26 de agosto de 2013

El Cristo de la Veracruz y el médico chino




El  Cristo  de  la Veracruz
y  el  Médico Chino

Roberto Méndez Martínez
(De su libro «Leyendas y Tradiciones del Puerto Príncipe»)


Hay momentos en la historia de Puerto Príncipe en que se mezclan hechos reales y legendarios de tal modo, que no hay manera de desligarlos, como si lo maravilloso formara parte de la vida cotidiana del territorio, hasta el punto de que una visión demasiado racionalista del acontecer sería incapaz de comprender la íntima urdidumbre de los acontecimientos. Así sucede con dos elementos que van a superponerse en la memoria del ya lejano siglo XIX camagüeyano: el misterioso Cristo de la Veracruz y el no menos enigmático Médico Chino.

Unos sencillos hombres de Nuevitas encontraron en el mar, mientras pescaban, una gran caja de madera, con una sola inscripción: VERACRUZ. Al abrirla encontraron en su interior una gran imagen de Cristo crucificado. ¿Aludía la inscripción exterior al destino de la talla, quizá encargada para uno de los tantos templos de la mexicana Villa Rica de Veracruz?, ¿se refería quizá a que se trataba de una de esas imágenes del Crucificado, muy veneradas en Europa, que en alguna parte de ella atesora una reliquia consistente en astillas de la «vera Cruz», o sea, el leño que sirvió de tormento a Jesucristo, encontrado por la madre del Emperador Constantino en Jerusalén, conservado en la iglesia romana de la Santa Cruz y de la que se extraían mínimas porciones para obsequiar a reyes y prelados? Ni siquiera podían aquellos pescadores hacerse esas conjeturas, simplemente dieron el hecho por milagroso y llevaron el hallazgo a tierra.

Tampoco los ilustrados de Puerto Príncipe sabían del asunto, quizá la mayoría prefirió pensar que esta había caído de un barco o había sido arrojada al agua durante una tormenta, como era tradición que hacían algunos marinos desde muy antiguo para aplacar la furia de los elementos. Llamativamente la pieza no fue llevada a un templo, sino sacada a la venta pública. Fue adquirida por un matrimonio acomodado, de rancia estirpe principeña: Don Ignacio María de Varona y Doña Trinidad de la Torre Cisneros, quienes la instalaron en su casona de la calle Mayor esquina a San Clemente [1].

Pronto la imagen ganó fama popular de milagrosa. Cada año el matrimonio la llevaba durante la Semana Santa a la vecina Parroquial Mayor, de donde salía el Viernes Santo en procesión por las calles, para volver a ser guardada en su domicilio. En una ocasión, cuando la ciudad estaba azotada por una gran sequía, la cruz fue sacada en procesión extraordinaria para suplicar que lloviera e instantes después de concluir ésta, formóse una gran tempestad y pocos minutos después se derramó un gran aguacero, lo que llenó de júbilo y admiración a todos, en un territorio donde ricos y pobres dependían de los productos de la agricultura.

Es interesante apuntar que en esa casona de la calle Mayor nació Ignacio María de Varona y Agüero, nieto del citado matrimonio, quien andando los años se convertiría en un ingeniero relevante, que llegó a ser Jefe del Departamento de Agua, Gas y Electricidad de New York, ciudad en la que contribuyó a la instalación del tranvía urbano y para la que diseñó los famosos «elevados» neoyorkinos. Tanto en la contienda de 1868 como en la de 1895 colaboró con los insurrectos y ayudó a recabar fondos para enviar expediciones a la Isla. Este científico era también poeta aficionado de cierta calidad y lo llamativo es que la única pieza salida de su pluma que conocemos es un soneto al Crucificado que dedicó a su tía Lola de Varona, muy probablemente inspirado en la imagen que desde su infancia se veneró en su casa:

Yo, vivo, y vos, muriendo dueño amado;
yo, en gloria; y vos en penas mi querido;
yo, sano; y vos, mi bien, tan mal herido;
yo, con soberbia; y vos tan humillado;
yo, con honor; y vos tan afrentado;
yo, celebrando; y vos escarnecido;
yo, contento; y vos tan ofendido;
yo, confortado; y vos crucificado.
No, Señor, no es razón siendo mi esposo
que yo muera a fuerza de mi llanto,
muriendo vos tan triste y abatido.
Muramos ambos, Dueño Sacrosanto:
vos de amor que me tenéis piadoso;
yo, de dolor, de haber pecado tanto. [2]


El 14 de marzo de 1848 llegó a Puerto Príncipe una figura que inmediatamente despertó la curiosidad de los vecinos, se trataba de un médico natural de Pekin, al que se comenzó a conocer como «el chino Siam». Hombre ceremonioso y cortés, pronto ganó prestigio con las curaciones que realizaba, a pesar del temor y la ignorancia de muchos principeños que al principio lo consideraban como un hechicero, y los comprensibles celos de muchos galenos locales a los que iba sustrayéndoles clientela. Un suceso inesperado lo cambiaría todo

