesaria labor queda en sus manos. 

Por favor cuenten con mis oraciones para una labor fructífera respecto a la Asociación Virgen de la Caridad y también respecto a sus ministerios en sus parroquias. Yo también les pido por sus oraciones en este tiempo de transición.

 P. Avelino González

8 de diciembre de 2015

La Nochebuena Chiquita

 

La Nochebuena Chiquita
Ana Dolores García

Desde niña oía hablar en Camagüey sobre la tradición de “la nochebuena chiquita” que, según personas muy mayores me contaban, se celebraba cada 8 de diciembre con una tradicional comida criolla en la que no podían faltar los dulces caseros, particularmente los buñuelos.

La tradición fue perdiéndose al extremo que, comentando sobre ella con otras personas cubanas e incluso camagüeyanas, no tenían ni la más remota idea de ello. Sin embargo, aunque se dice que Camagüey fue una de las ciudades de Cuba donde más arraigada estuvo esa costumbre -o por lo menos en donde perduró por más tiempo-, la “nochebuena chiquita” también se celebraba en otras ciudades cubanas. Entre ellas fueron muy afamadas y populares las de Bejucal, animadas por sus "alegres y bullangueras charangas”.

No solamente en Cuba, sino en otros lugares de Hispanoamérica, especialmente la América Central, todavía se celebra tradicionalmente la fecha. Tal vez la festividad más conocida sea la que se desarrolla en Campeche, México, donde además de las actividades religiosas se culmina el día alrededor de la mesa familiar para degustar las golosinas típicas de la época, y a la vez se comienzan a preparar los belenes o nacimientos.

Casi como decir: esta “nochebuena chiquita” es el inicio de los festejos navideños. Es de suponer que, como otras muchas festividades que datan de la época colonial, la celebración de la “nochebuena chiquita” tenga un origen religioso ya que se trata de la festividad de la Inmaculada Concepción de María. En ese sentido, Roberto Méndez Martínez, nos dice en:


"al narrar la historia del templo de la Soledad en Camagüey, que en el siglo XIX la devoción a la Inmaculada Concepción, -el 8 de diciembre-, era de tanta fuerza en Puerto Príncipe, que después de las celebraciones religiosas las familias realizaban una cena familiar conocida como “la nochebuena chiquita”.

Narra también otro dato curioso sobre los actos de ese día en el viejo templo camagüeyano: “esa tarde, después de las celebraciones en el templo, partía de allí (la iglesia de La Soledad) una singular procesión compuesta sólo por muchachas solteras, vestidas de blanco y con mantilla del mismo color que llevaban a la cintura una banda azul celeste –color del manto de la Inmaculada– y que popularmente se le dio en llamar a este cortejo “la procesión de las puras”.

Es cierto que desde muy temprano en el siglo XX las familias camagüeyanas fueron perdiendo la costumbre de celebrar “una nochebuena chiquita” el 8 de diciembre. Pero, ¿podremos decir por ello que los cubanos del exilio, especialmente los que viven en EEUU, ya no tenemos “nochebuenas chiquitas”?

¿Qué son si no, todas esas cenas en las que participamos durante el mes de diciembre… en el trabajo, con los amigos, con la familia, de modo que cuando llega la fecha del 24 ya hemos claudicado de todas las dietas a las que habíamos sido tan fieles después del verano..?

¿Podríamos decir que en estas tierras de Estados Unidos, la celebración del “Thanksgiving” ha ocupado el lugar tradicional de nuestra remota “nochebuena chiquita”? Desde ese cuarto jueves de noviembre (que no lo festejamos precisamente con una cena muy “chiquita”), y hasta nuestra cena del 24, con el lechoncito asado, el fricasé de guanajo con arroz blanco, la lechuga y los tomates, la yuca y el casabe, los turrones y los buñuelos… ¿Cuántas “nochebuenas chiquitas” no habremos disfrutado..?
Ana Dolores García ©Copyright 2005

7 de abril de 2015

En Camagüey hay un cura que sirve para cardenal

En Camagüey hay un cura que sirve para Cardenal

María Victoria Olavarrieta

La preocupación de los cubanos por quién será el próximo cardenal cuando Monseñor Jaime se retire, es muy válida. En la reconstrucción moral que nos espera, la Iglesia, madre y maestra, jugará un papel fundamental.

