Historia, Particularidades y Transformaciones
de la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad
Amarilis Echemendía Mortffi
Iván Vila Carmenate
Según describe una pintoresca leyenda,
registrada en el libro "Camagüey Legendario" por Ángela Pérez de la Lama y sus alumnos
del Instituto de Segunda enseñanza, en una madrugada lluviosa del siglo XII se
atasca una carreta en el lodazal del camino y se cae una caja donde venía
embalada una imagen de Nuestra Señora de la Soledad, y los carretoneros al
verla exclamaron: «¡Quiere que se construya una ermita en este lugar!»
Se habla de la existencia de la ermita desde
1697, a cargo del presbítero Antonio Pablo de Velasco, la cual muy pronto, en
1701, es erigida en parroquia por el obispo de Cuba Diego Evelino de
Compostela.
En la segunda mitad del siglo XII el entonces
obispo de la isla de Cuba, el dominicano Pedro Agustín Morell de Santa Cruz y
Lora, en la visita eclesiástica que realiza por toda la diócesis, describe la
ermita de la Soledad como un edificio de ladrillo y teja de una sola nave, de
28 varas de largo por 7 de ancho y 7 de alto, o lo que es lo mismo, casi 24 m
de largo, 7 de ancho y 6 de alto.
La pequeña construcción no tenía torre, por
lo que colocaban sus dos campanas en unos horcones de madera y, además, según
palabras del obispo, se hallaba “descaecida y maltratada”. Interiormente
también estaba desmejorada y además del retablo mayor dorado y a proporción con
el presbiterio, solo tenía dos altares pobres y un órgano deshecho totalmente.
La sacristía estaba ubicada a un lado del presbiterio y sobre ella la
habitación del cura y los sirvientes, la cual contaba con un balcón.
El mismo obispo nos aclara que esa «emita no
es la iglesia actual» y que tampoco estaba en su mismo lugar, cuando expresa:
«por la parte anterior queda la nueva iglesia que desde el año 1733 se
principió […]» Si además analizamos que los templos mas antiguos de
Cuba constituían la fachada principal hacia el Oeste, y el presbiterio
orientado al Este, se puede deducir que la ermita estaba ubicada en la parte
trasera del edificio actual.
Sobre las características y dimensiones que
tendría el nuevo templo, el actual, describía: «Debe constar de tres naves y de
50 varas de longitud, (42 m); en tan dilatado tiempo y por falta de medios,
solo han podido enrasarse las paredes del presbiterio, capilla y dos sacristías
que lleva a los lados. La altitud de lo fabricado se reduce a 13 varas (11 m),
y 11 ½ (10 m) de ancho del cuerpo principal», o sea la nave central.
En 1764 muere don José Sánchez Pereira, quien
fue sepultado en el presbiterio de la iglesia. A ella donó 4 mil pesos y un
tejar de su propiedad con tres negros y sus aperos concernientes, para cuando
se continuara la construcción, además de toda la plata labrada de su uso para
el culto de la imagen.
Esta donación, asentada en el Archivo de
Rosendo Arteaga Sánchez (luego en poder del historiador Gustavo Sed), parece
haber sido decisiva en la continuación de los trabajos y conclusión del templo,
pues según el historiador Torres Lasqueti, es terminado doce años después, en
1776.
En 1820, al realizarse el inventario de
parroquia, se describe el templo como
«terminado con 61 v de
largo y de ancho 27 ½ varas (51 m x 23
m), es formada de tres cuerpos (naves) con figura de crucero, donde está la
media naranja y azoteas: los techos de madera y tejados de firme: tiene torre
toda acaba de nuevo de tres cuerpos y medios, remate de capitel y cruz grande
de hierro: el coro alto con sus barandas, vigas
y canes de ácana y entresuelo de tablado
(…), las paredes son mas de vara de ancho (1 m) de arquería el cuerpo
del medio (nave central) y tiene sus bóvedas bajo el presbiterio. El altar mayor
de madera tallado, pintado de color caoba y dorado de viejo y maltratado, tiene
un nicho en el segundo cuerpo con un crucifijo con las potencias de plata y en
el medio otro donde está la titular.
Por lo que dice este inventario y se observa
en la torre, esta se terminó de construir en fecha cercana a 1820. Su tipología
de simples formas clásicas se diferencia del estilo usado en el resto del
edificio y en especial en su base, donde se puede observar una cornisa de
capiteles de pilastras y molduras de barro de sencillas reminiscencias
mudéjares y basrrocas, en contraposición con los lisos muros de los cuerpos de
la torre y de las platabandas semicirculares de los arcos.
Una comparación con la torre de la Merced,
que ya existía en 1780, que autores como Martha de Castro ponen de ejemplo al
hablar del barroco cubano, puede reforzar la hipótesis de que la torre de La Soledad
se termina con posterioridad a 1776 y antes de 1820, pero con una concepción
tipológica que adopta formas neoclásicas, ya entradas en boga en nuestro país.