Un Viernes Santo, muy probablemente el de 1850, mientras la procesión de la Veracruz recorría las céntricas calles principeñas, apareció súbitamente Siam, ataviado con ricas vestiduras orientales y, solemnemente, se arrodilló en medio de la vía, delante de la imagen, en gesto de oración. La sorpresa fue general: el misterioso brujo se había convertido al cristianismo. Cuenta la leyenda que al día siguiente visitó a los esposos Varona de la Torre y les expresó su deseo de recibir el bautismo. ¿Era sincero el personaje o había encontrado esta vía para alejar de sí los malignos rumores e incorporarse mejor a la sociedad en la que iba a residir y ejercer su profesión? No es posible discernirlo.

Según consta en el archivo de la Parroquial Mayor, el «chino Siam» recibió allí el bautismo el 25 de abril de 1850 y adoptó el nombre de Juan de Dios Siam Zaldívar. Pronto ganó prestigio en la ciudad y algunos aseguran que amasó una gran fortuna con el ejercicio de su profesión. Su silueta se hizo familiar en la ciudad, acostumbraba a desplazarse en un lujoso carruaje y vestía ya al modo occidental, con traje negro, cruzado por una leontina de oro con un sonajero [3]. Pasó el resto de su existencia en Puerto Príncipe: en 1879 vivía en la calle Jesús María Nº 23 [4] y en el Padrón de Vecinos se le consigna como de 68 años de edad, casado y médico[5]. Falleció el 23 de marzo de 1885 [6]. Dos días después de su muerte apareció una gacetilla en la sección «Flores y Espinas» del diario El Camagüey, que recoge su deceso. «El lunes por la tarde se dio sepultura al cadáver de D. Juan de Dios Siam, hijo del celeste imperio, que había ejercido entre nosotros con buen éxito la ciencia de Galeno» [7]

La imagen de la Veracruz se ha perdido sin dejar rastros de ella, en cuanto al «chino Siam» ha quedado en el habla  popular a través de la expresión coloquial, extendida por todo el país, «eso no lo arregla ni el médico chino».

Notas del autor:
[1] Hoy Cisneros esquina a Raúl Lamar
[2] El Camagüey Legendario, p. 107
[3] Enrique de la Torre y Rojas: Memorias Camagüeyanas de Enrique José Varona. Ejemplar mecanografiado. Archivo personal de Gustavo Sed Nieves.
[4] También conocida como Calle del Teatro, luego Padre Valencia.
[5] Padrón de Vecinos de 1879, Archivo personal de Gustavo Sed Nieves
[6] Registro de la Propiedad: Tomo 4 f.115
[7] El Camagüey, 25 de marzo de 1885, p.3



24 de agosto de 2013

El monumento a las Madres en el Casino Campestre

Del Casino Campestre de Camagüey

El Monumento a las Madres

Por Miguel A. Rivas

En el parque infantil instalado en el ángulo suroeste del «Parque Gonzalo de Quesada», nuestro antiguo «Casino Campestre», fue erigida una pequeña estatua dedicada a honrar a las mujeres que tuvieron la dicha de ser madres.

Esa pequeña figura de mármol, representando una madre con su hijo en brazos, no debe ser considerada por su reducido tamaño sino por el noble simbolismo que ella representa y, como tal símbolo, cabe decir que nunca algo tan pequeño representó algo tan grande como es la madre.

La idea, feliz idea, de erigir ese emotivo monumento a las madres en un lugar tan apropiado para ello, se debe a la Gran Orden de la Perseverancia, a la que uno de sus miembros, Vicente Estrada Suárez, presentó la moción en tan sentido, y la Orden le dio todo el calor y entusiasmo requerido, designando una comisión que se entendiera con todo lo relativo al proyecto.

La comisión la formaron los Hnos. Ramón Vilató Fontes, Emilio López Hernández, Ricardo Pérez Padrón y el propio Vicente Estrada Suárez, los que trabajaron con tanto empeño y amor en este propósito, que en corto tiempo lograron reunir, por suscripción popular, los fondos suficientes para adquirir la pequeña estatua, construir la base en que colocarla y atender a los gastos de los festejos a celebrar en la develación del monumento, lo que tuvo efecto el diez de mayo de 1925.

De la revista mensual "La Perseverancia" correspondiente a Mayo-Junio de 1925, tercera época, de la que era redactor principal el Hno. Francisco de la Cruz Perrossier, reproducimos el artículo siguiente:

El Día de las Madres

«El Domingo 10 presenció el pueblo de Camagüey el acto más hermoso, edificante y lleno de romántica realidad que pueda haber presenciado en lo que lleva de existencia.