El mejor ejemplo de cuanto bien puede hacer un sacerdote lo tenemos en el querido Papa Francisco. Yo tuve la suerte de nacer en Cuba, en una familia católica, de conocer a la iglesia cubana desde dentro, de sufrir por sus errores y después de un “paseíto por el mundo libre” postrarme en agradecimiento profundo ante esa Iglesia pobre, perseguida, casi estrangulada, que me enseñó a amar a Jesús.

«Un cubano es capaz de hacer cualquier cosa por otro cubano, excepto aplaudirle», escuché al llegar a Miami.

Este exilio obligado me enseñó a aplaudir a las capillitas de los pueblos de campo en Cuba, donde por la carencia de sacerdotes que tenemos, sólo se puede celebrar misa los domingos. En Gaspar, el pequeño pueblecito donde viví mis primeros veinte años, íbamos a la iglesia unas diez o quince personas y con sólo catorce años de edad tuve que empezar a dar catecismo porque no había nadie más para hacerlo. Mis primeros alumnos fueron mi hermana, mi primo y mi vecinita.

A veces nos sentíamos tan solos y tan alejados del resto de la Iglesia. Un día el Padre habló de un encuentro de adolescentes que habría en Camagüey, la capital de la provincia. Toda mi vida le estaré agradecida al Padre Sarduy, de la parroquia de La Merced. Allí, los cuatro guajiritos de Gaspar nos sentimos parte, descubrimos que había mucho más jóvenes católicos con nuestras mismas inquietudes… la incomunicación de aquellos tiempos te aislaba de una manera que llegué a sentirme excluida del mundo, de la vida.

Uno de esos días diluidos en “la nada cotidiana” (cuando aquello no teníamos ni biblioteca, ni cine en Gaspar) llegó a la capilla el Padre Juanito. «Ese cura cree en Dios», sentenció mi abuelo, en su más puro acento castizo y con ese sentido del humor único de los españoles.

Los murciélagos se habían adueñado del falso techo de la capilla y cuando abrías la puerta, el hedor te cortaba la respiración. Lo primero era barrer todo aquel excremento y ponerse a tirar agua, había que traerla a cubos desde las casas vecinas.

El Padre Juan propuso reparar los bancos, la mayoría llenos de comején. Hizo un mejunje con tinta rápida y algo más y pintó el altar que estaba ya muy descolorido. No teníamos ni clavos, y fue una tarea titánica conseguir un poco de pintura para darle unos brochazos a unas paredes que nunca más se habían vuelto a pintar desde que se construyó la iglesia

Era Semana Santa y él propuso salir por las calles, tocar de casa en casa e invitar a los vecinos a celebrar con nosotros. «Este cura está loco», «Éste no se ha enterado que está en Gaspar». Mi tía se encargó de ponerlo al día de como eran las cosas en “Macondo”.

Allí, era frecuente que al terminar la misa, cuando el padre iba a coger su carrito para regresar, “unos jóvenes traviesos” hubieran cortado las gomas. En Cuba las gomas se usan hasta que las ranuras desaparecen, y no puedo explicar como no hay más accidentes por gomas reventadas.

Recuerdo la piedra que lanzó otro “travieso” mientras celebrábamos misa. Una ancianita la recibió en su frente.

Yo adoraba las campanadas del domingo anunciando que ya el padre había llegado. Me conectaban con los templos europeos que había visto en algunas películas y me hacían soñar con una iglesia sin murciélagos ni goteras.

¡Qué miedo sentí una tarde, cuando fuimos a limpiar la iglesia y nos encontramos que se habían robado el crucifijo y defecado muy cerca de la imagen de Nuestra Señora del Carmen, patrona de Gaspar! De niña, cuando me tocaba limpiar la imagen, compraba un paquete de algodón para limpiarla, ningún paño me parecía lo suficientemente pulcro para quitarle el polvo.

Nos cambiaron de sacerdote y el que vino quiso poner una imagen nueva. Decidieron rifar la antigua. Me daba un dolor que sustituyeran aquella imagen delante de la cual había orado tantas veces. No quería entrar en la rifa. El Padre preparó papelitos dentro de una cesta, cada feligrés fue tomando uno. Yo me quedé alejada. “Mary, por favor, toma el último, es el que queda, éste es el tuyo”. La Virgen se fue conmigo a casa.

Un día amanecimos sin campana. Si allí no había ni sogas, ¿cómo habían podido desmontar aquella campana tan pesada y robarla?