Eso sí, esta torre va a carecer de
revestimiento hasta 1845, año en que es repellada y pintada con lechada
amarilla, como publica La Gaceta de
Puerto Príncipe el 1ro de enero de 1846. También afirma el periódico que
fue sustituido el retablo del altar mayor por otro de caoba trabajado al “estilo
moderno” y de
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(Circa 1930) |
mayor gusto, esto debe ser, al estilo neoclásico (el cual fue
sustituido en 1960); además se anuncia una nueva barandilla en el presbiterio,
toda de hierro con hermosas labores. Al decir del periodista se puede afirmar “que
es de las mejores obras que han salido de las fraguas del hábil artífice Dondis”.
Este templo tuvo una característica sui generis en el repertorio de
edificios religiosos en Cuba. Poseía en todas sus fachadas un alero de madera torneadas
y tejas criollas, conocido con el nombre de tornapunta, característico del
repertorio de viviendas, pero nada común a las construcciones civiles y
religiosas. Este alero, según las Memorias
de Antigüedades, de Marty Abadía, estaba pintado de un color ocre intenso
lo que le ocasionó muchas críticas. Entre 1912 y 1913 fue sustituido por una
balaustrada lumínica que remató todas sus fachadas, la cual resultó destruida
por el ciclón de 1932 y de la que solo quedan evidencias en la fachada
posterior. También tuvo las características rejas de balaustres de madera torneada
en las ventanas, las que a finales del siglo XII fueron sustituidas por rejas
de hierro.
Se quiso transformar su torre, para lo cual
fue elaborado un proyecto con similitudes a la de la Catedral, antes de que
aquella tuviera la escultura del Cristo Rey, pero no se llegó a ejecutar.
En el interior de la nace central, los muros
estuvieron decorados con temas florarles desde 1845, según consta en La Gaceta de Puerto Príncipe mencionada
anteriormente, sin que por esto podamos afirmar que las pinturas que aun sobreviven
en el intradós de los arcos pertenezcan a esa época.
Una foto, publicada en el libro Techos coloniales, de Joaquín Weis, nos
deja ver la pintura floral que cubría las paredes interiores, las albanegas
(muros por encima de los arcos) y los gruesos pilares de la nave central, así
como la cúpula con un simulado chapetonado clásico y las pechinas de esta, con
símbolos de los cuatro evangelistas. De todas ellas solo subsisten las de arcos
y pilares, pues el resto fue eliminado en época no muy lejana. Lo que si se
puede afirmar es que son muy pocas las iglesias cubanas pertenecientes a la
época colonial que aun conservan, si alguna vez lo tuvieron, sus muros
decorados con estas vistosas pinturas. Esto hace que los existentes se deben
preservar y, de ser posible, recuperar los perdidos, como una característica
muy preciada de nuestro antepasados artistas y constructores.
Además de las transformaciones ya
mencionadas, se tapiaron los arcos interiores de la base de la torre, de los
cuales afortunadamente no se han borrado las pinturas florales; igual suerte no
corrió su congénere de la otra nave lateral. Fueron eliminadas las puertas que,
evidentemente, comunicaban al presbiterio con las antiguas sacristías
laterales, convirtiéndolas en closets, lo cual generó la necesidad de, aún hoy,
abrir puertas en los testeros de las naves laterales.
El deterioro ha hecho desaparecer las
molduras del harneruelo de la armadura central, de las cuales solamente queda
un tramo. Posibles inundaciones en esta zona, antiguamente lagunosa, obligaron
a subir la altura del piso de las naves, en las cuales se sustituyó el ladrillo
por mosaicos en la década del veinte.
Muchas han sido las transformaciones que ha
tenido el edificio de la Iglesia de La Soledad como consecuencia de materiales
y elementos deteriorados o problemas funcionales generados por cambios de la
liturgia o por los humanos deseos de modernizar el recinto que habitamos. Ello
ha originado, entre otras razones, que este este edificio, que se encuentra
entre los escasos templos coloniales cubanos del siglo XVIII, tenga algunas
características modificadas en el siglo XX y los inicios del XXI, lo que no
impide que siga siendo uno de los más antiguos edificios religiosos de nuestra
ciudad.
Aún hoy debemos resolver la causa del alto
valor de humedad relativa, 92%, que alcanzan los equipos de medición de dicho parámetro en este templo, y que parece
tener relación directa con el alto grado de desprendimiento del revestimiento o
repello exterior de este edificio, no observado en ningún otro de su tipo.
Esta característica lo ha dotado de un
particular aspecto antiguo que a muchos ha hecho pensar que la reparación lo
debe retirar completamente. Quizás alentados por la tendencia europea de la petrofilia, que descubre completamente
sus edificios con tal de mostrar su ténica constructiva, o, por una ensoñación
romántica de idealistica atracción por lo antiguo.
Antes, hay que detenerse a pensar que nuestros
edificios fueron construidos para estar recubiertos y así protegerlos de los
agentes de (la interperie), tan agresiva en nuestro medio geográfico, y si los
adelantos tecnológicos no nos brindan una opción compatible, debemos hacer uso
del tradicional recurso del repello, aun cuando, entonces, la Iglesia de la
Soledad nos deje de parecer Antigua.
Amarilis Echemendía Morffi, es doctora en Ciencis
Técnicas, Profesora titular de la Univeridad de Camagüey. Iván Vila Carmenate,
posee un Master en Conservación de Edificios. Es Profesor Auxiliar de la
Universidad de Camagüey.
Reproducido de Enfoque, revista de la arquidiócesis de
Camagüey, Nº 82/2003.