La Gran Orden de la Perseverancia fue la iniciadora de esta bella idea: Honrar a las Madres. Y como homenaje perpetuo, por medio de suscripción popular, compró una bellísima estatua que simboliza lo más grande que existe en la tierra, vestido con la sublimidad del amor y el sacrificio: El amor de Madre.

A las ocho de la mañana se reunieron en la Plaza de "Charles A. Danna" [antigua «De La Merced» y ahora «De los Trabajadores»] para organizar la manifestación. que formaron la Banda Municipal de Camagüey, Bomberos, Comisión Perseverante con la bandera cubana y la de la Gran Orden, Sociedades de Recreo, Logias, Sociedades Culturales, Sociedades Obreras, Escuelas Privadas, Escuelas Públicas, Escuela Normal, Banda Municipal de Nuevitas, Perseverantes de los Consejos de Florida, Nuevitas, Céspedes y Camagüey, y pueblo en general.»

Fue, pues, el "Día de las Madres" correspondiente al año de 1925, es decir, el 10 de Mayo, que tuvo culminación el noble empeño de la Gran Orden de la Perseverancia al ser develada la bella figura representativa de la maternidad, la que en su base ostenta la inscripción siguiente:

«EL TRIUNFO DE LA MATERNIDAD»Obra erigida a iniciativa de la
Gran Orden de la Perseverancia
por suscripción pública voluntaria.
Camagüey, 10 de Mayo de 1925.

Fueron el Alcalde Municipal de Camagüey, Dr. Domingo de Para, y el Gran Perseverante Francisco Duque-Estrada, los que develaron el sencillo monumento, y fue el Alcalde de Nuevitas, Ricardo O´Bryan, el encargado de hacer entrega oficial al de Camagüey de la bellísima estatua, de todo lo cual levantó acta notarial el Ldo. José Agustín de Socarrás y Recio.

El discurso de aceptación estuvo a cargo del Dr. Enrique Varona Roura, que concurrió al acto en representación del Gobernador Provincial, Comandante Rogerio Zayas-Bazán.

Un detalle simpático del acto fue el niño de sólo ocho años de edad, Darío A. Morel Romero, quien recitó admirablemente, no obstante su corta edad, la poesía «El Ángel del Hogar».

23 de agosto de 2013

Un tesoro escondido de Camagüey



Un tesoro escondido de Camagüey


Dra. Rosa M. Cabrera

En el año 1951 se celebró en Camagüey, en los salones del Círculo de Profesionales, una exposición del pintor Fidelio Ponce, orgullo de nuestro terruño y de todo el país; dicha exposición fue organizada por el Comité de Cultura del Camagüey Tennis Club. El Dr. Luis de Soto y Sagarra, profesor de Historia de Arte de la Universidad de La Habana, fue invitado a dar una conferencia sobre el artista y su obra, tan bien conocida y apreciada en el extranjero.

Durante su estancia entre nosotros, el Dr. De Soto quiso visitar las iglesias y edificios coloniales. Al llegar a la Plaza de San Juan de Dios, admiró con interés las casas y el hospital allí emplazado. Mostró igualmente gran curiosidad por ver la capilla anexa a dicho centro de salud, que fue construida en 1751. Se encontraba cerrada, y después de muchas pesquisas, supimos que la llave la tenía un señor que trabajaba en la limpieza del hospital; pudimos localizarlo y nos abrió la capilla.

Nunca olvidaré el asombro que mostró el visitante al ver el altar mayor, ante el cual exclamó: «¿Cómo nadie me había dicho nada de este tesoro?». No sabíamos qué quería decir, y entonces nos explicó que las tres figuras en el altar eran del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Estas figuras, talladas en maderas preciosas, son verdaderamente un tesoro único en Cuba y en la mayor parte de América Latina. Según nos explicó el Dr. de Soto, la Iglesia, a fines del siglo XVIII, prohibió la representación del Espíritu Santo en figura humana, pues debía ser representado como una paloma.

A raíz de esta prohibición, se destruyeron múltiples retablos en España, Portugal y América Latina. De la eliminación total, sólo quedan un retablo de las tres personas divinas representadas en forma humana en una pequeña aldea de la región andina del Perú y ésta de Camagüey.

El Dr. de Soto, entusiasmado con el hallazgo de algo que los camagüeyanos que lo acompañábamos desconocíamos, nos dio muchas explicaciones sobre el valor artístico de las figuras, que estaban en perfecto estado de conservación. Esperamos que este tesoro religioso e histórico se convierta algún día en un lugar de interés para cubanos y extranjeros, por el mérito que le corresponde en nuestro acervo cultural.