A los pocos días, a una hora inusual, se escucharon las campanadas… provenían de la Unidad Militar, que estaba frente al paseo, en el centro del pueblo, en la misma calle de la iglesia; estaban llamando a sus miembros a la reunión semanal. “Pueblo chiquito, infierno grande”. Poco a poco se supo quiénes habían robado nuestra campana, usando la grúa que solo pueden tener en Cuba los del gobierno.

Tuvimos que tragarnos la indignación (en mi familia casi todo el mundo padece de colitis) y el pueblo se encargó después de contar esta historia de puerta en puerta. «La campana la robaron tres hombres, uno se quedó sordo, el otro ciego y el tercero, medio borracho, cayó dormido sobre los rieles del ferrocarril y perdió una pierna».

Mi tía hablaba sin respirar, ¡qué rabia, qué impotencia! no creo que el Padre Juan hubiese podido decir algo de haber querido, pero su gesto, su mirada, están muy vivos en mi recuerdo. Han pasado 37 años y todavía recuerdo la expresión de sus ojos. Él no dijo una palabra, pero yo entendí lo que había que hacer en una iglesia a la que le han robado su campana.

Ayer, leyendo al psicólogo Archibald Hart encontré lo que vi en los ojos del actual arzobispo de Camagüey aquella cálida tarde: «El perdón es la rendición de mi derecho a herirte por haberme tú lastimado a mí».

Esa Semana Santa que el padre Juan compartió con mi pequeña comunidad me marcó para toda la vida. Recuerdo cuando nos hablaba de la disponibilidad. Logró infundirnos valor, superar la vergüenza y salir a tocar puertas para invitar a la gente a misa. «No va a venir nadie», decían algunos. Nos enseñó cantos nuevos: “Alegre la mañana que nos habla de ti, alegre, la mañana…” Cuando predicaba, con esa voz potente y clara, perfecta dicción, no sentíamos ni a los mosquitos. En ese tiempo fue cuando más me “tentó” la idea de ser monja.

Llegó el Jueves Santo y empezó a llegar gente a la iglesia, no alcanzaron los cantorales. «¿Pero esa vieja es comunista, que hace aquí?» «¿Y tú creías en Dios? ¿Por qué no habías venido nunca antes?» Vienen porque es un cura nuevo, ya verás como después no vienen más.

Llegó el Sábado de Gloria, después de la misa de Resurrección, él regresaría a Morón, donde estaba destinado en aquella época. Yo no quería volver a la rutina, ¿por qué no se quedaba con nosotros? Sentí una tristeza tal que me puse a rezar y con toda la audacia de una adolescente hice un trato con el Señor, sin esperar su consentimiento: «Ok, Señor, llévatelo, pero que llegue a ser Obispo».

Mi tía quería conseguir algo para hacer un pequeño brindis después de la misa; su vecina, “La Pupi”, ofreció el pastel de cumpleaños de su hija. La casa de mi familia estaba justo frente al cuartel del pueblo, así que siempre estuvimos muy bien “protegidos”, cuando ya teníamos el pastel listo para ser llevado para la iglesia, llegaron dos militares a la casa y nos dijeron que: «cuidadito con trasladar el pastel para la iglesia».

Me han contado que cuando el Padre Juan viene a Miami, se va cargado de cubitos de sopa de pollo para las caldosas que ofrece la Iglesia a los necesitados. Cuando estuvo de sacerdote en el pueblo de Florida, provincia Camagüey, muchos ancianos pudieron tomar, al menos, una comida caliente al día. En uno de sus viajes, regresó a Cuba con más de doscientos panties para que las señoras con cáncer pudieran asistir a sus tratamientos en el hospital oncológico, debidamente cubiertas.

No me sorprendería, viendo lo libre que es este Papa que Dios nos ha regalado, que permita que seamos los feligreses los que elijamos a nuestro próximo cardenal y viniendo del Papa esta dispensa, seguro los cubanos del exilio también vamos a poder votar.

Si en una semana en mi pueblo, siendo todavía un curita joven, el Padre Juan pudo acabar con los murciélagos, reparar casi todo lo que estaba roto, llenar la iglesia, y con una sola mirada enseñarnos a perdonar a los ladrones de la campana, cuanto más podría hacer como cardenal de un pueblo al que en cualquier momento se le puede morir la esperanza.

* Profesora de Español y Literatura.

Reproducido de El Nuevo Herald, Miami.
Enviado por Ramón y Adela Ramos.