Ilustración: http://conojodegato.blogspot.com

22 de agosto de 2013

El Gran Hotel de Camagüey



El Gran Hotel de Camagüey, 
su historia
Regino Avilés Marín
 
El Gran Hotel, situado en el centro de la ciudad, otrora Villa Santa María del Puerto del Príncipe, Patrimonio cultural de la Humanidad desde el 2 de febrero de 2010, posee una larga historia que data de principios de 1826, cuando don Feliciano Carnesoltas compra el solar marcado con el número 15 (actual 65) en la calle del Comercio (actual Maceo). Carnesoltas en ese tiempo desempeñaba el cargo de alcalde ordinario de Puerto Príncipe.
 
El señor alcalde era muy vanidoso, ya que bastó que un vecino suyo comprara el solar número 17 de esa misma calle  y comenzara a construir un edificio de dos plantas y a su terminación lo inaugurara con una peletería llamada "La Principal", para que de inmediato determinara construir también otro edificio comercial que aspiraba a convertirlo en el más alto de la ciudad, en contraposición de las parroquias de Nuestra Señora de la Soledad, erigida en 1701, y la de San Pablo. 
 
Carnesoltas, natural de Cataluña y funcionario del gobierno español, poseía el escudo otorgado por su reconocida fidelidad a la Corona.
 
En 1828 se hizo construir un edificio de cuatro plantas que durante más de un siglo sería el más alto de la ciudad. En dicho edificio ubicó varios departamentos comerciales en los bajos, y  los pisos altos los dedicó a viviendas rentadas y de forma ocasional alquilaba habitaciones a viajeros de paso.
 
En 1894 aparece en los archivos el nombre de don Juan Alemañy, quien a partir de ese año abrió con nuevos bríos el local, ahora con el nombre de Hotel Refrigerador, convertida en residencia de oficiales superiores del Ejército Español que operaban en Puerto Príncipe durante la Guerra de Independencia. En los bajos funcionaba un expendio de café y se encontraban la cocina y el amplio comedor, habilitado con muebles de madera preciosa, finamente tallada y barnizada. Otra área la ocupaba como oficinas y despacho el batallón de Cazadores Voluntarios de Puerto Príncipe. 
 
Al término de la guerra, en 1898, abandonan la isla los colonialistas españoles,  integrados por militares y funcionarios del gobierno, y quedó el hotel prácticamente abandonado, siendo utilizado solamente como sastrería en algunas áreas de los bajos.
 
A principios del siglo XX, abrió nuevamente sus puertas con el pomposo nombre de "Gran Hotel"
 
En 1925 se cierra de nuevo. Las obras de reconstrucción y restauración adicionan el quinto piso y el elevador, y se trasladan  la cocina y  el comedor al último piso.
 
En 1938 abre nuevamente sus puertas el flamante Gran Hotel con su fachada restaurada, la que hoy admiramos rejuvenecida.
 
Fuentes:
Sección "Panorama, periódico Adelante.
Marcos Tamames Henderson: De la Plaza de Armas al Parque Agramonte, editorial Ácana, Camagüey, 2003
M.T.H.: La Ciudad como texto cultural, Camagüey: 1514-1837, editorial Ácana, Camagüey, 2005.
Reproducido deBoletín Diocesano Camagüey.

21 de julio de 2013

Adiós, Camagüey de Ayer, poema de Medardo Lafuente




Adiós, Camagüey de ayer

Medardo Lafuente

Adiós, Camagüey de ayer,
tierra de dulce leyenda,
tierra en que puse la ofrenda
de la flor de mi querer.
Tierra de gentes amigas,
de costumbres patriarcales,
de edificios señoriales
y de églogas y cantigas.

Adiós los grandes aleros,
adiós ventana severa
de balaustres de madera
que inspirara a los troveros.
Ventanas de ayer, ventanas 
testigos de los amores
que en otros tiempos mejores
tuvieron las hoy ancianas.

Ciudad que en el alma llevo,
Puerto Príncipe de antaño,
que retrocede hogaño
ante un Camagüey mas nuevo..
Sepulta pronto en olvido
los típicos tinajones,
los guardapolvos llorones
y el callejón retorcido.

Modernízate en buena hora,
caigan las cosas pasadas.
¡Sobre tus ruinas sagradas
hay un poeta que llora!
Que mientras corre el progreso,
el céfiro a cada palma
arranca un pedazo de alma
que es para el ayer un beso.

Camagüey, se van tus rejas,
se van tus costumbres santas,
ya se fueron tus volantas,
Camagüey, ¡cómo te alejas!
Ya los tuyos son más fríos.
y en tus modernas mansiones
no caben los tinajones
y emigran a los bohíos.

Y de las cosas aquellas
que cuentan viejos ufanos,
solo en los tiempos que andamos
¡quedan tus mujeres bellas!